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Lo principal, lo secundario y lo accesorio

Insistir sobre lo secundario diluye la fuerza que debería concentrarse en lo principal. Insistir sobre lo accesorio implica invertir energías en lo que rodea al centro sin actuar sobre el centro mismo. En ambos casos, el resultado es el mismo: lo principal queda desatendido.

Uno de los problemas centrales a la hora de analizar la compleja realidad que nos circunda —y también de construir una alternativa superadora al estado de destrucción en el que nos encontramos inmersos— es no distinguir con claridad, como categorías de análisis operativas, entre lo principal, lo accesorio y lo secundario. Esta dificultad no es menor: no solo afecta la coherencia interna del proyecto a construir, sino que también impide identificar con precisión la importancia relativa de los distintos factores que intervienen en el proceso concreto de acumulación política.

Lo principal es aquello sin lo cual un proyecto no existe. Define su orientación y su viabilidad. Lo accesorio depende funcionalmente de lo principal: puede reforzarlo o incluso distorsionarlo, pero en ningún caso sustituirlo.

Sin lo principal, lo accesorio pierde sentido.

Sin lo accesorio, lo principal puede sostenerse, aunque de manera incompleta o debilitada.

Lo secundario, en cambio, es jerárquicamente menor pero relativamente autónomo: forma parte del escenario, puede influir en él, pero su postergación no colapsa al conjunto.

La confusión entre estas dimensiones no es inocua. Insistir sobre lo secundario diluye la fuerza que debería concentrarse en lo principal. Insistir sobre lo accesorio implica invertir energías en lo que rodea al centro sin actuar sobre el centro mismo. En ambos casos, el resultado es el mismo: lo principal queda desatendido. No se trata simplemente de un error de enfoque, sino de una desviación que impacta directamente en la eficacia política.

A esto se suma una paradoja recurrente. En no pocos casos, se acierta en la caracterización discursivamente —se identifica correctamente qué es lo principal— pero en la práctica, se continúa operando sobre lo accesorio o lo secundario.

Confusión peligrosa

La distancia entre lo que se dice y lo que se hace termina produciendo efectos similares a los de una caracterización errónea: se confunde en la labor de concientización —tanto hacia adentro como hacia afuera— y se debilita el proceso de acumulación política. El problema, entonces, no es solo conceptual, sino también práctico y, en muchos casos, de conducción.

Ahora bien, esta imprecisión no siempre es involuntaria. Machacar sobre lo accesorio o lo secundario cumple funciones específicas. Desde los sectores interesados en desestructurar nuestra condición de sujeto político independiente, expandir la confusión y montar “cortinas de humo” ha sido históricamente una estrategia eficaz. Desplazar el foco hacia lo que no define el rumbo estratégico permite evitar que se consoliden diagnósticos y respuestas capaces de cuestionar el orden vigente.

Desde espacios que no terminan, en el mejor de los casos, de acertar en la elaboración de una estrategia superadora convocante, insistir sobre lo accesorio puede generar la sensación de movimiento, aunque en el fondo no se esté construyendo ni transformando nada sustancial. Lo secundario permite llenar agendas con ruido y auto justificar -o disfrazar- las propias limitaciones, pero sin llevarnos a donde en verdad lo precisamos.

Adorni, Milei y los glaciares

Tomemos lo que viene pasando con el caso Adorni —que satura la agenda— y lo que ocurre permanentemente desde hace ya casi tres años con el análisis de la personalidad de Milei. En ambos, hay un núcleo real que merece atención: el arribismo y la hipocresía del «anti casta», por un lado; y la virulencia descalificadora y su agresividad hacia las necesidades sociales por otro, amén de sus participaciones en posibles ilícitos en ambos casos.

Pero, sobre esos andariveles, y más allá del repudio ético que puedan generar, el efecto acumulado es el mismo: desplazar del centro de gravedad debates como el de la ley de glaciares, donde se juega la destrucción de un bien común, la pérdida de recursos hídricos para generaciones enteras.

