La nota publicada la semana pasada sobre las internaciones sociales de jóvenes y adolescentes destapó un tema tan o más preocupante: ¿qué ocurre con esos niños, niñas y adolescentes que padecen algún problema de salud mental? El Estado ni siquiera dispone de cifras. O porque no dispone de la información centralizada, que permitiría tener noción del drama, o porque no quiere darlas a conocer públicamente.
Como ejemplo de la falla estadística, aquí va una respuesta del Ministerio de Salud de la Nación: “No, no hay manera de que tengamos esa data. Es jurisdiccional. Cada provincia la maneja a su gusto y piacere”.
Pues, entonces, ¿quién opera con una estrategia centralizada sobre la salud mental de niños, niñas y adolescentes? Nadie.
Una psicóloga de un hospital público, que prefirió mantenerse en el anonimato para conversar con Y ahora qué?, explicó que, en materia de niños y adolescentes, “hace 30 años que hago guardia y puedo decir que en los últimos años la cantidad y complejidad de las consultas aumentó de forma exponencial”.
–¿De qué tiempo estamos hablando?
—Diría los últimos 10 años, y con un notable un incremento después de la pandemia, desde cuando vemos situaciones mucho más complejas como intentos de suicidio.
–¿Y a qué lo adjudican?
—Es multicausal. Por un lado, la falta de redes de contención socio comunitaria, la caída del lugar de los adultos, que están inmersos en tantas dificultades que pierden de vista a los chicos. Pero, además, si vos tenés una familia migrante, que el padre tiene changas, o que tiene algún tipo de problemática por la cual va y viene y está solo la mamá, y tienen un montón de chicos y problemas de vivienda, todo se va sumando para armar un rompecabezas muy complejo porque ese chico necesitaría un ratito para vincularse, hablar un poco con su mamá o su papá de lo que le pasa y no los encuentra.
–¿Qué factores externos a la familia mencionaría?
—La falta de dispositivos de atención. Recibimos chicos a los que hace dos años les dijeron que deberían ver a un psicólogo, fueron a un efector, fueron a otro, no consiguen turno, les dan lista de espera para tratamientos ambulatorios que se demoran mientras se agravan los cuadros. Hay falta, sobre todo, de psiquiatras infanto juveniles. En CABA hay un poco más, pero hay ciudades en las provincias donde no hay profesionales en psiquiatría infantil.
–¿Hay una tendencia a que este tipo de patologías tenga mayor impronta en familias migrantes o de sectores bajos, o también ocurre en sectores medios y altos?
–Atraviesan todos los sectores sociales, y particularmente a las familias migrantes porque la migración -en sí- aporta vulnerabilidad. Si bien los migrantes van armando sus propias redes sociales con otros pares, no les resulta tan fácil –por ejemplo- con quién dejar a los chicos para llevar al otro al médico. La condición de migrante aporta un granito más de vulnerabilidad, pero en relación a la salud mental, este problema atraviesa todos los estratos sociales.
–Y en sectores económicamente acomodados, pero con problemas de salud mental, ¿esos problemas están relacionados con padres ausentes?
–En los sectores más acomodados puede ser factores como la sobre exigencia de que el chico tiene que ir a la escuela y aprender inglés, latín, piano, hacer algún deporte, o puede ser porque están en sus propias cuestiones. El tema siempre surge cuando no hay, desde los adultos, una mirada de cuidado y respeto hacia las infancias. En muchos casos los adultos se caen de su lugar de adultos o quieren ser amigos de los hijos o no les dan pelota o les resulta muy cómodo que las pantallas los entretengan. Pero se podría resumir en que los adultos han perdido su lugar de adultos.
–Definalo, por favor. ¿Cuál debe ser?
–Acompañar y contener. Hay adultos que no saben cómo tratar a los chicos con respeto y responsabilidad, pero sin dejar de ser adultos y sin dejar de ser firmes y poner límites.
–Y en el ámbito de lo social, ¿qué influye para sustentar una base de esa patología mental?
–La pérdida del entramado social, que en los últimos años es más obvia; el individualismo; el sálvese quien pueda y la pérdida de lo colectivo. Como psicóloga no voy a negar que hay condicionantes biológicos, pero básicamente son vinculares, familiares y sociales. La enfermedad mental es, de todas las enfermedades que tenemos los seres humanos, la más ligada a lo subjetivo, a lo sociocultural y a lo familiar.
Las piezas del rompecabezas que viene
Hay algunas pistas de lo que viene, pero más por las deficiencias existentes que por el desarrollo de programas. Decir eso y pensar en lo que no se puede hacer es casi lo mismo.
Imaginar ese futuro requiere de piezas que están tan dispersas como los múltiples esfuerzos desconcentrados. Pero existen y son valiosos, aunque terminan siendo una red con poco éxito porque no están pensadas como una trama única, una red de sostén real sino parches o piezas de un rompecabezas que nunca terminará de articularse como tal.
