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El Indio Solari: fenómeno de masas, furia y rock and roll

El británico Mick Jagger intentó una vez competir con Carlos ‘El Indio’ Solari, que acaba de morir. El desafío era provocar el ‘pogo más grande del mundo’, el bailoteo salvaje y frenético del público al compás de la música. Se atrevió a desafiarlo de visitante, en el estadio Único de La Plata, cuna y baluarte de la banda de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota. En aquel concierto, el líder Stone no hizo más que potenciar la leyenda del Indio Solari, un fenómeno de masas musical y social.

Aquella competencia fue como jugar un clásico Argentina-Inglaterra. Con respeto mutuo. ¿Hubo empate? Parece que los albicelestes hicieron valer su condición de locales para imponerse en el éxtasis de aquella noche histórica en el Único. Un concierto reproducido hasta el infinito en internet.

José Saramago, en la novela Las Intermitencias de la muerte, cuenta que un día nadie morirá. Todos seguiremos viviendo. Es una sátira filosófica. Tal vez, sería insoportable si fuera realidad. Lo que es verdad, seguro, es que los ídolos populares no mueren.

Después de la tristeza, la conmoción y el duelo necesario por el fallecimiento físico del señor Carlos Solari, vendrá otro tiempo. El tiempo de la eternidad, o al menos la persistencia del estar. Un aura enigmática o no tanto que rodea a gente de nuestra historia como Gardel, Evita o Maradona.

Si Solari será tan grande como aquellos en su persistencia, difícil saberlo. Los artistas le ganan a la muerte con sus obras. La música es el único arte que va directo al alma. Sacude el espíritu sin poder pensarla. Impide racionalizar el fenómeno o su gramática. Se siente en forma simultánea o inmediata. Puede ser una forma implacable del arte para vencer a la Parca.

Pero, además, está el mito. Aquel famoso titular de un diario el 1 de julio de 1974 que decía simplemente MURIÓ, en tamaño catástrofe, tal vez le cabe de algún  modo al Indio, a secas.

Carlos Solari era un señor esmirriado y calvo. A los 77 años, venía de sufrir hacer rato el Mal de Parkinson. Ocultaba su mirada detrás de unos anteojos a lo John Lennon, pero oscuros. A la par de Charly García, es una de las mayores leyendas del rock and roll argentino. Arrastraba multitudes estremecedoras, dignas de dar envidia a más de un partido político.

«El  ‘Sold Out (sin dinero) no existe para mi público, van igual al show», declaraba. Esos «océanos de gente», como él los llamaba, súbitamente fueron trampa de muerte, como en aquel encuentro con más de 400.000 personas en Olavarría. El maremagnun humano causó los decesos de dos hombres por apretujamientos y avalanchas.

Pero casi no hay manera de sujetar la euforia juvenil de saltar, empujar, golpear y patear. Es el estilo «punk» que impuso otro ídolo roquero británico, Sid Vicious.

Los recitales ricoteros y los de su agrupación heredera, los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, fueron siempre delirio y locura, pasión y fiesta.

«Es un fenómeno de masas, popular, muy difícil de explicar», dijo una vez el dibujante Rocambole (Ricardo Cohen), quien diseñaba tapas de los discos del Indio.

Lejos parecía Solari de pretender adhesión masiva. Fundó la banda ricotera en 1976, en plena dictadura. La música era un refugio contra tanto crimen y censura.

Era un grupo más bien elitista. Tocaba en recintos cerrados un rock exquisito, con letras surrealistas y casi todas inentendibles desde lo racional, como cierta buena poesía.

«Hay un nihilismo creativo, afirmativo en sus letras. El mundo se vino abajo, pero todavía queda la potencia del deseo del ser humano para transformar la realidad con su trabajo intelectual», escribió el filósofo Pablo Cillo en su obra «Filosofía Ricotera, Tics de la Revolución».

Los fanáticos ricoteros llenaban estadios, nunca con más de 40.000 personas. Peleas internas en la banda desembocaron en la disolución de los Redondos en 2001.

Pero pronto volvieron las «misas ricoteras», una concelebración del rock y del ídolo cuya voz fue premiada como la mejor con el prestigioso premio Konex de platino en 2015.

Solari fundó en el siglo XXI la banda de los Fundamentalista. Los conciertos empezaron a parecerse a las manifestaciones del peronismo.

Masivas migraciones de gentes atravesaron el país e incluso las fronteras para asistir a megaconciertos en autódromos o predios feriales.

La grey ricotera invadió y causó conmoción en espacios abiertos de Gualeguaychú, Tandil, Junín o Mendoza.

Solari no era un cantante de protesta. No concedía entrevistas, salvo excepciones. Se producía a sí mismo. Rechazaba a las empresas discográficas. 

Solari es un ícono de la contracultura germinada en la década de los años de 1970. Representa el rechazo a depender de las grandes compañías que manejan el mundo del espectáculo. Le escapó siempre a la televisión. Las entrevistas las concedía a unos pocos amigos especialistas.

Vivía recluido en un caserón del exclusivo Parque Leloir. Lo sobrevive una mujer y un hijo a quienes nadie podría reconocer por la calle.

No concurría a encuentros sociales ni masivos. Era más bien fóbico. Hablaba pausadamente y no parecía ni un líder carismático ni un «rockstar». Tiene centenares de miles de seguidores. Su público siempre fue mayoritario de clase media baja, obrera y sin recursos. Dormían en las plazas a la espera del recital. El alcohol y algún que otro tóxico corrían pero como en cualquier otra expresión del mundo de hoy.

«Hay una buena cantidad de gente que nos sigue que vive en barrios desangelados», dijo una vez Solari.
Hace unos años rompió el cono del silencio para expresar una simpatía por la expresidenta Cristina Kirchner. Lo hizo sin estridencia, ni concurrir a ningún acto. No hubiese sido su estilo. Político autoconsciente, se expresaba con delicado guante de seda, muy de vez en cuando.

Su eléctrico tema «Ji ji ji» es el que desataba «el mayor pogo del mundo». Le guste o no a la lengua Stone.

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