El papa León XIV está por cometer instigación al delito. Por lo menos así lo podría ver Su Excelencia Javier Milei. Según el Presidente, la justicia social es delito. Según el Papa, en cambio, la justicia social es un valor tan importante que será uno de los temas de su primera encíclica. El Pontífice la dejó firmada el 15 de mayo y la publicará completa el lunes 25. Es probable que las dos primeras palabras en latín, como se acostumbra titular estos documentos, sean Magnifica Humanitas. Traducción posible: la grandeza de la Humanidad.
Los vaticanistas suelen discutir si, al menos en una parte de sus párrafos, una encíclica forma parte de la infalibilidad papal. Pero coinciden en que ese tipo de documentos emitidos por un Papa son claves en términos doctrinales, pastorales y políticos. Fijan orientación sobre temas que van desde la vida cotidiana al medio ambiente y el trabajo hasta las relaciones dentro de la comunidad y la guerra.
También las encíclicas influyen hacia afuera de la Iglesia católica. La Pacem in Terris, de Juan XXIII, se sumergió en la discusión sobre la paz en el mundo. La Populorum Progressio, de Pablo VI, puso en el centro la cuestión del desarrollo. Y, ya más cerca en el tiempo, las encíclicas Laudato Si’ y Fratelli Tutti, de Francisco, arrojaron definiciones sobre el mundo laboral, la ecología y las relaciones internacionales.
León XIV es consistente con el nombre que eligió para Papa. Lo tomó de León XIII, el Papa de la encíclica Rerum Novarum, de 1891. Aquel documento fue firmado un 15 de mayo. El mismo día en que este León del siglo XXI firmó el suyo. La Iglesia ama los símbolos. La Rerum Novarum fue a la vez una respuesta al salvajismo de la Revolución Industrial y una búsqueda para acomodar a la Iglesia, con un perfil propio, en medio de las luchas obreras y del avance de los proyectos socialistas.
La Rerum Novarum no usó literalmente la expresión “justicia social” en el sentido técnico que después desarrollaría la doctrina social de la Iglesia. Sin embargo, dejó establecidos sus fundamentos: dignidad del trabajador, salario justo, deberes del Estado, límites al poder patronal, crítica a la explotación y protección de los débiles.
“Los trabajos remunerados, si se atiende a la naturaleza y a la filosofía cristiana, no son vergonzosos para el hombre, sino de mucha honra, en cuanto dan honesta posibilidad de ganarse la vida”, dice una parte de aquel texto.
También define el trabajo como una actividad ligada a la conservación de la vida: “Trabajar es ocuparse en hacer algo con el objeto de adquirir las cosas necesarias para los usos diversos de la vida y, sobre todo, para la propia conservación”.
Y añade que el trabajo tiene dos dimensiones: una personal y otra necesaria: “El trabajo implica por naturaleza estas dos a modo de notas: que sea personal (…) y que sea necesario, por cuanto el fruto de su trabajo le es necesario al hombre para la defensa de su vida”.
Señala la Rerum Novarum que el salario no puede depender solo de la libre negociación entre patrón y obrero. Hay una justicia anterior al contrato. Lo dice de esta manera: “Queda, sin embargo, latente siempre algo de justicia natural superior y anterior a la libre voluntad de las partes contratantes, a saber: que el salario no debe ser en manera alguna insuficiente para alimentar a un obrero frugal y morigerado”.
En otra parte condena con dureza la explotación salarial: “Oprimir para su lucro a los necesitados y a los desvalidos y buscar su ganancia en la pobreza ajena no lo permiten ni las leyes divinas ni las humanas”.
Un textual más: “Defraudar a alguien en el salario debido es un gran crimen, que llama a voces las iras vengadoras del cielo”.
Si se cuenta desde Juan XXIII en adelante, Juan Pablo II fue el Papa que más encíclicas publicó: catorce, según coinciden las publicaciones Catholic Ireland y Catholic Culture. Francisco publicó cuatro encíclicas: Lumen Fidei, en 2013, en parte redactada por Benedicto XVI; Laudato Si’, en 2015; Fratelli Tutti, en 2020; y Dilexit Nos, en 2024.
