¿Y ahora qué?

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La gran distracción

Desde mediados de marzo, cuando se inició la serie continuada de episodios que tuvieron como principal protagonista al vocero y actual jefe de Gabinete, Manuel Adorni, el Gobierno quedó inmerso en una crisis que, aunque parece haber disminuido en intensidad, aún lo mantiene en jaque. La sucesión de escándalos, internas y exabruptos que golpean a Milei y a sus funcionarios puede funcionar también como una pantalla que desplaza de la centralidad pública las políticas libertarias que están desmantelando la economía nacional y el Estado argentino.

Desde mediados de marzo, cuando se inició la serie continuada de episodios que tuvieron como principal protagonista al vocero y actual jefe de Gabinete, Manuel Adorni, el Gobierno quedó inmerso en una crisis que, si bien parece haber disminuido en su intensidad, aún lo tiene en jaque.

Esa crisis bien puede resurgir con fuerza si se consideran dos hechos que previsiblemente deberían producirse en las próximas semanas: el posible llamado a indagatoria del funcionario por parte de la Justicia y la presentación de la declaración jurada que obligatoriamente deberá realizar antes del 31 de julio.

Como se sabe, el “caso Adorni” fue la frutilla del postre que volvió a activar en la opinión pública el registro sobre innumerables hechos de presunta corrupción que envolvieron al propio presidente Javier Milei y a su entorno cercano.

Un cóctel que, combinado con la malaria que se extiende en vastos sectores de la población, produjo aquello que la mayoría de las encuestas no hace sino reflejar: el desplome, durante los últimos meses, tanto de la aprobación del Gobierno como de la imagen presidencial.

Esa caída, que ahora parece haber encontrado un “piso”, abrió la puerta para que no pocos políticos y analistas —tal vez motivados más por sus deseos que por la evaluación de una realidad que incluye múltiples aristas— decretaran una vez más el fin del mileísmo. Y, con ello, reiteraran en sus razonamientos una linealidad que no necesariamente se corresponde con los hechos.

Desplazar la atención

Al mismo tiempo que se suceden asuntos que hablan de corrupción, internas y exabruptos por parte del Presidente, cabe preguntarse: ¿en qué medida esa misma trama, que invade el espacio comunicacional e impacta negativamente sobre Milei y sus funcionarios, funciona simultáneamente como una serie de “pantallas” que desplazan de la centralidad pública la atención sobre las medidas y políticas libertarias que están desmantelando la economía nacional y el Estado argentino?

No parecería casual que ni Luis Toto Caputo, ni Federico Sturzenegger, ni el canciller Pablo Quirno —quienes son los encargados de “hacer el trabajo” que implica el avance estructural del modelo neoliberal-libertario— participen como protagonistas principales de las escaramuzas que sirven al juego de la distracción.

Un estudio realizado por el equipo de analistas de QSocial ayuda a responder aquel interrogante. Allí se constata que ninguna de las medidas o políticas trascendentes, cuyas implicancias comprometen el presente y el futuro del país, logra ocupar una porción mínimamente significativa en relación con los volúmenes comunicacionales alcanzados por la suma de los episodios que giran en torno a la interna libertaria, los perros del Presidente, los ataques a periodistas, el enriquecimiento ilícito de Adorni, los audios íntimos de Milei y la relación Milei-Karina.

La espiralización de dichos temas, medida en el consumo de videos que circulan en las redes sociales, alcanzó durante el primer cuatrimestre del año los 305,1 millones de visualizaciones. Es una cifra que explica el grado de centralidad adquirido por la saga de estos episodios en la territorialidad digital.

