¿Y ahora qué?

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Los martes orquídeas, también en la marcha

La masiva movilización en defensa de la universidad pública frente a los recortes del actual gobierno argentino, ratifica que la fortaleza de la identidad nacional tiene como eje la igualdad de oportunidades.

A través de las tesis del historiador Alan S. Milward, se argumenta que la integración y el éxito de las naciones europeas de posguerra se debían al bienestar económico de sus ciudadanos y el fortalecimiento de los salarios y no a medidas de austeridad; la inversión en ciencia y tecnología como un pilar fundamental para el desarrollo interno para consolidar una verdadera Nación.

La multitudinaria marcha del martes 12 de mayo excedió por lejos el motivo de su convocatoria en favor del financiamiento adecuado de la educación universitaria, ilegalmente recortado por el gobierno libertario, que no se ahorró la provocación de cercenarlo aún más el lunes 11.

Sin idealizaciones, la marcha convocó en todo el país a los que creen intuitivamente en la igualdad de oportunidades. Eso de a cada quien según su capacidad, a cada cual según su necesidad. Esa igualdad, tan al alcance en la sociedad del consumo, en que la producción no tiene otra libertad que la de ser necesariamente en masa.

Apegado a sus dogmas, el oficialismo cárdeno alienta la escasez para estar en la realidad que le es conocida. La actual crisis en marcha, destino necesario e ineludible de la política del gobierno, no disuade a responsables y partidarios, al menos a una porción mayoritaria de estos últimos, de continuar el tránsito por el camino al fondo de la olla. Al contrario, los reafirma en su convicción de que no han ido lo suficientemente lejos, lo suficientemente profundo.

Bajo estas circunstancias, tanto en lo que hace a la tendencia, y más aún en la despatarrada coyuntura, resulta impertinente mantener la infraestructura científico-tecnológica estatal, universidades incluidas.

Implica menos poder de compra de los salarios. La sublimación de la antiecononomía es la orden del día.

Buscando un símbolo de paz

Así como seis personajes continúan buscando un autor, la ciudadanía de a pie que marchó el martes y los que en sus casas y trabajos compartían el sentimiento, están buscando una respuesta productiva en el yermo desierto argentino.

El arte de exprimir agua de las piedras empieza por encontrar la pregunta clave. Rogelio Frigerio (abuelo) formuló el interrogante que ordena la tarea política arquitectónica: “¿Qué nos hace más Nación?”.

Para evitar la disputa agónica, para sortear ese estigma de estar “divididos desde siempre, desde el aula hasta el bar” y darle sustancia a “la ñapi de mamá (…) ese algo (que) nos juntó”, como reza la canción del trío Divididos, indaguemos -extramuros- la respuesta dada por el historiador inglés Alan S Milward (1935-2010) a la pregunta retórica de Frigerio.

El inglés se enfocó en dilucidar si la actual Unión Europea desde sus orígenes estaba destinada a diluir la nación como ente histórico o a consolidarla. Milward enfatizó la resiliencia estructural del Estado-Nación e infirió que la integración de Europa Occidental en la posguerra era un medio para revitalizar el poder nacional efectivo.

Cruzó, así, a los que decían que la integración era un camino de ida hacia una soberanía supranacional. Los que caracterizaban la integración como una “Europa de naciones”, no estaban alardeando.

Perry Anderson comenta sobre la tesis de Milward que “hay cierta ironía en el hecho de que el país que menos ha contribuido a la integración europea haya producido al historiador que más la ha iluminado. Ningún otro estudioso de la Unión se acerca a la combinación de dominio de los archivos y pasión intelectual que Milward ha aportado a la cuestión de sus orígenes”.

En diferentes ensayos, Milward va respondiendo al interrogante de por qué la recuperación económica en Europa después de la Segunda Guerra Mundial no se extravió, como ocurriera con la Primera Guerra.

Con la llegada de la paz en la Primera Guerra, la actividad económica avanzó y luego de algunos espasmos se fue a pique. Lo interesante de Milward es que refuta las explicaciones corrientes.

Por ejemplo, no le da ninguna entidad a las ideas keynesianas -en cuanto remedio contra la recesión-, argumentando que como no hubo desempleo no aplicaron. Incluso, que el mercantilismo nacionalista de Keynes no fungía con la integración.