La inteligencia artificial y la guerra
Por lo que trascendió hasta el momento, Magnifica Humanitas le dará una enorme relevancia a la inteligencia artificial. La explicación oficiosa del Vaticano es que, así como León XIII encaró de lleno el desafío de la Revolución Industrial y las luchas obreras, León XIV se meterá con la revolución que está experimentando el mundo con la IA. Lo cual incluirá el trabajo y la desocupación, pero también la relación entre la IA, los últimos sistemas de armas y la guerra.
En su mensaje a la 59ª Jornada Mundial de la Paz, durante este mismo año, dijo el Papa:
*“Debemos reconocer que los nuevos avances tecnológicos y la implementación militar de la inteligencia artificial han agravado la tragedia del conflicto armado.”
*“Existe incluso una tendencia creciente entre líderes políticos y militares a eludir la responsabilidad, a medida que las decisiones sobre la vida y la muerte son cada vez más ‘delegadas’ a las máquinas.”
*“Esto marca una traición inédita y destructiva de los principios jurídicos y filosóficos del humanismo que sostienen y salvaguardan toda civilización.”
*“Es necesario denunciar las enormes concentraciones de intereses económicos y financieros privados que empujan a los Estados en esta dirección; pero eso solo no bastaría si no despertamos también la conciencia y el pensamiento crítico.”
Donald Trump no esquivó la respuesta a ninguna de esas definiciones. Escaló su enfrentamiento con León XIV por la guerra en Medio Oriente. Con el mismo tono catastrofista que usó en la Argentina para participar en las elecciones legislativas de 2015 en favor de Milei, Trump cuestionó públicamente al Pontífice por sus llamados a frenar la ofensiva contra Irán. Lo acusó de “poner en peligro a muchos católicos y a mucha gente”. León XIV venía realizando pedidos reiterados de negociación, desarme y respeto del derecho internacional.
Trump acusó al Papa de ser “terrible en política exterior” y de favorecer a la “izquierda radical”. León XIV respondió sin entrar en una confrontación personal directa: sostuvo que seguirá buscando “formas de evitar la guerra siempre que sea posible” y defendió la necesidad de una salida diplomática. Se lo dijo en persona al secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, en el Vaticano.
Sin responder con el mismo tono de Trump, el Papa buscó colocar el eje en la protección de la población civil, la diplomacia multilateral y la necesidad de evitar que el conflicto en Medio Oriente derive en una guerra de mayor alcance.
Cuba, Vietnam y el manual latinoamericano
En la conversación con Rubio, el Papa abordó otro tema: el bloqueo a Cuba. Lo criticó y pidió que terminase. El Vaticano mantiene con Cuba una relación diplomática antigua y de mediación, reforzada en el deshielo entre La Habana y Washington bajo Francisco. Con León XIV, esa línea continuó: pidió “diálogo sincero y eficaz” entre Estados Unidos y Cuba. Raúl Castro felicitó al nuevo Papa en 2025 y llamó a fortalecer el vínculo bilateral. Lo hizo justo cuando se cumplía el 90º aniversario de relaciones diplomáticas entre Cuba y la Santa Sede.
El 27 de enero de 1973, bajo el nombre formal de Acuerdo de París para poner fin a la guerra y restaurar la paz en Vietnam, firmaron un arreglo Estados Unidos, Vietnam del Norte, Vietnam del Sur y el Gobierno Revolucionario Provisional de Vietnam del Sur. El acuerdo estableció el alto el fuego, la retirada de las tropas estadounidenses y el intercambio de prisioneros. La guerra continuó entre vietnamitas hasta la caída de Saigón, el 30 de abril de 1975. Pero desde 1973 la lectura de las fuerzas nacional populares y de izquierda de América Latina fue unánime: a la derrota de Washington en los arrozales de Asia le seguiría una serie de derrotas en América Latina.
