Hace décadas que se ha diseminado una confusión importante sobre las variables económicas o sociales que hay que medir para evaluar la calidad de vida de una comunidad. Un debate sobre el equilibrio fiscal, las inversiones extranjeras y el cepo.
El problema de qué medir se ha hecho agudo en la actualidad, ante el enorme alud de datos que circulan por canales de comunicación que llegan hasta el último de los ciudadanos.
Muestras sobran.
¿Equilibrio fiscal?
El FMI critica al gobierno porque no cumplió la meta de equilibrio fiscal y nos apresuramos a cargar contra el dibujo de Milei.
¿Qué quiere decir? ¿Que creemos que el reclamo del FMI es correcto? Pero ni aquí ni en ninguna parte del mundo se ha demostrado que el equilibrio fiscal es una medida de salud económica. Ni siquiera es una acción adecuada por sí misma para eliminar la inflación, de lo cual este gobierno es ejemplo rotundo.
Si queremos comentar el pedido del FMI solo deberíamos decir que el organismo se oculta detrás de una teoría por demás endeble, para asegurar que se priorice el pago de sus acreencias, como lo demuestran los pagos externos del país en estos tres años.
O sea: Milei y el FMI mienten. Eso no es lo más importante. Las cuentas públicas deben ser evaluadas con un criterio más complejo que este simplismo y le dedicaré otro documento a esto.
Otra.
¿Cualquier inversión?
Circula con fuerte crítica al gobierno una estadística de la OCDE que nos ubica como el peor país de América Latina en recepción de inversión extranjera.
Entonces, ¿el famoso Bernardo Neustadt tenía razón en bombardearnos durante la década de los 90 del siglo pasado, señalando la importancia de atraer inversores? ¿Todos los improperios contra ese hombre fueron vanos y equivocados?
Muchachos, la inversión extranjera puede destinarse a desarrollar infraestructura productiva, asociada a capital local, para agilizar nuestra capacidad productiva. O puede aplicarse a comprar empresas nacionales exitosas, especialmente aquellas que lideran sectores del mercado interno. O puede dominar sectores extractivos, incluyendo tierras agrícolas, generando enclaves de exportación, que bloqueen el ingreso de capitales nacionales al sector e impidan la integración hacia adelante de cadenas de valor (litio, petróleo, minería primaria del cobre, etc).
O sea: Hay inversión extranjera aceptable y hay otra que mejor perderla que encontrarla, con efectos presentes y futuros que son negativos en nuestro flujo anual de divisas y en nuestra capacidad autónoma de definir perfiles productivos.
Dejemos entonces a la OCDE en paz con sus números y busquemos otros flancos a medir.
Una más.
¿Cepo sí o cepo no?
El gobierno criticó desde el minuto uno la regulación en el flujo de salida de divisas y habló de cepo cambiario. Luego ha ido liberando transacciones, pero mantiene restricciones a las empresas multinacionales, porque es claro que la demanda de divisas para girarlas a otros destinos es mayor a la entrada de divisas y la cuenta no hay forma que dé. En tal escenario, hasta en ámbitos académicos universitarios se lo critica porque “el cepo no se eliminó por completo”.
¿En qué quedamos? El gobierno miente, se endeuda y patea su bodoque hacia adelante. ¿Y nosotros le criticamos que no libera totalmente el flujo de divisas, compartiendo así lo que sostiene Domingo Cavallo?
Absurdo.
Le deberíamos criticar su férrea vocación de no admitir nuestra condición neocolonial.
Aquí las finanzas internacionales, cada vez más integradas a quienes producen como enclave, sin depender del mercado interno, se apropian de cada dólar que circula por allí, obligando a que pensemos la salida únicamente a través de proyectos como Vaca Muerta o la minería del cobre o litio, que generen las divisas necesarias para cubrir las enormes obligaciones externas generadas por el neoliberalismo.
Se dejará así para el futuro un páramo, tal vez desendeudado, pero en el que tendremos que arreglarnos sin petróleo, sin minería, sin tecnología, sin mercado interno, como marcianos que habrán aterrizado en una geografía devastada.
En lugar de entender esa proyección, ¿nuestros economistas discuten que el cepo no se eliminó del todo? Mamita…
Con el número del PBI no alcanza
Tomemos un respiro y preguntémonos: ¿Qué habría que medir para estar seguros que nuestro destino se asocia a esos números?
