Enrique Del Percio, rector de la Universidad de San Isidro, doctor en Filosofía y vicepresidente de la Comisión Nacional de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Argentina, compara la avalancha de “autoritarismo y decepción en la democracia” que azota al mundo, con la que se sufrió hace 100 años. Sin embargo, señala una esperanza en “esa condición tan rara del ser humano” de querer “estar feliz con lo que hace”, a pesar, dice, de “tanta angustia, dolor y sufrimiento”.
Cuenta Del Percio que un repartidor en bicicleta de 17 años que estudia Marketing le dijo que no está dispuesto a “resignar su libertad” por un aguinaldo. El autor de ‘Tiempos modernos: una teoría de la dominación’, dice no estar de acuerdo con la frase, que suena emblemática de la llamada ‘generación de cristal’ o ‘copito de nieve’, pero invita a no desesperarse y entender a jóvenes que, afirma, tienen “valores distintos”, como aceptar la diversidad sexual o ni siquiera pensar en matar a alguien en una guerra. Del Percio admite, por un lado, no ser optimista y cree que todo se va al cuerno. Pero asegura que los odios, tan en boga hoy, no son peores que los de antaño, cuando murieron decenas de personas “bombardeadas en la Plaza de Mayo” o cuando se asesinaba en la horca a tropas federales en las guerras civiles del siglo XIX.
–La ola de autoritarismos parece imparable. Incluso con voto popular en Latinoamérica. Las democracias tiemblan. ¿Cómo se llegó a esto? ¿Cómo enfrentar el aluvión y construir un futuro distinto?
–Del Percio: Con respecto a las oleadas autoritarias y la decepción con la democracia se está dando una situación en cierto aspecto similar o análoga a la que vivió Europa 100 años atrás. Hay una primera característica en común y es la crisis en la idea de pueblo. Cada vez que la idea de pueblo entra en crisis, ese lugar es llenado por el populismo.
–¿Qué otro rasgo social entró en crisis?
–Del Percio: El segundo es la crisis de la idea de autoridad. Cada vez que la autoridad entra en crisis, ese lugar es llenado por el autoritarismo. Y, finalmente, la crisis de la idea de fundamento, lugar que ha sido llenado por el fundamentalismo. Hace 100 años atrás, la irrupción de las masas en la política fue descripta por Ortega y Gasset en su libro ‘La rebelión de las masas’. Fue producto de las nuevas tecnologías, particularmente del acero, del petróleo, de las telecomunicaciones, etcétera.
–¿Cómo cambió la noción de pueblo?
–Del Percio: Se generó una crisis de la idea de pueblo como ciudadanía. Antes, la discusión era quién era el ciudadano. Si eran las mujeres, si eran los trabajadores, o si los analfabetos serán ciudadanos, pero no había duda en torno a cuál era el sujeto pueblo. Con la irrupción de las masas, esto entró en crisis. Y ese lugar fue llenado por los populismos. Entró en crisis la idea de autoridad, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial.
–¿De qué manera influyó la Primera Guerra en la noción de autoridad?
–Del Percio: En las autoridades que se consideraban como legítimas desde hacía siglos. Me refiero al Imperio Austrohúngaro, a la monarquía española, al Zar de todas las Rusias, al Reich, al emperador chino. Todos esos gobiernos que parecían legítimos en el mundo se fueron al cuerno. Entonces hay una crisis de autoridad. Y, justamente, a esas crisis de vacancias de gobiernos que durante siglos parecían legítimos, se sumaron las implicancias de la Primera Guerra y la llamada fiebre española.
–¿La sociedad inició así su quiebre?
–Del Percio: Todo esto motivó que la vida en común perdiera fundamento. En realidad, la vida en común nunca tiene fundamento sólido. Siempre es puramente relacional. Lo que pasa es que cuando esas relaciones fluyen, nadie se pregunta por el fundamento. Pero cuando no fluyen, pasa como con el piso. Nadie se pregunta por el piso hasta que el piso tiembla. Solamente hay institutos de sismología donde hay terremotos.
