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Directores: Martín Granovsky y Rafael Prieto
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Félix Crous: “La clave es ganar y hacer lo que se pensó antes”

POR

“El Poder Judicial federal porteño es un problema para la democracia.”

El fiscal federal Félix Crous lleva más de tres décadas en el Poder Judicial y buena parte de su trayectoria estuvo dedicada a los crímenes de lesa humanidad. En esta conversación con el programa deY ahora qué en +Perfil, que puede ser visto aquí, habla de sus causas actuales, del sistema organizado para apropiarse de los bienes de los desaparecidos en la ESMA y de Gonzalo “Chispa” Sánchez, el secuestrador de Rodolfo Walsh condenado después de haber sido extraditado desde Brasil.
Pero Crous va más allá de los juicios por la dictadura. Analiza el Poder Judicial, sostiene que su autonomía es peligrosa y convoca a pensar ya soluciones por si cambia el gobierno en 2027.

—¿Cuántos años de fiscal, doctor?

—Estaba haciendo las cuentas: 33.

—La última causa que tuviste fue la de Gonzalo “Chispa” Sánchez, el secuestrador de Walsh. Aquí la contamos.

—La última concluida. Tengo dos en trámite ahora. Una, por lo que se conoce como la masacre de la calle Corro, que fue una masacre cometida por centenares de militares, policías y gendarmes contra ocho militantes montoneros en una casa de Yerbal y Corro, en Villa Luro. Y, en paralelo, ahí muere o es asesinada —hay todo un debate acerca de si se suicida inducida por la inexorable certeza de que iba a la tortura— la hija de Walsh. Y la otra es una que empieza ahora. Es alucinante lo que demoramos. Es la rapiña y la apropiación de bienes de la ESMA, que es mucho más que la rapiña: es una ingeniería destinada al saqueo de los bienes de los desaparecidos y a la utilización de mano de obra esclava, inclusive para poner en valor los bienes apropiados.

—Es una ingeniería completa.

—Muy completa. Desde una inmobiliaria hasta usar la mano de obra esclava, con las aptitudes de cada uno de los secuestrados, con una empresa de servicios. Y además, con toda la documentación que se robaban en los secuestros, crearon una productora de televisión, Croma.

–Lo que estás contando es todavía peor que el botín como justificación. En el Juicio a las Juntas, en 1985, uno de los defensores de Leopoldo Fortunato Galtieri llegó a reivindicar el “derecho al botín”, porque para ellos era una guerra y reivindicaban una práctica que ya era considerada injusta hace siglos. Pero lo que vos estás contando es una planificación para enriquecerse. Es un nivel superior.

—Pero con una perversión del lenguaje, inclusive para el autoconvencimiento de muchos. No era solo el cinismo de utilizar la terminología militar para hacer la traslación al funcionamiento concentracionario. Fijate que el lugar donde se guardaba el botín, los objetos más pequeños, los bienes muebles, se llamaba “El Pañol”, que es el lugar donde se guardan los elementos de logística vinculados a un cuartel. Hay una cantidad de terminología histórica. El furriel, por ejemplo, es una derivación del francés que quiere decir forraje. Y así, el DETAL es un acrónimo del empleado administrativo. Son terminologías que eran trasladadas al universo concentracionario. Y a esos recintos donde las personas eran secuestradas se los llamaba “camarotes”. Es realmente impactante. Pero es consistente. Si el discurso era el discurso de la corrupción del lenguaje, de llamar guerra y, como máxima concesión, “guerra sucia” a la masacre, pues bien, todo lo demás debía estar enmarcado en la retórica de la guerra.

—¿Cómo estás haciendo la planificación de la investigación sobre este sistema y esta ingeniería de robo de propiedades?

