¿Y ahora qué?

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La confusión estratégica de Donald Trump

Los iraníes no aflojaron y el Presidente Naranja tuvo que obligar a su socio Netanyahu a extender la tregua al Líbano. La caída de Orbán muestra que el apoyo de Washington es el abrazo del oso.

La agricultura, la prostitución y la guerra son tres de las actividades más antiguas del género humano. Las tres tienen reglas, folklores, sabidurías y hasta tecnologías específicas. No se sabe cuánto sabe Donald Trump de agricultura o prostitución, pero anda quedando en claro que de guerra sabe poco y, peor, no consulta. Atacó a Irán con su socio Benjamín Netanyahu y quedó en una posición rarísima: los iraníes perdieron en combate, pero ganaron en combate. Como Vietnam, como los talibanes, como las guerrillas de ayer y de siempre, el mero hecho de seguir ahí es un triunfo. Y ahora Trump quiere negociar.

Hace 85 años, Hitler estaba preparando la guerra con la Unión Soviética. Esto salvó a Gran Bretaña de los bombardeos constantes y de un desembarco alemán, porque tanques y tropas comenzaron a viajar al Este y tomar posiciones en Polonia. Los nazis no tenían realmente con qué invadir y dominar a los rusos, pero su sentido de superioridad -militar y racial- los animó a probar. Fue una campaña espectacular en la que tomaron más prisioneros que nadie en la historia humana, destruyeron más aviones y blindados enemigos que nadie, tomaron más territorios en el menor tiempo jamás visto. Casi alcanza, pero Rusia resistió y contraatacó con una campaña que terminó en Berlín.

Los griegos le decían a esto “hubris”, el momento en que el orgullo te lleva a desafiar a los dioses y al sentido común.

Trump no tendrá dioses, pero el sentido común sigue ahí aunque el Presidente Naranja se aseguró de que nadie, nunca, se lo recuerde. Como empresario y como político, su actitud siempre fue la del ventajero que miente y aprieta, y le dice a eso negociar. Con Irán, prometió un triunfo inmediato, desató una enorme violencia sobre ciudades y pueblos, y esperó que el enemigo se rindiera. El problema es que los iraníes no hicieron su parte, bloquearon el estrecho de Ormuz y descajetaron el mercado mundial de petróleo.

Los ayatolas leen los diarios, saben que en Estados Unidos el precio de la nafta es lo que el dólar es en Argentina, y que allá es año electoral.

Washington propuso una tregua de dos semanas, que Teherán ni aceptó porque no hacía falta: era su enemigo el que paraba. Sí aceptaron reuniones y negociaciones, a las que mandaron civiles sin mayor capacidad de decisión. Trump mandó a su vice, J.D. Vance, como para mostrar piné y tener alguien a quien culpar cuando todo salga mal. Lo que los norteamericanos se encontraron era que la línea dura iraní estaba más dura que nunca: hasta reparaciones de guerra exigieron.

Y le dijeron en la cara a Vance que la tregua no valía si no se aplicaba también al Líbano: frená a tu aliado, o esto sigue. El jueves, tarde, Netanyahu anunció con cara de constipado que también hay una pausa para los libaneses.

Ahora, la Armada norteamericana patrulla el estrecho y le exige a todo buque que ponga rumbo a un puerto iraní que retroceda o acepte ser abordado. Se supone que Ormuz se está abriendo a la navegación, que el crudo y el gas vuelven a circular libremente, pero no. El tránsito es una fracción de lo que era, los combustibles siguen caros.

Lindo brete, diría el paisano. Los Guardias Revolucionarios, lo más duro de la línea dura iraní, avisaron el jueves que ni la tregua querían, que están listos para una guerra larga. El pueblo sufre más que nunca, que la economía ya era una ruina antes de la guerra. La apuesta es quién aguanta más el sufrimiento, si un pueblo aplastado por un sistema represivo y cruel, o un presidente vanidoso que puede perder las legislativas de noviembre.

Los demócratas volvieron a perder en su intento de aprobar una ley exigiendo que el Ejecutivo pida permiso al Legislativo para hacer la guerra, como manda la constitución. No le dan los votos, pero eso también puede cambiar en noviembre.

Si los combustibles no bajan, si Trump no puede sostener su constante triunfalismo, Irán la puede sacar barata: con ceder el programa nuclear, demolido ya este verano, alcanzaría. El resto -cambio de régimen, Hezbolá, misiles- puede quedar en ese gran canasto de las buenas intenciones.

Inmigrantes

El cambio de estrategia de ICE, antaño conocida como “la migra”, le bajó el perfil a la limpieza étnica que ordenó Donald Trump, pero ni remotamente la detuvo. El pecado había sido matar a dos norteamericanos nacidos y criados, que fueron a protestar por la violencia anti inmigrantes en Mineápolis y terminaron asesinados mal por agentes mal entrenados. Cambio de titular, rotación de civiles disfrazados de soldaditos, y el trabajo continúa. Estados Unidos está deportando casi mil personas por día, unos 350.000 al año, pero el objetivo real es otro: que muchos más se vayan solitos.

Para que ocurra esta “autodeportación”, el gobierno está haciendo perradas malvadas. La autoridad nacional de vivienda pública propuso que se eche de sus monoblocks a las familias “mixtas”, de ciudadanos e inmigrantes, lo que podría dejar en la calle a 80.000 personas, incluyendo 37.000 chicos que son ciudadanos. Ya en marzo se cancelaron todos los registros profesionales de personas que no puedan probar que son ciudadanos o inmigrantes legales: 200.000 ya perdieron su trabajo como camioneros o choferes. También se prohibió a los bancos darles préstamos a los extranjeros, aunque sean inmigrantes legales.

