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Lula mete goles

Lula y Flavio Bolsonaro no fueron al primer debate de candidatos, pero el presidente copó el rating con un reportaje televisivo. Habló con Trump y logró que se vuelvan a negociar los aranceles punitivos, y destrabó en el Senado la nueva ley laboral, muy potente en el contexto electoral.

El domingo pasado, agosto 23, fue el primer debate presidencial de la campaña 2026. Ausentes con aviso, el presidente Lula da Silva, que había dicho hace rato que no quiere debatir con candidatos que no llegan a dos dígitos de intención de voto; y Flavio Bolsonaro, que le copió el argumento pero en realidad no es bueno debatiendo. El tercero en disputa, el muy lejano Romeu Zema, también faltó, sin explicar demasiado.

Con lo que el debate de la red Band fue un aburrido circo de denuncias contra gente que ni estaba. Augusto Cury, Renan Santos y Ronaldo Caiado aprovecharon el tiempo para tratar a los ausentes de “cobardes” y decir que no se animaban a aparecer por los “escándalos que los manchan”. Fue notable como el trío, todos conservadores moderados del interior, disfrutó de tener tiempo en la tele.

Pero Lula está en su octava campaña, buscando su segunda reelección, y algo sabe del tema. El rating del debate no fue muy alto porque a la misma hora otra cadena pasaba una entrevista grabada el día anterior con el presidente. Lula se explayó tranquilo y mostró que no evita temas, sólo las chicanas del debate con los cuatro de copas. Por ejemplo, repitió que su hijo Fabio Luis, Lulinha, va a responder ante la justicia por cualquier sospecha de corrupción, como “cualquier ciudadano”.

Es que “en cualquier parte hay corrupción, en empresas, en el gobierno, en el fútbol. Pero hay una capacidad de investigar nunca vista en el país y la policía sabe que tiene la libertad de trabajar como debe”. Esto es “porque no soy un presidente que trabe investigaciones, yo no amenazo a funcionarios para que paren. El que sea inocente no tendrá problema, el que perjudicó las cuentas públicas tendrá que pagar”.

¿Y por qué no fue al debate? “Porque si uno compara este con mi primer debate hace cuarenta años, se percibe cómo cayó la estatura de los políticos que disputan las elecciones”.

Esto es, cuatros de copas

Lulinha

El presidente mencionó a su hijo porque es el flanco de ataque elegido por la derecha bolsonarista y sus cómplices en los medios. A Fabio Luis básicamente lo acusan de tráfico de influencias, esto es de aprovechar su parentesco para hacer negocios. Es notable cómo se filtran mails y mensajes telefónicos, fragmentarios y siempre convenientemente sugestivos… un argentino esperaría que en cualquier momento aparezcan cuadernos manuscritos.

Por ejemplo, se filtraron mensajes en los que una lobista muy cercana al PT, Roberta Luchsinger, le pide plata al empresario Cléber Ribas, supuestamente para Lulinha. Se supone que Ribas anda buscando que su empresa informática, Dataprev, consiga contratos con el Estado. Pero, curiosamente, nunca se menciona al hijo presidencial, solo “al hombre”.

Los abogados de Lulinha, mientras, fueron a la justicia a pedir que los bolsonaristas dejen de inundar las redes con avisos hechos con IA que lo hacen aparecer como un coimero. Al candidato a vice de Flavio, el acusado de violar a una menor Alfredo Gaspar, le exigen una indemnización por la calumniosa campaña que le hace en X.

El contexto de todo esto es que Flavio perdió diez puntos de intención de voto cuando se supo que le había sacado millones al encarcelado banquero Daniel Vorcaro, dueño del quebrado banco Master. Vorcaro sí le puso plata a Flavio y sí tuvo millones depositados en su banco fraudulento por gobiernos e intendencias afines a los Bolsonaro. Como el discurso de la extrema derecha es que la fuente de todos los males es la corrupción de los progresistas, el escándalo fue un golpe. Por eso la prioridad es ensuciar a Lula vía su hijo.

También es la prioridad por la debilidad del hijo del encarcelado Jair como candidato. El hombre anda entre evangélicos insinuando que Lula no cree en Dios, olvidando que la real pelea de ese sector con el presidente es que se declara católico. Para dar una idea del piné del candidato, el sábado pasado, 22 de agosto, habló en la Fiesta del Peón en Barretos, el corazón rural de San Pablo. Le dio para un minuto y diez segundos, y arrancó diciendo que “todos los que creemos en Dios sabemos que el agro es el corazón de este Brasil que bombea alimentos para el mundo”. ¿Bombea? Raro verbo… Para terminar, el candidato prometió volver a la fiesta en 2027 como presidente, acompañado por su padre.

Flavio debería aprovechar para hablar más en estas ocasiones, porque su incapacidad de armar alianzas le recortó gravemente su espacio gratuito electoral en radio y TV. En Brasil, este tiempo es proporcional al tamaño de las bancadas parlamentarias y no al voto en las elecciones anteriores, como entre nosotros. Por eso era importante juntar a los partidos menores del Centrón, el amplio arco conservador, así entre todos ganaban tiempo.

Pero no hubo caso y ahora Lula tiene cinco minutos y 31 segundos por día y Flavio apenas cuatro con veinte segundos. Hay otros dos candidatos con menos de un minuto cada uno, y los otros nueve, figurantes, no tienen tiempo gratuito.