—Nosotros no hacemos investigaciones, hacemos juicios. Las investigaciones las hacen los fiscales y los jueces de primera instancia. Nosotros recibimos el muñeco. En general siempre le falta una mano. Las instrucciones son deficientes. Las del Primer Cuerpo de Ejército son mejores. Y Carlos Rozanski ha hecho investigaciones muy prolijas, ha tenido un plan de trabajo para las investigaciones. Las de ESMA, no. Las de ESMA vienen verdaderamente mal instruidas. Lo que nosotros nos dimos aquí es un trabajo de arqueología, de recomposición de lo que había, de racionalización de un archipiélago de investigaciones y de profilaxis jurídica, si me permitís el neologismo.

—¿Y qué sería esa “profilaxis jurídica”?

—Darle una cierta racionalidad, equilibrando el mejor juicio posible con el mejor juicio en términos sustantivos. Yo soy de la tesis pragmática de que para hacer juicios hay que hacer juicios. Lo sostuve desde el día uno.

—No el mejor juicio ideal, sino hacer juicios.

—Sí. Esta es una discusión anterior. Siempre se discutió en el movimiento de derechos humanos que los juicios deberían ser representativos de la represión. Entonces se discutió en qué momento había que organizar los juicios por espacios concentracionarios. Yo disputé un poco ese plan. Como era fiscal, lo que me correspondía a mí no se disputaba, lo hacía a mi modo. Así hicimos el juicio de Christian Von Wernich. Si hubiéramos esperado que el juicio de Von Wernich se insertara en la estructura de la represión platense, lo hubiéramos tenido quince años después. La vicisitud de la política, de los tiempos vitales y de la urgencia de juzgar obliga a hacer una transacción. El Poder Judicial y los juicios no están destinados a dar cuenta de la historia. Esa es tarea para los historiadores. Nosotros tenemos que juzgar personas por hechos que tenemos que probar con un método historiográfico, si querés, muy conservador. Ese es el método con el que se adquiere la prueba para que sea garantía.

—¿Hay también luces y sombras en la política argentina de derechos humanos?

—Sí. Hay también mitos positivos alrededor de la política de derechos humanos. Cuando nos comparamos con otros países, nuestro recorrido ha sido muy bueno. Pero si discutimos estos asuntos con seriedad, con profundidad y sin autocomplacencia, hay luces y sombras en el proceso. Si hubiéramos trabajado con una planificación y un criterio más práctico, a lo mejor todo ese universo que todavía está juzgado por la mitad estaría en otra situación. Soy bastante enemigo de anticipar la fiesta de la victoria. Es más, prefiero que no haya ninguna a la hora del trabajo. Desconfío del optimismo prematuro. Esto hay que hacerlo porque es un imperativo. Y hay que hacerlo bien. Y hacerlo bien quiere decir ser eficientes. Porque además el contexto nunca va a ser ultrapropicio. El sistema judicial tal como lo conocemos no fue hecho para juzgar esta clase de hechos. No por sus limitaciones técnicas y operativas, que también las tiene, sino porque cumple un rol social de dirimir conflictos por fuera del poder, lejos del poder.

—Pero estos juicios tocan al poder.

—Porque es el poder. El poder real, no el poder formal. El poder formal forma parte de una retórica de autolegitimación.

—Vamos al caso de Gonzalo Sánchez, extraditado desde Brasil en 2021 y condenado hace muy poco. Me impresionó la cantidad de hechos en los que participó, casi 200, y también la cantidad de pruebas.

—En la ESMA sí. Porque el proyecto político de Massera hizo que fuera un centro clandestino con muchos sobrevivientes en relación con la escala del centro. En Campo de Mayo hay muy pocos sobrevivientes y la escala era tan o más grande que la ESMA. Sin embargo, ahí era un centro de exterminio puro y duro. Del mismo modo, La Perla, Campo de la Ribera. El Arsenal Miguel de Azcuénaga, en Tucumán, prácticamente no tiene sobrevivientes. La ESMA fue distinta. Tuvo un largo recorrido histórico. Fue un centro que tuvo operativos literalmente hasta la asunción de Raúl Alfonsín. Y un poco más, porque los controles de los liberados siguieron.

