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La guerra y la manufactura del hambre

La guerra en Oriente Medio hizo que los precios de los alimentos se disparen. La especulación predictiva de traders, shadow banks y gigantescos fondos de inversión fija precios futuros del maíz, la soja y el trigo que podrían arrojar a 45 millones de personas más al hambre si no se destraba Ormuz en julio.

Dos meses y medio pasaron desde que Estados Unidos e Israel lanzaron la tercera guerra del Golfo. En ese tiempo, Washington intentó tapar con reservas propias el agujero que sus bombas habían abierto en el mercado global.

Pero incluso esos recursos de la superpotencia son finitos. Y a comienzos de esta semana unos dos mil barcos seguían inmovilizados en el Golfo Pérsico. Así, gran parte del gas, el petróleo, los fertilizantes e incluso las materias para fabricar semiconductores indispensables para la carrera de la IA continúan estancados y distorsionando la economía mundial.

Por eso la OPEP+ —con Rusia, pero sin Emiratos Árabes Unidos— aceptó hace unos días aumentar sus cuotas de producción de petróleo para contener el precio del barril y así reafirmar que “siguen ejerciendo control sobre los mercados mundiales del petróleo a pesar de las enormes perturbaciones de la guerra”, indica un cable de AFP.

John Mearsheimer, el referente de la escuela realista de Relaciones Internacionales de la Universidad de Chicago, había anticipado el impacto que podría tener, si esta situación se prolongaba, en la producción y en los precios de los alimentos el bloqueo a los fertilizantes. Desde entonces, el precio internacional de la urea casi se duplicó.

Hambre a precios siderales

Desde el primer día de bombardeos, las corporaciones petroleras y los grandes traders de materias primas se posicionaron como ganadores. Esta situación inmoral fue señalada por expertos de todo el mundo. Por ejemplo, la comisión independiente que copresiden el premio Nobel Joseph Stiglitz y la economista Jayati Ghosh, ICRICT, llamó a imponer un gravamen a las ganancias extraordinarias de los que se estaban beneficiando de la guerra.

No solo se benefician los petroleros. Están los que apuestan a la timba con el pan nuestro que faltará en las mesas cada día. Desde fines de febrero, los grandes hedge funds que invierten en nombre de familias ricas, fondos de pensiones y aseguradoras casi duplicaron sus posiciones en futuros agrícolas de maíz, soja y trigo en el Chicago Mercantile Exchange (CME), reveló un estudio realizado para la organización holandesa Follow the Money. Según los investigadores, en ese período se realizaron nuevas inversiones predictivas por 8.600 millones de dólares.

Entre los mayores jugadores de estas maniobras que empujan el precio de los alimentos a la estratósfera figuran Millennium Management, que gestiona más de 80.000 millones de dólares, y Citadel, que gestiona unos 60.000 millones. Estos últimos anticiparon un escenario de reapertura de Ormuz para el mes de julio, lo que podría contener un poco la escalada de precios de los commodities. El fondo australiano Farrer Capital llegó a sincerarse: “Para los inversores activos en materias primas, estas condiciones suelen generar oportunidades”, citando la guerra en Irán como la razón principal. Esperan recolectar 400 millones de dólares nuevos hasta fin de año, con su nueva estrategia de agricultura. Una estrategia que convierte la sangre roja en activos financieros en dólares.

El fertilizante no llega, pan que no habrá

Mientras los traders contabilizan sus ganancias exponencialmente inmerecidas, en el Sur Global se está gestando una crisis silenciosa. La ONU ya lanzó la advertencia: si el bloqueo se prolonga, hasta 45 millones de personas adicionales podrían caer en inseguridad alimentaria, sumándose a los 318 millones que ya padecen hambre hoy. La FAO habla de un “choque sistémico en el sistema agroalimentario global”, cuyas consecuencias se extenderán bien entrado 2027.

El 46% de la oferta mundial de urea —el fertilizante nitrogenado básico— proviene de Oriente Medio. Los efectos sobre los rendimientos agrícolas se sentirán en la cosecha de fines de 2026 y durante todo el año próximo, año electoral en muchos países europeos y en la Argentina.

India es el caso más ilustrativo de esta vulnerabilidad en capas. El tercer mayor consumidor de petróleo del mundo importa entre el 85% y el 90% de su crudo. Los agricultores indios compran fertilizantes en mayo para la siembra de algodón y arroz en junio y julio.

En países donde la alimentación representa entre el 40% y el 60% del gasto familiar, una suba del 10% en el precio de los alimentos no es un dato estadístico. Es una sentencia.

El Instituto Kiel calcula que los precios globales de alimentos podrían subir entre un 2,7% y un 15% según la región, con los mayores impactos en Sri Lanka, Pakistán, India y los países importadores netos de alimentos de África subsahariana.

El impacto no será abstracto en la Argentina.

“Estos acontecimientos no son para nada ajenos al campo argentino y menos aún a semanas de comenzar la ventana habitual de siembra de la fina. El impacto ha sido directo en renglones que explican buena parte de la estructura de costes total de implantación y más aún teniendo en cuenta cómo han evolucionado los precios relativos desde la implosión de la guerra”, señala un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario.