Gobernando

Lula es presidente y tiene que gobernar, y también hacer armados políticos. Esta semana tuvo un golazo con un tema de primera importancia, social y electoral, como es el cambio de régimen laboral en Brasil, que no tiene sábado inglés. Según la ley, se trabajan seis días a la semana si hace falta, sin pataleos ni horas extras. Lula puso una enorme energía en cambiar esto, alineando al país con el resto del mundo, pero la cosa se trabó en el Senado.

Ahora que Flavio falló en armar alianzas con la derecha moderada, todo cambió. El senador Omar Aziz, que conduce el proyecto en la cámara alta, dijo que el miércoles dos de septiembre va a ser votado sin cambios por la Comisión de Constitución y Justicia. Lo de que no sea cambiado es importante, porque así se puede votar en el recinto antes de las elecciones del 4 de octubre sin que tenga que volver a Diputados. La ley es muy popular.

Otra buena fue que el viernes 21 de agosto, Donald Trump le atendió el teléfono a Lula, y cómo. Los dos hablaron por una hora y veinte minutos y, según el Planalto, la charla fue más que cordial, con el brasileño seduciendo y subrayando qué buen diálogo puede tener con el norteamericano. Al terminar la charla, Trump dijo que le había gustado y que tenían que hablar más seguido sin intermediarios. De hecho, también dijo que se podía seguir conversando el tema de las tarifas punitivas a productos brasileños. Este lunes, 31 de agosto, a las 14.30 es la primera reunión, virtual, entre los representantes de las partes.

La movida, brillante, pasa de lo económico. Entre Trump y Javier Milei todo el mundo en Brasil está convencido de que hay una fuerte interferencia, una intención de influir el resultado de las elecciones. El capitán de la movida es el canciller Marco Rubio, muy sensible a los pedidos de Eduardo Bolsonaro, el hermanito del candidato exiliado en EEUU. La buena onda con Trump le corta las alas.

Déficit

Mientras, la derecha y el establishment están un usando un tema real para pegarle al gobierno. La deuda pública brasileña viene creciendo y ya llegó al 81,9 por ciento del PIB, por encima del promedio de las economías en desarrollo, que es el 74, pero por debajo del de las desarrolladas, que es del 108. Otra característica es que el 96 por ciento de lo adeudado está en reales y que apenas una décima parte está en manos extranjeras. Si Argentina estuviera en esta situación, habría fiestas en las calles.

Pero en el contexto electoral, no hay fiesta en los medios, sólo la acusación de que los gastos del gobierno de Lula son un descontrol. Esto simplemente no es cierto. En 2023, los gastos crecieron porque Jair Bolsonaro había hecho lo mismo que nuestro Milei, dejar de pagar gastos para mostrar un superávit, y hubo que abonar deudas y pagos urgentes. El crecimiento del gasto estatal primario apenas subió un 2,7 por ciento en los dos años siguientes, lo que expandió la economía. Para darse una idea, el déficit público es del 0,43 por ciento del PIB, casi seis veces menos que el promedio de las economías en desarrollo.

¿Por qué subió la deuda, entonces? Por el enorme peso de los intereses que hay que pagar por tanto papel acumulado, que se financia con más papeles. Los intereses representan el 7,91 por ciento del PIB, más de 18 veces el déficit en las cuentas del gobierno.

Por supuesto, ninguna de estas sutilezas aparece en los medios del establishment, ni en las entrevistas a los economistas favoritos de la televisión. La muy poderosa Rede Globo, dueña de diarios, radios y de la mayor cadena televisiva, está manejando esta agenda cuidadosamente. Desde que cayó la intención de voto de Flavio, la Globo se olvidó del tema Vorcaro y Banco Master, y se concentró en Lulinha y el déficit. Parece curioso, porque Jair Bolsonaro se llevó muy mal con la cadena, hasta puso a su militancia a atacarlos (los periodistas de la red cubrían sus marchas con los micrófonos escondidos y las cámaras sin logo).

Pero el juego es sutil: Globo no necesariamente quiere que gane Flavio, pero quiere evitar otro peligro, que Lula gane en primera vuelta, una posibilidad nada segura pero concebible. Si el presidente se reelige así, tendría demasiado poder para el gusto de la Globo y del sector financiero que le es tan cercano.

Palacio

Los brasileños que se saturan con la política se divierten siguiendo el culebrón de la familia imperial, los Braganza. Las finanzas de los príncipes y condes no es lo que era, y a tanto tiempo del derrocamiento de Don Pedro II en 1889 los campos y edificios privados ya no dan para tanto. La pelea, que ya viene de meses, es por el Palacio de Gran Pará en Petrópolis, la capital de verano del Imperio. El caserón de 1861 -lo de palacio es un título- era la vivienda de la Princesa Isabel, bien recordada por abolir la esclavitud en 1888.

Hasta hace poco, ahí vivía por un alquiler nominal Don Pedro Tiago de Orleáns Braganza. El alquiler se lo pagaba a la Compañía Inmobiliaria de Petrópolis, que administra los bienes de la familia y tiene como dirigentes a su propio padre, Pedro Carlos, y sus tíos Alfonso y Francisco. Un buen día, el príncipe fue a trotar y cuando volvió le habían cambiado las cerraduras y unos guardias grandotes no lo dejaron entrar. Cuando insistió, hasta le tiraron con gases lacrimógenos. Don Pedro hizo juicio y recuperó su casa.

Pues acaban de echarlo de nuevo, acusado de usurpar lo ajeno. Sus parientes van a vender el edificio por unos catorce millones de dólares.

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