Denis Merklen lleva años mirando las clases populares desde un lugar incómodo para las explicaciones rápidas. Sociólogo argentino radicado en Francia y profesor de la Universidad Sorbonne Nouvelle, estudia los barrios, las instituciones y las formas de militancia sin romantizarlas, pero también sin reducirlas a la pobreza, la violencia o el abandono.
En Los indispensables (Ediciones del Berretín, 2026), Merklen se introduce en el trabajo cotidiano de quienes sostienen clubes, asociaciones, espacios culturales y redes de acompañamiento en los barrios populares franceses. En esta entrevista con Y ahora qué?, compara las periferias francesas con las argentinas y analiza la crisis del trabajo, las tensiones raciales y religiosas, el endurecimiento policial, la cárcel como horizonte para muchos jóvenes y el papel de los militantes que todavía se ocupan de hacer habitable la vida colectiva.
—Vos planteás que los militantes de los barrios populares franceses permiten pensar también América Latina. ¿Qué tienen en común esas experiencias y qué las diferencia de América Latina y, en particular, de la Argentina?
—Una de las cosas que no dejo de ver, que se me hace presente cuando voy a los barrios populares en Francia, siempre con mi mirada de argentino, es esa especie de matriz con la que miramos y que nos lleva a comparar un país rico con un país pobre. Es verdad que los hogares de los barrios populares franceses son mucho menos pobres que los del Conurbano. Pero la diferencia absolutamente abismal, que no siempre vemos, es la presencia del Estado. En Francia hay un sistema de vivienda social en el que vive el 20 por ciento de la población. Esos barrios son construidos por el Estado y son propiedad del Estado. En la región parisina, todo el transporte público está administrado por una única empresa estatal. Los chicos van a la escuela pública, la gente se atiende en el hospital público y la compañía eléctrica es pública. Es decir, los problemas que la gente tiene que resolver están en manos de las instituciones. El salario prácticamente alcanza para la comida, la ropa y alguna actividad de esparcimiento, pero no para mucho más.
—En Argentina no existe tal presencia de las instituciones estatales.
—En efecto, esta es una diferencia muy notoria respecto de Argentina y de América Latina. Pero, además, los problemas también son generados por las instituciones, porque cuando las instituciones disfuncionan todo anda mal. Son, al mismo tiempo, la fuente de los problemas y la única posibilidad de encontrarles solución. Cuando vivís en un edificio y no funciona el ascensor, la gente no puede repararlo con su salario. Del mismo modo, en Argentina nunca habrá una solución al problema de la vivienda a través del salario, porque un trabajador de bajos ingresos no puede pagarse una vivienda. Puede construir una vivienda precaria, como lo hace desde siempre. Esta diferencia cambia todas las claves de la política. La participación política y social en Francia está muy aceitada. Hay una gran cantidad de asociaciones que militan por un número incalculable de asuntos. Pero su militancia está orientada a lograr que la institución haga algo o a completar aquello que la institución puede hacer. Esto también nos ayuda a entender la política argentina. Desde 1983, la democracia argentina mantuvo muy lejos de su programa político la construcción, el fortalecimiento y la modernización de sus instituciones. Cuando la izquierda o los gobiernos progresistas estuvieron en el poder, se ocuparon, con cierto éxito, de redistribuir el ingreso, pero no de construir instituciones más sólidas que pudieran hacerse cargo de una parte de la vida de sus ciudadanos. Un entramado institucional que no modifica la redistribución de ingresos pero cambia la calidad de vida. Allí hay un elemento para pensar.
—Frente a quienes describen las periferias francesas como un desierto político, vos hablás de “politicidad popular”. ¿Cómo se manifiesta hoy esa politicidad?
—Argentina tiene y ha tenido, desde el regreso a la democracia, una impronta muy fuerte en la creación y consolidación de movimientos sociales que se posicionan en el espacio democrático como entidades intermedias. Me parece que eso está en la mira del programa de reformas radicales de Milei: hacer desaparecer a las entidades que intermedian entre el Estado, o lo que quede de él, y los ciudadanos. Este ha sido un modelo muy específicamente argentino: fortalecer a las organizaciones barriales y a movimientos sociales de distinto tipo. Ha habido una inmensa creatividad en el campo popular, que se articuló muy bien con cierta manera de hacer política, desde abajo y desde arriba. Es un modelo que no está presente en Uruguay ni en Chile, por ejemplo. Aquí hubo una riqueza de construcción que hoy está puesta en jaque. Y no solamente desde arriba o desde la ultraderecha. Las propias bases de esos movimientos sociales perciben problemas muy importantes de funcionamiento democrático en el modelo de Estado social con el que se transitaron los últimos cuarenta años.
