¿Y ahora qué?

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Ricardo Auer: “Ninguna potencia puede establecer el orden”

El analista de riesgo geopolítico Ricardo Auer, miembro del Grupo Juncal, sostiene que el mundo atraviesa una etapa de desorden porque ninguna de las grandes potencias puede imponer por sí sola las reglas del sistema. En ese escenario, China, Rusia y las potencias intermedias condicionan el repliegue estratégico de Estados Unidos y explican buena parte de los conflictos actuales. En diálogo con Territorio en Disputa, programa de política internacional que conduce Roberto Barga en la plataforma de Y ahora qué?, Auer analiza la guerra en Medio Oriente, el papel del petróleo, la influencia de las empresas tecnológicas y las oportunidades que podría aprovechar la Argentina. 

Ricardo Auer advierte en Territorio en disputa con Roberto Barga que el país necesita un proyecto nacional, una política exterior autónoma y capacidad para negociar simultáneamente con Estados Unidos, China, Rusia y Europa.

—La geopolítica parece haberse convertido en una herramienta indispensable para comprender la política. La irrupción de China provocó alteraciones y reacomodamientos en todo el mapa mundial. En una de tus últimas columnas planteaste que Estados Unidos está realizando un reordenamiento estratégico y defensivo. ¿Cómo lo explicás?

—La geopolítica nunca se fue. Las grandes potencias siempre actuaron de acuerdo con criterios geopolíticos. Lo que ocurría era que esas cuestiones no estaban en el primer plano de la atención pública. La irrupción de China con una fuerza que sorprendió a buena parte del mundo hizo que aumentara el interés por la geopolítica como una forma de explicar cómo se produjeron esos cambios sin que muchos los advirtieran. A veces ese interés se vuelve desmedido, porque no todo depende de la geopolítica. En los conflictos entre las potencias existen doctrinas como la guerra irrestricta, desarrollada por China, y la guerra híbrida, utilizada por Estados Unidos. Esto significa que los conflictos armados no son necesariamente el componente más importante de una confrontación. Las disputas se producen en todos los planos de la actividad humana: la economía, las finanzas, la tecnología, la sociedad y la cultura. También existe la guerra cognitiva, que hoy es uno de los principales canales de los conflictos no estrictamente militares.

—¿Cómo se relaciona ese proceso con el retroceso de Estados Unidos?

—Después de la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos alcanzó una posición hegemónica. Su poder económico y financiero se abrió al mundo y buscó invertir en los lugares que todavía ofrecían posibilidades para desarrollar el capitalismo. Uno de esos lugares fue China. Pero China tenía un proyecto nacional propio y lo desarrolló de manera sistemática, mientras Estados Unidos descansaba sobre su hegemonía. Recién durante los últimos diez o quince años comenzó a advertir que su estrategia de expansión global, basada en los servicios y especialmente en las finanzas, había fracasado. Entonces retomó una orientación industrialista, que empezó a expresarse con mayor claridad durante el primer gobierno de Donald Trump. Estados Unidos está hoy en un retroceso estratégico.

—¿En qué consiste el reordenamiento defensivo estadounidense?

—El reordenamiento mundial se basa en el realismo. Estados Unidos tomó conciencia práctica de que la guerra híbrida ya no le alcanza porque existen potencias que desarrollaron sus capacidades durante las últimas décadas. No se trata solamente de China. Las potencias intermedias ya no pueden ser ignoradas. En la guerra con Irán desempeñan un papel fundamental Turquía, India y Pakistán, algunas más cercanas a Estados Unidos y otras en posiciones contrarias. Sin ellas no existe una solución posible. El mundo está desordenado porque ninguna potencia puede imponer el orden. No pueden hacerlo Estados Unidos, China ni Rusia. Lo que observamos es un desorden mundial.

—En la década de 1970, Estados Unidos facilitó el acercamiento con China y permitió que miles de estudiantes chinos se formaran en sus universidades. Esa política contribuyó al desarrollo de la potencia que hoy lo desafía. ¿El actual repliegue estadounidense tiene un capítulo particular en América Latina?

—Sí. Venezuela estaba preparada desde hacía tiempo para retener una capacidad importante de producción petrolera y jugar un papel en el mercado mundial. Una parte creciente del petróleo exportado desde Medio Oriente, no sólo desde Irán sino también desde Arabia Saudita, comenzaba a comercializarse en monedas distintas del dólar. Para Estados Unidos eso constituía un problema de largo plazo porque debilitaba el sistema de los petrodólares, que es una de sus principales fuentes de poder.

—¿La cuestión nuclear iraní es el centro del conflicto?

