En un acto oficial, Javier Milei aseveró sin rubor que “en el Paraíso había abundancia radical, el hombre disponía de dotaciones infinitas y cuando Adán fue expulsado comenzaron la escasez, el esfuerzo y las limitaciones materiales”. No contento con semejante despropósito dogmático, añadió: “el capitalismo es el sistema que Dios preparó a través de la ley. El trabajo lo inventó Dios y el hombre lo descubrió al obedecerlo”.
Como broche de oro a este desvarío filosófico, histórico y teológico, el Presidente sentenció que “las condiciones para el funcionamiento del capitalismo están contenidas directamente en los Diez Mandamientos”.
Toda esta fabulación anticientífica fue adoctrinada ante jóvenes de 16 y 17 años de la Escuela ORT que se encuentran en plena etapa formativa. Estudiantes que merecen pedagogía seria para comprender la evolución de la humanidad y no recibir, de la máxima magistratura de la Nación, semejantes embustes y delirios oscurantistas.
La gravedad es institucional: nos gobierna una deriva irracional. Nos gobierna un hombre en inferioridad de condiciones intelectuales para comprender todo lo que hace. Eso se llama persona enferma.
El Juicio del Mono
Hace más de un siglo quedó saldado, al menos en el ámbito de la ciencia rigurosa, y mediante la heurística y la hermenéutica aplicada, el debate sobre la veracidad empírica del literalismo bíblico.
Aquel hito fue el histórico “Juicio del Mono” (Dayton, Tennessee, 1920), donde el profesor John Scopes fue juzgado por enseñar la teoría de la evolución darwiniana violando la Ley Butler, norma retrograda que prohibía desmentir la creación divina. Ese proceso judicial enfrentó al tres veces candidato presidencial y fundamentalista William Jennings Bryan como acusador contra el famoso jurista Clarence Darrow fungiendo de defensor.
Aunque la acusación formal ganó la causa, la defensa desmanteló moralmente al dogmatismo e inscribió en la conciencia pública el ridículo de las leyes anti evolucionistas.
Incluso la Iglesia Católica enseña hoy que los dogmas son verdades de fe que no colisionan con el Big Bang ni con la evolución, comprendiendo que las Escrituras deben interpretarse según sus géneros literarios y contextos históricos. La fe y la razón no se repelen.
Sin embargo, el arcaísmo ideológico de Milei ni siquiera alcanza los estándares del conservadurismo moderno ya que su posición fue superada por “La teoría del Diseño Inteligente”, desarrollada a fines de 1980 como una versión sofisticada del creacionismo, sosteniendo que hay características del universo y de los seres vivos que son tan complejas que no alcanza la selección natural evolutiva para explicarla y eso prueba la intervención de una causa inteligente superior o de un creador, poniendo como ejemplos, ciertos sistemas biológicos como el flagelo bacteriano o el ojo humano, que afirman, no tuvieron una evolución paso a paso ya que son interdependientes. (esto fue largamente desmentido, paso por paso, por biólogos, médicos y científicos en general).
Esta tesis fue desmantelada por la comunidad científica internacional (incluida la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU.) por tratarse de una pseudociencia desprovista de método y evidencia empírica. Es más: en el juicio Kitzmiller contra el Distrito Escolar de Dover (2005), la justicia federal estadounidense dictaminó que el diseño inteligente es mero dogma religioso y proscribió su enseñanza pública por inconstitucional.
Marginalidad
Sitiado en su anacronismo, Milei se ubica a la zaga del pensamiento contemporáneo y se emparenta con el fundamentalismo evangélico más marginal que exige el literalismo bíblico como verdad científica. Esto contrasta con el método histórico-crítico de la teología católica y del judaísmo, los cuales entienden que el Génesis apela al mito, la poesía y la metáfora.
Mientras los católicos interpretan los “seis días” de la Creación como alegoría y concuerdan en que la Tierra tiene miles de millones de años, las corrientes fundamentalistas postulan literalismo en jornadas de 24 horas y sostienen que el planeta apenas ronda los seis mil años, concluyendo fanáticamente que si la ciencia contradice a la Biblia, la ciencia yerra.
Curiosamente, en la propia tradición intelectual judía, cuya mística el mandatario pretende reivindicar, tampoco impera un literalismo ciego.
El judaísmo acepta la evolución y el Big Bang. La mismísima Cábala antigua concibió al universo atravesando eras previas a la humanidad. El Talmud y el Midrash, que son los libros judíos de interpretación, enseñan que la Torá habla en el lenguaje de los hombres y contiene profusa simbología.
Tanto el catolicismo como el judaísmo convergen en el respeto a la ciencia y en la complementariedad entre fe y razón, rechazando que la devoción exija negar la evidencia astronómica, paleontológica o antropológica.
Metáfora y filosofía
Ya en el siglo XII, el sabio judío hispano Maimónides advertía que los relatos bíblicos poseen un carácter metafórico y filosófico. Maimónides legó una premisa lapidaria: “si el texto bíblico se interpretara de forma estrictamente literal, la gente se formaría una noción falsa, material y absurda de Dios”.
Ocho siglos después, el presidente argentino incurre en falacias históricas y teológicas que lo alían con espacios ultra-fundamentalistas, alejándolo de la fe católica, mayoritaria de su pueblo, y del propio rigor del judaísmo que dice querer profesar.
Sus cruzadas extracurriculares resultan tan destructivas como su gestión de gobierno. Aunque en este caso no destruye derechos ni agravia colectivos vulnerados, se dedicó a intoxicar mentes jóvenes violentando la responsabilidad ética de su alto cargo.
*Desde la Patagonia argentina.