El último reporte de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) sobre la salud mental de las infancias (‘Manicomios porteños: la transformación que no llega’) detalla que “el abordaje de las cuestiones de salud mental en las infancias se caracteriza por la prevalencia de la internación y la ausencia de estrategias de fortalecimiento familiar, de intervenciones domiciliarias comunitarias y de dispositivos de cuidados alternativos al encierro… si bien el número de NNyA internados descendió en 2020 a raíz de la pandemia de COVID-19, la cantidad de internaciones comenzó a incrementarse nuevamente al año siguiente, y en 2023 y 2024 se registran los niveles de internación más altos desde 2012. Además, aumentaron las internaciones de NNyA de entre 8 y 12 años. A ello se suma que el tiempo de internación suele ser extenso. Según el Órgano de Revisión de Salud Mental, en 2023 fue de más de 30 días en el 75% de los casos y de más 90 días en el 25%”.
Y agregó que “un estudio realizado por la Unidad de Letrados sobre la situación de las niñas y niños que se encontraban internadas e internados en abril de 2018 reveló que más de la mitad de los casos correspondían a reinternaciones, y que el 15% de ellos se trataba de, por lo menos, la cuarta internación. Además, del total de casos estudiados, el 42% de los NNyA no había accedido a ningún tipo de tratamiento previo a su primera internación”.
El informe de ACIJ/CELS asegura que “si bien las políticas orientadas a la niñez lograron una disminución de la institucionalización en hogares de menores, la institucionalización psiquiátrica de NNyA, por el contrario, mostró un incremento con una importante tendencia progresiva. La institucionalización en psiquiátricos se ve promovida por el hecho de que los hospitales generales de niños y niñas registran serios problemas para brindar una atención adecuada. Presentan déficits en sus condiciones edilicias y en los recursos humanos para sostener las internaciones, a lo que se suma la disminución de profesionales en la especialidad de psiquiatría infanto-juvenil”.
Y entre las consecuencias de esta situación se produce la derivación automática de infancias y adolescencias a hospitales monovalentes y la prolongación de las internaciones en los servicios de guardia. Esto último implica que las niñas y niños son alojados en condiciones muy precarias, no acceden a camas en salas de internación, no cuentan con un equipo interdisciplinario de seguimiento ni acceden a actividades recreativas y terapéuticas.
Desenredando la madeja, dice el documento que lo que ocasiona que esto ocurra se debe a una “falta de políticas adecuadas para promover que NNyA vivan en la comunidad y realicen sus tratamientos de manera ambulatoria fuera del ámbito hospitalario. Es importante mencionar que la realidad es todavía más cruda cuando se trata de niños y niñas que atraviesan situaciones especiales de vulnerabilidad. Gran parte de los/as NNyA que son internados en la Ciudad de Buenos Aires se encuentran en situación de calle o residen en lugares cerrados, y no cuentan con cuidados familiares ni con intervenciones eficaces por parte de los organismos de protección de derechos. Sus vidas transcurren entre hogares de menores, paradores, centros socioeducativos de régimen cerrado y hospitales, sin acceso a un abordaje integral que garantice sus derechos y produciendo un grave deterioro en su salud psicofísica”.
El origen
Eduardo Quiroga, abogado del Programa de Igualdad de ACIJ, asegura que la situación es de larga data.
–Quiroga: Tenemos una causa judicial del año 2015 que tiene sentencia para que se creen respuestas habitacionales para las personas, y desde el año 2015 hasta ahora nunca se cumplió esa orden judicial. Hay una multa incluso al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y al Estado Nacional por el incumplimiento en la creación de dispositivos habitacionales. Tiene que haber políticas sostenidas, y hubo algunos intentos a nivel nacional, en la gestión anterior, con el anuncio de ciertas políticas de vivienda que fueron interrumpidas con el cambio de administración. Si bien las políticas anteriores no habían llegado a producir resultados, directamente se interrumpieron con este Gobierno. Después vemos otros problemas vinculados al financiamiento de las políticas de salud mental en general.
–Cuando usted habla de externaciones, eso está muy vinculado con otras políticas relacionadas con la economía, con lo social, no solo con problemas de salud mental. Digo que si un Gobierno no resuelve esos temas desde una mirada integral que mejora la vida de las personas, la salud mental termina agravándose. ¿Es así?
–Quiroga: Sí, claro. La salud mental está determinada por una multiplicidad de factores. En el caso de las personas que están en situación de pobreza, afectadas por otras cuestiones específicas, que no tienen acceso a la educación o a políticas de apoyo familiar, de revinculación familiar, etc., su destino -en muchos casos- termina siendo la institucionalización, el hospital psiquiátrico ante la falta de una política de vivienda, de inclusión laboral, de inclusión educativa, de protección social o la provisión de subsidios para la externación, porque en la mayoría de las personas, en el caso de los adultos por lo menos, son personas que no tienen recursos, y tampoco tienen posibilidad de acceder a esos recursos. Ni unos ni otros salen del hospital y pueden incluirse en un trabajo.