Trump anunció una paz en la Franja, con condiciones que ni Netanyahu ni Hamas parecen aceptar. La teoría canadiense del coloniaje y la comisaría de Hitler.
Por sorpresa, Donald Trump anunció el jueves 30 de julio en sus redes sociales que había logrado un “acuerdo HISTÓRICO” para desarmar a Hamas y retirar las tropas israelíes de Gaza. Mucho entusiasmo, mucha mayúscula, y un silencio profundo de israelíes y palestinos, quebrado apenas el viernes 31 con declaraciones de funcionarios y mediadores, medio informales y claramente pensadas para que no se enoje el Presidente Naranja.
Tampoco se sabe mucho de cómo sería el trato. En principio, el Grupo de Paz al mando del ex premier británico Tony Blair habría logrado acuerdo para que Hamas entregue sus armas a la autoridad provisional palestina y para que los israelíes se retiren de la Franja. El tema es cómo, porque Benjamín Netanyahu lleva meses diciendo que sólo se va si los palestinos entregan los fierros, y Hamas diciendo que sólo los entrega si los israelíes se van.
Y falta hablar de las fábricas subterráneas de cohetes y drones, de los arsenales de armas de todo tipo, de la posibilidad de que el Comité Nacional para la Administración de Gaza cree una policía creíble y que alguien acepte su autoridad… En fin, todo es posible, pero nada es seguro. Netanyahu también tiene que mostrar algo de voluntad de hacer la paz, por ejemplo retirando sus fuerzas aunque sea a la línea que le prometió a Trump en octubre, cuando se hizo una tregua que no respetó en absoluto.
Pero la Casa Blanca está feliz de poder mostrar que andan terminando una guerra, aunque sea para distraer de la de Irán, que sigue ahí desde hace cinco meses. Y que se va extendiendo, con los sauditas bombardeando posiciones de los houti en Yemen, los iraníes bombardeando bases militares en Jordania, matando a tres norteamericanos, y con el Estrecho de Ormuz cerrado a cohetazos. Los reinos y emiratos de la región ya están discutiendo una alianza militar propia, y es notable que Arabia Saudita entre en combate después de aceptar los bombardeos iraníes sin reaccionar. Es porque los houti le están cerrando la salida de exportación por el Mar Rojo, un desastre económico.
Teherán, mientras tanto, dejó en claro que no tiene apuro en negociar una paz con Washington, que anunció otro cese del fuego que los ayatolas desmintieron. El objetivo iraní es que les reconozcan el control del crucial Estrecho de Ormuz, por el que pasa la quinta parte del petróleo mundial. Esto pondría a la República Islámica en un nivel geopolítico que nunca tuvo. En la frase irónica pero dolida de un analista del Pentágono, pasarían de ser “una potencia de tercera a ser una de segunda”.
Claro que los ayatolas pueden pasarse de rosca, porque su economía está en ruinas y la reconstrucción de lo bombardeado será costosísima. Irán fue alguna vez un país de clase media, hoy empobrecido por la absurda política de los clérigos y las interminables sanciones. Claro que el régimen ya mostró que no tiene ningún problema en reprimir al por mayor, con lo que cuenta con poder aguantar más que Trump.
Y pueden tener razón, según las cifras de la economía norteamericana publicada esta semana. El crecimiento del PBI se frenó a una proyección de 1,5 por ciento, menos de lo que se esperaba en el primer semestre. La inflación sigue ahí y el Banco Central decidió esta semana no bajar la tasa base, como quería Trump. Una hipoteca hoy cuesta un seis por ciento anual, garantía de que la industria de la construcción se va a enfriar, y lo único que mueve los mercados es la especulación con la inteligencia artificial. Todos los números indican que el noventa por ciento de los norteamericanos están usando sus ahorros o viviendo de la tarjeta.
Hay legislativas el 4 de noviembre, los números no le dan bien a los republicanos.
Coloniaje
Los norteamericanos siempre se ponen sobradores con los canadienses y los cargan por bien educados y pasivos. Son infinitos chistes pintándolos como gente que siempre dice por favor y gracias, en las situaciones más absurdas. Pero parece que tantas sanciones económicas, tantas repeticiones de eso de que Canadá es en realidad el estado 51 de la Unión, tanto Trump verdugueando finalmente les hizo perder la paciencia.
Por eso llamó mucho la atención la columna publicada esta semana por The New York Times sacándole la madre al Naranja con un análisis de bisturí, preciso. Lo relevante fue que lo firma Chrystia Freeland, que fue vice primer ministra, canciller y ministra de Economía del Canadá. Esto es, alguien que conoce a Trump y sus mañas.
Lo primero que explica la ex funcionaria es que el Naranja piensa que “el verdadero poder es poder hacer lo que te venga la gana, por las razones que se te ocurran o porque sí nomás”. Freeland cita a un asesor presidencial, Stephen Miller, explicando muy cómodo en un programa amistoso de TV que “en este mundo podés hablar todo lo que quieras sobre buenos modales internacionales, pero es un mundo, un mundo de verdad, gobernado por la fuerza, por el poder”.