–¿Es el momento en que se empieza a diferenciar pueblo de populismo?
–Del Percio: ¿Qué diferencia hay entre pueblo populista y el pueblo, en el sentido que lo pienso yo, o que lo pensamos, por ejemplo, el Papa Francisco, Juan Carlos Scannone (ndr: filósofo inspirador de Del Percio), o como lo pensamos muchos? Para la tradición a la cual yo pertenezco, el pueblo es un concepto histórico, que parte de un núcleo ético mítico, pero que después se va desenvolviendo a lo largo del tiempo. Para el populismo, en cambio, el pueblo es una construcción discursiva, que se genera, sobre todo, a partir de caracterizar un enemigo: el anti pueblo.
–¿Cómo distinguir autoridad de autoritarismo?
–Del Percio: La diferencia es que la autoridad es lo que hace crecer y es vista con una legitimidad compartida. El autoritarismo, en cambio, no hace crecer, sino que el que tiene la autoridad es el que tiene el poder por el poder mismo. Aunque sea discutido el contenido y su legitimidad.
–Planteaste una distinción entre fundamento y fundamentalismo ¿Cómo pensarlos?
-Del Percio: Cuando hay un fundamento es porque es compartido. Por ejemplo: una enormísima mayoría los argentinos, en 1985, decíamos que tenemos que respetar la Constitución. Que tenemos que respetar los Derechos Humanos. A lo mejor, no estábamos de acuerdo en montones de otras cosas, pero sí había un fundamento de la vida en común dada por la Constitución y el Nunca Más.
–¿Y cuál es el pilar del fundamentalismo?
–Del Percio: Cuando no hay un fundamento compartido, es fundamentalismo. Los fundamentalistas son los que dicen: “Yo tengo la verdad y si los demás no adhieren a mí verdad es porque están equivocados, porque son estúpidos, porque les lavaron la cabeza o por lo que sea”. Por lo tanto, dicen: “Debo convertirlos o bien combatirlos” Cuando vos juntas populismo, más autoritarismo, más fundamentalismo, basta con que venga un líder que diga: “Estos son los enemigos”. Esto sucede si el líder tiene suficiente capacidad para que se lo siga.
–¿Un siglo después, se repite la encrucijada de la sociedad?
–Del Percio: La gran diferencia que hay entre hace 100 años y ahora, es que hace un siglo la crisis del pueblo estuvo dada por la irrupción de las masas, con lo cual los autoritarismos que íbamos a tener en aquel entonces eran los fascismos de masas. Hoy, en cambio, la crisis del pueblo está dada por el individualismo. Por lo tanto, las oleadas que tenemos hoy son de un autoritarismo individualista. Es distinto de lo que eran aquellos otros, pero tienen en común eso que, sí se quiere, podemos llamar fascismo.
–Hay polémica sobre si llamar o no fascismo al autoritarismo contemporáneo ¿Qué reflexión te merece?
–Del Percio: Lo tomo con todas las restricciones que tiene el término. Lo tomo en un sentido técnico, no en el sentido histórico de lo que fue aquel fascismo. Podemos decir que hubo fascismos de masas encabezados por Hitler y Mussolini, pero también por Stalin, si asumimos que el fascismo implica la suma de populismo más autoritarismo más fundamentalismo. Y a partir de la creación de un enemigo al que hay que eliminar y que sería el culpable de todos los males. Hoy, en cambio, podemos decir, con esas restricciones que tenemos, un fascismo individualista.
–Una consecuencia del poder autocrático es la sangría de derechos sociales, laborales, etc. ¿Cómo revertir estos retrocesos cuando parece no haber reacción popular?
–Del Percio: Con respecto a por qué se va dando un retroceso en materia de derechos que parecían ya adquiridos, y por qué la gente no reacciona, hay que tener en cuenta de qué derechos hablamos. Son derechos que se fueron gestando en una época, a partir, diríamos, de 1800, con la Revolución Francesa, la Revolución Industrial, los movimientos de emancipación en América. Se fue gestando un tipo de sociedad que se organizaba en torno a dos columnas disciplinadoras, que eran el Ejército y la industria.
