¿Y ahora qué?

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Mirar atrás es la única forma de avanzar sin tropezar

Que los debates vuelvan no es malo. El tema es cómo regresan. Las discusiones reaparecen una y otra vez como si fueran inéditas, mientras se ignoran las experiencias, las síntesis y los aprendizajes acumulados.

Recuperar el pasado no implica nostalgia ni refugio en fórmulas viejas. Significa construir una memoria activa, capaz de poner a prueba lo nuevo, detectar repeticiones y convertir los círculos viciosos de la discusión pública en una espiral ascendente de conocimiento.

I. El diagnóstico: “la tiranía del presente perpetuo”

Existe una ilusión profundamente arraigada en nuestro tiempo, alimentada por la aceleración tecnológica y la voracidad de lo nuevo. Se manifiesta de manera especialmente nociva en el terreno de las ideas. Pero esa aceleración tiene poco de espontáneo y mucho de inducido. Cada pocos años, ciertos debates reaparecen con la misma intensidad, las mismas preguntas y —lo peor— la misma falta de memoria que en su primera, segunda o enésima versión.

Que los debates vuelvan no es malo: cada época tiene derecho a preguntarse nuevamente por sus grandes temas. El problema no es que regresen, sino cómo lo hacen. Los factores de poder promueven una discusión amnésica, desconectada de las experiencias y elaboraciones precedentes. El retroceso de la formación facilita esa operación. La combinación de ambos fenómenos puede llegar a volverla casi estructural.

Las discusiones son presentadas como si fueran nuevas, ignorando lo escrito y las síntesis que costó alcanzar. Ese olvido forzado hace perder tiempo redescubriendo lo sabido y despreciando el esfuerzo de quienes nos precedieron. Así, viejas fórmulas y políticas, cuyas consecuencias ya conocemos, vuelven a presentarse como innovaciones. En otras palabras, se reniega de la experiencia, base de todo aprendizaje.

Vivimos atrapados en un presente perpetuo, una extensión sin futuro, en términos de François Hartog. Esto no es casual: el capitalismo neoliberal necesita de la desmemoria para funcionar. La “destrucción creativa” no solo afecta bienes materiales, sino también instituciones y memorias colectivas que podrían oponérsele, como señala David Harvey. Sin pasado, no hay alternativa; sin memoria, todo parece inevitable.

Hace tiempo que se advirtió sobre el fetichismo de la novedad: lo nuevo se vuelve valioso precisamente porque impide la comparación con lo viejo. Si todo es “nuevo”, todo se vuelve igualmente aceptable. La información circula a velocidad vertiginosa, pero la experiencia —ese saber que se transmite y se acumula entre generaciones— escasea. La información es el dato fugaz; la experiencia es el conocimiento que se sedimenta, como planteó Walter Benjamin. Hemos contribuido al debilitamiento de la memoria colectiva y de los canales de transmisión de la experiencia; por eso, una y otra vez, terminamos tratando como inéditos problemas que ya conocíamos y respuestas que ya habíamos ensayado.

II. La propuesta

Frente a esta dinámica, surge la necesidad de una ruptura metodológica. No se trata de oponer lo viejo a lo nuevo, ni de refugiarse en un pasado petrificado, sino de reconstruir una relación con el pasado que sea productiva para el futuro.

Esto implica combatir la “memoria selectiva”: el proceso por el cual el pasado no se recuerda en su totalidad, sino que se filtra preservando unos elementos y relegando otros al olvido. Nuestro trabajo propone una contraselección: recuperar aquello que el discurso dominante ha tendido a ocultar, no por nostalgia, sino porque allí se juegan claves decisivas para no repetir errores.

En este sentido, la bibliografía no es un archivo muerto, sino una memoria activa. Las síntesis alcanzadas, aunque imperfectas, son equilibrios costosos, son patrimonio colectivo; ignorarlas es repetir errores, mientras que rehabilitarlas como escalones —no como dogmas— permite impulsar el nuevo conocimiento. Así, incorporamos lo actual y lo inédito bajo la luz de lo anterior, preguntándonos: “¿Esto confirma, matiza o desmiente lo sabido?”.

III. La potencia: por qué este enfoque es contundente

Quienes adoptan esta metodología se sitúan en una posición de ventaja cognoscitiva y de poder político. Al incorporar el diálogo con el pasado, nuestros argumentos adquieren un peso que los debates fugaces no pueden alcanzar. Esto permite detectar patrones, anticipar callejones sin salida y señalar con precisión dónde está lo realmente nuevo.

Cuando un debate se repite sin memoria, todo parece opinable, todo depende del ángulo desde el que se mire. Al recuperar la bibliografía y las síntesis previas, introducimos hechos y razonamientos que acotan el terreno de la discusión. No cerramos preguntas, pero impedimos que el debate se disuelva en impresiones teñidas de un subjetivismo extremo. Ponemos límites a lo opinable, y eso es un acto de responsabilidad.

Situando el debate en su verdadera dimensión temporal, se incrementa nuestra capacidad de análisis y acción. Es difícil de rebatir porque no se ataca con opiniones, sino con la evidencia de que esto ya fue pensado, y de que sabemos en qué términos se pensó y hasta dónde se llegó. Esa posición otorga una credibilidad que ningún argumento ad hominem puede erosionar.

