El resultado de la primera vuelta de 2026 revelaría un cambio profundo en el electorado brasileño. Según el análisis de Pedro Doria, editor de Meio , el principal desplazamiento no se produjo entre las élites ni en los grandes centros urbanos, sino en el llamado “brasileño medio”: trabajadores de las periferias y de las ciudades pequeñas, pertenecientes sobre todo a las clases C y D, que quieren mejorar de vida y no se sienten representados por el discurso tradicional de la izquierda. El desafío para la izquierda, sostiene aquí Frei Betto, funcionario de Lula en su primer gobierno, consiste en comprender no solo las necesidades de los sectores populares, sino también sus aspiraciones de autonomía, consumo, movilidad social y progreso.
Hay elecciones que cambian gobiernos. Otras, el mapa político. Y hay aquellas que revelan que el país estaba cambiando sin que muchos lo percibieran. El análisis de Pedro Doria, editor de Meio, sobre la primera vuelta de 2026 apunta en esa dirección: la principal novedad electoral no estaría en las élites ni en los grandes centros urbanos, sino en el llamado “brasileño medio”: los trabajadores de la periferia, de las ciudades pequeñas, de las clases C y D, que desean mejorar de vida y no se sienten representados por el discurso tradicional de la izquierda.
El dato más elocuente es geográfico. Según un relevamiento realizado por Meio sobre la base de cerca de 86 mil lugares de votación, correspondientes al 96 por ciento de los votos del país, Flávio Bolsonaro (PL) tuvo un desempeño superior al de su padre en 9 de cada 10 lugares de votación. Más expresivo aún: 714 municipios que habían dado mayoría a Lula en 2022 pasaron a darle la victoria a Flávio Bolsonaro. El movimiento inverso, según el relevamiento, no ocurrió en ningún municipio.
No fue, por lo tanto, simplemente una transferencia electoral en las grandes metrópolis. En las ciudades con más de un millón de electores, la alteración fue pequeña. En cambio, en los municipios con menos de 10 mil electores, la diferencia habría llegado a 12 puntos. Más de la mitad de los votos adicionales obtenidos por el candidato de la derecha respecto del desempeño de Jair Bolsonaro habría provenido de ciudades pequeñas y medianas.
El fenómeno también aparece en las grandes ciudades. Mientras barrios de mayores ingresos, como Leblon, Ipanema y Copacabana, en Río de Janeiro, e Higienópolis, Pinheiros, Perdizes y Vila Madalena, en San Pablo, ampliaron la votación de Lula, regiones periféricas cambiaron de dirección: Osasco y Cotia (SP), Betim (MG) y Ananindeua (PA) son algunos de los ejemplos citados por Doria.
Es una inversión curiosa de una interpretación que predominó durante los últimos años. La izquierda imaginaba tener a su principal adversario en la élite económica. Pero, según los datos presentados por Meio, fue justamente en las áreas de mayores ingresos donde Lula creció. El desplazamiento ocurrió sobre todo entre los sectores populares y de ingresos medios.
La clase C aparece como especialmente significativa: familias con ingresos de 4 a 10 salarios mínimos mensuales. Abarca a 130 millones de personas, el 61 por ciento de la población. Según el análisis de Doria, es allí donde Flávio Bolsonaro habría obtenido su mayor ventaja: 53 por ciento contra 37 por ciento. En las clases D —ingreso familiar de 1.580 a 2.525 reales mensuales— y E —ingreso familiar de hasta 1.580 reales mensuales—, el candidato de derecha también creció, aunque Lula mantuvo la ventaja entre los más pobres.
Hay otro dato que contradice una explicación recurrente: no fueron principalmente los evangélicos quienes cambiaron de posición. Ese electorado ya se había desplazado mayoritariamente hacia la derecha en 2022. La novedad estaría entre los católicos. Según el relevamiento presentado por Doria, de los casi 5 millones de votos adicionales obtenidos por Flávio Bolsonaro respecto de Jair Bolsonaro, más de 4 millones habrían provenido de electores católicos. Entre ellos, Lula habría caído del 54 al 49 por ciento.
