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Empobrecer no es competir

La visión tradicional de la competitividad económica mediante la devaluación de la moneda y la reducción de los salarios reduce el problema argentino a una cuestión de precios. Pero el salario no es solo un costo que debe comprimirse: también es un motor de la demanda interna, capaz de activar la producción y mejorar la utilización de la capacidad instalada. El verdadero progreso no surge del empobrecimiento social, sino de una transformación estructural del territorio y del sistema productivo. Centrarse únicamente en el tipo de cambio es un reduccionismo que ignora la infraestructura, la logística, la energía, el crédito y la integración territorial como verdaderos motores del desarrollo.

En la Argentina, el debate económico suele desenvolverse en un terreno estrecho: el de los precios. El tipo de cambio “está atrasado” o “está alto”; los salarios “se desbordan” o “presionan la inflación”; la competitividad se busca subiendo o bajando un número. En ese enfoque de gabinete, la economía se reduce a un tablero de precios donde las variables parecen moverse en abstracto, desligadas de la estructura material que las sustenta.

El problema es que ese tablero no existe. Lo que existe es una red densa de relaciones técnicas: energía, logística, infraestructura, capital fijo, tiempos de transporte, costos de almacenamiento y capacidades productivas. En ese sistema, intentar generar competitividad manipulando precios es como tratar de modificar la realidad alterando sombras: se mueve la apariencia, pero no la estructura que la produce.

Ese es el núcleo del reduccionismo cambiario: suponer que el desarrollo puede inducirse “abaratando” la economía vía devaluación, cuando en realidad la mayor parte de los costos relevantes está directa o indirectamente dolarizada. Y no puede ser de otra manera en una economía inserta en un sistema productivo global: energía, insumos intermedios, bienes de capital, tecnología y buena parte de la logística están estructuralmente referenciados a precios internacionales.

La devaluación, entonces, no transforma el sistema: reordena la distribución. Lo que baja rápido es el salario medido en dólares; lo que sube o se ajusta es el resto de los costos.

La devaluación como transferencia regresiva

En ese marco, la “competitividad cambiaria” deja de ser una política de desarrollo para convertirse en un mecanismo de transferencia regresiva: comprime ingresos del trabajo y expande rentas vinculadas a precios internacionales. Es una forma de ajuste que opera sobre la variable más débil sin alterar los determinantes estructurales del costo.

La experiencia argentina reciente muestra el mecanismo con claridad. La recuperación posterior a la crisis de 2001-2002 no puede explicarse seriamente solo por el tipo de cambio. El punto de partida fue una transferencia distributiva brutal contra el trabajo, en un contexto de desempleo masivo que anuló toda capacidad de recomposición salarial. Pero ese no fue el motor del crecimiento: fue la condición inicial.

El crecimiento sostenido vino después, y vino por otra vía: la reconstrucción del mercado interno. El aumento del empleo, la recuperación progresiva del salario real y la expansión de la demanda efectiva se apoyaron sobre una economía con enorme capacidad instalada ociosa. Eso permitió algo decisivo: expandir la producción sin inversión inicial, utilizando capital ya existente. El efecto fue inmediato: los costos fijos —infraestructura, maquinaria, organización— se distribuyeron en un mayor volumen de producción, reduciendo el costo unitario.

A esto se sumó un factor menos mencionado, pero igual de relevante: el saneamiento de los balances privados. La pesificación de pasivos en dólares redujo drásticamente la carga financiera de las empresas, liberando flujo de caja y disminuyendo costos en términos reales. La caída de las tarifas de servicios medidas en dólares y la utilización creciente de infraestructura previamente ociosa completaron el cuadro.

El resultado no fue un milagro cambiario. Fue una recomposición de condiciones estructurales que permitió crecer sin presión inmediata sobre los precios ni sobre la restricción externa.

El salario también es demanda

Este punto introduce una clave que el debate argentino elude de manera sistemática: el salario no es solo un costo, también es demanda efectiva. Y dado que la propensión a consumir del trabajo es elevada, su recomposición activa el sistema productivo.

La mayor demanda eleva el nivel de actividad, aumenta la utilización de la capacidad instalada y, con ello, reduce el costo fijo unitario. Cuando ese proceso se sostiene, induce inversión, ampliación de escala y mejora de productividad.

