Ir al contenido principal

¿Y ahora qué?

Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors
⏱️ 8 min de lectura

Trump juega con fuego mientras China ordena su tablero

POR

Daniel Driscoll, otro mando descabezado.

Los ataques norteamericanos contra objetivos iraníes y las represalias de Teherán volvieron a empujar el petróleo hacia arriba mientras el secretario de Defensa Pete Hegseth insiste en negar que Estados Unidos esté en guerra. En paralelo, la purga de altos mandos militares abre dudas sobre la conducción de unas fuerzas armadas sometidas a exigencias crecientes. Mientras, Xi Jinping proyecta a China como factor de estabilidad, Rusia e Irán estrechan vínculos y los mercados empiezan a inquietarse por el tamaño de la deuda estadounidense y la suba del costo mundial del dinero.

Es increíble, pero esta semana volvieron los ataques norteamericanos contra baterías de misiles iraníes. Además, un misil cayó en un casamiento, donde murieron los novios y 37 parientes resultaron heridos. Irán respondió atacando bases de Estados Unidos en Jordania.

El petróleo volvió a subir.

El ministro de Defensa Pete Hegseth, canchero, dijo que los ataques no calificaban “como una guerra”. El hombre está muy ocupado, tal vez, remodelando el Ejército según su ideario Rambo como para apreciar la situación. Hegseth sirvió como oficial subalterno de la Guardia Nacional en Irak y Afganistán y volvió tan amargado como tantos por la falta de claridad de esas misiones. Pero donde muchos entendieron que el problema era inventar guerras al cuete, sin salida política, él entendió que el problema era la falta de agresividad de sus superiores.

Por eso ya se cepilló a casi todos los generales de rango superior, de cuatro estrellas, que no le resultaron suficientemente machos, y propuso medir los niveles de testosterona del personal de uniforme.

El lunes 31 de agosto se cobró otra cabeza, esta vez la de un civil, el secretario del Ejército Daniel Driscoll. En el sistema estadounidense, el ministro controla las Fuerzas Armadas por medio de un secretario, siempre civil, en cada arma. Driscoll era un tipo bien visto. Hasta se pensaba que era el futuro ministro si Hegseth se iba o lo iban. Este fue un factor en su despido, sobre todo porque el secretario le discutió al ministro los pases a retiro de los generales. Driscoll le renunció directamente a Trump, que lo recibió en la Casa Blanca y habló un buen rato con él.

Nadie contó de qué hablaron, pero es más que posible que Driscoll le haya explicado que el Ejército está descabezado en un momento crítico. Resulta que la defensa de todas esas bases en países aliados de Medio Oriente, constantemente bombardeadas por Irán, está a cargo de personal del Ejército. Ellos son también los que le pasan inteligencia a Ucrania en su guerra con Rusia. Pero desde abril no tienen un comandante en jefe y Hegseth ya se cargó a los tres generales que podían ocupar el cargo.

El ministro no pareció en nada alterado por la crisis y hasta dijo que su candidato para secretario era el actual vocero del Pentágono, Sean Parnell. Es una elección notable porque Parnell sirvió en Afganistán, también como oficial subalterno, pero se hizo notar por echar a periodistas del periódico militar Stars and Stripes y por prohibirles la entrada al edificio a cronistas que le caían mal. El New York Times le hizo juicio por discriminar a sus periodistas.

China

Esta semana hubo dos cumbres políticas que marcaron un contraste brutal en la situación global. Una fue la reunión de ministros de Economía y directores de bancos centrales del G20 en Asheville, Carolina del Norte, cuidadosamente editada para dejar afuera a Sudáfrica e incluir, para bronca de los europeos, a Rusia.

La otra fue el encuentro de potencias asiáticas en Bishkek, capital de Kirguistán, dominado por la presencia del presidente chino Xi Jinping, que explícitamente presentó a su país como un ancla en un mundo inestable, el eje para un nuevo “mundo multipolar y ordenado”.

La reunión en Estados Unidos fue un foro de broncas, quejas y chicanas. Los países europeos protestaron abiertamente por la presencia del ministro ruso Anton Siluanov: ¿no era que estaban sancionados por la guerra en Ucrania? ¿Cómo le dan una visa?

Scott Bessent, el ministro de Economía de Trump y anfitrión del encuentro, se dio el lujo de chicanear a los canadienses en la cara, diciendo que su economía es demasiado chica como para tener una guerra comercial con Estados Unidos. Y las reuniones fueron una colección de quejas por el aumento del petróleo y la inflación global creada por la guerra con Irán.

La reunión en Bishkek era, teóricamente, una sesión normal de la Organización de Cooperación de Shanghái, pero hubo dos invitados especiales que cambiaron todo. Uno fue el presidente de Irán, Masoud Pezeshkian. El otro, el de Rusia, Vladimir Putin.