—¿Cómo se da esa dinámica en Francia?
—En Francia, el modelo del movimiento social consiste en empujar para que el Estado construya una institución que resuelva los problemas. Esto tiene las ventajas que señalo y también presenta varios inconvenientes. Cuando esa institución se desfinancia o empieza a funcionar mal, parece que el mundo se viene abajo y no hay ninguna otra herramienta con la cual responder. Por una parte, esto tiene una connotación de desmovilización y de formateo de la movilización, por otra. El movimiento social francés es un movimiento protestón. La politicidad popular francesa tiene una base territorial y sindical muy importante, además de una gran capacidad para la revuelta y la salida a la calle. En eso se parece a la politicidad de las clases populares argentinas. Pero en Argentina las clases populares salen a buscar beneficios, rentas o recursos para los movimientos sociales, que después distribuyen entre la gente, los barrios y los beneficiarios. Existe esa fase de intermediación, que lleva al ejercicio complejo de una militancia que necesita tener una renta. Muchas veces, esa renta no puede inscribirse en los cánones que establece la ley para el uso del dinero público. Los movimientos sociales tienen allí un talón de Aquiles: consiguen dinero para una cosa y deben desviar una parte para mantener vivo el movimiento. Eso no quiere decir que sean ladrones ni moralmente reprochables. Pero no pueden sino faltar a la ley y eso los expone muchísimo. Cuando hay muchos recursos, el sistema funciona. Cuando los recursos se vuelven escasos, se vuelve muy cuestionable. El otro problema es que, contrariamente a lo que sostiene la liturgia política argentina, esto no consiste en la institucionalización de derechos. Es un modelo de Estado social que reparte beneficios entre quienes más los necesitan. Pero lo que ocurre a través de las organizaciones intermedias no es, stricto sensu, una ampliación de derechos.
—¿Cuál es la definición de “politicidad” que trabajás en tu investigación?
—La idea de politicidad no significa solamente que la gente, las instituciones, los partidos, el Estado y los movimientos sociales se relacionan de determinada manera con la política, como si la política estuviese allí y la gente aquí. En realidad, cuando se modifican las prácticas, se modifica la política misma. La palabra “política” no designa lo mismo en Francia y en Argentina, porque cambian sus contenidos, sus prácticas y sus formas. En Francia hay algunos problemas que no se presentan del mismo modo en Argentina. Uno de ellos es el racismo.
—Ese es un punto que me interesa profundizar. Vos explicás que los barrios populares franceses suelen ser leídos casi exclusivamente desde la inmigración, la religión o el conflicto racial. ¿Qué dimensiones sociales y políticas quedan ocultas detrás de esa mirada?
—No creo que la sociedad argentina sea más o menos racista que la francesa, ni viceversa. El problema pasa por el modo distinto en que cada sociedad enfrenta una cuestión que está presente en todas partes. Uno de los elementos centrales es la fuertísima marca laica del Estado social y de la izquierda francesa, una marca que viene desde 1789. Al mismo tiempo, una de las características de la crisis de la democracia francesa es la crisis de su costado izquierdo, que padece mucho menos la derecha, como ocurre también en América Latina. Eso se suma a las dificultades del Estado para sostener su capacidad contenedora e integradora. Cuando hay orfandad política y se resquebrajan las instituciones estatales, la forma religiosa gana espacio político. En Francia, eso ocurre a través del islam, pero podría producirse mediante cualquier otra religión. El Estado y la izquierda no han desaparecido ni están totalmente vencidos, pero perdieron una parte importante de su capacidad integradora. En otras circunstancias, algunas personas renunciaban a su religión en nombre de los beneficios de la integración institucional. Ahora, sobre todo los jóvenes, observan que sus padres migrantes renunciaron a sus creencias, identidades y matrices nacionales, étnicas y religiosas a cambio de una promesa que fue traicionada. A sus hijos les va mal en la escuela, tienen un futuro poco promisorio, se encuentran con una policía que los maltrata y con una extrema derecha que los ningunea y los desprecia. Entonces se produce una reivindicación religiosa en aquel segmento de las clases populares que tiene origen migratorio, un segmento minoritario: entre el 10 y el 13 por ciento de la población francesa es musulmana, y una parte pertenece a las clases medias. El resto de los pobres franceses son blancos, católicos, hijos de obreros, de mineros y de trabajadores de las industrias metalúrgica y textil. Son hijos de un país que se desindustrializó, trasladó sus industrias a China, Europa del Este o el norte de África y dejó a toda esa población sin trabajo. En ese segmento mayoritario de las clases populares está buena parte de las bases que votan a Marine Le Pen.
