¿Cómo es el Brasil que atacó Milei? ¿Qué peso tiene el estamento militar? ¿Qué representó en la historia reciente la presidencia de Jair Bolsonaro? ¿Cuál es la incidencia de los Estados Unidos? Politólogo argentino, especialista en Brasil y en política latinoamericana, Amílcar Salas Oroño analiza a los vecinos con perspectiva histórica.
Licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, magíster en Ciencia Política por la Universidad de São Paulo y doctor en Ciencias Sociales por la UBA, Amílcar Salas Oroño examina el peso del Plan Real, el presidencialismo de coalición, el papel de los militares, la reprimarización brasileña, la persistencia de núcleos industriales como Embraer, el acuerdo comercial con China por fuera del dólar, la transformación del empresariado y las consecuencias para una Argentina que perdió vínculo político con Lula, pero sigue atada comercialmente a su principal socio regional.
—¿Qué muestra el deterioro político del vínculo bilateral?
—No está de más resaltar un dato: el año de mayor volumen bilateral total, 2011, con un intercambio de 40.000 millones de dólares, coincide con momentos consolidados del lulismo, ya en la presidencia de Dilma Rousseff, y del kirchnerismo. Son años de aumento del consumo popular en un país y otro. Desde entonces, no sólo hubo ciclos económico-políticos regresivos en la Argentina y Brasil, con una fuerte reorganización de sus sistemas políticos hacia la derecha, sino también un vínculo con Brasil cada vez más deteriorado. Milei es expresión de este nuevo tiempo bilateral. Es continuación del diálogo interrumpido entre Alberto Fernández y Jair Bolsonaro en el Mercosur. Insultos a Lula, desaires en cumbres presidenciales, el fin de la cooperación consular en Venezuela, tensiones y discrepancias en torno a los acuerdos con la Unión Europea. Varios tipos de incidentes y una “alianza estratégica” que se desinfla. Justamente lo contrario de lo que indica el sentido común en estos tiempos: tratar de reconducir políticamente las circunstancias comerciales adversas.
—Argentina ya no es un socio político gracias a Milei pero sigue siendo un socio comercial pese a Milei.
—Efectivamente, más allá de la idea de que una “alianza estratégica” con Brasil se diluyó, los lazos comerciales siguen siendo muy importantes. Pasaron por diferentes etapas, con una constante como promedio: el carácter deficitario para las cuentas de nuestro país. Esa cuestión tiene que ver con algunas cosas comentadas anteriormente respecto de Brasil: el tamaño y la diversidad de su complejo industrial —autos, autopartes, maquinarias, plásticos, que luego terminan en la Argentina—, la dependencia tecnológica frente a determinadas etapas de la producción, circunstancias compensadas transitoriamente con el aumento eventual de la exportación de materias primas desde aquí. Hoy esa brecha comercial vuelve a reducirse un poco, luego de dar un salto en 2025, con 5.224 millones de dólares de déficit, pero como efecto del bajo crecimiento interno argentino, la menor demanda de importaciones y algún aumento en la venta de granos, trigo y cierto repunte agroindustrial. En líneas generales, la ecuación fue siempre compleja, sobre todo desde la perspectiva argentina, teniendo en cuenta que de un 30 por ciento de exportaciones totales dirigidas hacia Brasil en 1998 hoy estamos en 14,7 por ciento.
—Existía antes de la llegada de Jair Bolsonaro la idea de una continuidad absoluta de Brasil, gobierno tras gobierno. ¿Es así?
—Es cierto que ver el detalle de las continuidades suele ser una forma bastante habitual de observar a Brasil. Hay todo un respaldo sociológico a esa mirada del Brasil de las continuidades.
—¿Qué autores ayudan a pensar ese Brasil de las continuidades?
—Tanto Sergio Buarque de Holanda como Florestán Fernandes, cada uno observando distintas dimensiones —en el primer caso, las formas opacas de separación entre lo privado y lo estatal; en el segundo, la persistencia de un mercado de trabajo heredado del esclavismo—, elaboraron y definieron tradiciones de interpretación que van en esa dirección, en el ejercicio de pensar la identidad brasileña desde las continuidades. Vale también para autores más contemporáneos como José de Souza Martins o la propia Lélia Gonzalez: las persistencias estructurales, las desigualdades de clase, el racismo, el sexismo, el patrimonialismo.