Xi tuvo reuniones con los presidentes de Kirguistán, Mongolia y Uzbekistán, y una larga con Putin. Al salir, dijo que “las relaciones con Rusia son cada vez más fuertes”. El ruso devolvió la cortesía y aseguró en público que va a continuar su guerra en Ucrania y su apoyo a Irán en el conflicto con Estados Unidos.

Esto fue todo un mensaje porque el Kremlin recibió justo antes la visita de John Ratcliffe, el director de la CIA, con una propuesta de paz en Ucrania. Y el diálogo con Steve Witkoff y Jared Kushner, enviados especiales de Trump, es constante.

Putin dijo que “está completamente a gusto” con esos interlocutores porque “los conozco bien y en general les tengo confianza”. Que el jefe de espías lo visitara le pareció normal porque, según dijo, “hasta en lo peor de la Guerra Fría nuestros servicios de inteligencia dialogaban”.

Xi está desplegando el peso económico de su país y transformándolo cada vez más en poder político. En lo que va del año ya recibió altos funcionarios de Alemania, Gran Bretaña y Canadá. Este mes va a Washington, a El Cairo y a Nueva Delhi, a la reunión de los BRICS.

El hombre está aprovechando al máximo la política errática de Trump y proyectando una imagen de líder confiable, tranquilo, estable.

Bonos

Mientras Xi organizaba su parte del mundo, Trump se quedó mirando el derrumbe del precio de los bonos de su Tesoro, hasta este año el papel más confiable del mundo.

Este martes, primer día de septiembre, los mercados del planeta vieron ventas masivas de bonos nacionales de las principales economías del mundo, con precios en caída. La movida fue porque se espera una suba de las tasas que ofrecen estos papeles, lo que devalúa los viejos.

Todo porque la deuda nacional de Estados Unidos tocó los cuarenta trillones —con T— de dólares, una cifra simbólica que preocupó a los financistas.

Esto tiene consecuencias inmediatas en el mundo real porque aumenta el costo del dinero. El bono del Tesoro a diez años funciona como referencia global de las tasas, que nunca son menores que las de ese papel. Deudas externas, préstamos para consumo, hipotecas, todo gira alrededor de ese eje.

El nivel de deuda de las principales economías del mundo y la verdadera aspiradora de fondos financieros que son las empresas de IA, que no paran de tomar capitales para sus centros de datos, crean una escasez real de dinero. Y por eso suben las tasas.

Ucrania

Otro costo que va a subir es el de los alimentos por la guerra económica en el Mar Negro. Rusia y Ucrania son masivos productores de granos y ahora se están bombardeando mutuamente sus principales puertos de exportación.

Moscú, además, incluyó la maquinaria agrícola de gran tamaño en la lista de blancos de sus drones para degradar la agricultura ucraniana. El resultado ya es una clara disminución del volumen exportado, que puede llevar al hambre a cincuenta millones de personas en el Sur global, según la ONU.

Ucrania pudo exportar apenas medio millón de toneladas métricas de granos entre el primer día de agosto y el 18, un quinto de lo que exportó el año pasado. Rusia vendió en el mismo período 1.400.000 toneladas métricas, casi la mitad que el año pasado y el volumen más bajo en diez años.

Los precios van a subir.

Caprichos

Ya empezaron los trabajos para construir el horrendo arco triunfal de Trump en Washington. La técnica es la misma que con la demolición del Ala Este de la Casa Blanca para construir un mega salón, muy dorado, de fiestas: primero arrancás con la obra antes de que los tribunales tengan tiempo de intervenir.

Funciona eso de presentar el hecho consumado y la Corte Suprema le aprobó este lunes 31 de agosto las obras del salón de fiestas de nueve mil metros cuadrados. Fue un lindo truco de leguleyos porque, en lugar de examinar el tema, el tribunal decidió que los demandantes, un grupo de preservación histórica, no tenían derecho a pleitear por no ser afectados directamente por las obras.

Otro capricho fue eso de ponerle Lago América al Lago Ontario, una chiquilinada para molestar a los canadienses. Trump no puede andar renombrando geografías, pero puede ordenarle al Sistema de Información sobre Nombres Geográficos que cambie los mapas.

Nadie, seriamente, le va a dar bola a esto, como nadie que no sea funcionario le dice ministro de Guerra al ministro de Defensa Pete Hegseth. Nadie, excepto Google Maps, que de inmediato cambió el nombre del lago para sus usuarios norteamericanos.

El resto del mundo veremos Ontario, donde los primos del Norte verán el capricho de su presidente.

Comparte: