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La inflación de Ormuz desacomoda los planetas

La inflación se aceleró en los Estados Unidos. Junto a las tensiones geopolíticas globales, está forzando cambios en las tasas de interés y afectando los mercados de capitales.La fase A de Kondratieff. La repercusión en la estabilidad financiera de Argentina. Por la gestión económica, Donald Trump pierde a los votantes rurales, su electorado más afín. El fortalecimiento del mercado interno y los salarios es la única vía para evitar el estancamiento social.

A las 8:30 a. m. del miércoles 10 de junio, la Oficina de Estadísticas Laborales —BLS: Bureau of Labor Statistics— del gobierno de los Estados Unidos informó que el valor anual del Índice de Precios al Consumidor conforme al dato de mayo fue del 4,2 por ciento, el máximo de los últimos tres años. Superó así a la tasa interanual del 3,8 por ciento registrada en abril. Dados los valores del IPC de febrero, la inflación anual se situaba en el 2,4 por ciento.

Para los estándares norteamericanos, la inflación anualizada de mayo es muy alta. La presión inflacionaria de Ormuz baila al ritmo de la falta de un cese en serio del conflicto bélico que se desenvuelve en esa geografía y su impacto alcista —aunque oscilante— en el precio del petróleo y sus derivados. El Índice de Precios al Productor —IPP—, que mide la inflación desde la perspectiva del proveedor, se publicó el jueves, complementando el panorama nada alentador del IPC.

El dato coyuntural tiene miga en cuestiones de mediano y largo plazo para la economía mundial y su centro de acumulación, los Estados Unidos. Pero también para la Argentina.

El panorama económico actual de los Estados Unidos se encuentra en un punto de inflexión crítica, en el que el resurgimiento del nerviosismo inflacionario ha frenado el reciente optimismo de los inversores, ya en alerta porque la economía norteamericana no para de crear empleo de forma sostenida.

Las circunstancias de desacomodamiento de los planetas generaron una liquidación en los mercados globales, afectando especialmente a los sectores tecnológicos y de criptomonedas, y planteando un desafío directo para la Reserva Federal. La posibilidad de un aumento de las tasas de interés en el otoño boreal ha exacerbado la volatilidad, mientras que las tensiones políticas internas y los altos niveles de endeudamiento corporativo añaden capas de complejidad al entorno macroeconómico.

La confianza que anteriormente impulsó a las acciones hacia máximos históricos se ha disipado, dando lugar a un enfriamiento generalizado de los mercados. Los futuros del Nasdaq Composite manifiestan que el sector tecnológico y la renta variable —las acciones que cotizan en bolsa— se encuentran bajo una presión significativa. Los mercados en Asia y Europa operaron el miércoles en números rojos.

Por otra parte, los inversores están liquidando posiciones en acciones de inteligencia artificial de gran capitalización, lo que afecta negativamente las expectativas para el debut bursátil de SpaceX, que se produjo este viernes. Tanto los bonos como las criptomonedas han registrado caídas, reflejando una aversión al riesgo generalizada.

La Reserva Federal

El conflicto en Medio Oriente y el alza en los costos energéticos están deteriorando la confianza de los consumidores y la estabilidad salarial. En consecuencia, analistas de grandes entidades bancarias recomiendan cautela ante la posibilidad de un mercado bajista inminente. Por caso, el Bank of America ha sugerido considerar la venta de acciones, citando señales claras de un mercado bajista, bear market.

La aceleración de la inflación presiona a la Reserva Federal —la Fed— para propugnar un aumento de las tasas de interés, posiblemente para el mes de septiembre. El objetivo es enfriar la economía y que esto frene la inflación. Es parte del repertorio del desconcierto de los gobiernos occidentales. ¿Frenar la inflación aumentando los costos vía tasa de interés y atenuación de las economías de escala, esto es: menos produzco, más me cuesta por unidad? No pinta nada efectivo, más bien lo contrario.

Esta medida —más allá de retórica e inefectividad, en todo caso: buena prueba de que la ideología neoclásica que la inspira es un peso muerto que sobrevive por la falta de consenso para darle paso a los sustitutos— viene de la mano con el potencial conflicto entre el nuevo presidente de la Fed, Kevin Warsh, y el POTUS Donald Trump, quien tiene una militancia de años contra tales incrementos. Trump impulsó a Warsh hacia la poltrona de la Fed para que no suba la tasa de interés, criticando duramente al antecesor en ese cargo, Jerome “Jay” Powell, por hacer eso: subir la tasa de interés de referencia.

Aquí y ahora

Si esta tendencia se confirma, reprogramar los pagos de la deuda externa argentina —como pretende el actual gobierno— no va a resultar nada fácil ni más barato. Incluso, la eventual mano que le pueda dar Trump al oficialismo libertario, tal como la que le dio en las legislativas nacionales de 2025, pinta poco probable.