–¿Por qué los derechos se organizaron a partir de la fuerza militar y el trabajo fabril?
–Del Percio: Por un lado, había familias muy numerosas, con lo cual el chico, ya de por sí, nacía teniendo un montón de hermanos. Pero, además, había que disciplinar a ese chico para que vaya a morir. Morir, muchas veces, por causas que no tenía idea de cuáles eran, en el Ejército. O bien iban a trabajar a la industria, en condiciones absolutamente indignas, infrahumanas, etcétera, como era antes de que existiera el derecho laboral en el trabajo de la fábrica.
–¿Cómo se lograba que ese modelo funcionara?
–Del Percio: Se conseguía por muchísimos mecanismos. Pero el más eficiente de todos era reemplazar al padre por un sargento o un capataz. Es decir, un varón autoritario que replicaba adentro de la casa los mismos esquemas que había aprendido, cuando él era chico, en su propia casa. Pero, además, son esquemas que había recibido en el Ejército y en la industria. No olvidemos que prácticamente todos los varones, desde 1800 hasta la guerra de Vietnam, en Europa y, en buena parte de esta etapa, en Estados Unidos, habían participado de alguna guerra, ya sea civil o de lo que sea. Pero habían participado. Es decir, habían sido víctimas de ese tipo de ejercicio de la autoridad adentro del Ejército y lo mismo con el capataz en la industria.
–¿De qué modo se reflejaba esa educación blindada en la vida familiar?
–Del Percio: Ese padre, cuando llegaba el chico, ya había sido ayudado por la madre, durante todo el día, que le decía “vas a ver cuando venga tu padre”. Cuando él llegaba, entonces, ejercía esa autoridad de esa forma despótica. No porque él fuera malo, sino porque había sido criado así y era lo que él conocía. Entonces, cuando le decía al chico “si no obedeces a papá te vas a dormir sin cenar”, ese chico no solamente se quedaba sin la cena, sino que se quedaba sin el amor del padre, de la madre, y de sus hermanos. Es insoportable obedecer sin chistar. Se acostumbraba a aceptar el esfuerzo, incluso al sacrificio, como algo digno, como algo bueno.
¿La paradoja es que ese modelo gestaba organización y solidaridad?
–Del Percio: Era organizado porque vivía en una familia muy numerosa. Cada uno tenía que tener su rol y era solidario. Estos valores fueron los que, originariamente, hacían que la gente vaya a morir o a trabajar sin encontrarle el sentido a morir en el Ejército o a trabajar en la industria. Estos valores fueron aprovechados. Como suele pasar con los pueblos, la gente tiene una tendencia muy interesante a estar feliz con lo que hace. Y entonces estos mismos valores fueron aprovechados por los pueblos para ir consiguiendo derechos, acrecentando derechos, consolidando derechos, a través de los sindicatos, de los movimientos populares, de los partidos políticos y un largo etcétera. Pero todo esto cambia a partir de la irrupción de las nuevas tecnologías.
–¿Hasta qué punto las tecnologías contemporáneas transforman aquel modo de vivir en sociedad?
–Del Percio: Las nuevas tecnologías, sobre todo la informática y las comunicacionales, empiezan a desarrollarse en la década de 1960. Particularmente con mucha fuerza en la década de 1970 ¿Por qué? Sería un tema para otra entrevista: ¿cuáles son las grandes apuestas que hacen los distintos países, pero sobre todo los grandes bloques, en función de las nuevas tecnologías? O sea, no es que aparecieron simplemente por la genialidad de Bill Gates o Steve Jobs. Tienen una larga historia, donde hay una trama política muy fuerte detrás. El caso es que estas nuevas tecnologías van a tener un impacto muy fuerte en que la gente ya no trabaje más en el mismo trabajo, en que no viva más en el mismo lugar y que cambie la familia.
–¿Cómo describirías en detalle este cambio social?