Esto es sutil, pero también es obvio. En Estados Unidos hay muchos millones de extranjeros viviendo lado a lado con nativos, creando redes familiares, sociales y de amistad. No hay manera de crear un archipiélago de campos de concentración como para encerrar y expulsar a la décima parte de la población del país, como mínimo. Sólo la Alemania nazi pudo crear algo así, pero Hitler no tenía que pedirle fondos a su Congreso.

La solución es asustar al prójimo. Cada revelación del maltrato al extranjero que aparezca en los medios, cada denuncia de comida podrida, chicos enjaulados, hacinamiento, hace que el peligro de ser detenido sea mayor. Por miedo, se calcula, millones se irían. El problema es que al irte de Estados Unidos nadie te pregunta nada: todas las preguntas son al entrar, con lo que nadie sabe cuántos viajeros son autodeportados y cuántos son simplemente gente que vuelve a su casa.

Pero los pocos números que se conocen muestran que ese baile va a ser difícil. Casi la mitad de los sin papeles llevan veinte años o más viviendo en EE.UU., y la tercera parte tiene casa propia. Nadie sabe cuántos están casados con ciudadanos y tienen hijos nacidos en suelo soberano. Es por eso que Donald Trump quiere cancelar ese principio, tan de país de inmigrantes, que hace que el nacido en tu país sea ciudadano, más allá del papeleo de los padres.

Adiós, Orbán

El húngaro Viktor Orbán perdió mal las elecciones. Fue una paliza, un repudio, y lo interesante es ver por qué ocurrió, por qué el fundador del movimiento de ultraderecha le tuvo que pasar el bastón a un ex afiliado que lo flanqueó mostrándose moderado y preocupado por la economía. Es una lección que están digiriendo los demás derechosos de Europa.

Uno de los elementos más relevantes es la enorme impopularidad de Trump en el continente. Su apoyo abierto y explícito, con su vicepresidente haciendo un acto electoral en Budapest, resultó un abrazo del oso. Otros mandatarios, como Giorgia Meloni, ya se habían dado cuenta y se le plantaron al Hombre Naranja: Italia no le dejó usar sus bases para bombardear Irán y esta semana lo criticó abiertamente por chucear al Papa. El inglés Nigel Farage, a la cabeza del viejo movimiento neonazi británico, ahora disfrazado de derecha moderada, se define ahora como “un conocido” de Trump, cuando antes se pavoneaba de ser amiguísimo.

Este distanciamiento con Washington ya es tendencia, dirían los chicos, como la flamante idea de que es importante hablar de la economía y no sólo de esencias nacionales y de qué intrusiva es la Unión Europea. Orbán, como Trump, no supo controlar la inflación y la creciente pobreza, mientras que los fascistas italianos, franceses y británicos son más que débiles en propuestas sobre cómo sacar a sus países de la recesión eterna.

El húngaro le agregó al desastre de sus 16 años en el poder un nivel de corrupción alarmante. ¿Suena familiar? Parece la receta de gobierno de Javier Milei, con griteríos ideológicos, alineamiento con Trump, inflación sin control, pobreza creciente y, va quedando claro, corrupción.

La caída

De paso, atarse al carro triunfal de Donald Trump es un mal negocio a nivel global. El desprestigio de Estados Unidos es abismal, como indica un estudio de Gallup realizado en 130 países. En 2009, 49 por ciento de los encuestados decía confiar algo o mucho en EE.UU. como potencia líder. Pero eso era en tiempos de Barack Obama, y la tasa cayó al 46 con el primer gobierno Trump. Joe Biden recuperó un poco el prestigio nacional, un par de puntos. Bastó un año del segundo período Naranja para que la tasa se desplomara a un histórico 31 por ciento. De paso, Gallup muestra que China es ahora la potencia más confiable, con 36 por ciento de aprobación.

Otras islas

El Reino Unido no es ni remotamente lo que alguna vez fue, pero sigue con viejas mañas imperiales como los territorios de ultramar. Ya no son colonias sino islas allá perdidas, como nuestras Malvinas, varias con posiciones más que estratégicas. Una es Diego García, diminuta pero en el casi exacto centro del Océano Indico, ocupada hace décadas por una gran base aérea y naval británica, medio que informalmente norteamericana, que ahora le creó al gobierno de Keir Starmer un dolor de cabeza político.

Resulta que la islita pertenece al archipiélago de Chagos, parte de la nación isleña de Mauricio, y está básicamente alquilada por la fuerza. Esto es, fue ocupada con un desembarco y blanqueada con un contrato que había que aceptar. Los ingleses, como en Malvinas, expulsaron a los habitantes locales, que siguen queriendo volver, y Mauricio sigue reclamando que le devuelvan su territorio. Pero está difícil, porque en 1966 el primer ministro Harold Wilson hizo un tratado con Estados Unidos para compartir la base.

Para este año, Starmer planeaba anunciar un nuevo contrato de alquiler por el cual el Reino Unidos le pagaría a Mauricio 101 millones de libras esterlinas, 135 millones de dólares, por año durante un siglo. El trato murió antes de nacer porque no se puede hacer, en los términos del tratado con EE.UU., sin el acuerdo de Washington. Y Starmer no le dejó usar la base a Donald Trump para bombardear Irán, y el Presidente Naranja está furioso.

Lo interesante es la sutil estrategia que está usando Mauricio, que amenaza hacerle juicio a Londres en el tribunal internacional de la ley de mar, para que le pague el alquiler o le devuelva la isla. Starmer no puede firmar el contrato sin Trump, con lo que los mauricianos tienen chance de recuperar, aunque sea legalmente, su soberanía. ¿Qué teme Gran Bretaña? No que Mauricio trate de tomar por la fuerza su isla, que no puede, pero sí que declare una zona económica exclusiva ahí nomás y se la alquile a los chinos…

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