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La economía de la calle vuela por los aires

Los logros que declara el ministro de Economía no forman parte del radar de la gente: la calle no habla del riesgo país ni de las reservas del Banco Central, sino de cuánto cuesta llenar un changuito, de las tarifas y de que el sueldo no llega a mitad de mes.

En medio de anuncios oficiales de una inflación bajo control y el tránsito hacia cierta estabilidad macroeconómica, la calle sigue angustiada por llegar a fin de mes. Los logros que el ministro de Economía declara no forman parte del radar de la gente. La calle no habla del riesgo país o de las reservas del Banco Central. Habla de cuánto cuesta llenar un changuito, de las tarifas y de que el sueldo no llega a mitad de mes.

La pérdida de poder adquisitivo y la necesidad de hacer estirar el ingreso modificaron profundamente los hábitos de consumo de los hogares argentinos. Reemplazo de primeras marcas por segundas y terceras, compras en ferias barriales y comercios de cercanía con promociones específicas. Menos compras impulsivas. Uso del crédito para comprar alimentos y recortes en esparcimiento y salidas recreativas.

Toda una verdadera ingeniería financiera que las personas tienen que administrar para hacer malabares en su día a día. Ahora bien, ¿la macro refleja este sacrificio de las familias? Y la respuesta es no.

Una canasta que ya no representa la vida real

Los relevamientos de precios —que nutren el índice de inflación— alimentan una canasta de consumos que nada tiene que ver con la realidad. Así, la inflación actual se calcula con las pautas de consumo de una familia estándar de los años 2004 y 2005.

Pero la canasta de consumo de los hogares argentinos cambió drásticamente en estas dos décadas, tanto por el aumento de los precios relativos de algunos bienes y servicios como por cambios de gustos y nuevas tecnologías.

Por ejemplo, en 2004 y 2005 una parte muy grande del gasto se destinaba a alimentos. La gente gastaba principalmente en comer y en cubrir necesidades básicas del hogar, parecido al presente, pero en aquel entonces las facturas de gas, luz y agua, e incluso el transporte, todavía tenían un peso relativamente bajo en los salarios.

Para 2016 y 2017, la situación ya había cambiado. Los alimentos seguían siendo importantes, pero empezaron a pesar más la vivienda, la luz y el gas. Esto ocurrió porque esos precios crecieron más rápido que los ingresos. También empezaron a aparecer con más fuerza los gastos en tecnología y comunicaciones. El celular e internet, junto con las plataformas, pasaron a ser gastos casi obligatorios, llegando a triplicar el gasto de veinte años atrás.

Del “comer y vivir” al “pagar y sostener”

Hoy, este cambio se profundizó aún más. La vivienda —alquileres, expensas y servicios— se convirtió en el rubro más pesado del gasto individual. Del 10 % en 2004 pasó al 25 % de hoy. Esto significa que una gran parte del sueldo se va antes de pensar en otras compras.

Los alimentos, aunque siguen siendo esenciales, van perdiendo participación en el total del gasto. No solamente porque la gente come menos, sino porque otros gastos crecieron mucho más.

Los gastos en remedios, por ejemplo, se vuelven más importantes dentro del ingreso mensual. En cambio, caen los gastos en ocio, ropa y salidas. Las personas priorizan pagar lo fijo antes que el consumo recreativo.

En otras palabras, la canasta pasó de ser “comer y vivir” a ser “pagar servicios y sostener el hogar”, con cada vez menos margen para consumo libre.

El problema se agrava cuando las jubilaciones y pensiones, los sueldos e incluso los subsidios sociales se actualizan a valores similares o inferiores a una tasa de inflación que no refleja el modo de vivir de hoy. De ahí que la brecha aumente a través del tiempo.

Sincerar el termómetro

La inflación no solo cambia porque cambian los precios, sino también porque cambia cómo vive la gente. En 2004 la inflación “reflejaba la mesa”; en 2017 “reflejaba la casa y el transporte”; en 2026 “refleja el costo de vivir: tarifas, alquiler y salud”. Así podríamos traducir que una inflación del 100 % en 2004 hoy representaría un 125 %.

En definitiva, la desaceleración de la inflación no necesariamente implica una mejora en las condiciones de vida de la población. La experiencia cotidiana de los hogares muestra que los cambios en las pautas de consumo, el aumento del peso de los gastos fijos y la pérdida del poder adquisitivo modificaron profundamente la economía doméstica.

En este contexto, medir la inflación con patrones de consumo desactualizados puede generar una brecha creciente entre los indicadores macroeconómicos y la percepción social. Sincerar el termómetro sería una forma de medir mejor el problema para recomponer urgentemente el bolsillo de la gente.

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