En comparación con ese volumen que invade el espacio virtual, pueden tomarse algunos ejemplos de la visibilidad alcanzada por medidas o iniciativas del Gobierno:

  • El Súper RIGI obtuvo 0,9 millones de visualizaciones, un 0,029 por ciento.
  • El acuerdo con Estados Unidos que crea el antecedente de declarar de “interés global” el mar austral argentino, autorizando su patrullaje a fuerzas del Comando Sur estadounidense, alcanzó 1,1 millones de visualizaciones, un 0,36 por ciento.
  • La Ley de Glaciares llegó a 37,1 millones, un 12,4 por ciento.
  • Zonas Frías, a 8,7 millones, un 2,8 por ciento.
  • Las modificaciones presupuestarias y el recorte de partidas, a 31,8 millones, un 10,4 por ciento.
  • Ley de Hojarasca, a 2,3 millones de visualizaciones, un 0,7 por ciento.

Y así podría continuarse con una extensa lista de casos que demuestran cómo aquello que concentra la atención de las audiencias, en buena medida, excluye los temas trascendentes. A propósito ver https://yahoraque.com.ar/politica/lo-principal-lo-secundario-y-lo-accesorio/

La política como espectáculo

Los capítulos de la saga libertaria contienen los principales condimentos de historias que, justamente por sus lados oscuros y morbosos, actúan como una irresistible fuerza de atracción para medios y audiencias. Los reiterados ataques y provocaciones del Presidente al periodismo, también denunciado por Milei como cómplice de los “políticos que destruyeron el país”, amplifican las discusiones y los conflictos, llevándolos a ocupar el centro de la escena.

La política presentada como espectáculo, fenómeno ya analizado en profundidad a fines de los años ‘60 del siglo pasado por el filósofo francés Guy Debord, adquiere hoy un despliegue inusual con las nuevas tecnologías y con la gravitación alcanzada por las redes sociales en la formación de las percepciones que modelan la opinión pública.

Los ingredientes efectistas de la corrupción, las traiciones, la perversidad, la vileza, el odio, la insensibilidad o la crueldad, reducidos a una metáfora simplificada que describe a la política tiñéndola de ese conjunto de connotaciones negativas, funcionan como factores que mantienen activo el rechazo de la sociedad hacia la dirigencia.

A fuerza de reiterar esas asociaciones negativas a partir de hechos reales o ficcionados, se fue enraizando una percepción que “naturaliza” —es decir, que considera como una condición socialmente reconocida como “normal”— la valoración negativa que cargan, como un firme prejuicio, “la política” y “los políticos” en general.

Corrupción, oposición y proyección electoral

La equiparación, en el plano de la corrupción, de Milei y los funcionarios libertarios con la misma condición atribuida a la dirigencia opositora —especialmente a la dirigencia peronista, con excepciones del caso, como sucede por ejemplo con Axel Kicillof— plantea una pregunta relevante: ¿representa en sí misma una causa suficiente para invalidar la proyección electoral de Milei?

Difícilmente pueda responderse por la afirmativa, aunque sea lógico pensar que la serie de hechos negativos que involucran al Gobierno en ese plano está provocando un costo innegable para el Presidente.

Sin embargo, sería un error suponer que la polarización que divide las aguas, proyectada como sintetizadora del antagonismo principal de cara a las elecciones del próximo año, sea la de “corrupción-anticorrupción”.

Eso no significa que esa antinomia no juegue un papel, ni que determinados candidatos, como el ya mencionado Kicillof o Myriam Bregman, no puedan afirmar su posición a partir de aquel factor de diferenciación.

Pero, volviendo a Milei, incluso para quienes se encuentran afectados e inconformes por los resultados de sus políticas parecerían existir todavía factores de diferenciación que no deberían, en ningún caso, subestimarse.

No sacar conclusiones precipitadas

La ausencia de una oposición clara y definida, capaz de recrear una corriente de esperanza que movilice a las mayorías, crea un vacío que impide acumular fuerzas aun en el contexto del deterioro experimentado por el oficialismo.

La negativización de las principales figuras de la oposición, machacada sistemáticamente por las campañas libertarias, también juega su papel.

La pregunta, entonces, sigue abierta: ¿el rechazo a lo “anterior” será más potente que el descrédito acumulado por los libertarios y Milei? ¿O sucederá lo contrario?

Parecería que la única certeza, por ahora, es la que aconseja no sacar conclusiones precipitadas.

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