Si te están incendiando la casa con tu familia adentro, da lo mismo que lo haga un cuerdo o un estrafalario. Por eso, la personalidad de Milei —enmarcada en la lógica neoliberal que este gobierno conlleva, y en el nivel de destrucción ya consumado— es una cuestión accesoria: sirve a su política de fondo. Lo principal es el plan de destrucción, no el psicodrama.

Distintos esfuerzos

Ahora bien: ¿Cómo se produce este desplazamiento? No solo los factores de poder funcionales al statu quo participan. También, y esto es lo preocupante, se promociona desde parte del espacio opositor. Porque poner el énfasis en aspectos oscuros de los personajes, requiere menos esfuerzo estratégico que empujar una ley de glaciares, o tejer una articulación territorial en defensa del trabajo y la industria nacional -algo que aún no se ha impulsado- y vincularlas con la del sistema científico y la movilización federal por las universidades (iniciada en marzo 2024) cosa que, aún, tampoco se ha se hecho, e ir concatenando y acumulando otras resistencias.

La reiteración como desvío estratégico

Entra en la lógica de la disputa política “esmerilar” alfiles contrarios y amplificar las contradicciones internas o los esperpentos -cosas que abundan- del gobierno. Pero el problema de emplear esa estrategia sobre un punto accesorio, sin profundizar en el fortalecimiento del proyecto alternativo y pasar por alto el propio cainismo, las hace asemejar más a una disputa de aparatos.

Lo que aquí opera no es solo un error de apreciación individual. Es una dinámica que atraviesa a los referentes políticos, a los medios, y de ahí al proceso de concientización de la militancia y a las clases y sectores que cada cual se atribuye representar.

Esta dinámica afecta de manera diferenciada, pero articulada, en dos niveles. La militancia y los núcleos informados, queriendo seguir el debate de fondo, se ven arrastrados por la corriente mediática/dirigencial —no por ingenuos, sino porque el acceso a la información está mediado por esas agendas— y terminan ocupándose de lo que no define el rumbo estratégico. Pueden seguir ambos temas (el accesorio y el estratégico), pero la desproporción de la agenda no ayuda a fortalecer la capacidad de enfoque.

Ruido y discurso

En amplias capas de nuestra sociedad, que deben destinar energías considerables a la sobrevivencia diaria, el tiempo para filtrar es muy limitado. Reciben el ruido mediático y el discurso político como agenda, y ese mensaje les dice —así no fuera lo buscado por los difusores— que el problema son los viajes de un funcionario, lo cual es práctico para el statu quo que prefiere los escándalos individuales sobre la visualización del saqueo estructural. Para ellos, la agenda llega descompensada de origen.

Por eso la lección sería clara: no alcanza con tener razón sobre lo accesorio o secundario. Se puede denunciar con acierto cada caso de corrupción, cada privilegio, cada dislate. Pero si eso se hace en desmedro de lo principal, se termina contribuyendo al mismo desorden que se critica. La acumulación política exige la disciplina de no dejarse arrastrar por la agenda de los factores de poder y centrarse en lo principal: la desindustrialización y precarización, la repremiracion y la financiarización, incluso cuando esa agenda viene envuelta en críticas legítimas.

Una dificultad igualmente paralizante.

Otra falla analítica —recurrente en las fuerzas antineoliberales— es la volatilidad con que se caracterizan las coyunturas. Esta volatilidad impacta directamente en el ánimo y desorientación de la militancia, en la potencia del mensaje que se transmite a la sociedad, erosiona la credibilidad del propio análisis, genera dependencia del último acontecimiento como brújula estratégica y atenta contra la posibilidad misma de acumular fuerzas de manera sostenida.

Hay diagnósticos y diagnósticos

Con frecuencia se realizan análisis identificando causas estructurales que, por ejemplo, bloquean a las dirigencias políticas impidiéndoles construir alternativas reales para, pocos días después, darlo por superado por un acontecimiento puntual (una movilización, la aprobación o rechazo de una ley). Se pasa, así, de una lectura estructural a una reacción coyuntural sin mediaciones. Pero si todo diagnóstico tiene una vigencia de una semana, entonces deja de ser un diagnóstico y se convierte en una respuesta inmediata al último acontecimiento.

