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La dura campaña que planea Lula

Ahí arriba en el podio para las presidenciales del 4 de octubre, están ese estadista llamado Lula da Silva y el hijo del condenado Jair Bolsonaro, el senador Flavio. Diría uno, parado en lo racional, que la elección está decidida. Pero no: la racionalidad no está de moda y los dos están empatados técnicamente. Con lo que la campaña va a ser dura.

Esta es la séptima corrida electoral de Lula, que se presentó como candidato ya en 1989 con un slogan inolvidable, “vote a Lula, no tenga miedo de ser feliz”. La derecha lo condenaba como “el sapo barbudo” y lo cargaba porque hablaba como lo que era, un tornero nordestino. La sorpresa fue que llegó a la segunda vuelta en lugar del número puesto, el histórico líder gaúcho Leonel Brizola, y perdió por puntos apenas con el impresentable playboy Sergio Collor de Mello, apoyado hasta la exageración por todos los medios y el establishment. Lula se fue transformando en un líder esencial y, de cazurro nomás, llegó finalmente a la presidencia. Y ahí cambió Brasil.

Con lo que no hay que subestimarlo cuando decide una estrategia. Lo que está tomando forma en el equipo de campaña es un ataque letal a los puntos débiles de Flavio, desde la portación de apellido a su historial personal, que por algo hace 23 años que ocupar cargos electivos. Lo primero es mostrarlo como un cipayo, un “sirviente” de Donald Trump que quiere entregar el país a los EEUU, y hasta un traidor a su patria. Nadie olvida en Brasil que el país fue sancionado por Trump debido al lobby que hicieron Flavio y su hermano Eduardo, que ni puede volver al país acusado de operar contra los intereses nacionales.

El PT plantea recordarle a los electores, propios y ajenos, que Flavio se llama Bolsonaro, y que un gobierno suyo sería la parte dos del de Jair. Básicamente, Flavio es igual de antidemocrático aunque disimule, es partidario de las privatizaciones de sectores estratégicos soberanos, como el petróleo, y no te extrañe que vuelva a congelar el salario mínimo, tradicionalmente ajustado dos veces al año de acuerdo a la inflación. Y el equipo económico que el ultraderechista anda borroneando está lleno de liberales de los que ajustan con la salud y la educación. De paso, pintarlo personalmente como un incompetente que en más de dos décadas como legislador provincial y nacional, nunca propuso una ley de la que alguien se acuerde.

Y como la derecha no para de acusar al gobierno y sus aliados de corrupción, un espectacular caso de caradurismo, la idea es recordarle a todo el mundo que Flavio le retenía un porcentaje de sus sueldos a sus empleados, cuando era diputado provincial en Río de Janeiro.

Es un lindo caso, chiquito y shómero.

Flavio está acusando el golpe y busca concentrar los temas sin dispersarse en los folklores habituales de la derecha dura. Por ejemplo, nunca habla del aborto, ni de las religiones no cristianas, ni del casamiento homosexual. Varios aliados conservadores ya le avisaron que van a tomar distancia si se para en estas agendas reaccionarias, que ven como impopulares. Con lo que se concentra en lo económico, en particular en dos problemas reales y percibidos ampliamente en el electorado, la carga impositiva y las muy altas tasas de interés. Hay que recordar que en Brasil nadie usa el dólar como referencia pero todo el mundo sabe cuánto cuesta financiar algo -una licuadora, la tarjeta, un coche- para entender que es un camino que puede dar ganancia.

El candidato también se está acordando de un sector que consideraba suyo pero anduvo descuidando, el de los evangélicos. El equipo de campaña bolsonarista hizo un mapa de estas iglesias usando el Censo 2010, el último que preguntó la religión de los censados. En ese entonces, la mayor iglesia del sector era la Asamblea de Dios, con 12.300.000 de fieles. La segunda pentecostal era la Congregación Cristiana de Brasil, con 2.300.000, la Universal del Reino de Dios con casi dos millones, la Cuadrangular con casi lo mismo, la Dios es Amor con 845.000, la Maranata con 356.000, la Brasil para Cristo con 196.000, la Casa de la Bendición con 125.000 y la Nueva Vida con 91.000. Sigue un archipiélago de iglesitas con un total de 5.200.000 de fieles, más las evangélicas tradicionales -Bautistas, Adventistas, Luteranos, Presbiterianos y Metodistas- con algo más de siete millones de miembros.