—Estados Unidos busca controlar que el problema nuclear no se expanda demasiado. Existen acuerdos y equilibrios con Rusia y China. El programa nuclear iraní estaba relativamente controlado, aunque Irán no cumplía estrictamente todo lo acordado. También hay que señalar que ninguna de las potencias cumple de manera estricta todos sus compromisos. El acuerdo de no proliferación nuclear fue firmado por Irán durante la época del sha Reza Pahlaví. Desde la llegada de los ayatolás, el estrecho de Ormuz permaneció abierto, salvo durante un breve período de la guerra entre Irán e Irak.

—El problema de Israel con Irán parece tener otra naturaleza.

—Para Israel se trata de un conflicto que ambos lados presentan como existencial. También está en discusión quién ejerce el poder hegemónico en Medio Oriente. Después de los fracasos en Irak y Afganistán, Estados Unidos perdió capacidad de control directo y dio un respaldo decisivo a Israel. Pero Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y otros aliados árabes de Washington tampoco quieren que Israel sea el único actor dominante. Arabia Saudita había alcanzado algunos acuerdos con Irán mediante la intervención de China. Los países árabes pretenden que el poder regional esté más repartido. Esa fue precisamente la lógica de la mediación china entre Irán y Arabia Saudita.

—¿La ofensiva contra Irán también forma parte de la disputa con China?

—Estados Unidos estaba preparando una maniobra destinada a complicar la posición china. Esa disputa continuará durante muchas décadas y también operará en sentido inverso. La estrategia consistía primero en controlar el petróleo venezolano y después avanzar sobre Irán, en una operación impulsada fuertemente por Israel. El lobby existe y condiciona a todos los gobiernos estadounidenses.

—Hay autores, incluso israelíes, que sostienen que el lobby vinculado con Israel es tan poderoso en Estados Unidos que en algunos momentos puede imponerse sobre los propios intereses del Departamento de Estado. ¿Cómo lo caracterizás?

—No hay que denominarlo lobby israelí ni judío, sino lobby sionista. Es una diferencia importante. Se trata de un nacionalismo israelí que no representa necesariamente a toda la sociedad de Israel. Dentro de Israel existen posiciones muy diversas y sectores de izquierda o socialistas que no comparten las ideas de Netanyahu, quien actualmente está asociado con fuerzas religiosas y con la extrema derecha.

—¿Cómo se relaciona ese lobby con el poder económico estadounidense?

—Está asociado con el poder financiero que se expandió por el mundo durante la etapa que Fukuyama denominó el fin de la historia. El poder financiero se concentra en unas pocas empresas y allí existen fuertes influencias e intereses vinculados con el sionismo. Se produce una relación entre el lobby político, el poder financiero y las empresas tecnológicas. Ese conjunto de presiones condiciona a los gobiernos de Estados Unidos. China depende de las decisiones del Partido Comunista. Rusia depende del grupo político conducido por Putin, de la Iglesia ortodoxa y de sectores económicos y militares. En Estados Unidos existe un sistema bipartidista y, además, una influencia muy fuerte de Wall Street, de empresas como BlackRock, de las plataformas tecnológicas, de la industria farmacéutica y de la industria energética.

—También está el complejo militar-industrial.

—Es una consecuencia de ese conjunto de intereses. Las empresas industriales vinculadas con el complejo militar siempre tuvieron influencia, aunque hoy el peso de las grandes empresas tecnológicas es todavía mayor.

—En los años setenta, los petrodólares generados por la crisis del petróleo regresaban a Wall Street y después llegaban a América Latina bajo la forma de deuda externa. ¿Esos mecanismos de dominación están siendo reemplazados por instrumentos controlados por los llamados tecnofeudales?

—Ahora entramos en el terreno de la guerra cognitiva. Ya no es necesario dominar exclusivamente mediante el garrote, las invasiones militares o los golpes de Estado, que fueron mecanismos habituales en otras épocas. Ahora se busca captar la mente de las personas y dominarlas sin que adviertan que están siendo condicionadas. Sin embargo, en el episodio del 28 de febrero existía una urgencia y por eso se recurrió otra vez a métodos militares. Había un plan para actuar en Medio Oriente y debía ejecutarse rápidamente.

—La tecnología genera guerras muy asimétricas, pero al mismo tiempo parece permitir que países más débiles reduzcan esa desigualdad. Irán consiguió atacar con precisión bases estadounidenses, posiblemente gracias a tecnología acumulada de China y Rusia.

—Esa tecnología no es originalmente iraní, sino china y rusa. El desarrollo de los drones también se observa con claridad en la guerra entre Rusia y Ucrania. Los países más pequeños adaptan sus capacidades a su realidad. En lugar de utilizar sistemas Patriot que cuestan varios millones de dólares, emplean drones que cuestan 30.000 dólares. Esa diferencia modifica el campo de batalla.

—Sin embargo, Rusia también está siendo golpeada con drones y enfrenta problemas de abastecimiento energético.