—¿Por qué fue distinta la ESMA?

—El proyecto de Massera fue un proyecto que, paradójicamente, se incrementó cuando empezó a perder poder la dictadura. Porque él tenía sus ambiciones. Jugaba una interna fuerte con otros sectores de la represión de la Armada, del Servicio de Inteligencia Naval, con el cual competía y a su vez convivía. Y eso hizo que tomara acciones muy brutales para dirimir esa interna con el Ejército. Por ejemplo, el secuestro y asesinato de Héctor Hidalgo Solá, que no era un resistente de la dictadura: era el candidato del Ejército para ser presidente.

—Embajador en Venezuela.

—Era radical. Lo hacen venir de Caracas. La Armada tenía la Cancillería y lo hace venir a la Argentina con una excusa. Lo secuestran, lo llevan a la ESMA. Lo vieron los sobrevivientes vestido de cajetilla, que era lo que era. Bueno, está desaparecido. Massera también asesina a personas vinculadas con sus propias internas y sus negocios. Es una cosa muy turbia, más turbia todavía que lo turbio de la dictadura.

—¿Y eso produjo más pruebas?

—Produjo muchas pruebas. Lo de Víctor Basterra sacando del laboratorio las fotos, por supuesto, fue muy potente. Después, con el tiempo, cuando viene el epígrafe de las primeras publicaciones del CELS, un apodo, y treinta años después conectamos un apodo con una cara y después con una identidad, es una puesta en valor de aquella prueba, que de por sí era muy potente pero que no abría todos los significantes posibles. Cuando encontrás esa pieza que te falta, es irrebatible. Además, la Armada fue la fuerza que tuvo la política más militante de amparo de sus hombres.

—¿Después de la dictadura?

—Sí. Desaparecieron legajos enteros. Aparecieron circunstancialmente personas muertas que estaban vivas. Muchos represores encontraron destinos en lugares donde habían estado haciendo negocios durante la dictadura. Sudáfrica, por ejemplo. En el puerto yo encontré papeles de tráfico de armas del puerto del Callao. Había documentos falsos para gente de la farándula, del jet set argentino.

—Volvamos a la ingeniería para el robo de propiedades. ¿Lo hacían como demostración de poder o directamente para enriquecerse?

—Más que demostración de poder, era financiamiento de la propia estructura, acumulación para el proyecto de Massera y también financiaba la represión. El Grupo de Tareas 3.3.2 de la Armada no era el grupo preferido de toda la Armada. Si bien Massera era el comandante en jefe, no representaba el poder hegemónico dentro de la fuerza. Cuando pudieron lo pasaron a retiro y terminó preso durante la dictadura. No tenía la suma del poder. Me parece que lo hacían para tener sus propios fondos. Ese auto que apareció hace poco en la ESMA pertenecía a alguien que estuvo secuestrado un día en la ESMA. Le robaron el auto, quedó tirado atrás y, en un mecanismo de remoción, apareció. Una cosa increíble. Y también estaba la rapiña, el robo personal. Eso me parece que forma parte del pago por las tareas abyectas: el permiso para el pillaje.

—¿Sos una rara avis dentro del Poder Judicial?

—Dentro del mundo de lesa humanidad, no. No somos muchos, pero somos unos cuantos.

—¿Vos decidiste dedicarte a crímenes de lesa humanidad o alguien decidió que te dedicaras?

—Yo lo busqué y alguien decidió. Lo busqué antes de la nulidad de las leyes. Siempre hay, aun en los lugares menos afines, gente que es afín a uno. Y estos son temas no apetecidos por nadie. Imaginate que los favores que las víctimas pueden hacerte en términos del poder clásico que busca un judicial no son valiosos.

—¿Qué buscabas vos?

—A mí me salvó trabajar en estos temas. Con el Poder Judicial tengo una relación conflictiva.

—Conflictiva, pero larga.

—El tema es que tengo una tesis, y se lo digo a mis empleados: cuando el traje te empieza a quedar cómodo, ponételo al revés. Porque si te empieza a quedar cómodo, estás jodido. Prontamente empecé a darme cuenta de lo que está a la vista de todos: la diferencia que hay entre el imaginario de lo que es la ley, toda la cuestión que le damos desde la Revolución Francesa y los valores superlativos que hay alrededor del tema de la Justicia, y la realidad. Cuando uno tiene 17 o 18 años se imagina que eso no admite matices ni reflexiones tan profundas. Y está bastante bueno que vayas detrás de eso y no de otras cosas. Ahora, claro, es muy fuerte el golpe al poco andar.

—Y te fue bien muy pronto.

—Tuve la mala suerte de que me fue muy bien pronto, sí. Entonces quedé entrampado donde todos quedamos entrampados, que es en el espacio de la comodidad. El mundo judicial es un ecosistema de privilegios completos, de modo que es difícil salir de ahí.

—Pero saliste.

—Tengo 35 años de análisis. Mi analista tiene un chat con mi nombre. No me hagas preguntas que no me pueda responder todavía.

—¿Qué te permitió seguir?

—Me permitió darle un sentido al trabajo, un sentido sustantivo, y darle un sentido a mi vida también. No soy de los que creen que uno tiene que encontrar un sentido a la vida. Verdaderamente no lo creo. Pero, como tenemos conciencia de finitud, lo andamos buscando todo el tiempo. Así nacieron la filosofía, el tango y el alcoholismo.

—¿Y encontraste ese sentido?

—Realmente creo que lo que el sistema judicial les da a las víctimas es muy poco. El único norte es encontrar cierta forma de sosiego o algún movimiento positivo en la víctima que busca justicia, cuando encuentra eso que nosotros le podemos dar y lo vive como justicia. A veces me pasa, paradójicamente, que las personas encuentran un alivio donde yo encuentro algo de frustración. Porque no me gustó la pena que le dieron, porque me parece que el juicio debió ser de otra manera, por las mil razones que uno mira desde su perspectiva. Pero, por supuesto, me resigno gratamente ante la satisfacción que siente la persona que buscó eso, consiguió algo le hizo bien. No puedo aspirar a otra cosa.

—Voy a contarles a los que nos ven que somos amigos hace muchos años y que hicimos durante años un programa de radio que se llamaba Lo peor ya pasó. Vos y yo hablamos muchas veces de cómo se reforma la Justicia. Hoy, en esta época, ¿por dónde habría que arrancar?

—Hoy el concepto de reforma queda corto. Eso me lo escuchaste decir hace mucho tiempo, en condiciones horribles, pero no tan horribles como las de hoy. El capítulo judicial es un capítulo dentro de una crisis política de mayor magnitud. Nosotros hablábamos más de la Justicia en un contexto político que nos resultaba más humano, más igualitario. Los vestigios del Estado de bienestar. No el desprecio por el prójimo. Imaginate ahora, cuando eso es la ideología dominante y la práctica dominante. La Justicia se convirtió —el Poder Judicial federal porteño, para hablar con mayor propiedad, porque acá hay muchas capas— en un problema para la democracia. Aun para la democracia liberal, también llamada burguesa en una época, que es la que vivimos nosotros.

—¿Tan grave?

—Es un problema equiparable, a mi modo de ver, en cuanto a magnitud y como condicionante para el progreso, a lo que fueron los militares en 1983. Nadie sabía muy bien qué hacer con eso. Es un poco peor porque, al fin y al cabo, habíamos salido de la dictadura. De la capacidad autonómica y de gobernar que tienen los jueces no salimos.

—¿Gobernar o gobernarse a sí mismos?