Es un bloque electoral tentador, lo que explica la reciente foto de Flavio modestamente arrodillado frente a José Wellington Bezerra da Costa, presidente del ministerio de Belén de la Asamblea de Dios, para que lo bendiga en público. “Que tenga la gracia y la luz del cielo, y la sabiduría para conducir este país”, le deseó el obispo. El gesto fue una apertura ante tanto rezongo de evangélicos que tienen hasta un bloque propio en el Congreso y están acostumbrados a negociar sus votos. A esos no les gusta nada que los den por sabidos.

Otro frente del que se ocupó Flavio es el del voto femenino. Gracias a su padre, que es un machirulo de libro, el candidato tiene un problema de rechazo importante, con lo que movilizó a su mujer. En un video, la señora -joven, simpática- explicó que lo había “reeducado” y que Flavio es un “Bolsonaro moderado”.

Muy lindo todo, y muy de estrategas de campaña. Pero la política dura pasa por cosas más simples y sucias, como los frentes electorales locales. Esta palabra, locales, es muy poderosa en un país fragmentado políticamente como Brasil, donde las roscas provinciales son de un poder desconocido entre nosotros. El problema inmediato es que Jair, preso y todo, andaba rosqueando apoyos sin consultar al hijo. Paradoja política, cuando la justicia le concedió la domiciliar lo aisló: literalmente, no puede usar el teléfono ni el mail, y no puede ver a nadie que no sea un pariente directo. El armado del ultraderechista quedó en la nada, con un tendal de quejosos.

Los líos más visibles saltaron en San Pablo, el mayor electorado del país, donde Jair anduvo prometiendo a un ministerio de la Asamblea de Dios el apoyo a dos de sus diputados para que saltaran al Senado. No sólo quedó en la nada, por la falta de celular del detenido, sino que Flavio se hizo bendecir por otro ministerio…

El nordeste

Brasil está muy dividido entre costa e interior, pero sobre todo entre norte y sur. Y allá arriba en el mapa, el nordestino Lula tiene una fortaleza electoral probada: desde 2006 el PT gana por afano, sea con Lula, con Fernando Haddad o Dilma Rousseff. Y es por afano, con porcentajes del 69 y el 77 por ciento del electorado. En 2022, Lula aplastó a Bolsonaro en la región y le ganó por doce millones y medio de votos, lo que compensó su derrota en el sur, el sudeste y el centro oeste. La diferencia final de votos fue de alguito más de dos millones a favor de Lula.

Pero, con ochenta años de vida y siete campañas electorales en el lomo, el presidente sabe que nadie tiene ninguna vaca atada en política. En diciembre, Lula tenía una intención de voto del 63 por ciento en la región, pero la última encuesta, del 11 de abril, muestra un 60 por ciento. Dentro del margen de error, por supuesto, pero Flavio subió de un magro 24 por ciento a un más sólido 32, que no es margen de error. Esto es relevante, porque así como Lula puso a Haddad de candidato en San Pablo para “perder por poco” y sumar votos en la general, Flavio puede hacer el mismo cálculo en el riñón petista.

Otro dato preocupante: un 48 por ciento de los brasileños juran ante los encuestadores que “jamás” votarían por Lula, porcentaje que en el Nordeste baja al 32. Pero, en agosto de 2022, justo antes de votar, ese número era de 27 puntos: subió cinco puntos, por encima del margen de error.

El PT de la región tiene localizado el problema, que es urbano y se concentra en las ciudades de 150.000 habitantes para arriba. Ya había un antecedente, el triunfo de Bolsonaro en 2022 en Maceió, la capital de Alagoas, donde le sacó quince puntos a Lula. En ese momento fue una manchita en un mapa electoral favorable, hoy puede ser un aviso. El equipo de campaña prepara acciones específicas para reconquistar este sector.

Por las dudas, la campaña de Haddad en San Pablo se fijó el objetivo de conseguir dos millones de votos más que en 2022, como para compensar alguna pérdida en el Nordeste. Hace cuatro años, hubo un paralelismo muy cercano entre los votos del candidato provincial y el del nacional, igual que ocurrió entre Tarcisio de Freitas y Bolsonaro en la derecha. Ganar votos para Haddad significa ganar votos para la presidencial.

Inversiones

Las comparaciones son odiosas, dice el refrán, y uno agregaría que las actuales entre Brasil y Argentina lo son en particular. Mientras nuestro jamoncito Javier Milei canta en Israel, los vecinos y socios reciben inversiones importantes. La compañía norteamericana USA Rare Earth acaba de comprar la empresa Serra Verde, la mayor minera de tierras raras de Brasil y de las pocas que produce este producto a escala industrial fuera de Asia. El yacimiento está en Minacú, Goias, y la venta fue por 2800 millones de dólares, 300 en efectivo y el resto en acciones de la empresa compradora.

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