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María Granata, María de la eternidad

Murió María Granata, escritora, poeta, autora infantil, ensayista y militante peronista. Murió un viernes, subraya Gabriela Borreli, también escritora, como si la literatura hubiera decidido ordenar la escena: el mismo día en que volvía a la tierra el protagonista de Los viernes de la eternidad. María Granata ya había cumplido 105 años. Hasta hace apenas unas horas, era la última testigo y participante de las famosas reuniones que Eva Perón realizaba con poetas todos los viernes en las peñas del Hogar de la Empleada en Avenida de Mayo al 800, en la ciudad de Buenos Aires. Su despedida será el domingo 14 de junio a las 9.45 en el Cementerio de la Chacarita.

Cuando María Granata cumplió 105 años, el pasado 3 de septiembre, escribí: “María Granata está por cumplir 105 años y ese hecho me produce una inquietud que me es imposible no compartir. No entiendo cómo no es el único tema en la Argentina actual, cómo los portales de todo el país no ponen un reloj contando los días, horas y minutos hasta sus 105, cómo no hay móviles en la puerta de su casa esperando novedades del tipo: ¿quién sale?, ¿quién entra?, ¿qué hizo hoy María Granata? Si el mundo, y particularmente esta nación, tuviera algún sentido, las calles estarían llenas de pancartas con leyendas como las siguientes: ¡María, vamos por los 106! ¡María, de los dos siglos, el pueblo está contigo! ¡Hasta los 110 no paramos, Granata! ¡María de la eternidad, María argentina!”.

Hoy María Granata murió. Lo imposible está pasando. Pero esos carteles que imaginé la siguen vitoreando desde algún lugar de un país soñado, porque, como ella afirmó una vez: “Yo me considero consustanciada totalmente con la realidad, adoro, me entrego a la realidad. Y sin embargo, mi tendencia me lleva después a una transfiguración mágica cuando escribo. Pienso que quizá eso se deba a que yo provengo de la poesía. Es posible también que la realidad no sea esa masa dura, áspera, tan poco poética que creemos, sino que también abarque otras posibilidades: también lo poético y lo mágico”.

María murió un viernes, el mismo día en que aparecía el protagonista de su novela Los viernes de la eternidad, un alma atrapada en la tierra que regresa, solo los viernes, a ver a su amada. Murió también dos días antes que Borges, con quien se encontró en el subte poco después de haber sacado ella su primer libro. “Hola, Borges”, le dijo María. Y Borges respondió: “¿Usted es María Granata?”. “Sí”, contestó ella. Él le dijo: “Nuestro destino será encontrarnos y no reconocernos”.

Destino, o corredores literarios de la literatura argentina, Granata y Borges no volvieron a cruzarse. Ella, María de la eternidad, se transformó en una de las autoras más diversas y generosas: escribió poemas, cuentos infantiles, ensayos, notas periodísticas, novelas y más poemas.

La última testigo de Evita y los poetas

Hasta hace apenas unas horas, María Granata era la última testigo de las famosas reuniones que Eva Perón realizaba con poetas: las peñas del Hogar de la Empleada, en Avenida de Mayo al 800, en la ciudad de Buenos Aires.

Una vida eterna: intentar armar una biografía lineal de Granata es difícil. Cada intento de reunir sus escritos, su literatura, su docencia, su tarea hacia el mundo, se ve además surcado por una inserción profunda en la vida política argentina. Será su voz, su propio relato, el que una los puntos en las entrevistas que dio a lo largo de su vida.

Granata ha ido delineando la relación con su padre, creando ese vínculo con pequeños detalles y con un gran nombre: Giacomo Leopardi. Dijo que fue su padre quien le inculcó su amor por la literatura y, seguramente, quien le transmitió algunas ideas políticas. Granata aparece, con solo 20 años, publicada por la revista del Teatro del Pueblo, Conducta. Es esa misma revista la que se adjudica el “descubrimiento” de su obra y le publica su primer libro, Umbral de tierra, que obtuvo el premio Martín Fierro, otorgado por la Municipalidad de Buenos Aires.

No será el único premio que gane. Muchos años después, en 1976, obtuvo la única edición del premio Strega con una novela poderosa e inquietante que narra la vida de un clan familiar en un ambiente opresivo: Los tumultos. No ganó cualquier premio, sino uno muy importante, el Strega, del que en Argentina hablamos muy poco justamente porque lo ganó ella. Compitió con El libro de arena, de Borges, y Abaddón el exterminador, de Sábato. Laureles perdidos en la injusta memoria de un país.

Los cuentos para chicos y una memoria colectiva

A fines de la década del cuarenta comenzó a trabajar en el diario El Mundo, donde, a partir de 1950, le solicitaron que publicara semanalmente cuentos infantiles. Fue el mismo director del diario, Carlos Muzio Sáenz Peña, quien la llamó: “El diario no tiene nada para los chicos y por eso saldrá una sección infantil los domingos. ¿Podría usted escribir un cuento semanal?”.

Algunos años después, en 1956, compiló treinta cuentos y los publicó con el título El gallo embrujado. Varias generaciones crecieron con sus cuentos y su nombre forma parte de una memoria infantil colectiva.

De la revista El Mundo a la Subsecretaría de Informaciones y Prensa dirigida por Raúl Apold, Granata fue una ensayista poética que mostró en Pueblo y peronismo y La gesta histórica de la mujer el 17 de octubre, entre otros textos, el sentimiento político del peronismo.

Línea Dura y la clandestinidad

El ‘55 la encontró señalada por sus intervenciones culturales y políticas, y por eso fue incluida en la publicación de las Comisiones Investigadoras. Granata, además, aparece en los Pax, un folleto anónimo elaborado en los últimos meses del 55 por la SADE, que buscaba burlarse y hostigar a aquellos escritores que habían formado parte de la experiencia política del peronismo.

Granata y su escritura pasaron entonces a la clandestinidad. En ese proceso que se llamó Resistencia, un tiempo que vio al peronismo proscripto, perseguido y a su conducción en el exilio, Granata fue la responsable de un diario fundamental: Línea Dura.

Lo que sigue fue un silencio campero. María no publicó durante casi una década. No publicó, digo bien, porque, sin embargo, desde el medio de la provincia de Buenos Aires, no dejó de escribir. Encontró acaso en esa llanura la extensión y el aire necesarios para sus novelas, todas ellas perseguidoras de una obsesión: la eternidad. Pequeños caseríos en los que las almas abandonan a los cuerpos e intervienen en la vida terrenal, fantasmas rencorosos, desapariciones físicas y clanes en éxodo. Una imaginería gauchesca y fantástica escrita en forma salvaje. Publicó en Emecé, pero también en ediciones más independientes.

Adivino tu sonrisa

Viene en este momento a mi recuerdo, cuando pienso en su vida y su literatura, una carta que le escribió su amiga Aurora Venturini por la publicación de uno de los últimos libros de María, Dieciséis caballos, en 2013. La carta se publicó en el diario El Día y, en ella, Venturini la invita a caminar “hacia donde el sol tal vez se aplaque”. Le dice amorosamente: “Adivino tu sonrisa”.

Hace menos de un mes, en la ciudad de Buenos Aires, compartí con el nieto de María una presentación de un libro que se editó sobre los ensayos políticos de su grandísima abuela. Me habló de ella, la llamó Coca, me habló de su optimismo a prueba de tiempo y de un ánimo inquebrantable. Comprendí más, entendí mejor el volumen de su tiempo, y yo también adiviné la sonrisa de Granata.

Hago mías las palabras de Venturini, que la despedía en esa carta así: María Granata, lograste ser.

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