Tampoco la explicación estaría en la juventud o en la abstención. Cuando se consideran conjuntamente edad, ingresos y lugar de votación, la diferencia entre las franjas etarias disminuye. Y la abstención, del 20,8 por ciento, habría permanecido prácticamente igual a la de 2022. Lo que cambió, por lo tanto, no fue esencialmente quién dejó de concurrir a las urnas, sino a quién decidieron votar los electores.
¿Quién es ese elector del candidato del PL? Doria lo define como pobre, pero no el más pobre; católico; habitante del interior o de la periferia; perteneciente sobre todo a las clases C y D. Es el pequeño emprendedor, el trabajador que desea ser su propio patrón, el conductor de aplicaciones, el comerciante de barrio, el trabajador informal o aquel que sueña con abrir un pequeño negocio.
Es allí donde surge una cuestión que supera la disputa entre Lula y Flávio Bolsonaro. Tal vez la izquierda haya dejado de comprender una transformación social producida por el propio Brasil de las últimas décadas: el ascenso de millones de personas que continúan siendo pobres o vulnerables, pero que pasaron a tener expectativas de consumo, autonomía, emprendimiento y movilidad social.
Cuando ese elector escucha hablar de “pobre de derecha”, “evangélico manipulado” o “CEO de MEI”, puede interpretar esas expresiones no como una crítica política, sino como desprecio hacia su propia experiencia de vida.
Doria también señala cuestiones concretas. Los impuestos a las compras internacionales, los impuestos sobre las apuestas electrónicas y la propuesta de regulación del trabajo de los conductores de aplicaciones fueron recibidos por una parte de ese electorado como la interferencia de un Estado que, muchas veces, ya es considerado excesivamente burocrático. El problema, desde esta perspectiva, no sería solamente la política social, sino la dificultad para hacer prosperar un pequeño negocio.
Hay en esto una advertencia para la izquierda: no basta con defender a los pobres; es preciso comprender aquello que desean ser. El trabajador que recibe un beneficio social puede, simultáneamente, desear abrir una empresa. La persona que necesita del SUS puede querer pagar una escuela privada para sus hijos. Quien depende de políticas públicas puede soñar con dejar de depender de ellas.
El segundo turno vuelve todavía más importante este cambio. Flávio Bolsonaro terminó la primera vuelta con cerca de 56 millones de votos, contra aproximadamente 53,7 millones de Lula, según el análisis de Meio. Los candidatos eliminados dejaron millones de votos disponibles para ser redistribuidos.
Para Flávio Bolsonaro, la tarea es sumar votos situados a la derecha del lulismo. Para Lula, la cuestión es diferente: recuperar una parte de los electores que lo votaron en 2022 y ahora migraron directamente hacia su adversario. Doria estima que esos electores representan cerca del 7 por ciento de quienes habían elegido anteriormente a Lula. Como cada voto recuperado significa simultáneamente un voto menos para el candidato del PL, una parte de esa migración puede modificar significativamente la distancia entre ambos.
Pero hay una paradoja. La derecha bolsonarista necesita ampliar su votación sin alejar al elector católico que comienza a migrar hacia ella. La izquierda, por su parte, necesita reencontrarse con la periferia sin tratarla de manera paternalista. Necesita hablar menos del pobre idealizado y más del ciudadano real, que quiere seguridad, salud pública, escuela, crédito, tasas de interés soportables y libertad para trabajar y emprender.
Es en este punto donde la expresión “brasileño medio” adquiere importancia. No se trata de una categoría sociológica rigurosa, sino de una imagen política útil para designar a un segmento que puede decidir elecciones justamente porque ya no encaja en las viejas caricaturas de la izquierda y la derecha. Ese elector no desapareció. Simplemente dejó de ser escuchado con atención.
La gran pregunta del segundo turno, por lo tanto, no es solamente quién conseguirá transferir más votos de otros candidatos. Es quién conseguirá comprender mejor a ese Brasil que emergió de las periferias urbanas, de las ciudades pequeñas y de la clase media popular. El brasileño medio no está necesariamente a la izquierda o a la derecha. Busca una puerta de salida para mejorar de vida.
Tal vez esa sea la principal lección de las urnas de 2026: antes de conquistar los votos de ese electorado, es preciso reconocer su existencia y sus demandas.
Frei Betto es escritor, autor de Anatomía del poder(Vozes), entre otros libros.