—Es lo mismo. Hay un libro de Prudencio García, un general español, que se llama El drama de la autonomía militar. Pues este es el drama de la autonomía judicial. Porque los judiciales entendieron rápidamente, el núcleo de poder duro, que siendo vitalicios y asociados con los poderes permanentes eran parte de los poderes permanentes. Por supuesto, subalternos, pero mucho más que el poder político, que siempre es contingente. Está esta falacia de la periodicidad como virtud. Parece que los únicos que se vuelven viciosos con mucho tiempo en un rol son las personas elegidas por el pueblo. Todos los demás se vuelven más virtuosos.

—Incluso se habla del Poder Judicial como “poder contramayoritario”.

—Es una frase alucinante. Le da virtudes al carácter no democrático de la Justicia y, a la vez, siembra sospechas sobre las mayorías. Es impresionante. Toda mayoría es una turba potencial; toda minoría es una élite esclarecida. Eso subyace en esa doctrina.

—Y opera todos los días.

—Opera además de un modo inconsciente, porque el Poder Judicial es un poder de aficionados. En España y en otros lugares hay una carrera para ser juez o fiscal. Una carrera significa ser un experto en Derecho y rendir un examen. Aquí sos un experto en Derecho, rendís un examen y después vas a la ventana de la truchada, que son las entrevistas. Hay tipos como Bertuzzi —vamos a poner nombre y apellido— que estuvieron en el lugar 21 en el concurso. Veintiuno en el ranking. Después de la entrevista quedó tercero. Dejó a todos alelados. Ni Fidel Castro hablaba tan bien. Una cosa impactante. Raro, porque te sentás a hablar con él y tiene una prosa modesta. Eso no es un mecanismo para ser juez.

—¿Cómo aprendés entonces a ser juez?

—Por emulación. ¿Cómo aprende el aprendiz de zapatero? Mirando al zapatero cómo arregla los zapatos.

–Se aprende como en el periodismo.

—Bueno, así está el periodismo. Y así está la Justicia. No hay una reflexión sobre la propia práctica. No hay protocolos, no hay un espacio de reflexión. Ni siquiera hay un control de la salud mental.

—Salvo que te topes con un gran maestro.

—Pero eso es una cuestión de saber buscar el maestro, no una institución. Y hay muchos grandes maestros que son simplemente psicópatas. Hay muchos psicópatas que, por su capacidad de seducción y de encarrilar subjetividades, terminan produciendo un linaje de aprendices con maestros psicópatas.

—¿Solución rápida?

—No hay. Pero yo tengo una clave.

—¿Cuál?

—Ganar, se llama.

—Esa clave es política. ¿Y después?

—Después, la clave es hacer lo que se pensó antes. Para eso necesitás pensar antes, claro. Tengo dos problemas. Uno, no sé si va a ganar alguien que tenga intenciones de modificar esto o alguien que quiera aprovecharse de esto. Son las antípodas. Y dos, estoy seguro de que nadie está pensando en lo que hablamos.

—¿Habría tiempo?

—Sí. Poco, pero es mejor que nada.

—¿Y por dónde habría que empezar a pensar?

—Primero, tener un diagnóstico correcto. Los malos tienen un diagnóstico correcto. Los buenos tienen un diagnóstico incorrecto. Los malos no compraron toda la mitología del Poder Judicial como institución dirimente de conflictos. Es un imaginario, insisto, semiaristocrático. Y los buenos, paradójicamente, por un lado dicen “es una mafia” y después dicen “nos sometemos a las instituciones”. Es alucinante eso. O sea: nos sometemos a la mafia. Miremos otros ejemplos. Sarmiento se fue a Chile, Echeverría se fue a Uruguay, Alberdi se fue también, a Francia. Rosas, a Inglaterra. San Martín a Francia. Todos los que decían “me persigue la mafia” se rajaron. Por eso, de los que dicen “era una mafia, pero nosotros nunca nos rajamos y nos sometemos a las instituciones”, bueno, de ese lado no hay ninguna lucidez que esperar.

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