Para Freeland, esto explica la situación de su país, al que lo apretaron para que “acepte pasar de ser un aliado y socio, en una relación gobernada por tratados y reglas, a ser un vasallo sujeto a la voluntad de Washington, como la Venezuela de Delcy Rodríguez, pero con nieve y hockey”.
¿Habrá leído Freeland a Jauretche?
Y no vale la pena seguirla la corriente a Trump, adularlo, ceder, porque lo único que se logra es que te pida más y más “hasta que te sometas”. Freeland no aclara por qué dice esto, pero queda en claro que por algo lo dice. “Trump lo dice claramente: no tiene aliados, sólo sátrapas, enemigos o pares, entre los que apenas cuentan China y, a veces, Rusia”.
¿Habrá leído nuestro Javier Milei la columna?
Freeland es pesimista, porque sospecha que esta actitud trasciende al Naranja y puede continuar con otros presidentes. Por eso se pregunta, “¿no será que Trump dice en voz alta lo que muchos norteamericanos piensan hace rato?”
India
Narendra Modi, el primer ministro indio, es uno de esos políticos que ven bajo el agua. Ya lleva doce años en el poder y su nacionalismo hinduista creó todo tipo de conflictos con las minorías musulmanas y todo tipo de fastidios culturales, como ordenar que Bombay se pronuncie Mumbai. Pero todas le iban saliendo bien, por lo que extraña que le estallara en la cara la protesta estudiantil, cada vez más masiva.
La guerra de los norteamericanos contra Irán afectó mucho la economía porque India casi no produce combustibles y el Golfo era su fuente tradicional. Mal manejada, la crisis afectó a muchos millones de pobres, en forma directa por el precio de la energía y el aumento de los alimentos. Pero el detonante de las protestas fue inesperado.
Resulta que la India tiene un sistema educativo super centralizado que, entre otras muchas peculiaridades, impone exámenes nacionales de ingreso a las universidades. Esto es, todas las facultades de ingeniería, por ejemplo, toman el mismo examen, preparado por el ministerio. Millones de familias hacen sacrificios enormes para mandar a sus hijos a la universidad, y una inversión tradicional es la preparación para estos ingresos.
Pues este año, alguien filtró el examen de Medicina y la reacción del ministerio fue cancelar todo hasta más ver. Nadie pensó que los aspirantes fueran a reaccionar, pero enseguida arrancaron las marchas, duramente reprimidas. El ministro de Educación no tuvo mejor idea que decir que los manifestantes eran cucarachas, y los pibes tomaron el nombre: Partido Cucaracha.
Ya va un mes de protestas y Modi se encontró con un problema masivo, porque la cosa pasó de Nueva Delhi a las capitales provinciales, y de ahí a todo pueblo o ciudad que tenga una facultad. No daba para reprimir y reprimir, con lo que el premier prometió juzgar duramente a los que filtraron el examen. No alcanzó, porque los muchachos siguen cuestionando la burocracia corrupta del ministerio y el alto desempleo entre los graduados universitarios.
Modi no es muy democrático que digamos. Habrá que ver qué hace con esta bomba.
Hitler
El Adolf no era alemán, excepto culturalmente. Había nacido en el pequeño pueblo austríaco de Braunau am Inn, que tuvo la suerte de no ser destruido en la infernal guerra que su hijo ilustre desató. De hecho, tan intacto está el pueblo, que la casa de los Hitler sigue ahí y con los años se transformó en un lugar de peregrinación de neonazis y un dolor de cabeza para el gobierno.
En 1972, el ministerio del Interior de Austria alquiló la casa para evitar que se usara como algo “temático”. El lugar fue sede de diversas ONG y eventualmente pusieron en la puerta un memorial con la frase “Por la libertad, por la democracia, por los derechos humanos. Nunca más fascismo. Millones de muertos nos lo recuerdan”. Pero desde 2011 el lugar estaba vacío y los neonazis no dejaban de ir.
En 2017 la corte suprema decidió que el gobierno tenía derecho a expropiar la casa y hasta de demolerla. Pero hubo una mejor idea: abrir una comisaría. Después de dos años de trabajo y veinte millones de euros, la policía local se mudó esta semana a la nueva sede. Falta saber si la presencia policial permanente va a frenar a los neonazis.
Perú
Keiko Fujimori ya es la primera mujer presidente del Perú, elegida por apenas cincuenta mil votos de diferencia. Era su cuarta campaña electoral. La hija del encarcelado dictador mostró que viene con una agenda bien de derecha. El mismo día de su pose, anunció que las fuerzas armadas van a participar en tareas policiales, que se van a crear tribunales anónimos -con la identidad de los jueces mantenida en secreto- y que se va a expulsar a extranjeros indeseables. Javier Milei, invitado especial, aplaudía.
Perú tiene una crisis de seguridad, con 2600 asesinatos en 2025 y una explosión de los casos de extorsión. Pero como lo que está anunciando Keiko es básicamente ilegal, la flamante presidente agregó que va a retirar a su país de la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.