Milward tampoco le da entidad a la expansión del sector público ni al avance tecnológico. El inglés no se anda con chiquitas y ningunea al Plan Marshall.

De acuerdo al historiador, el auge sin precedentes que comenzó en 1945 y duró al menos hasta 1967 se debía al aumento constante de los salarios en este período, en un contexto de insatisfacción acumulada durante mucho tiempo de la demanda de bienes de consumo.

La enorme diáspora europea -que pobló el mundo, particularmente América- estaría confirmando esos deseos, entonces muy lejos la clase dirigente de querer satisfacerlos. Este modelo de crecimiento, a su vez, fue sostenido por nuevos acuerdos entre Estados, cuya “búsqueda de intereses propios estrechos” condujo tanto a la liberalización comercial como a las primeras medidas limitadas de integración en el Plan Schuman (enunciado en el discurso del 9 de mayo de 1950 del canciller francés Robert Schuman, en el que se dio origen a la Unión Europea).

Acuerdos de Grenelle

La búsqueda de la legitimidad política estaba en el nivel de los salarios para que la seguridad económica y social fundada impidiera que vuelvan las crisis políticas del hambre y el desempleo.

Buen (y gran ejemplo) de ello son los Acuerdos de Grenelle, con los que el presidente de la Quinta República, Charles De Gaulle, negociando con los sindicatos (generalmente de izquierda, y acusado de inútiles por los jóvenes universitarios soliviantados) y la gremial-empresaria liquidó la crisis del Mayo francés.

Pactaron a un aumento del 35% en el salario mínimo (el salario mínimo garantizado) y el 10% de los salarios reales. La financiación del gobierno para que no se refleje en la inflación fue clave.

No es casualidad que en la estéril pampa argentina, con la frente calva en vez de velluda, se insista de vez en cuando con el “Pacto de la Moncloa” y ni se les pase por la cabeza Grenelle.

Perry Anderson señala que las tesis de Milward permiten perfectamente entender cómo Europa procedió a integrar “por primera vez a los agricultores, trabajadores y pequeño burgueses plenamente en la Nación política con un conjunto de medidas para crecimiento, empleo y bienestar. Fue el éxito inesperado de estas políticas dentro de cada país lo que provocó un segundo tipo de ampliación, ahora de cooperación entre países. Moralmente rehabilitados dentro de sus propias fronteras, seis estados-nación del continente descubrieron que podían fortalecerse aún más compartiendo ciertos elementos de soberanía en beneficio común”.

Milward advirtió con mucha lucidez los limitantes de este proceso al subrayar que “las fuerzas que han impulsado la Unión política a lo largo de casi medio siglo han sido siempre las mismas. Pero no está claro que dichas fuerzas tengan hoy en día un objetivo común (…) De cualquier modo, sigue siendo cierto que la Unión sólo podrá dar un paso adelante cuando proporcione ganancias a la mayoría de los ciudadanos de los países respectivos. El Tratado de Maastricht, considerado en su conjunto, no proporciona tales ganancias”.

El suicidio de la austeridad (o sea, bajar los salarios) tensionó mal a Europa y los Estados Unidos, que pagan los más altos salarios del planeta. En este contexto global y nacional: ¿qué nos hace más Nación?

Para empezar, poner proa al alza en la remuneración de los trabajadores y consolidar nuestro modelo educativo.

Lo que realmente vuelve importante la política científico tecnológica llevada adelante por etapas sucesivas desde 2003 y que el actual oficialismo amputa y la sociedad civil movilizada apuntala, no es su tendencia a la independencia tecnológica, que es una misión inútil por imposible, sino porque alentó la transferencia de tecnología.

Retomar el fuerte incentivo a la ciencia y la tecnología, a partir de rehacer al alza el mercado interno es lo que promete alcanzar algún día un alto nivel tecnológico general que a su tiempo posibilite poner en algunos segmentos del mercado novedosas técnicas propias.

Lo nuevo nace de lo viejo, es decir, de empaparse de la tecnología disponible para hacerla avanzar.

Eso pinta como la verdadera autonomía tecnológica: ser parte del club que comparte cuantitativa y cualitativamente la misma tecnología.

Al fin y al cabo, ser o no más Nación es una respuesta que sólo nosotros podemos dar.

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