–Del Percio: Pasamos del empleado de la oficina o del operario en la fábrica al chico de Rappi o al señor de Uber. Antes se daba la solidaridad propia de trabajar en la fábrica. Hoy, en cambio, en las aplicaciones, el trabajador no conoce a sus compañeros de trabajo. No conoce a sus clientes, con los que no tiene el trato habitual del almacenero, sino que tiene un trato esporádico. Y, finalmente, no conoce tampoco a su empleador. En el ámbito residencial, la gente no vive más en el mismo barrio, no conoce a sus vecinos, no sabe quién es el señor o la señora que vive en el departamento de arriba o de al lado.
–¿Cuál fue el impacto más fuerte de estos cambios?
–Del Percio: Es el cambio más importante. Se da porque es lo que impacta directo en las subjetividades. Y es en el ámbito doméstico. Decíamos que antes teníamos a ese sargento, a ese capataz, que planteaban aquellos cuatro valores: obediencia a la autoridad, espíritu de sacrificio, organización y solidaridad. Obviamente, había que matar a ese padre, porque era insoportable vivir con un padre así y se lo mató. Eso fue el movimiento hippie, eso fue Michel Foucault, fue la Escuela de Frankfurt, Pierre Bourdieu. Eso fue eliminar toda forma de institución, toda forma de autoridad. El Mayo francés de 1968 fue ‘prohibido prohibir’, cuando justamente la primera prohibición, es la prohibición paterna. La que prohíbe el incesto. Aparece algo muy fuerte en este sentido.
–¿Qué poder sustituyó al anterior?
–Del Percio: El problema es que después no apareció el padre bueno y amoroso de, por ejemplo, la parábola del hijo pródigo, sino que directamente nos quedamos sin ese lugar. Frente a esto, aparece el consumo, reemplazando al Ejército y a la industria. El consumo se lleva muy mal con la autoridad, el espíritu de sacrificio, la organización y la solidaridad. Se lleva muy mal con la autoridad porque la idea es que los papás estén pendientes de lo que quiere el hijo, que además de ser hijo único es también sobrino único, nieto único. Obviamente, las familias numerosas no permiten el consumo de bienes y servicios de alto valor agregado, con lo cual hay que promover que las familias tengan poquitos hijos, de modo que todos los adultos giren en torno a ese chico.
–¿Cómo repercute en los niños y los adolescentes ese nuevo orden?
—Del Percio: Ese chico va a nacer sin entender muy bien qué es esto de la autoridad. Va a recibir las cosas incluso antes de pedirlas. Las va a recibir sin ningún esfuerzo. Porque se trata de que vos compres haciendo un ‘touch’ sobre la pantalla sin ningún esfuerzo. Que tengas las cosas ya sin organización. La idea de que vos vayas por la calle o por el shopping o por donde sea y no tengas que organizarte con nadie para comprar. Pero, sobre todo, el consumo se lleva muy mal con la solidaridad. Se trata de que el pibe quiera ese celular, no porque él lo quiera, sino porque sabe que sus amigos lo quieren y no pueden tenerlo. Es decir aquellos cuatro valores entran en crisis.
–Pero ¿hay salida o transformación posible para este fenómeno al que asistimos cada día?
–Del Percio: Frente a esto, veremos qué pasa, pero no es para desesperarse. Son otros los valores. La gente se irá apropiando de estos otros valores, de otra manera y así lo va haciendo. Me he puesto a dar clases en varias carreras en primer año con chicos de 17 o 18 años que entran claramente dentro de estas categorías. Son los llamados ‘generación de cristal’ o ‘copitos de nieve’, etcétera. Tienen otros valores distintos de aquellos. Hay que entender cuáles son estos nuevos juegos porque, básicamente, se resumen en la idea del cuidado.
–¿Qué tipos de cuidados en momentos en que se pierden tantos valores?
–Del Percio: Estos pibes tienen sus problemas, como los consumos problemáticos, la depresión, la ansiedad. Pero son incapaces de matar a otro como era hace dos generaciones atrás, cuando un pibe, porque hablaba francés, era capaz de matar a otro porque hablaba alemán. O porque estaba peleando en la trinchera de enfrente. No hay ese tipo de locuras. Es más, ni se les ocurriría ir a la trinchera. Esos disparates no entrarían hoy. Y no creo que haya una crisis de valores. Cambian los valores, obviamente. Cambian los valores del barrio, de la familia, del estudio, porque no es lo que hoy se propone. Eso tiene cosas buenas y tiene cosas malas. Es lo que tenemos hoy.
–Pero ¿no es un flagelo la propagación del odio mientras no hay ambición por lo virtuoso?
–Del Percio: Con respecto a la virtud y al odio, hay que trabajarlo más. ¡Ojo! que hubo mucho odio en otras épocas en la Argentina. Es impensable, es increíble hoy el odio que tenían cuando vinieron las huestes de Urquiza y de Brasil, cuando colgaban federales en racimos. O sea, ahí vi un odio que hoy no creo que lo tengamos. Como el odio de los tipos que mataron a cientos de personas en bombardeando la Plaza de Mayo en 1955. Hay odio, sí. No creo que el odio de hoy sea peor que en otras épocas. Entonces, se entiende la pérdida de derechos adquiridos ¿Por qué se pierde y la gente no reacciona? Básicamente, por eso. Porque hoy el individualismo prima.
–¿Por qué los trabajadores de plataformas se piensan a sí mismos emprendedores y renuncian a derechos?
–Del Percio: Mirá, te cuento algo que para mí me ilustró muchísimo. Un chico estudiante de Marketing de 17 años trabaja para Rappi y para la aplicación, con una bicicleta. Un día me dijo: “Yo no pienso resignar mi libertad por un aguinaldo”. O sea, estamos hablando de algo muy distinto. Por supuesto que no estoy de acuerdo con lo que piensa este chico. Pero tengo que escucharlo para, a partir de ahí, ver qué es lo que podemos, juntos, ese chico y nosotros, construir.
–¿Cómo analizás la ruptura del tejido social y cómo se puede reconstruirlo?
–Del Percio: Lo que te contaba también explica la ruptura de los lazos sociales. La sociabilidad en los últimos dos siglos, se daba en el propio espacio de la comunidad rural o de la ciudad chica. Pero desde la Revolución Industrial y la Revolución Francesa, la solidaridad y el espacio de convivencia de creación de lazo social se daba sobre todo en el trabajo, en el barrio y en la familia. Cuando estos espacios desaparecen, la gente no trabaja en el mismo empleo, no vive en el mismo barrio, la gente se divorcia.
–¿No era una estabilidad forzada?
–Del Percio: En una familia con 15 hijos, si la mujer era maltratada por el marido ¿adónde se iba a ir? ¿O si el marido no se sentía bien tratado por su mujer ¿adónde iba a ir con todos sus hijos? Uno no tenía forma. Además, ni el hombre ni la mujer tenían muchas opciones de conocer a otra gente. El varón no tenía como conocer otra mujer, y la mujer otro varón, porque todas las mujeres estaban metidas dentro de casa cuidando a sus 15 hijos. Además, como la única sexualidad aceptada era la reproductiva, no pasaba lo que pasa hoy es que al ser promovida la no reproducción, lo que tenemos es la promoción y también la aceptación de formas de sexualidad no reproductivas que antes eran infamantes: la masturbación, la homosexualidad, etcétera. Esto genera que hoy un varón pueda descubrir que resulta que le gustan los varones o una mujer que le gustan a las mujeres. Antes eso ni se lo podía decir a sí mismo. Hoy no habría problema con esto. Ni siquiera la familia es algo estable.
–¿Está roto el contrato social que duró tanto tiempo? ¿Es posible o aceptable volver a recrearlo? Y si es así ¿de qué manera?
–Del Percio: La crisis del lazo social, pone en crisis el que era el mito fundante de la sociabilidad y la institucionalidad modernas: el contrato social, que está en crisis. Tenemos que ver cómo se lo reemplazan. Me parece que junto con la crisis del contrato social y las cosas buenas que esto tenía, también caen un montón de cosas que no estaban tan buenas. De lo que se trata es de ir pensando cómo reemplazar el contrato social, una idea anglosajona capitalista muy fuerte, por una idea de comunidad.
–¿Cuál idea de comunidad te parece plausible y cómo organizarla?
–Del Percio: No digo reemplazarla por la comunidad previa al contrato social, esa comunidad premoderna, sino una comunidad transmoderna. Que no se ponga tanto el acento en la primera parte de la palabra comunidad, en el ‘com’, de lo común, sino en la segunda parte, en el ‘munus’, que significa cuidado, significa hacer algo por otro. Veo que los chicos, esa generación egoísta, de ‘copito de algodón’ o ‘de cristal’, etcétera, tiene un cuidado por la ecología, un cuidado por la diferencia, un cuidado por el otro, muy importante. Claro, si estaban educados por un sargento o un capataz, el cuidado no importaba. Si un varón antes se cuidaba o cuidaba a los demás, era visto como un ‘trolo’. Hoy a nadie le importa ser visto como ‘trolo’ porque eso no es infamante. De hecho, cuando yo era chico ni siquiera existía la palabra ‘bullying’ ¡Y vaya si no había ‘bullying’!
–Lo que parece preocupar es que no surjan formas sociales comunitarias fuertes ¿Cómo enfrentar tal déficit?
–Del Percio: Los tiempos cambian. Lo que hay que hacer es no enojarse. No creer que todo esto es culpa de la batalla cultural. Para mí no existe la batalla cultural. No creo que haya un 10 por ciento de gente buena que tiene las cosas claras. Y un 10 por ciento de otra gente mala, que también tenga las cosas claras, pero como son perversos quieren dominar a la humanidad. Y que en el medio haya un 80 por ciento de tontos que se dejan dominar.
–¿No hay proyectos de dominación?
–Del Percio: Sí creo que hay concentración de poder. Sí creo que no hay que ser ingenuos. Sí creo que hoy están dadas las condiciones para que la concentración de poder sea todavía más fuerte de la que hubo en otras épocas. Eso es una cosa inherente a la ambición de poder, inherente al ser humano. Por lo menos a algunos seres humanos. Por lo tanto, las condiciones para que esa concentración de poder no sea tan nefasta, como en otros tiempos, son más peligrosas. Pero no voy más allá de eso. Hay que estar más atento, hay que estar más organizado. Y se puede, a pesar de que, como decíamos, los valores del esfuerzo, la autoridad, la organización y la solidaridad están en crisis.
–¿Dónde radicar la esperanza, entonces?
–Del Percio: Aparece algo muy importante y es que la gente tiene una notable persistencia en querer ser y estar feliz con lo que hace. Uno no solamente puede estar feliz con lo que hace sino también puede hacer feliz a otros. Cuando Diego Maradona, teniendo todo el dinero y toda la fama a la que pueda aspirar una persona, dice ‘me cortaron las piernas’ ¿qué está diciendo? Dice: “No me puedo realizar si no hago felices a los demás”. Esto es así para muchísima gente.
–¿Cuál debería ser la mirada de los adultos sobre estos jóvenes para hallar soluciones?
–Del Percio: La gente va descubriendo que necesita relacionarse. Estos problemas de los chicos, como la depresión, la angustia, los consumos problemáticos, en buena medida, son las formas en que los chicos nos dicen: “Estoy solo”. Y no está bueno estar solo. Por ese lado, creo que no soy optimista. Creo que todo se va al cuerno. Por lo menos eso dicen muchos indicadores. Pero tengo esperanza, precisamente por esa condición tan rara del ser humano: quiere estar feliz con lo que hace. No sé si quiere ser feliz y eso es un tema que a mí me excede. Creo que no se puede ser feliz habiendo tanta angustia, tanto dolor, tanto sufrimiento. Pero al mismo tiempo sí se puede estar feliz con lo que uno hace.