—¿Y esas continuidades también se pueden leer gobierno por gobierno?
—Luego hay otras continuidades, las propias de los gobiernos. Allí también se pueden encontrar trabajos muy interesantes, desde Chico de Oliveira hasta André Singer, entre muchos otros. Claro que una cosa es ver la continuidad entre los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso y Lula (la hipótesis de un “núcleo común” de coincidencias; a fin de cuentas, Fernando Henrique Cardoso fue invitado a ser parte del PT) y otra es observar la continuidad entre Jair Bolsonaro y Lula, donde puede haberla, pero en áreas puntuales.
–¿Por ejemplo?
–El programa de transferencia de ingresos Bolsa Familia, sello de los gobiernos petistas, fue conservado e incluso ampliado en sus montos por Bolsonaro. Esas continuidades entre gobiernos tienen, obviamente, una conexión necesaria con aquella otra continuidad más estructural, de larga duración, sobre todo al momento de pensar los cambios y rupturas que pueden abrirse paso entre un gobierno y otro.
—¿Cuáles son las principales continuidades desde el Plan Real hasta hoy?
—Circunscribiendo el comentario al período del Plan Real, desde 1994 en adelante, sin considerar el inicio de la democratización, la Constituyente y el gobierno de Fernando Collor de Mello, hay una serie de elementos que se mantienen y que tienen efectos estructurantes sobre los comportamientos de los actores del sistema. Podrían destacarse dos continuidades organizadoras de las dinámicas de las últimas décadas.
—¿La primera continuidad es la matriz macroeconómica?
—En primer lugar, la matriz macroeconómica. Tipo de cambio flotante, metas de inflación y responsabilidad fiscal, el superávit primario. El denominado “trípode macroeconómico”, como menciona el periodismo económico. Aun en composición con ideas desarrollistas, como pudo haber sido el caso con el ministro de Hacienda Guido Mantega, no fue modificada en sus bases. Así como hubo una “Era Vargas”, también podría registrarse algo así como “el Plan Real”, que hoy continúa como una etapa que se extiende más allá de los gobiernos y expresa la fuerza de las élites sobre la dialéctica social en general.
–¿Sigue vigente hoy?
–La propia gestión económica de Fernando Haddad, en este último gobierno de Lula, mantuvo ese mismo núcleo. Sus principales medidas, como la reforma tributaria o el nuevo marco fiscal que sustituyó al “techo de gastos”, no cambiaron en esencia el esquema. Al mismo tiempo, sostuvo la marca social petista (Bolsa Familia, tributación a los “súper ricos”) y un perfil moderadamente redistribucionista, como el programa Desenrola Brasil, de renegociación de deudas personales orientado a familias de bajos recursos y pequeños empresarios. El rumbo no tuvo grandes desviaciones.
—¿La segunda continuidad es el presidencialismo de coalición?
—En segundo lugar, la otra continuidad, fundamental para la gestión política de todos los gobiernos desde Fernando Henrique Cardoso, pasando por los catorce años ininterrumpidos del Partido dos Trabalhadores, Michel Temer, Jair Bolsonaro y el actual gobierno de Lula, ha sido el presidencialismo de coalición.
–¿Cómo funciona?
–Es una mecánica de intercambios y negociaciones entre congresistas, partidos y Poder Ejecutivo para conseguir votaciones, respaldos, “ambientes políticos” capaces de neutralizar crisis, viabilizar proyectos, consolidar bancadas y todo aquello que hace al juego político brasileño. Al ser Brasil un sistema federal con relativo peso de las unidades subnacionales, la dimensión estadual queda colocada en un plano muy activo de los acuerdos. Es lo que fabricó partidos o espacios partidarios (antes el PFL, hoy el Centrão) que resultan claves para la política: para respaldar a Lula o a Fernando Henrique Cardoso, para sacar a Dilma Rousseff, para blindar a Bolsonaro. Esa dinámica estuvo presente desde los años noventa y lo sigue estando hoy. Quizás el presidencialismo de coalición sea una de las continuidades más expresivas de aquello que marca la dialéctica brasileña: una sociedad civil dinámica y una sociedad política conservadora.