El neoliberalismo, como apunta Naomi Klein, utiliza la “doctrina del shock”: aprovechar las crisis para imponer cambios que borran lo anterior. Pero lo que señalamos es una operación más sutil y permanente: la construcción de un presente perpetuo que no necesita crisis para funcionar, porque funciona en la cotidianidad del olvido. La memoria activa que proponemos es, por tanto, una resistencia a esa dinámica. No es un gesto intelectual. Es un acto político.

IV. Respuesta a las objeciones (o por qué estos argumentos no se sostienen)

“Pero el contexto cambió. Lo que se dijo hace veinte años ya no sirve.”

Claro que el contexto cambia, y por eso incorporamos los hechos nuevos. Pero el cambio de contexto no anula la lógica de los razonamientos previos. Lo que hace es actualizarlos, ponerlos a prueba con datos nuevos. Un edificio no se demuele porque aparezcan nuevos materiales: se reforma, se refuerza, se adapta. El conocimiento no se desecha; se pone a prueba y se reubica.

Pensemos en los debates sobre hidrocarburos en la Argentina.

En 1922 se crea YPF. En 1954 se impulsa el contrato con la California. En 1958 se perfecciona la estrategia y se lanza la “batalla por el autoabastecimiento”. En 2013, el acuerdo con Chevron inicia el desarrollo del crucial yacimiento de Vaca Muerta. Cuatro momentos, una misma disyuntiva: soberanía energética y autoabastecimiento como palanca de progreso o la letanía inconducente.

Sin embargo, al discutir hoy las herramientas para el desarrollo de las fuerzas productivas —algo en lo que se nos deberá ir el alma si vencemos al neoliberalismo—, el debate público rara vez encadena estos antecedentes. No porque hayan sido refutados, sino porque la memoria de lo ya vivido estorba: recordar que en 1954, 1958 y 2013 se abrió el sector bajo lógicas comparables obligaría a preguntarse si lo que hoy se discute es una novedad o una nueva vuelta sobre las mismas viejas preguntas: ¿autoabastecimiento con planificación o por inercia? ¿Para exportar o para servir a la transformación interna?

El olvido no es un descuido; es una condición que permite que el debate recomience siempre desde cero, mientras las fuerzas del atraso y la subordinación aprovechan cada reinicio.

Estos cortes y renovaciones en el vacío alimentan, además, el excepcionalismo: la idea de que cada país es tan singular que no puede aprender de su propia historia ni de las experiencias ajenas. Pero la singularidad no cancela la comparación. La exige. La pregunta no es si la Argentina es un caso aparte, sino cómo sus particularidades reconfiguran las lecciones de la experiencia propia y comparada. El presentismo y el excepcionalismo terminan así justificando la inacción o la adhesión acrítica a cada promesa de novedad —el “supermercado del mundo”, la “nueva economía”, la “IA”—, mientras se desplaza, una y otra vez, el problema del desarrollo de las ventajas dinámicas y de la industrialización, por ejemplo.

Los hechos nuevos deben ser empleados como catalizadores, no como sustitutos. Incorporamos los aportes y estudios más actuales, así como los hechos inéditos que el tiempo ha puesto sobre la mesa, pero siempre en relación con lo anterior. La cuestión es qué permanece, qué se transforma y qué exige ser revisado a la luz de lo nuevo.

Esa operación —tan simple en su formulación como exigente en su práctica— es la gran ausente en los debates recurrentes. Sin ella, lo nuevo no ilumina: confunde, condenando la discusión a empezar siempre desde el mismo punto de partida.

V. Conclusión: convertir el círculo en espiral

Llegados a este punto, podemos formular la tesis central con toda la claridad que el tema merece: no hay debate verdaderamente nuevo; a veces se ignora —u olvida— que el debate ya tuvo lugar. Nuestro trabajo no consiste en inventar respuestas desde la nada, sino en hacer la pregunta correcta en cada momento: ¿qué aprendimos la última vez que nos hicimos esta pregunta? Solo así la recurrencia deja de ser un círculo vicioso y se convierte en una espiral ascendente que, al pasar por el mismo punto, lo hace desde una altura superior.

La memoria que reivindicamos no es la del museo, sino la del laboratorio. No se trata de conservar las ideas como reliquias, sino de someterlas a la prueba del presente para que, si sobreviven, salgan fortalecidas; y, si no, que nos enseñen por qué fracasaron. Ese es el verdadero diálogo con la profundidad del tiempo: no repetir, sino aprender. No anclarse, sino partir.

Esta es la apuesta que asumimos: mantener viva la memoria del pensamiento sin que ello nos impida mirar los hechos nuevos. No se trata de elegir entre el pasado y el presente, sino de entender que el presente solo puede ser verdaderamente comprendido cuando se lee a contraluz de su propia historia. Porque la historia no es un depósito de ruinas, sino el único crisol en el que el futuro puede ser forjado con conciencia. Esa es nuestra contribución. Esa es nuestra potencia.

Reflexiones relevadas: se utilizaron reflexiones de Walter Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos, Contrahistorias, México, 2005; François Hartog; David Harvey, “El neoliberalismo como destrucción creativa”, Rebelión; y Naomi Klein, La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre.

Ahí quedó con los cinco apartados numerados tal como venían en el texto original.

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