El gobierno utiliza teorías económicas de la Escuela de Chicago, particularmente de Gary Becker, para justificar un cambio de paradigma que prioriza la capacitación individual sobre la asistencia directa. Esa visión ignora las necesidades básicas inmediatas de la población y el papel vital que juega el consumo interno en la estabilidad económica.
En el discurso del Presidente Javier Milei durante el cierre de la Expo EFI 2026, en el Centro de Convenciones de la Ciudad de Buenos Aires, el miércoles 29 de abril de 2026, el mandatario se jactó de que su gobierno tuvo dos grandes “invenciones”. Una fue el Ministerio de Desregulación. La otra “fue el Ministerio de Capital Humano, es decir, dejamos de tener Desarrollo Social y no sé qué otros nombres patéticos tenían antes”.
El miércoles 20 de mayo, Página/12 informó que el Gobierno aplicará al presupuesto del Ministerio de Capital Humano un recorte “sobre unas 58 áreas organizativas que pasarán a mejor vida y sobre otras 42 que se unificarán o degradarán. El resultado será un adefesio administrativo con menor capacidad de intervención frente a una situación social cada vez más delicada (…) La poda en términos presupuestarios alcanza los $2.597.505.424,56 anuales, unos USD 200 millones al tipo de cambio actual (…), según los cálculos del propio Gobierno, en sintonía con la bajada de línea de achicar lo más posible el gasto que baja desde Economía. Los gremios estatales ya se anticipan a una posible tanda de despidos —podrían superar los mil—, otra más de las tantas que ya vienen sacudiendo al sector”.
El discurso del miércoles 29 de abril, el Presidente lo enmarcó en “la economía en transición, la estabilización, reformas y crecimiento”. El primer mandatario caracterizó al crecimiento como “un problema de largo plazo”. Ve el crecimiento como un asunto de rendimientos crecientes —“cuando ustedes ponen un insumo y crece más que proporcionalmente”, según definió—, impulsado por el capital humano, las instituciones y la innovación tecnológica, que el economista Joseph A. Schumpeter llamó proceso de destrucción creadora. “Tenemos que entender que, si queremos progresar, la transición es progreso tecnológico, eso genera destrucción creadora”, señaló el Presidente.
Durante el discurso, con tono jocoso, comentó que la segunda “gran invención” del gobierno actual “se podría llamar también el Ministerio Gary Becker, pero se llama Capital Humano, nos pareció que era un poquito fuerte ponerle Ministerio Gary Becker”. Más serio, apuntó que “lo importante” con respecto al Ministerio de Capital Humano es “el cambio de concepto: antes la asistencia a los sectores más vulnerables era regalarle el pescado (…) Bueno, nosotros decidimos cambiar eso (…) Entonces, cambió la lógica de la política de contención social: hoy lo que les damos son las herramientas para que puedan salir de esa situación de vulnerabilidad. Queremos que aprendan a pescar y que, si es posible, tengan barcos pesqueros, todos los que quieran, por decirlo de alguna manera”.
Es muy curiosa la idea de “transición” del Presidente. Ocurre que los seres humanos deben comer durante las 24 horas del día, al menos una vez. Incluso, asunto clave: hidratarse. La transición presidencial prescinde de esa inexpugnable limitación, porque hasta que los seres humanos aprenden a pescar lleva su tiempo, durante el cual tienen que alimentarse y cobijarse. Y una vez que aprenden, deben poder pescar para vender. En la economía de mercado, huelga no perder de vista que es el consumo de ayer el que determina la inversión de hoy.
Pasar de largo
El primer mandatario pasa de largo frente a esta realidad tan humana de comer y beber con cierta continuidad, que mejor no pase de 24 horas, así como frente a la propia financiación de lo que considera uno de sus dos “grandes inventos”.
Lo cierto es que el plan de austeridad, fundado sobre preceptos cuantitativistas tradicionales, le pifia cuando ignora aspectos decisivos del mundo tal cual es. Para la economía moderna es clave repartir pescados.
Las asignaciones por desempleo les permiten a los desempleados mantener su nivel de consumo sin producir. Basta observar lo que sucede con el nivel de vida tan elevado de los países industrializados modernos. En esos países, la elasticidad del conjunto del consumo de las familias con relación a las fluctuaciones del empleo es baja.
Los desempleados se apegan a su modo de vida habitual. Buscan compensar la falta de remuneración, o la diferencia entre remuneración y asignación por desempleo, dejando de ahorrar y/o pidiendo prestado.
En las economías capitalistas modernas, esta rigidez relativa del consumo es uno de los antídotos más poderosos contra el proceso de reacción en cadena que, de otra forma, llevaría derecho a crisis de mayor magnitud.
Repartiendo pescado entre gente que sabe pescar, pero que coyunturalmente no tiene redes ni cardúmenes a disposición, una gran parte de una producción adicional eventual puede ser operada por las asignaciones contra el desempleo, sin creación proporcional de un nuevo poder de compra.
Lejos de acrecentar la inflación, el avance del empleo compensa el excedente de demanda. Lejos de amortiguar la inflación, el desempleo la acicatea porque solivianta los costos fijos.
Por otro lado, lejos de reducir los beneficios monetarios, el desempleo tiende más bien a aumentarlos, debido a que la oferta de bienes se reduce por la totalidad del valor agregado no producido, mientras que la demanda no se reduce más que por la diferencia entre salarios y asignaciones por desempleo.
Un desempleado representa una pérdida bien definida y sin contrapartida para la comunidad. Minimizar esa pérdida es un objetivo de máxima racionalidad. Un punto de más o un punto menos en el índice de precios no significa, después de todo, más que una transferencia de riqueza de un grupo de agentes económicos a otro.
Por complicadas que puedan ser las dificultades de orden social y técnico debido a una inestabilidad de precios, su solución no es ciertamente más fácil con un producto social global reducido que con un producto social que ha maximizado su volumen.
Sobre llovido, mojado: el estado de la demanda no puede influir sobre el precio de equilibrio de los bienes finales como si estos últimos pudieran, a su turno, influir sobre los precios de los factores. Particularmente, el salario. Subir las tarifas, el transporte, los alimentos y los alquileres presiona sobre la paritaria.
Es, entonces, el último absurdo intentar modificar el nivel de la demanda —enfriarla— con la idea de modificar hacia la baja los precios de los bienes finales, cuando la propia acción deliberada del Gobierno consiste en fijar el precio de los salarios antes que el de los bienes finales. El Gobierno no solo se muerde la cola de la recaudación fiscal.
La prioridad acordada a la lucha contra el alza de precios por sobre la del pleno empleo es, entonces, inaceptable, tanto en el plano social como en el rendimiento mismo de la maquinaria económica.
He ahí un endemoniado problema político. Una parte de la sociedad civil argentina acepta a medias que se trata de un desatinado objetivo de política económica. Una parte considerable cree que es la expresión máxima de racionalidad. El arte de chocar contra la pared a gran velocidad tiene comprometida a una porción mayoritaria de la clase dirigente.
Gary
Gary Becker (1930-2014) fue un conocido economista de la Escuela de Chicago. En 1992 recibió el Premio Nobel de Economía. Es muy citado por la recreación que hizo de la teoría del capital humano. En 2023 casi recibe el homenaje de denominar con su nombre un ministerio, conforme la confesión presidencial.
Becker, en el ensayo “Capital humano”, puntualiza que “el concepto de capital humano sigue siendo sospechoso en los círculos académicos que organizan su pensamiento sobre los problemas sociales en torno a la creencia en la explotación del trabajo por el capital. Es fácil comprender los problemas que el concepto de capital humano crea para esta visión. Si el capital explota al trabajo, ¿acaso el capital humano también lo hace? En otras palabras, ¿explotan algunos trabajadores a otros? ¿Se enfrentan trabajadores cualificados y no cualificados en el supuesto conflicto de clases entre trabajo y capital? Si los gobiernos pretenden expropiar todo el capital para acabar con dicho conflicto, ¿deberían también expropiar el capital humano, asumiendo así la propiedad de los trabajadores?”.
Y en cuanto al connubio capital humano-desarrollo económico, en el mismo ensayo Becker sostiene que el análisis económico “explica fácilmente por qué, a lo largo de la historia, pocos países han experimentado períodos prolongados de crecimiento sostenido del ingreso per cápita. Si el crecimiento del ingreso per cápita se debe al aumento de la tierra y el capital físico por trabajador, los rendimientos decrecientes derivados del capital y la tierra adicionales acaban por eliminar cualquier crecimiento posterior (…) Por lo tanto, la incógnita no reside en la falta de crecimiento, sino en el hecho de que Estados Unidos, Japón y muchos países europeos hayan experimentado un crecimiento continuo del ingreso per cápita durante los últimos cien años y más”. Para Becker, fue la inversión en capital humano que hicieron esos países —básicamente en educación— la que explica ese descomunal y desigual crecimiento que esquivó los rendimientos decrecientes.
Gary Becker narra y narra cómo un salario es más alto que otro conforme se avanza en la calificación laboral. Un gran chocolate por la noticia que, entre otras cosas, articula los convenios paritarios argentinos y de todo el mundo, con una historia que arranca en los gremios medievales.
Qué determina el promedio salarial tan alto del centro y tan bajo de la periferia es algo que a Becker no lo conmovió. Su historia —redundante y aburrida— es la del valor de uso, prescindiendo del valor de cambio. Por cierto, la teoría económica versa sobre el valor de cambio.
A decir verdad, en la plataforma electoral cárdena, como en la campaña y en el debate presidencial de 2023, se hizo presente el proyecto Ministerio de Capital Humano. Ese era el paquidermo que bajo su férula cobijaría, para entonces ya convertidos en secretarías, a los que eran ministerios de Educación, Trabajo, Desarrollo Social y Salud. Fue lo que sucedió.
En el debate presidencial, afirmó que incentivar el capital humano fue “sumamente importante en los últimos 250 años de la historia de la humanidad”. Y para que continúe siéndolo, propuso el ministerio al solo efecto, al que ahora le podó el presupuesto.