—¿Y cuáles fueron las rupturas más importantes?
—Las dos rupturas importantes de las últimas décadas pueden conectarse entre sí a través de un giro que ocurrió en un actor determinante: los militares. La presencia de los militares, y recordemos que en el gabinete de Bolsonaro llegó a haber una mayoría de militares, y miles ocupando puestos de gestión) desordenó completamente el cuadro del orden democrático, implicando rupturas en dos direcciones diferentes que este tercer gobierno de Lula intentó revertir y, en alguna medida, lo logró.
—¿La primera ruptura tiene que ver con Estados Unidos?
—Por un lado, el vínculo con Estados Unidos. La posición diplomática brasileña, si bien siempre tuvo oscilaciones, a contramano de su acumulado desde los tiempos de José Sarney, e incluso más atrás, asumió un llamativo alineamiento con Estados Unidos durante el gobierno de Bolsonaro, dando continuidad a la ruptura iniciada durante el interinato de Michel Temer, con José Serra como canciller. Hay allí un cambio muy notorio: las cuestiones de la integración regional como Mercosur, Celac, Unasur, la alianza estratégica con Argentina y la comprensión del rol brasileño en el Sur Global salieron del mapa de las decisiones. Incorporaron a Estados Unidos de diversas formas en la organización de la agenda política interna, con una centralidad que se reforzó con la vuelta de Donald Trump a la Presidencia. El paso del tiempo va dando algunos indicios sobre la orientación asumida por la promoción de generales de inicios de los años 2000, aquellos que forzaron esa ruptura una vez que Bolsonaro asumió el protagonismo central desde la Presidencia.
—¿La segunda ruptura, la de Jair Bolsonaro, fue ideológica e institucional?
—Esta ruptura también trajo consecuencias para la calidad democrática, dando lugar a una segunda ruptura de índole ideológica, con impacto entre los actores políticos: el desdibujamiento del nacionalismo brasileño, proyectado hacia una mayor fragmentación institucional interna, con muchas dificultades para asumir una delimitación, aun compleja, de unidad nacional. Esto fue evidente con el tratamiento que le dio el gobierno de Bolsonaro a la cuestión de la Amazonia y con la flexibilización total de los criterios para la explotación de ese inmenso territorio. Es una cuestión que se refuerza permanentemente con la exaltación que hace el bolsonarismo de su desinterés por el bien común y por una cultura ciudadana.
—Cuando uno lee que Brasil se reprimariza, al mismo tiempo ve que exporta aviones. ¿Cómo coexisten esos dos mundos?
—El sociólogo Chico de Oliveira, fallecido hace algunos años, que tiene varios ensayos muy interesantes sobre la naturaleza social brasileña. Entre ellos destaco El ornitorrinco, donde el autor deja bien en claro que Brasil, su estructura económica, es un ejemplo extraño, híbrido, parte de un todo inconcluso, donde conviven lo moderno y lo arcaico. Como ese animal, el ornitorrinco, que en la evolución de las especies representa una anomalía, una curiosidad: un mamífero con características físicas de ave, reptil y semejanzas con ciertos peces. En ese sentido, Brasil es una combinación extraña de posibilidades: son varios Brasil en uno solo.
—¿Dónde se ve esa convivencia de contrarios?
—Las ciudades muestran las dos caras sociales a muy pocos metros. También hay un mundo rural fragmentado en regiones que usan satélites, biotecnología y máquinas muy específicas para ampliar la escala de cultivo y producción, y lo hacen de manera brutal y vertiginosa, mientras en otras zonas del país se sigue padeciendo la sequía generalizada. Y hay una franja de desmonte que se corre permanentemente, como signo de un capitalismo que no deja de transformarse. El volumen total de las exportaciones brasileñas está dominado por las materias primas. Soja, de la que Brasil es el primer productor y exportador mundial. Mineral de hierro y petróleo. Y luego carne bovina, azúcar, café, maíz y otros productos. El país tiene un abanico de productos industriales que exporta y que lo coloca en otro escalón como “jugador global” de la periferia.