Aquí, en cuatro meses, el costo relativo de aplicación de fertilizantes se incrementó 57%, advierten “los dueños” del agro.

“El precio del gasoil en el surtidor aumentó un 34% en el año valuado en dólares, y la cotización mayorista de referencia a nivel doméstico para urea se disparó un 77% respecto a enero del 2026 (…) la posición a diciembre del 2026 en el mercado de futuros de A3 comenzó el año promediando 190 dólares por tonelada y llegó a tocar máximos en 221 dólares por tonelada”, indica el mismo informe.

Argentina, granos hacia afuera y precios hacia adentro

The plot thickens: otro informe de la Bolsa rosarina informa que hubo un récord exportador argentino de los primeros cinco meses de 2026. Sin embargo, no explica que este no es un fenómeno aislado ni resultado de una eficaz política económica. Los fondos especulativos multiplicaron más de diez veces su posición comprada en el complejo sojero. Y el impulso estadounidense a los biocombustibles disparó el precio del aceite de soja un 53%.

En ese contexto, Argentina se convirtió en la fuente más competitiva para una amplia gama de productos agropecuarios, y la demanda externa absorbió 50,4 millones de toneladas entre enero y mayo. Es decir, este récord no expresa una abundancia que derrama bienestar hacia adentro: expresa que afuera pagan más, y hacia afuera van los granos. Y los precios.

En mercados desregulados donde el Estado no es garante del acceso a los alimentos, el precio internacional se traslada al mercado doméstico. Los informes de la Bolsa de Rosario lo reconocen al señalar que las subas en el precio de exportación del complejo soja traccionaron los precios en el mercado disponible local. Lo mismo ocurre con el maíz. En ausencia de mecanismos de desacople, el consumidor argentino compite en desigualdad de condiciones con compradores internacionales.

En esta receta para el desastre tampoco hay excepcionalidad argentina. El proceso de financiarización del precio de los alimentos le debe mucho al FMI y al Banco Mundial, a sus recomendaciones y a las condiciones de los préstamos que contribuyeron a crear un “entorno propicio” para la expansión de las finanzas globales en toda la economía, incluida la agricultura.

Concentración de riqueza, distribución del hambre

Las ganancias extraordinarias de los traders y las petroleras se convierten en poder extraordinario. La concentración de capital en un puñado de actores del sector energético y de commodities está redistribuyendo, de manera sistemática, la capacidad de incidir en las políticas económicas globales. Adiós soberanía nacional, bienvenida oligarquía internacional.

Y hay una dimensión aún más profunda. En el mercado global de granos y oleaginosas, cinco empresas controlan entre el 45% y el 80% del comercio mundial, según estimaciones de la ONU. Son los llamados ABCD: ADM, Bunge, Cargill y Louis Dreyfus, más sus rivales asiáticos. Y según la ONU, el 75% de sus ingresos ya no proviene del comercio físico de commodities, sino de la parte financiarizada de ese comercio: futuros, derivados, posiciones en mercados de papel.

“El mercado de alimentos ya no es sobre los alimentos físicos”, advierten los investigadores de Follow the Money citados previamente. “Es sobre todas las finanzas alrededor de los alimentos. Y el riesgo es que ese mercado empiece a convertirse en su propio mundo, separado de aquello de lo que realmente se trata: la comida”.

El patrón no es nuevo.

Los traders y shadow banks son las fuerzas de la financiarización de la agricultura mundial. Mueven los alimentos del productor al consumidor, financian a los agricultores, poseen acciones en la infraestructura logística global y pueden hacerlo, en gran medida, porque acumulan información privilegiada sobre el estado de las cosechas en decenas de miles de granjas alrededor del mundo.

Con esa información satelital o recogida mediante sensores, radares, drones y registrada en tablets que dan cuenta de la densidad de los cultivos, el grosor de los tallos y el consumo de fertilizantes, pueden anticipar e incidir en movimientos de precios antes que cualquier otro actor del mercado. No llega a ser el inside trading clásico —cuando alguien utiliza información confidencial para obtener un beneficio económico—, pero la matriz sociotecnológica actual hace que la asimetría de acceso a información pueda equipararse a un tipo nuevo de mecanismos tramposos, en mercados cada vez más parecidos a salones de apuestas. Así lo destacó también The New York Times en una nota sobre la empresa Polymarket, la página web de apuestas para prácticamente cualquier cosa. Incluida la evolución de precios de commodities.

Los que están perdiendo en la guerra contra Irán están dispersos, son millones, son pobres que ven triplicarse el precio de la carne, niños que comerán menos proteínas en 2027. Los que vienen ganando son pocos, están concentrados y tienen abogados, los mejores lobbyistas y los mejores asesores financieros del planeta.

Pero esta guerra no se libra solo sobre Teherán. La guerra en Irán es, en parte, negociaciones nucleares y geopolítica de Trump con drones y misiles. Pero hay otra guerra que se libra en los mercados de futuros de Chicago, Rosario, Ginebra y Houston. A distancia del hambre, en despachos donde se decide quién come y quién no. En esa guerra hay vencedores y hay vencidos. El Indio Solari, que murió esta semana, escribió “Vencedores vencidos” cuando este país todavía creía que las cosas podían darse vuelta. La letra sigue siendo una esperanza. Y también una advertencia.

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