El Presidente reaccionó al duro resultado electoral con un fuerte cambio de estrategia. La idea es movilizar a los que se abstienen y mostrar la que se viene si gana Bolsonaro.
Nada fue como se esperaba. Las encuestas daban una elección peleada, casi empatada, con una diferencia mínima. Sólo en eso acertaron: el domingo 4 de octubre, los brasileños votaron más divididos que nunca y la diferencia entre el presidente Lula da Silva y el senador Flavio Bolsonaro fue la menor registrada desde la vuelta de la democracia, menos de dos puntos, apenas más de dos millones de votos.
Pero la sorpresa y el sapo para los encuestadores fue que el ultraderechista le ganó la primera vuelta al progresista. Eso, nadie lo vio venir. La grieta en Brasil cambió completamente el panorama de lo que se puede esperar. El 23,3% de los votantes ni pasaron por las urnas, una modesta suba respecto a cuatro años atrás, pero con una distribución que cambió la situación: la abstención fue un poco mayor en plazas fuertes del PT, como el Nordeste, el Norte y Minas Gerais, y se mantuvo o disminuyó en el Sureste y el Sur, amigables a los liberales bolsonaristas.
El mapa, que se marca la mayoría en azul para la derecha y rojo para el progresismo, es virtualmente idéntico al de las últimas cinco elecciones. Pero los números finales fueron diferentes. Y no es sólo la presidencial. Se jugaban veinte gobernaciones y la ultraderecha bolsonarista -el Partido Liberal y sus aliados- ganó diez en la primera vuelta, otra cosa nunca vista. Hubo derrotas previstas, como la del ex ministro Fernando Haddad en San Pablo, que no pudo frenar la reelección de Tarcisio de Freitas. Era un encargo kamikaze, con la idea de que una segunda vuelta ayudara a traccionar votos para Lula, como ocurrió en 2022, aunque Haddad volviera a perder. Pero Freitas ganó en primera, con el doble de votos que el ex ministro, una paliza. Para peor, dos prominentes petistas, ex ministras y figuras centrales del partido, perdieron en la carrera al Senado.
Hasta el impresentable exjuez Sergio Moro, que tuvo que renunciar al foro cuando se cayó el invento literario que fue la causa de corrupción contra Lula, ganó la gobernación del estado de Paraná. Y en primera vuelta. La Ola Azul continuó en las bancadas legislativas. Los bolsonaristas ganaron 19 de los 54 asientos en el Senado que se jugaban el domingo, y ahora tienen 28 de un total de 81. Con sus aliados de la derecha, ahora controlan cualquier voto normal, de los que necesitan 41 asientos, y con un poquito de esfuerzo pueden hacerle juicio político a quien quieran, con 54 votos. Castigar a la Corte Suprema y en particular al juez Alexandre de Moraes, que juzgó y condenó al ex presidente Jair Bolsonaro por golpista, fue una explícita y repetida promesa de campaña de la derecha dura.
En Diputados no fue diferente. Los liberales de Bolsonaro tienen la mayor bancada, con 120 escaños, mientras que el PT y sus aliados verdes, socialistas y comunistas quedan en 78, y la derecha moderada en 69. Para que se sepa: los candidatos bolsonaristas Nikolas Ferreira, de Minas Gerais, y Lucas Pavanato, de San Pablo, son los dos diputados más votados en la historia del Brasil, con más de tres millones de votos cada uno.
No extraña que Flavio, en la caótica y casi violenta conferencia de prensa del domingo a la noche, dijera que se acabó “la era PT”.
La crisis
El domingo electoral terminó con Lula en escena, en el cuartel electoral de San Pablo, animando a la tropa y mostrando la energía que lo caracteriza. Después de unas horitas de sueño, empezó el trabajo frenético de revertir la debacle. Hubo, claro, una cobranza de facturas entre sectores del partido, pero la tarea fue identificar dónde se habían equivocado. La primera noción fue interpretar que la Ola Azul mostraba “el cansancio del pueblo con todo eso, con la política”, algo que no entraba en el mapa de la campaña. Otro factor negativo fue la percepción de que la Corte Suprema jugaba para el PT. Cierta o no, esa sensación fue un ancla ante el creciente desprestigio de los supremos.
Hubo dos temas que surgieron como prioridad. Los mensajes de campaña se van a concentrar en qué significa en lo material y cotidiano que “el cambio” sea Bolsonaro. El miércoles 7 ya circulaba una pieza audiovisual recordando las penas sociales del eterno recorte presupuestario de la presidencia de Jair Bolsonaro y avisando que el hijo va a ser peor que el padre y que los planes sociales que subieron el ingreso real y sacaron a Brasil del Mapa del Hambre de la ONU corren peligro.
En esta línea, el Ejecutivo va a poner toda la energía para que se destrabe en el Senado la sanción de la ley de la jornada de cuarenta horas: Brasil es de los pocos países del continente donde todavía se trabaja seis días por semana sin horas extras. Vista como esencial para recordarle a los votantes que el gobierno trabaja para ellos, la ley que ya tiene media sanción en Diputados está en manos del presidente del Senado, Daví Alcolumbre, que se lleva bien con Lula y ahora tiembla por su puesto. El ambiente, sin embargo, no es el más conveniente en una Cámara que sabe que se derechiza a partir del cinco de enero.