–Vuelvo a mi pregunta sobre la economía no primaria.
–No se puede soslayar el volumen de su fabricación de autos, sus empresas siderúrgicas y metalúrgicas, su producción petroquímica, de pasta de celulosa, las grandes empresas de alimentación y otros productos que también van hacia afuera. Es efecto de una economía que muestra aún cierto sector industrial presente: la participación del PBI industrial en el PBI total de Brasil es del 23,4 por ciento. En nuestro país es casi el 12 por ciento y sigue cayendo.
—¿Qué lugar ocupa Embraer en ese mapa?
—En ese contexto, tiene mucho significado la fabricación de aviones como parte de la producción industrial brasileña, principalmente Embraer, responsable de inyectar millones de dólares directos a la balanza comercial. En Embraer, el Gobierno conserva una “acción de clase especial”. Es un caso muy interesante para pensar la soberanía de los Estados latinoamericanos. Por el involucramiento de empresas nacionales que genera, por el desarrollo tecnológico que propicia y por el diseño estatal que involucra y consolida a largo plazo, por ejemplo a partir del apalancamiento del Banco Nacional de Desenvolvimento Econômico e Social, el BNDES, a sus exportaciones. Embraer es una pieza clave para pensar el desarrollo latinoamericano. Es cierto que es una empresa, como Vale, Petrobras, JBS o Bunge, difícil de identificar y proyectar en otros países de la región. Hay allí algo de la magnitud del ornitorrinco que es incomparable. Pero, ante todo, es una cuestión estratégica. Lo que distingue a Embraer, con sus aviones comerciales, jets privados, aviones militares de vigilancia, transporte y ataque rápido, y aviones agrícolas para ese campo tecnologizado, es que coloca a Brasil en el grupo principal de países productores de aviones, junto con Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Canadá. Esa circunstancia es clave también desde el punto de vista de la geopolítica y la defensa, algo nada secundario en este contexto internacional.
—Lula acaba de anunciar un acuerdo de comercio con China que no pasaría por el dólar. ¿Por qué y para qué?
—Es parte de una realidad global: más de treinta países realizan sus intercambios con China por fuera del dólar. Y dado que Brasil tiene a China como su principal socio comercial, es un elemento más de esa adaptación a los nuevos escenarios internacionales que Brasil viene realizando, aun con los sobresaltos mencionados de su política exterior. Desde 2023, China y Brasil asumieron la posibilidad del uso directo de sus monedas locales, decisión confirmada en una serie de acuerdos entre el Banco Central de Brasil y el Banco Popular de China, en paralelo a acuerdos comerciales de diversa índole y magnitud. Además de agilizar el flujo de las transacciones, eliminar sobrecostos y eventualmente colocar algún resguardo al comercio frente a escenarios globales más tensos, forma parte de un rediseño internacional del sistema financiero que va en una dirección diferente de la de Bretton Woods. De allí la preocupación que despiertan en Estados Unidos este tipo de definiciones y los movimientos de acercamiento realizados durante este gobierno de Lula por parte de Donald Trump.
—¿Qué consecuencias puede tener ese movimiento?
—Si bien las consecuencias más relevantes de estos acuerdos se verán con el paso del tiempo, hay dos cuestiones que pueden destacarse. En primer lugar, fuerza a que socios comerciales de Brasil utilicen yuanes comerciales. En segundo lugar, más pensando en el futuro gabinete del próximo mandato de Lula, quizás esté advirtiendo sobre la actuación de quien fue presidente del Banco Central brasileño durante estos años, Gabriel Galípolo, posible ministro de Economía.
—¿En qué cambió en los últimos cincuenta años el gran empresariado brasileño?