Los problemas de la inflación y Ormuz le han complicado a Trump las midterms de noviembre, en las que los republicanos pueden perder la mayoría en ambas cámaras a manos de los demócratas. La base electoral se le picó a Trump. Cuenta el Nobel de Economía Paul Krugman en su blog que, en 2024, Trump ganó el voto popular por un estrecho margen, de tan solo 1,5 puntos porcentuales. Pero ganó en las zonas rurales por 30 puntos.

Para Krugman, Trump ganó en las zonas rurales por un margen tan amplio porque los agricultores se mostraron sumamente optimistas sobre lo que haría por ellos. “El Barómetro de la Economía Agrícola Purdue/CME, que es básicamente un índice del sentimiento económico de los agricultores, se disparó con la victoria de Trump”, consigna el afamado economista.

En contraste, señala Krugman, hoy “el impulso que Trump solía generar en las zonas rurales brilla por su ausencia. De hecho, la opinión de los votantes blancos rurales sobre la política económica de Trump se ha vuelto sorprendentemente negativa (…) solo el 32 por ciento de votantes blancos rurales aprueba la gestión económica de Trump, mientras que el 68 por ciento la desaprueba”.

Este clima delinea el escenario que explica la visita a la Argentina, en la primera semana de junio, de Luke Lindberg, subsecretario de Agricultura para Comercio y Asuntos Exteriores de Estados Unidos. Para P/12, vino “para garantizarse que el acuerdo bilateral se aplique cuanto antes, con el eje puesto en cuestiones esenciales: la ley de Patentes y derechos de ingresos de productos sin controles. Incluso forzando a que Argentina viole otros acuerdos que se enmarcan en el pacto Unión Europea-Mercosur”.

Mediano y largo plazo

El despelote a corto plazo pinta prominente. No menos, a mediano y largo plazo con los cambios tecnológicos en marcha, que tienen a la IA como buque insignia. A efectos de extraer lo que pueden expresar para el diseño más efectivo de la estrategia de salida argentina, hay que observar que los distintos hechos referidos y su muy diferente naturaleza tienen un escenario común en las llamadas ondas largas del capitalismo y en el régimen que adoptan las relaciones internacionales para procesar la anarquía que les es propia.

Uno de los que teorizó sobre el comportamiento cíclico del capitalismo fue el economista ruso N. D. Kondratieff, pocos años después de la toma del Palacio de Invierno. Tipificó tres clases de ciclos: largos, de cincuenta años de duración; medianos, de siete a diez años; y cortos, de tres a cuatro años.

Los largos tienen dos fases: la A ascendente y la B descendente. Lo que mueve este amperímetro son tres fuerzas:

  1. las que se ponen en movimiento por un sector líder en crecimiento, derivadas de la introducción y difusión progresiva de una nueva tecnología y su desaceleración;
  2. las puestas en movimiento por los cambios en la rentabilidad de la producción de alimentos y materias primas, ya sea por el lado de los precios o la tecnología;
  3. la migración internacional u otro fenómeno demográfico que cambia la tasa de reproducción de la fuerza de trabajo y su tamaño y la demanda de vivienda.

La fase A de Kondratieff implica aumento de precios y la irrupción de nuevas tecnologías. Los hechos señalados podrían ser indicios de que estamos ya en la fase A, aunque con una atenuación demográfica notable. ¿Qué debe hacer la Argentina para no perder el tren? En una economía donde lo que importa es el valor de cambio —siendo el valor de uso no relevante para su fijación—, lo decisivo es tener un mercado interno sólido y creciente. El salario es el mercado. O sea, debe hacer exactamente lo contrario a lo que está haciendo el oficialismo libertario, si el objetivo es una democracia social y geográficamente integrada.

El nivel del consumo depende del nivel de los salarios. Si la remuneración al trabajo se estropea, por un tiempo las exportaciones y el consumo suntuario de los que no están alcanzados por esa mala distribución del ingreso tiran del carro. Esto también incluye a la hoy en niveles paupérrimos inversión pública. Pero llega un punto en el que o sube el poder de compra de las remuneraciones de los trabajadores o el sistema se estanca y retrocede, puesto que todas esas otras salidas distintas a la trazada por el salario se saturan no más allá del mediano plazo.

No es que el aliento al consumo sortee el rasgo cíclico de la acumulación capitalista —definitorio del carácter de su trayectoria en el tiempo—, pero pospone largamente morder el polvo del nadir. Respecto de las promesas exportadoras de la actualidad, podrían recordar qué resultó de la Argentina del Centenario y —a la postre— lo necesario que fue el 17 de octubre, para que los seres humanos que estaban solos y esperando encontraran que tenían un país que también era suyo.

Los heterodoxos y los salarios

Si el oficialismo libertario impulsa la Argentina a dos velocidades, es cuestión de escombrar el terreno opositor y observar qué expresan las iniciativas heterodoxas, para olfatear qué tiene el destino preparado para nosotros.

Por el lado de las propuestas de política económica heterodoxa —una categoría en la que no faltan caras extrañas y en la que no son todos los que están—, el gran deporte nacional de la clase política con raigambre en las mayorías nacionales de hacerse los distraídos con los salarios argentinos ha posibilitado a este variopinto conjunto de intelectuales orgánicos hacerse bien los boludos respecto de los salarios.