Si reparamos en los últimos años, veremos que esta actitud es reiterada. Lleva a asignarle seis meses de permanencia a un gobierno antes de implosionar o sea eyectado por la movilización popular, y al siguiente otorgarle carácter inmutable, casi irreversible. Estos vaivenes pueden comprimirse en períodos muy breves, incluso de días (repasemos -o recúrrase a las hemerotecas- todas las opiniones con carácter de sentencias emitidas durante las recientes elecciones de medio término y las semanas posteriores).

Las tendencias estructurales sobre las cuales se asientan nuestras coyunturas responden a raíces profundas, cruzan todos los espacios, y son de larga data. Se pueden revertir, pero no con meras invocaciones, ni relativizándolas o destacándolas según el día. Si pensamos que este gobierno es lo principal —con toda la importancia que tiene para la ofensiva neoliberal— repetimos errores.

Es difícil de asumir, pero bajo esa óptica —y haciendo oídos sordos a dichas tendencias estructurales—, a pesar de lo burdo del equipo, con apenas el 15% de los diputados y el 9% de los senadores, no pocos le auguraron al gobierno libertario una gobernabilidad imposible, o su disolución en pocos meses. Y acá estamos. Merced a esas tendencias (y a pesar de esa debilidad inicial), el país sigue reventado por los cuatro costados, y el campo nacional y popular arrastra una lista de cuestiones sin resolver nada menor.

Repetición de errores

Ambos problemas —confusión sobre lo principal y volatilidad en la lectura de la coyuntura— convergen en el mismo resultado: debilitan la dirección de avance, socavan la concientización de propios y extraños, y quiebran la confianza estratégica desde adentro, condenando cualquier intento de acumulación seria a la reiteración de los mismos errores.

Por eso, la cuestión no se agota en definir correctamente qué es lo principal. Esa es una condición necesaria, pero no suficiente. También es imprescindible sostener ese diagnóstico en el tiempo, anclarlo en una lectura estructural de los procesos y actuar en consecuencia. De lo contrario, incluso los aciertos parciales pueden diluirse en una práctica que los contradice.

La pregunta que toda dirigencia debería hacerse —y en el contexto actual, con carácter urgente— no es solo “qué definimos como principal”, sino también si ese diagnóstico se mantiene o cambia a golpe de titular o acontecimiento puntual a la presión de la agenda mediática y de los acontecimientos coyunturales.

Si esas preguntas no se responden, el riesgo es que el discurso se convierta en un ejercicio de coherencia formal, reduciendo su efectividad en la práctica. Y así, la próxima alternativa puede terminar en otra salida en falso. Mientras tanto, el proceso de destrucción y degradación continúa su curso.

PD: En lo que respecta específicamente a los medios de comunicación, más allá de los lógicos y legítimos posicionamientos políticos o grados de encuadramiento que asumen muchos medios, el periodismo atraviesa transformaciones profundas. La competencia con las redes, los problemas presupuestarios que afectan las labores de investigación, la precarización laboral y el multiempleo en gran número de sus profesionales: todo eso atenta directamente contra la posibilidad de un entorno apropiado en el cual desarrollar su labor. El resultado es que, por motivaciones diversas y hasta opuestas (rating, competencia, oposición light, necesidad de llenar horas de aire, o simple falta de criterio), se instala como tema central lo que es más fácil de cubrir, no lo que es principal. El caso Adorni es el ejemplo perfecto: tiene nombres, fotos, números concretos, escándalo, morbo. La Ley de Glaciares, en cambio, es más compleja, menos fotogénica, exige explicar procesos, modelos de destrucción, intereses mineros. Es más difícil de vender como noticia. Y ahí está la clave: lo que se prioriza no es lo importante, sino lo rentable.

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