El autor de esta nota elige un poema impactante de María Granata, la admirada escritora que falleció en la noche del 12 de junio. Sostiene Ariza que la poesía no muere, siempre sobrevuela aunque parezca oculta u olvidada.
Nos toca despedir a una mujer extraordinaria. Ya las notas biográficas publicadas estos días han dado buena cuenta (nunca serán completas) de su rica trayectoria como escritora y como militante política, ámbitos que no mezcló ni subordinó uno al otro. Los ejerció a pleno de un modo que le era característico, es decir, con enorme vitalidad y visión esperanzada.
Tenía el don de la palabra mágica, aun cuando insistía en que todo lo que vemos y soñamos forma parte de la realidad.
Ya los estudiosos y hermeneutas descubrirán en el futuro cuantas puertas al conocimiento racional y/o sensible abrió ella con su abundante obra, tarea que nos excede sin perjuicio de la admiración que le profesamos.
Recordemos que una multitud de pensadores de las más diversas épocas y concepciones ha considerado a la poesía, y al arte en general, un grado superior de la conciencia. Entre ellos, por citar pocos ejemplos, están desde San Juan de la Cruz hasta Gastón Bachelard, pasando por Carlos Marx y Juan Ramón Giménez, quienes nos alertan sobre la especificidad del sublime oficio que amplía el sentido del lenguaje.
De esto da cuenta la obra de nuestra autora, sin perjuicio de que en algún momento se volcó, con singular éxito, a la narración en forma de cuentos y novelas. Interrogada que fue por quien esto escribe sobre su presunto abandono de la disciplina poética, dijo que para ella ese cambio formaba parte de una misma búsqueda de expresión. Sin embargo, años más tarde volvió a publicar poemas y cuentan sus familiares que dictó versos hasta la muy avanzada edad de 103 años, dos antes de su fallecimiento.
A las notas necrológicas aparecidas con motivo de su deceso habrá que agregar, a medida que afloren en relatos y otros testimonios, expresiones singulares del lenguaje que ella se empeñaba en buscar para ilustrar o ampliar su inspirada conversación.
Es curioso que en un país tan sectario como la Argentina, de lo cual María Granata fue víctima en muchas ocasiones, tuviera el reconocimiento y disfrutara de la relación frecuente con artistas e intelectuales de las más diversas procedencias ideológicas, como el dramaturgo Carlos Gorostiza, el novelista Marco Denevi, los periodistas Magdalena Ruiz Guiñazú y Oscar Hermes Villordo, o los poetas José María Castiñeira de Dios o Sigfrido Radaelli. En este último caso, la amistad se profundizó con su mujer, Amalia, destacada psicoanalista, entre muchísimos otros interlocutores.
Ella y Ramón Prieto participaban a finales de los ‘70 y comienzos de los ‘80 en tertulias intelectuales y artísticas de las que surgieron o se potenciaron iniciativas como Teatro Abierto, un caso que ya hemos relatado en esta revista. (Al respecto ver: https://yahoraque.com.ar/tito-cossa/la-verdadera-historia-de-teatro-abierto/ ).
Por último, antes de lo importante, digamos que la poesía no muere. Permanece, flota, se vuelve aroma o susurro y hasta se esconde por épocas. Eso le acontece a la obra de nuestra admirada María Granata y el mejor homenaje que se nos ocurre hoy es incluir aquí un poema temprano, de 1946, cuando su autora tenía apenas 26 años, aunque cimentó su fama con un libro que lleva el mismo título.
Lo hemos elegido por pura subjetividad, aunque ha sido muy celebrado. No podemos leerlo sin emocionarnos. Cuando se le preguntó si se había inspirado en Mendoza o alguna otra región de vides, ella contestó que hasta el momento de escribirlo no había estado en esa provincia, la nuestra. Esa vez, la inspiración volvió a pintar una aldea que se volvió universal aún sin haberla conocido.
Muerte del adolescente
Iba a las densas viñas y volvía
con la sangre dorada.
Su voz en un sollozo no cabía,
ni en un pámpano seco su mirada.
Ni sabían sus manos
ser el lecho piadoso de la frente.
Iba a las aguas, iba a los manzanos,
y retornaba siempre adolescente.
Veía en tardes rojas
estremecerse el árbol absoluto,
y el pájaro nacer entre las hojas
profundo de dulzura como un fruto.
Solamente esperaba
un nuevo paso unir al paso hecho,
y por la herida lateral del pecho
ninguna soledad lo transitaba.
Guardaba de su infancia
como un sabor a plomo de soldado
y casi una fragancia
de llanto hacia las sienes desviado.
Por vez primera desde un agrio puerto
sintió la lejanía
y le dolió todo ese mar desierto
como una llama fría.
Secas están las viñas. Salitrosas
las aguas. Carcomidos los manzanos.
La sombra de las cosas
tiene filos crecientes y cercanos.
Junto a un huerto sepulto en una duna
y en el umbral del hombre,
siente el adolescente que una a una
se disuelven las letras de su nombre.
Muerto ya está. Como la arena, muerto.
Pero vivas sus manos todavía.
¿Dónde las uvas de un racimo abierto
que aún las sentiría?
¿Y dónde alguna flor, dónde una aguja
de luz para sus ojos?
Antes que advierta el lienzo, antes que cruja
en sus huesos un hierro de cerrojos.
Un hueco más sobre la tierra, un hueco.
Pero una sombra menos contra el muro.
Y un tallo verdiseco.
Y un fruto desprendido y no maduro.
¡Ah, ya han muerto sus manos
y ya se hiela el aire que lo toca!
Echad su corazón a los manzanos
y a las viñas su boca.
¡Ah, con qué rebeldía
su perfil en el viento se deshace!
Al Oeste la noche, al Este el día.
Limitado ya está. ¿Qué cruz le nace
de pronto entre sus manos?
¿Para un alba de cal que lo amordace
ha crecido ferviente de veranos?
¡Qué muerto está! Y ya lo recorría
el amor como una llamarada
cuando iba a las viñas y volvía
con la sangre dorada.