En efecto, si la clase política no exige aumentar los salarios, los intelectuales orgánicos que les son afines diseñarán el zapato que le calce en la horma. Como en ese caso el zapato es no hacer olas, llegado el momento, los lugares de decisión los ocupan intelectuales orgánicos que le dan confianza a los mercados. Para conservadores, mejor los originales con convicciones.

Existe un variado menú heterodoxo para jugar al distraído con los salarios. Los más refinados son sibilinos. Apuntan que la Argentina es tomadora de precios en el mercado mundial. Entonces, si los salarios que forman los costos suben lo suficiente para sobrepasar ese precio, la Argentina no puede vender nada de lo que exporta. Los salarios son bajos porque esos precios son bajos.

Al mismo tiempo dicen —correctamente— que las devaluaciones son inefectivas porque hacen que el precio de las exportaciones baje más de lo que suben las cantidades vendidas. Ambos procesos los resume el concepto de elasticidad. Hay que ponerse de acuerdo: o la Argentina enfrenta una curva de demanda de exportaciones con elasticidad infinita —primer caso— o la Argentina enfrenta una curva de demanda de exportaciones inelástica —segundo caso—.

Lo que concilia estas dos posturas irreconciliables es la necesidad de estos conservadores heterodoxos de jugar al distraído con los salarios. Por cierto, el precio mundial de una mercancía es una referencia. No hay tal cosa como países tomadores de precios porque alrededor de ese eje hay un abanico de precios, no un único precio que es a todo o nada.

Los heterodoxos más vulgares hacen gala del subjetivismo, culpan de los bajos salarios a la codicia empresarial y a una supuesta renuencia a invertir de los burgueses argentinos, que por esa peculiaridad serían una especie única, de mierda, pero indudablemente singular. Una posible solución sería reemplazar a los capitalistas argentinos por extranjeros sin esa tara de negarse a invertir.

Ahí interviene la denuncia de la extranjerización de la cúpula empresarial para inhibir que eso pase. Debe ser el aire argentino que genera esas transformaciones que, por caso, hacen que un japonés sea muy inversor en su país y cuando viene al nuestro evoluciona hacia la completa renuencia inversora. Como resultado, en el ámbito del capitalismo no queda otra que proferir la queja amarga para tranquilizar los espíritus y que los salarios puedan seguir marchando cuesta abajo sin problemas.

Costos de producción y precio político

Cuando se les recuerda a los que juegan al distraído que el salario es un precio político que establece el Estado como expresión de la lucha de clases y que sin salario suficiente no hay mercado suficiente y entonces no se invierte —o sea, la subjetividad y la nacionalidad empresarial es objetivamente irrelevante—, viene en su auxilio la idea de que los salarios se determinan sobre la base de los costos de producción de la fuerza de trabajo, sean estos costos fisiológicos o sociales.

Si al igual que los caballos, los seres humanos tienen la misma productividad alimentados con alfalfa o con zanahorias, y el yuyo es más barato que el tubérculo, los salarios argentinos son bajos porque andamos alimentados con la forrajera, debido a que al malvado chancho burgués lo único que le importa son sus ganancias —y, eventualmente, sus zanahorias—. Como el precio de la alfalfa lo determina el precio previo del salario, esa explicación es una tautología estéril.

Hay veces que la quieren salvar chicaneando con la pregunta retórica: “¿Entonces el salario puede ser cualquiera?”. Luce que mientras sea bajo sí, lo que sugiere no preocuparles. Pero alto no, lo que despierta todos sus temores —muy pequeñoburgueses— de perder seriedad y racionalidad.

Decir que es un precio político no es decir que puede ser “cualquiera”, sino que es un precio previo a todos los otros precios, fijado por la lucha de clases sobre los datos económicos. En tanto precio de producción —de equilibrio—, el drama argentino —justamente— es que está muy por debajo de su nivel de equilibrio —aquel ingreso que permite al trabajador y su familia reproducirse sin mayores problemas— y, alcanzado ese equilibrio, haya que forzarlo hacia arriba, si queremos vencer al subdesarrollo.

Los salarios son bajos por decisión política. Objetivamente, nada impide que aumenten y hay instrumentos políticos que vuelven reales los avances nominales que no tienen nada que ver con esa estupidez voluntarista de apelar a la bondad empresarial de resignar ganancias. Eso no existe.

Aun en esta difícil coyuntura, con la bomba del endeudamiento externo activada, un gobierno reaccionario extremista, la fase A globalmente en marcha y nosotros columpiándonos como Tarzán, queda claro que lo que importa es hacia dónde se va mientras se deja atrás toda esta desagradable y tóxica experiencia actual.

Eso parece ser lo que van a sancionar las urnas del 27, según lo sugerirían los juguetes perdidos que se encontraron encolumnados en un multitudinario réquiem, para darle un último adiós aquí, en la Tierra, a un hacedor de momentos de pasiones adecuadas. Se intuye que sienten que algo grosso les falta en la vida cotidiana. Que está ahí, pero no se hace presente.

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