El límite de ese proceso no es el salario, sino la restricción externa. Cuando la expansión exige más importaciones de insumos y bienes de capital, la disponibilidad de divisas se vuelve crítica. Allí aparece la devaluación como salida de emergencia.

Pero esa salida tiene un costo: al comprimir nuevamente el salario real, reduce la demanda, baja la utilización de la capacidad instalada y revierte el proceso de reducción de costos unitarios. Es, en el mejor de los casos, un paso atrás para recuperar equilibrio.

La cuestión, entonces, no es cambiaria sino estructural. Y la evidencia histórica es contundente: los procesos de industrialización tardía no comienzan ajustando salarios. Comienzan transformando el territorio.

El territorio antes que el dólar

Corea del Sur es el caso más pedagógico. Su primer plan quinquenal no fue una política de precios, sino un programa de integración material: autosuficiencia alimentaria para estabilizar el sistema y grandes obras de infraestructura para reducir costos. La autopista Gyeongbu no mejoró “márgenes”: creó un mercado nacional operativo, integró producción y transporte, redujo tiempos y habilitó economías de escala.

Ese patrón se repite. En Estados Unidos, el Canal de Erie y la red ferroviaria integraron el territorio antes del salto industrial. En Alemania, el Zollverein y el ferrocarril precedieron a la industria pesada. En Japón, la modernización Meiji priorizó infraestructura y energía.

En todos los casos, el orden es el mismo: primero se reducen los costos sistémicos; después aparece la competitividad.

Esto tiene una implicancia directa: si los salarios bajos fueran la causa del desarrollo, las economías más pobres serían las más competitivas. No lo son. La competitividad no depende del salario aislado, sino de la organización del sistema productivo.

La tradición de la economía política industrial lo formuló con claridad hace más de un siglo y medio. Ya en la década de 1850, Erasmus Peshine Smith sostenía que los salarios elevados eran compatibles con la “producción barata” cuando aumentaba el poder productivo del trabajo en combinación con capital intensivo en energía. No se trataba de una postura moral: era una conclusión técnica. El trabajo bien remunerado, mejor capacitado y operando sobre sistemas productivos complejos genera mayor producto por unidad de costo.

Competitividad o administración del empobrecimiento

La persistencia del reduccionismo cambiario en la Argentina no es, por lo tanto, un simple error analítico. Es una forma de eludir la discusión sobre las bases materiales del desarrollo.

Hablar de tipo de cambio evita preguntas más exigentes: ¿cómo se reduce el costo logístico en un país de gran extensión? ¿Cómo se garantiza energía abundante, barata y confiable? ¿Cómo se financia la inversión de largo plazo? ¿Cómo se disciplinan las rentas que capturan excedente sin generar productividad?

Entre esas rentas hay una particularmente invisibilizada: la renta urbana. En el debate público argentino se suele presentar al salario como factor inflacionario, mientras se omite sistemáticamente el efecto de los alquileres y del precio del suelo. Sin embargo, desde el punto de vista de los costos, un aumento de la renta no es menos inflacionario que un aumento salarial.

La diferencia es política: la renta es un ingreso sin contrapartida productiva directa, mientras que el salario es simultáneamente costo e ingreso que sostiene la demanda y activa la producción. Tratar uno como problema y el otro como variable exógena no es un error técnico: es una elección de enfoque.

Cuando estas cuestiones quedan fuera del debate, el ajuste recae sobre la única variable disponible: el salario. La devaluación se convierte así en una forma de administración del empobrecimiento. Corrige transitoriamente el frente externo a costa de deteriorar el mercado interno, sin modificar la estructura que genera el desequilibrio.

La disputa argentina no es entre salario y competitividad, sino entre ingeniería económica y administración del empobrecimiento. En una economía integrada, con costos sistémicos bajos y escala suficiente, los salarios pueden crecer sin erosionar la competitividad. En una economía fragmentada, con logística cara y estructura productiva débil, el salario aparece como problema porque el sistema no puede absorberlo.

Invertir esa lógica implica cambiar el punto de partida. No comenzar por el precio del dólar, sino por el costo de mover mercancías, por la matriz energética, por la organización del crédito y por la integración territorial. En ese terreno, la competitividad deja de ser un atributo que se “compra” con devaluación y pasa a ser el resultado de una construcción material.

Empobrecer no es competir. Es, en todo caso, la forma más rápida de evitar la única discusión que importa.

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