—Hubo muchos cambios, en varias direcciones. Por supuesto que se puede establecer una conexión con cambios más amplios del capitalismo, o del capitalismo periférico, y otros más propios de la vida nacional brasileña. Una sociología empresarial también muestra una metamorfosis en la gestión o administración del capital, en el sentido de una profesionalización que desarma parcialmente las dinastías familiares, con el arribo de los CEO, los comités ejecutivos y las gobernanzas corporativas pautadas por el avance de los mercados bursátiles mundiales. Muchas veces se destaca, para entender al lulismo como transformación política, la metamorfosis de la conciencia de la clase trabajadora. Del lado del capital también hubo muchos cambios; su naturaleza es muy diferente. Si en los años ochenta dominaban las “bras”, como gustaba decir Maria da Conceição Tavares (Petrobras, Telebras, Eletrobras, Siderbras) y las dinastías familiares (los Camargo, Safra, Moreira Salles, Setubal, Marinho, Ermírio de Moraes), el panorama hoy es más diverso, aunque algunos nombres siguen prevaleciendo, por supuesto.
—¿Qué nuevos actores aparecen en ese capitalismo brasileño?
—Tiene que ver también con etapas económicas diferentes: de aquel capitalismo industrial, de la siderurgia, de la infraestructura pesada y de las telecomunicaciones básicas, a las actuales fintech, bancas de inversión, nuevas corporaciones de alimentos, ingenierías eléctricas y digitales. Son otras morfologías capitalistas. Ahí aparecen NuBank, WEG, JBS, BTG Pactual y otros actores, integrados globalmente, sujetos a una serie de condicionamientos transnacionales que marcan una conexión global brasileña que difícilmente pueda registrarse para otro país sudamericano. Hoy esas multinacionales brasileñas tienen presencia en diferentes mercados y compiten de igual a igual con empresas históricas. Es el caso de WEG, que no centraliza sus operaciones en Brasil, cuenta con núcleos de producción y distribución de sus materiales eléctricos en Alemania y Portugal, y trasladó parte de su polo productivo a Rugao, China. Originaria de Santa Catarina, es una corporación global con sedes comerciales en más de treinta países. Siguen recibiendo respaldo del BNDES, como lo hacían las “campeonas nacionales” del lulismo, pero son aportes específicos y no tan enfocados en una expansión regional latinoamericana, lo que refuerza cierto desacople regional de Brasil.
—¿Hubo cambios en el peso industrial relativo de los Estados?
—El punto del peso relativo de los Estados es muy interesante y daría para varias observaciones: el declive paulista, el ascenso agroindustrial del centro-oeste y el crecimiento industrial del sur. Sobre este último punto, precisamente, mencionábamos el caso de WEG, y no es casualidad. Algunos incentivos fiscales en Santa Catarina, Paraná y Rio Grande do Sul, sumados a la posibilidad de ofrecer mano de obra calificada, dieron lugar a polos tecnológicos de metalmecánica y carrocerías (como Marcopolo, por ejemplo) que se apoyaron en los mercados de sus países vecinos, más allá del Mercosur y sus problemas. También se señala la congestión logística de San Pablo en función de determinados traslados manufactureros al sur. En ese sentido, hay un dato elocuente: si el estado de San Pablo llegó a representar el 40 por ciento del PBI del país, hoy, según el IBGE, bajó diez puntos y representa el 31,5 por ciento del PBI nacional, con tendencia a la baja.
—¿Y qué implica el ascenso del centro-oeste?
—El ascenso del centro-oeste, principalmente de Mato Grosso y Goiás, viene siendo un aspecto muy observado tanto en la dimensión económica como política. Los números son clarísimos: sólo Mato Grosso produce el 12 por ciento de la soja mundial y, al mismo tiempo, es el principal productor de carne vacuna del país, siendo Brasil un actor clave de ese mercado mundial. La agroindustria de la región representa casi un cuarto del PBI agropecuario del país. Es un fenómeno que está ocurriendo: el desplazamiento hacia el interior desde las grandes ciudades costeras, centralizadoras de la riqueza, hacia regiones que comienzan a demandar nuevos empleos, avances tecnológicos y maquinaria pesada. Es una transformación geopolítica (Mário Travassos y Golbery do Couto e Silva ya hablaban de la “ida al oeste” como clave para controlar el “área de soldadura”) que está en progreso. Desde otro punto de vista, es un desmonte brutal y vertiginoso empujado por inversiones que no encuentran demasiados reparos ni mediaciones. Eso también fue ambiente para que el bolsonarismo se expandiera como cultura política y elaboración programática de esos intereses privados.