—Rusia es prácticamente invencible en términos históricos. Lo demostró frente a Napoleón y frente a Hitler. Irán tampoco puede ser ocupado militarmente. Se puede destruir buena parte de un país desde el aire, pero si no se lo ocupa con tropas y presencia humana, ese país puede aislarse y reconstruirse con el paso del tiempo.

—En China, Rusia e Irán siempre aparece el elemento de la unidad nacional.

—En China, Mao es cuestionado por muchos errores, pero continúa siendo respetado como el creador de la unidad nacional. La condición nacional está determinada por la historia. En Irán pesa la tradición del Imperio persa y existe un orgullo nacional muy fuerte.

—En los primeros días de la guerra, lo que estuvo en juego fue la propia existencia de Irán. La agresión pareció fortalecer inicialmente la unidad interna, aunque después volvieron a aparecer protestas y expresiones de insatisfacción.

—Existen oposiciones muy fuertes en todos esos países, también en Rusia y China, aunque muchas veces no se conozcan. Pero cuando un país es atacado se produce una reacción destinada a preservar su unidad y su existencia. Después reaparecen los conflictos internos.

—¿Cómo repercute este escenario en la Argentina? Estados Unidos encontró en el gobierno argentino un aliado estratégico y la geografía vuelve a ocupar un lugar central por el paso de Magallanes y el pasaje de Drake.

—El repliegue de Estados Unidos sobre América, y particularmente sobre Sudamérica, busca preservar los puntos estratégicos. Allí aparecen el pasaje de Drake, el canal de Panamá y también el Ártico, donde se desarrolla una gran disputa que explica el interés por Groenlandia. En el resto de las cuestiones no siempre actúa directamente el interés de Estados Unidos, sino el de las grandes empresas tecnológicas.

—¿La relación de Javier Milei con Donald Trump es la clave para entender el alineamiento argentino?

—La relación de Milei con Trump es circunstancial y no resulta tan importante como los vínculos del grupo gobernante argentino con las empresas tecnológicas. Esa relación permite comprender mejor la orientación del Gobierno. El oficialismo recibe asesoramiento de compañías especializadas en tecnologías de control, comunicación política y campañas electorales. La presencia y el interés de Palantir deben analizarse dentro de ese contexto.

—¿Cuál sería el negocio concreto de esas empresas en la Argentina?

—El objetivo es conseguir un país que ofrezca las condiciones para instalar un experimento o un laboratorio. Se trata de controlar el Estado mediante tecnologías privadas, quitarle capacidad propia de razonamiento y hacer que las empresas provean los instrumentos necesarios para conducir el gobierno, además de pagar pocos impuestos. Hubo experiencias semejantes en Honduras, aunque la Argentina posee otra dimensión y resulta mucho más atractiva.

—En medio de estas contradicciones internacionales, ¿podría abrirse una oportunidad para la Argentina, como ocurrió con otros países que supieron aprovechar disputas entre grandes potencias?

—Hay muchas oportunidades. El problema son los obstáculos internos. En primer lugar, hay que tener una idea y un plan para la Argentina, un proyecto nacional que hoy no aparece. En segundo lugar, hay que superar la polarización instalada desde afuera y alimentada también por la historia argentina. Para avanzar hacia una política de industrialización se necesita que una mayoría amplia de la población respalde un proyecto común.

—¿Qué características debería tener esa política exterior?

—La Argentina no debe ser enemiga de Estados Unidos, China, Rusia ni la Unión Europea. Debe comprender cuáles son los intereses de cada potencia sobre nuestro territorio y negociar a partir de una idea nacional. En algunas cuestiones será razonable aceptar criterios de Estados Unidos. En otras habrá que decirles a los chinos: “Importo sus productos, pero instalen fábricas aquí”. El objetivo tiene que ser aumentar progresivamente el valor agregado argentino mediante un plan coherente.

—¿Qué impide construir ese proyecto?

—La Argentina tiene un nacionalismo muy fuerte, pero se encuentra aplicado principalmente al fútbol y no a los asuntos que determinan la calidad de vida. La sociedad está distraída por la guerra cognitiva y muchas veces no percibe lo que ocurre. Lo que está en juego es la desaparición de la Argentina como nación capaz de decidir. Cuando una sociedad pierde la posibilidad de comprender qué está haciendo y hacia dónde se dirige, ya perdió.

—¿La discusión central es entre Estado y mercado?

—Esa es una discusión absurda. Se puede privatizar una actividad, pero el Estado tiene que conservar la capacidad de recuperarla y reorganizarla si la privatización no funciona. El problema no es elegir dogmáticamente entre lo privado y lo estatal. El problema es tener la capacidad y el poder para marcar el rumbo estratégico, además de la flexibilidad necesaria para modificar las decisiones cuando la realidad lo exige.

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