La deuda de las economías centrales, el encarecimiento del capital, las guerras y el reordenamiento de las cadenas productivas están configurando un escenario distinto del conocido en las últimas décadas. Para la periferia, y particularmente para la Argentina, la pregunta es qué tipo de gripe se desatará cuando los países desarrollados empiecen a toser.
El mercado de bonos soberanos globales que reúne estas especies financieras de los países más desarrollados continúa empelotado. Particularmente el más importante de todos: el de los Estados Unidos. Volumen: 32 billones de dólares. La deuda pública sumada de los países del G7, que se toma emitiendo bonos soberanos, ronda los 52,5 billones de dólares, lo que representa cerca del 121 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) conjunto.
En el Global Wealth Report 2026 (Informe de la riqueza global), hecho por Boston Consulting Group (BCG), se calcula que los activos financieros globales de carácter privado ascienden a un récord histórico de 333 billones de dólares. Al cierre del 31 de diciembre de 2025, la capitalización bursátil agregada del S&P 500 (el índice más representativo de la economía norteamericana que da cuenta de la cotización de las 500 empresas más importantes de los Estados Unidos) alcanzó aproximadamente 61,1 billones de dólares.
Para apaciguar a los mercados y contener la amenaza inflacionaria que se cierne sobre los Estados Unidos, aunque no se da por descontado, es muy probable que este mes la Reserva Federal suba las tasas de interés de referencia. Hace una semana, los mercados otorgaban un 35 por ciento de probabilidad a un aumento de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal en su reunión de mediados de septiembre. Ahora esa probabilidad es del 62 por ciento, según Jared Bernstein, el economista que presidió el Consejo de Asesores Económicos hacia finales de la presidencia de Joe Biden. Los firmes deseos en contrario de Donald Trump parece que están siendo desoídos.
La gripe de los países centrales
En lo que a la Argentina le toca de esa movida de impacto global, depende de qué tipo de gripe se desatará en el colectivo donde estamos ceñidos de los mercados emergentes por la tosecita de los países desarrollados.
En la periferia, típica exportadora de materias primas alimenticias (Brasil y nosotros en el pelotón principal), se aúnan Odesa y Ormuz, junto al Súper Niño, para subir los precios internacionales de los granos. La tasa de interés global, en previsible alza, y la inestabilidad cambiaria que viene aparejada cuando cimbran los flujos financieros mundiales, auguran que el sector externo aumentará marcadamente la presión que siempre ejerce sobre el nivel general de precios.
No son los reseñados los únicos aspectos, entre los importantes, que hacen sospechar que el escenario mundial está cambiando. Las relaciones internacionales están onda mirame y no me toques. Vivíamos en un mundo que se había malacostumbrado a que desde 1945 hasta hace relativamente pocos años los conflictos armados ocurrían dentro de los países. Ahora, a las guerras civiles se les suman 65 conflagraciones interestatales. Ese resultado arroja el conteo de los organismos privados que se encargan de llevar al día estos números.
Se aplica a esta irrupción de los conflictos armados interestatales lo que observaba el escritor Ernest Hemingway acerca de la dinámica de las quiebras. Unos y otras van aconteciendo “gradualmente, luego de repente”.
Un mundo en desorden
La historiadora canadiense Margaret MacMillan, especialista en relaciones internacionales y exprofesora en Oxford, en una importante columna reciente en The New York Times pregunta retóricamente: “¿qué ocurre si ya estamos en las primeras etapas de lo que será un período prolongado de desorden?”. Infiere que así devendría un “mundo en el que ya no podamos dar por sentado que lo que era cierto ayer seguirá siéndolo mañana, ni que instituciones aparentemente sólidas perdurarán. Tal vez dejemos de sorprendernos ante las noticias de cada día”.
“Para 1945, Gran Bretaña, la Unión Soviética, Estados Unidos y sus aliados habían librado dos brutales guerras mundiales en apenas tres décadas. Cuando crearon la arquitectura del orden existente, tenían muy claro qué querían impedir. Los marcos anteriores habían fracasado y construirían algo nuevo que no volviera a hacerlo (…) El camino panglossiano del optimismo injustificado conduce a un callejón sin salida. Pero eso no significa que no podamos hacer lo que tantas veces se hizo antes y emprender el laborioso proceso de construir algo nuevo desde cero”, se esperanza MacMillan.