El verso y la realidad
El capital humano es un engendro conceptual neoclásico —muy tautológico— que trata de encontrarle el pelo al huevo al hecho —muy idiosincrático del sistema capitalista— de que si uno invierte en educarse puso capital y, como todo capital, tiene derecho a ser remunerado en proporción. El agua, evidentemente, moja.
Pero jamás define de qué nivel medio de la sociedad se parte y no lo puede hacer sino como hecho ex post facto.
Los neoclásicos como Becker postulan que es la rentabilidad de la actividad económica de los seres humanos la que determina su ingreso. No conciben que sea el ingreso lo que determine su rentabilidad. El sentido común queda satisfecho, pero eso no tiene nada que ver con la realidad.
El salario es un precio político. Si en la nación A es más alto que en la nación B, todo lo que la teoría del capital humano neoclásica, en la que los libertarios basan su pantagruélico ministerio —ahora a rigurosa dieta—, tiene para decir es que si un individuo se educa más que otro, va a ganar más que otro. De noche está oscuro. Pasan de largo que en A el mismo profesional va a ganar más que en B; igual para el operario calificado.
Así es como la lógica de estas políticas en pos de aumentar el capital humano se basa en la proposición de que el ingreso de una persona en una economía de mercado refleja la cantidad de recursos que la persona controla y el valor de esos recursos. Las personas que son permanentemente pobres tienen menos capacitación y también calificaciones laborales menos valiosas que los que no son pobres. Por lo tanto, una política atractiva para ayudar a eliminar la pobreza es darles más y mejores recursos a través de la educación y la capacitación. Pero si, en el mismo momento, estas bellas almas abren la economía, como están haciendo, estarán capacitando trabajadores para que emigren y con buenas perspectivas porque son baratos. Esta es una de las tantas formas que adopta el capital humano como coartada reaccionaria.
COT
El verdadero problema a resolver para impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas es el de la composición orgánica del trabajo (COT). Arghiri Emmanuel puntualiza al respecto que “a un nivel tecnológico mundial determinado, las diferentes ramas de producción difieren entre ellas no solo por la intensidad de la composición orgánica del capital, sino también por lo que podría llamarse la composición orgánica del trabajo, y que es la relación del número de trabajadores vivos con la cantidad de trabajo social a la cual se reducen sus trabajos específicos”. Si en una obra en construcción hay 100 albañiles y en una petroquímica hay 100 operarios, a tasa general de salarios iguales, los químicos cobran más en función del porcentaje más elevado de trabajadores calificados y especializados.
La igualación de salarios no significa salario igual a igual tiempo de trabajo, sino salario por unidad de tiempo igual con calificación igual. Por eso —extremando y ficcionalizando la comparación— no es lo mismo una sociedad que haga la diferencia con el turismo, aunque se pague al personal con los salarios más altos del mundo, que otra de relojeros.
Es de suponer que, en los años por venir, el descomunal avance tecnológico que está floreciendo tenderá a igualar las composiciones orgánicas del trabajo en todas las ramas de la actividad productiva y de servicios, por lo cual botones o relojeros —siempre que sean con salarios altos— da lo mismo.
Pero, de momento, implica una elección estratégica que tiene que hacer el país. La opción que hace al interés nacional debe considerar que, aun si el intercambio desigual generado por la diferencia de salarios entre países no existiera, no da lo mismo caramelos que acero, porque 100 siderúrgicos ganan mucho más que 100 trabajadores de la alimenticia, en razón de las necesidades de mayor capacitación en la primera que en la segunda.
En otras palabras, si los sectores que se han seleccionado poseen un nivel de composición orgánica de capital y una composición orgánica del trabajo relativamente débiles, el país no será tan próspero como los otros.
Emmanuel advierte que esto no se debe a “un intercambio desigual sino a un desarrollo desigual. Se trata de dos cosas diferentes. Sin embargo, el intercambio desigual en razón de salarios desiguales, allí donde estos existen, puede agravarse por una composición orgánica de trabajo desigual. Pues la desigualdad de salarios afecta, sobre todo, las bajas calificaciones del trabajo. Las categorías superiores, siendo más móviles y concurrentes, están sujetas a una cierta perecuación a escala mundial. Si un peón norteamericano gana treinta veces el salario de un peón egipcio, la diferencia del salario de ingeniero entre los Estados Unidos y Egipto es bastante menor. Como en los países subdesarrollados los bajos salarios van generalmente a la par con una baja composición orgánica del trabajo, la tasa de salarios ponderada es sensiblemente más baja que la tasa de salarios media”.
Milei retoma la tradición gorila de hacer de este país una estancia ordenada y apaciguada. El cuento del capital humano es una grandilocuente y cretina operación de relaciones públicas para cubrir con bondad la idea de que dos tercios de la sociedad argentina tengan como eje existencial la ñata contra el vidrio. Esto sí que es una verdadera mierda. ¡Ay de la escatología! A veces, como en esta, deviene insustituible.