También hubo críticas internas a la idea, porque otras medidas económicas que se consideraban eficientes no rindieron votos. Por ejemplo, la eliminación completa del impuesto a las ganancias para los sueldos de hasta mil dólares. El segundo tema que se definió como prioridad es la seguridad pública, que siempre es una debilidad del progresismo. Lula ya había propuesto un marco legal que permitiera acciones más coordinadas y rápidas contra el crimen organizado, y más seguridad pública, evitando las tonteras reaccionarias de la derecha como la baja de la edad de imputabilidad, cosa de detener adolescentes. La idea es que el presidente aparezca como dispuesto a “mandar a la cárcel más bandidos”, en la cruda definición de un asesor.
Todo esto en un marco de poroteo demográfico más que difícil. Lula necesita ganar seis puntos porcentuales para el segundo turno, algo más de seis millones de votos. Como la elección fue completamente polarizada y los demás partidos juntos, todos de derecha moderada, no llegaron a ocho puntos entre todos, la única manera de lograrlo es que voten los que no fueron a votar. El PT y sus aliados están preparando batallones de activistas que salgan a animar al que se abstuvo, en sus zonas de base.
La derecha
Para Flavio, el panorama parece más sencillo. La primera estrategia es convencer a los perdedores del domingo para que lo apoyen. Augusto Cury, Ronaldo Caiado, Renan Santos y Romeu Zema juntaron apenas el 7,58% de los votos, y varios declararon su neutralidad en el segundo turno. Los liberales, más allá de lo que digan los líderes de este pequeño bloque de votantes, saben que son más afines a Flavio que a Lula. La segunda estrategia es mantener y, si es posible, aumentar el voto en San Pablo, Minas Gerais y Rio de Janeiro, que entre todos concentran el 40% de los votantes del país y que el domingo le dieron una alegría.
El Bolsonaro 1.0, como lo llaman, ya está haciendo anuncios presidenciales. Primero dijo que ya tenía las bancas para que su partido dominara el Legislativo, con las presidencias de ambas cámaras. Luego, le pasó una fuerte cuenta a la Corte Suprema: “los mismos que sacaron a un Bolsonaro del poder, pusieron a su hijo en la presidencia.” Mientras hablaba, sonreía porque los asistentes al acto gritaban “Fuera Moraes”. Su coordinador de campaña, el senador Rogerio Marinho, avisó que se viene una reforma del poder judicial, que tantas amarguras le dio a la familia Bolsonaro. La Corte Suprema brasileña, diferente a tantas otras, investiga casos delictivos de gravedad institucional y no se limita a recibir casos de tribunales inferiores. Marinho explicó que eso se va terminar, que los supremos están sólo para apreciar cuestiones constitucionales. Y que van a castigar lo que la ultraderecha llama “especulaciones políticas” de los supremos, especialmente la difusión de informaciones sobre causas.
Que se supiera que Flavio era amiguísimo del corrupto banquero Daniel Vorcaro, se nota, sigue doliendo. Pero el miércoles 7, Marinho se reunió con el presidente del Supremo, Edson Fachin, y dijo públicamente que “no hay espíritu de venganza”. Que lo tenga que aclarar resume de un modo ensordecedor la posición de los liberales hacia los jueces… Pero Marinho tenía otra misión, la de destrabar los pedidos de revisión de la condena a papá Jair Bolsonaro. El supremo Kassio Nunes tiene en su cajón un pedido formal de anular la causa y liberar al condenado por planificar un golpe institucional para seguir siendo presidente, plan que incluía matar a Lula.
Como contraste, el presidente del PT, Edinho Silva, publicó la idea, directamente de la boca de Lula, de presentar una ley que le saque al presidente la capacidad de nominar supremos. Según Silva, Lula está discutiendo la idea con juristas para encontrar un formato. A todo esto, la reacción del establishment no fue de alegría unánime. Bancos, industriales y agropecuarios no ven a Flavio como una persona particularmente estable y capaz, con lo que las reacciones a sus primeras declaraciones fueron bastante cautas. Por ejemplo, cuando el candidato dijo que hay que hacer un cambio constitucional “para la libertad”, el diario Folha de Sao Paulo, ácidamente anti Lula, se preguntó qué quería decir tal cosa y por qué Flavio decía algo así sin dar detalle alguno. Lo mismo se opina sobre sus vagas ideas económicas y su slogan del “tijeretazo” a las cuentas públicas que prepara.
Que cite a Javier Milei siembra inquietud. La Folha poco menos que le exigió en un editorial que nombre un futuro ministro de Economía para que explique el plan.
Los evangélicos
Uno de cinco brasileños se autodefine como seguidor de alguna iglesia cristiana no católica. El sector tiene una imagen de derecha, de unanimidad y de activismo político que esta elección está rompiendo. El domingo 4 hubo menos candidatos evangélicos que nunca -esto es, candidatos que compiten como evangélicos y no simplemente seguidores de esas iglesias- y no les fue tan bien como en otros ciclos. Los que representaban políticamente a las dos iglesias mayores, la Universal y la Asamblea de Dios, vieron cuarenta candidatos derrotados. Hasta diputados que buscaban la reelección, perdieron.
Los analistas, peinando los números, llegaron a una primera conclusión: los fieles prefirieron votar directamente al bolsonarismo, sin reforzar a sus iglesias. Esto pone en crisis el modelo de influencia de estas instituciones y la estrategia de acertar votos legislativos con otros partidos, de modo independiente.