—En el libro trabajás el pasaje de la figura del trabajador a la del habitante. ¿Qué cambia cuando los derechos dejan de organizarse alrededor del trabajo y pasan a hacerlo alrededor del territorio?
—Es un proceso similar al que se vivió en Argentina mucho antes, de una manera más vertiginosa y masiva. Las crisis de 1989 y de 2001 provocaron tales cimbronazos que dejaron afuera a una parte importante de la sociedad, que después ya no pudo recuperarse. En Francia fue una pendiente más lenta y continua: ese desplazamiento del trabajo al barrio o esa inscripción territorial de las clases populares, como me gusta decir a mí. La diferencia es que, en Argentina, los pobres se reagruparon en un territorio que ellos mismos debían construir. Tenían que ocupar tierras y hacerse sus casas. Se encontraron en terrenos baldíos en los que debían levantarlo todo con sus propias manos. Y esa idea del terreno baldío es, al mismo tiempo, real y metafórica. La idea del terreno baldío, inhóspito, o el arreglárselas como se pueda va mucho más allá de la vivienda, lleva a la vida toda. En Francia, en cambio, no hay espacios baldíos en la sociedad. Se trata de un territorio absolutamente institucionalizado, con instituciones muy sólidas. No existe semejante nivel de desamparo. El sentimiento de las clases populares francesas es el de haber sido enviadas a una zona de relegación, a una ciudadanía de segunda clase, aunque no el de un abandono completo. A eso se suma, desde hace unos diez años, una situación de represión muy fuerte, con una presencia policial que maltrata severamente a los jóvenes varones. Para muchos de ellos, el paso por la cárcel es prácticamente un horizonte de vida. Hay una situación de encarcelamiento masivo, que no alcanza, claro, los niveles de Estados Unidos, pero que se va recrudeciendo. Este componente ha tensado enormemente la cuestión racial. La policía se ha volcado mucho hacia la ultraderecha y actúa de manera racista, antijoven, violenta y con impunidad. Y los jóvenes, bueno, responden con una suerte de racismo invertido.
—En tu trabajo aparece con fuerza la fragilidad de los varones jóvenes frente al desempleo, la exclusión y la cárcel. ¿Estamos también ante una crisis de la masculinidad popular?
—Mirá, una mujer que tiene una asociación que se ocupa de estos temas en el norte de París, Charlotte, cuya historia estructura uno de los capítulos del libro, dice que los jóvenes varones perdieron su relación con el empleo y, en consecuencia, con el dinero. Eso afectó muy duramente su masculinidad y los empujó hacia un territorio violento y hacia la búsqueda de ingresos a través de un narcotráfico de baja intensidad. La masculinidad se desplaza hacia ese territorio y los muchachos se vuelven muy violentos. Para ser hombres hay que ser fuertes: fuertes en el sentido de tener músculos y armas. Uno de los mayores desencuentros entre la izquierda y las clases populares en Francia proviene de que los partidos de izquierda y los movimientos sociales cercanos al Partido Socialista, el Partido Comunista y los Verdes, con un componente muy fuerte de intelectuales y clases medias universitarias, se asociaron con nuevas formas de feminismo que avanzaron en un sentido contrario a aquel en el que, al mismo tiempo, evolucionaban las clases populares, tanto en su masculinidad como en su feminidad. Se produjo un desencuentro. El feminismo universitario resulta incomprensible para las clases populares y, a los ojos de algunos movimientos feministas, las clases populares se vuelven una especie de cuco al que hay que vencer. La masculinidad de las clases diplomadas y de las clases medias muy ilustradas evolucionó hacia lo que en Argentina llamaríamos hombres deconstruidos, que a los ojos de los otros aparecen como muy afeminados. Esa es una tensión que la izquierda tendrá que resolver si quiere volver a ser influyente en esta sociedad.