Como idea central: Conviene huir de los espejismos que construye el neoliberalismo, al invitarnos a medir variables de las cuales a su vez dependerían otras, las que afectan nuestra vida cotidiana.
O sea, ¿para qué poner en los titulares el equilibrio fiscal, del cual dependería la inflación, en lugar de medir primero ésta última, si ni siquiera está probada la dependencia de una variable respecto de la otra? Y así hasta el infinito.
Midamos lo que se conecta directamente con nuestra vida.
Aun así es bastante complicado.
El producto bruto interno (PBI), por ejemplo, que mide todo el valor agregado que generamos, resulta necesario para saber si crecemos o no.
Pero estaría mal, como hicieron varios gobiernos, incluyendo éste, concluir que cuando el PBI crece vamos bien, porque ese número debe ser acompañado por una medida de cómo se distribuye ese ingreso. El PBI promedio por persona es obvio que no resuelve el problema. El índice de Gini, que resulta de una fórmula en que se divide a la población en franjas de 10% según su ingreso, deja ver algo más, pero en nuestro país eso se calcula sobre muestras tomadas en 31 centros urbanos, donde vive el 65% de la población total, suponiendo que el perfil de ingresos es similar en el resto del país, lo cual es sumamente dudoso. Por lo tanto, de movida, estamos subestimando – con fuerza – la concentración de ingresos en la población.
O sea, las arenas movedizas empiezan desde lo más elemental.
Con los mismos elementos cuestionables se mide la pobreza, para peor referida a canastas de consumo que no se actualizan debidamente. O sea: no sabemos cuánta gente no recibe lo suficiente y ni siquiera sabemos con precisión a qué llamamos “lo suficiente”.
Tonto consuelo es pensar, como muchos hacen, que la debilidad metodológica viene desde muchas décadas y por lo tanto las variaciones de PBI, de índice de Gini o de pobreza, algo dicen. Lo absoluto no lo conocemos, pero lo relativo podría servirnos.
Claro, si nunca hubiera conocido a Robert Redford joven, me podría mirar al espejo y pensar que soy agraciado.
El punto es que debemos medir las variables económicas y sociales que caracterizan los problemas a resolver en nuestra Patria y no lo hacemos o nuestro intento es débil.
Podemos seguir hasta el infinito con una cantinela aburrida.
No conocemos la cantidad de compatriotas que acuden a comedores comunitarios.
No sabemos la historia laboral de esas personas ni su presente de trabajos e ingresos.
No tenemos relevadas las necesidades comunitarias insatisfechas de esos entornos, ni evaluadas las acciones que corregirían la situación.
No conocemos cómo vincular de forma efectiva las capacidades universitarias ni del sistema de ciencia y técnica ( a reconstruir) con la eliminación de la pobreza y no tenemos siquiera diseñadas formas de medir ni las carencias ni los posibles éxitos.
Si nos apuran, seguramente responderemos que hay que aumentar la capacidad de consumo mejorando ingresos de la población; eso reactivará la producción y la ocupación; se reducirá la pobreza y la indigencia y la rueda se moverá nuevamente.
En ese intento, que debería apoyarse en un cambio de la forma de administración de las cuentas públicas, no tenemos una respuesta clara a la objeción neoliberal de que de tal modo se reactivará la inflación, porque en realidad ni ellos ni nosotros medimos las variables que causan la inflación. El efecto de los monopolios; de los servicios regulados por el Estado; de la reducción de la inversión privada nacional que se espanta frente a las perspectivas permanentes de inestabilidad y se refugia en el dólar; de la ausencia de otros análisis más que los que impone el neoliberalismo; nada de eso aparece en nuestras discusiones.
El resultado es que un Estado rapiñador con nunca, al servicio de la mezquindad nacional y sobre todo internacional, nos vende el buzón de que pelea contra la inflación vaciando nuestros bolsillos, mientras por otro lado causa la inflación ajustando los precios de los combustibles, de la energía, de la medicina prepaga, de las comunicaciones, que puede regular, en favor de una banda.
Medir bien es tener claras las relaciones entre causa y efecto en economía y en cualquier escenario de la vida.
Sin embargo, es doloroso tener que recordar que esto no aparece entre nuestras asignaturas pendientes.