La anomalía de los bonos
Lo que desde hace décadas viene sucediendo con los bonos de la deuda soberana de los países centrales, particularmente con los bonos del Tesoro norteamericano, los Treasury bonds, no estaría ocurriendo. Hay una anomalía, alertan los que observan con preocupación la ola vendedora de bonos y el auge imparable de las acciones de IA y de todo lo que rodea esa actividad.
¿Qué era lo normal y ahora no? En compensación del déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos norteamericana, los fondos de ese origen obtenidos por el resto del mundo se invierten en bonos tanto del gobierno como de las grandes corporaciones de ese país, cuyo rendimiento es fijo y, por lo tanto, no condicionado por las fluctuaciones durante el “ciclo”. De esta forma, el pago de los bonos y de su rendimiento depende de la solvencia del deudor y muy poco de la situación general o, cuando se trata de empresas, de sus resultados operativos.
Lo que no estaría funcionando es la oposición clásica entre las respectivas determinaciones de los dos mercados, el de títulos de renta variable (las acciones) y el de títulos de renta fija (los bonos).
Mientras un descenso de la actividad económica deprime las acciones, fortalece el mercado de bonos. Por el contrario, en la recuperación se inflan los beneficios empresariales y los dividendos estimulan las acciones, mientras se va acrecentando la demanda en el mercado de capitales, lo que provoca una tensión sobre la tasa de interés que hace caer la cotización de los bonos ya emitidos con la tasa anterior, ante la previsión de que la tasa va a subir.
No se ve, entonces, dónde no estarían funcionando los mercados de bonos y acciones de acuerdo con las reglas que son un clásico. La IA tensiona el mercado. La Fed va en curso de subir la tasa de interés de referencia. Se venden bonos a la espera de que bajen sus precios para comprar acciones, con entusiasmo en el caso de las corporaciones de IA, que están ya muy caras. ¿Dónde está desmentido el funcionamiento normal de los mercados?
IA, tasas y escasez de capital
En lo que ahora corre como la “sabiduría convencional”, específicamente en ese debate sobre los rendimientos y la economía real y su normalidad o anormalidad, cabe identificar dos narrativas contrapuestas para explicar por qué los rendimientos de los bonos del Tesoro a diez años han subido a niveles cercanos al 4,70 por ciento y los de treinta años han superado el 5,30 por ciento.
Por un lado están los que creen que hay que darle la bienvenida a esta perspectiva alcista y los que son muy escépticos y suponen que hay vendaval en puerta. Entre los primeros se distingue Stephen Miran, un financista muy cercano a Trump que hasta hace unos meses fuera directivo de la Fed. Miran afirma que el aumento de los rendimientos de los bonos, la caída de sus precios, es una “excelente noticia” que refleja las expectativas de crecimiento económico a largo plazo impulsado por el auge de la inversión en inteligencia artificial y la desregulación, en tanto los swaps de inflación sugieren que el mercado aún confía en que la Fed cumplirá su objetivo del 2 por ciento anual. Miran asegura que el crecimiento esperado y la austeridad fiscal reducirán los déficits primarios.
La mirada escéptica la aporta Wei Li, uno de los directivos de peso del fondo de inversión BlackRock. Para Wei Li, la anomalía en los mercados financieros es una señal de que estamos en un nuevo régimen macroeconómico donde la inflación actual resulta impulsada por la escasez de mano de obra, la reestructuración de las cadenas de producción y abastecimiento y la transición energética. A raíz de este proceso, la relación tradicional donde los bonos protegían las carteras cuando las acciones caían ya no es confiable. Se rompió la correlación.
En la óptica de Wei Li, a eso hay que sumarle que se observa una aguda escasez de capital, generada por la competencia que le hace al sector privado la intensificación del endeudamiento público. Tal situación de menos capital disponible para mayores fines públicos y privados fatalmente resulta estructural en la elevación de su costo.