Como se sabe, sucedió lo contrario. Con Richard Nixon a la cabeza de la Casa Blanca, los Estados Unidos se concentraron en el resto del continente, al que llamaban y siguen llamando Hemisferio Occidental. Así auspiciaron el golpe de Augusto Pinochet contra Salvador Allende, en 1973, siguieron dando aire a la dictadura brasileña que ya gobernaba desde 1964 y patrocinaron, con la participación del propio Henry Kissinger, la Operación Cóndor para secuestrar, torturar y matar prisioneros en el Cono Sur.
Qué pasará ahora es algo que queda por verse. Por lo pronto hay un antecedente: el secuestro de Nicolás Maduro mientras ejercía la Presidencia de Venezuela. Esta última semana, el capítulo primero de un manual similar pareció seguir Trump cuando ordenó imputar a Raúl Castro. El Departamento de Justicia desclasificó una vieja causa y acusó al expresidente cubano por el derribo de dos avionetas de la organización Hermanos al Rescate en 1996, episodio en el que murieron cuatro personas. Presentó cargos por asesinato, conspiración y destrucción de aeronaves. El argumento de Washington es que se trata de una causa penal pendiente. Para La Habana, fue una provocación y una maniobra política sin base jurídica.
A los 94 años, el hermano de Fidel Castro, el máximo líder muerto en 2016, no ocupa hoy un cargo formal de gobierno. Dejó la presidencia de Cuba en 2018 y la jefatura del Partido Comunista en 2021, cuando fue sucedido por Miguel Díaz-Canel. Su función actual es más bien política, simbólica y de resguardo histórico: es el principal referente vivo de la Revolución Cubana del 1° de enero de 1959.
Grandin y la historia de las intervenciones
El historiador estadounidense Greg Grandin, un gran latinoamericanista con libros escritos sobre las relaciones de Washington con el resto del continente, intervino en una discusión en X sobre socialismo, democracia e intervencionismo norteamericano. Enumeró golpes, desestabilizaciones y cambios de régimen promovidos o respaldados por Estados Unidos en América Latina y otras regiones. Grandin, profesor de Historia en Yale, viene sosteniendo que la relación entre Washington y el continente estuvo marcada por una larga tradición de intervenciones contra proyectos reformistas, nacionalistas o socialdemócratas.
La discusión se abrió cuando el historiador económico Phil Magness planteó por qué, si el socialismo fuera compatible con la democracia, muchos gobiernos socialistas llegaron al poder por medios no democráticos o no mayoritarios. Grandin respondió con una lista histórica: “Estados Unidos impulsó 42 cambios de régimen entre 1899 y 1992 en América Latina”, escribió, y mencionó, entre otros casos, Nicaragua en 1909, México en 1913, Cuba en 1934, Venezuela en 1948, Guatemala en 1954 y 1963, Honduras y Guyana en 1963, Brasil en 1964, República Dominicana en 1965, Bolivia en 1971, Uruguay y Chile en 1973, y Argentina en 1976.
En un segundo mensaje, el historiador de Yale amplió el argumento. Incluyó la guerra contra los sandinistas en Nicaragua durante los años ochenta, los casos de Jean-Bertrand Aristide en Haití, Dilma Rousseff en Brasil, Fernando Lugo en Paraguay y Manuel Zelaya en Honduras. También citó intervenciones, presiones o golpes en Italia y Francia en 1948, Irán en 1953 y el caso de Patrice Lumumba en el Congo.
El punto de Grandin no fue negar que existan ejemplos problemáticos en experiencias socialistas, sino discutir dónde se ubica la incompatibilidad entre socialismo y democracia. “Hay muchos ejemplos de ambos lados”, escribió. La pregunta, según planteó, es si esa incompatibilidad pertenece a la idea socialista en sí misma, como sostienen críticos como Magness, o si surge de la reacción del poder social ante una amenaza percibida como socialismo.