—Vos mostrás que la cárcel no está separada del barrio, sino que atraviesa la vida de familias y organizaciones. ¿Cómo transforma el encierro la vida política de esos territorios?
—La transforma muy fuertemente. Se entiende bien mediante la metáfora de Bourdieu sobre la mano izquierda y la mano derecha del Estado. En la experiencia de estos grupos sociales, el Estado se va corriendo cada vez más hacia su mano derecha: se vuelve más represivo, encierra, protege menos y brinda menos oportunidades de progreso. Las instituciones policiales y carcelarias cobran cada vez más importancia. La sociedad francesa, frente a un enorme desarraigo y a la dificultad de la política para responder a los nuevos problemas, se vuelve muy punitiva. La semana pasada, el Parlamento votó una ley que instituye la presunción de legítima defensa para la policía, porque la policía solamente puede utilizar armas de fuego en caso de legítima defensa. En 2023, cuando un policía mató de un disparo a un muchacho y se produjeron aquellas revueltas tan importantes, había sido la primera vez en décadas que ocurría algo semejante. Francia no es Estados Unidos, donde la policía saca sus armas y dispara, pero puede llegar a serlo. Por eso ya se brindó una herramienta legal para proteger a la policía cuando utiliza sus armas. Lo mismo ocurre con la violencia sexual. Uno de los reclamos más fuertes de la sociedad francesa es que el Estado castigue a los agresores sexuales de niños y mujeres, una exigencia tan urgente como indispensable. Pero la izquierda y los movimientos sociales no tienen otra política que pedirle al Estado que castigue, es decir, que aumente su capacidad punitiva. Hay una abdicación de la capacidad creativa de la izquierda cuando piensa que lo único que puede hacer es establecer una norma ética y pedirle al Estado que la imponga por la fuerza. La izquierda francesa ha quedado arrinconada en el espacio de pedirle al Estado que sancione leyes y obligue a la sociedad a obedecer, pero ha perdido su capacidad de labrar el mundo social a través de la militancia. Por eso llamo a los militantes de este libro “los indispensables”: porque ese trabajo sobre las subjetividades, esa capacidad de crear nuevas realidades sociales y generar un mundo nuevo, se ha perdido como forma de militancia. Después saltan a exigir que el Estado cumpla con su deber. ¿Y cuál es ese deber? Encerrar al violador, encerrar al narcotraficante, encerrar al que es violento con la policía: encerrar, encerrar, encerrar. Así se pierde la capacidad de ver cuál es el origen de esos problemas y cómo modificar la sociedad para que nuestra sociabilidad adopte otra forma.
—Para obtener recursos, las organizaciones deben aprender el lenguaje del Estado y presentar proyectos. ¿Hasta qué punto esa dependencia termina disciplinando o neutralizando su acción política?
—Todo depende de qué se financie y de cómo se lo haga. En el libro describimos un montón de experiencias militantes extraordinarias y muy diversas. Hay un grupo que milita a través del teatro en Aviñón, otro que lo hace mediante un club de fútbol en Montpellier y otro que creó un lavadero popular en Lille, allá donde nunca hace calor y siempre llueve. Esos militantes son creadores de mundos: con su trabajo crean espacios de socialización, colectivos y modos de vivir que permiten conversar y enfrentar los problemas de la sociedad. La política se les presenta de formas diferentes. Quienes trabajan desde el deporte saben que los chicos pueden terminar en la cárcel. Entonces, en el club aparecen los problemas de la droga y de la policía en el vestuario, en la gestión del club o en la posibilidad de decir: “Vamos a hacer colonias de vacaciones, vamos a salir con los muchachos, vamos a conversar, creemos acá un espacio para conversar”. La mujer que trabaja con los chicos que van a la cárcel se dio cuenta de que el 94 por ciento de las personas encarceladas son varones, pero también de que hay que trabajar con las mujeres. Son ellas las que quedan solas, las que van a verlos a la cárcel, las que crían a sus hijos y las que tienen a sus hermanos o a sus compañeros presos.