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Thiel y Milei, dos caras del nuevo apartheid


En un mundo donde doce personas tienen la misma riqueza que la suma de cuatro mil millones de seres humanos, el comienzo de instalación de Peter Thiel y su empresa Palantir en la Argentina explica mejor que cualquier psicológico dónde está parado Javier Milei. El ADN de la Sudáfrica racista y la adoración de la desigualdad.

Explicaba el amigo James Watson sobre el ADN que es una molécula en forma de doble hélice compuesta por dos cadenas largas y entrelazadas que contienen la información genética de un organismo. O sea que no hay un ADN político. Pero a veces parecería que sí. Es lo que ocurre con algunos de los magnates tecnológicos a los que abraza Su Excelencia Javier Milei.

Influencia & negocios

Justamente el Presidente se reunió por tercera vez con uno de ellos, Peter Thiel, 23 mil millones de dólares de fortuna, dueño de Palantir y creador de PayPal. La novedad inmobiliaria es que Thiel hasta compró casa en Barrio Parque. Con su riqueza de milmillonario no tiene que pegar ningún mangazo de avión privado a contratistas estatales. Puede ir y venir a piacere. Pero el gesto denota interés por influir. Y, claro, por hacer negocios. O viceversa, que viene a ser lo mismo.

En materia de ADN político (perdón, Mr. Watson) vale la pena echarle una mirada a un artículo del Financial Times escrito por Simon Kuper y publicado el 19 de septiembre de 2024. Título, “Musk, Thiel y la sombra del apartheid”.

Aprendizaje africano

Cuenta Kuper que Elon Musk vivió en la Sudáfrica del apartheid hasta los 17 años. En cuanto a Thiel, “pasó años de su infancia en Sudáfrica y Namibia, donde su padre participaba en la minería de uranio como parte de la campaña clandestina del régimen del apartheid para adquirir armas nucleares”.

Kuper relata que él mismo hizo visitas de infancia a su familia extendida en la Sudáfrica del apartheid. Eso aumentó su curiosidad sobre qué tienen en común los orígenes sudafricanos de esos hombres, y de otros magnates, con el Make America Great Again de Donald Trump. Su respuesta no tiene desperdicio:

*”El sur de África bajo el apartheid ofrecía una versión extrema de algunos de los temas principales de la vida estadounidense actual”.

*”Existía una tremenda desigualdad. La mina donde trabajaba el padre de Thiel era conocida por tener condiciones que no distaban mucho de la servidumbre por contrato”.

*”Los trabajadores migrantes negros de la mina vivían en campos de trabajo”.

*”Para los blancos con cierta mentalidad, esta desigualdad no se debía al apartheid. Creían que era inherente a la naturaleza. Ciertas personas estaban preparadas para triunfar en el capitalismo, mientras que otras no”.

*”Al igual que Estados Unidos, Sudáfrica era una sociedad violenta”.

*”El denominador común entre muchos sudafricanos blancos que vivieron el fin del apartheid y la derecha estadounidense actual es el desprecio por el Estado”.

Secretos

No hay todavía información seria sobre qué hablaron Su Excelencia y el empresario estadounidense nacido en Alemania y educado en Namibia. Pero a veces, en política, dos más dos sí son cuatro. Thiel representa, dentro y fuera de los Estados Unidos, la intersección entre tecnología, Estado e inteligencia en la era de los datos.

Internas al margen, uno de los interlocutores del magnate fue Santiago Caputo, que hasta que no se demuestre lo contrario goza de la confianza del Presidente para asuntos de espionaje. Se verá si esa confianza termina extendiéndose al karinista Sebastián Pareja como cabeza de la Comisión Bicameral de Fiscalización y Actividades de Inteligencia, pero de todos modos si Caputo saliera de escena el Presidente seguiría siendo Milei. Es elemental, diría el otro Watson, pero los fanáticos del internismo a veces pierden de vista ese pequeño dato.

Thiel también estuvo con el otro Caputo, Luis. Toto, el ministro de Economía.

Cuando el Estado es negocio

Thiel es una figura clave en el desarrollo de sistemas de inteligencia artificial aplicados al Estado. Palantir opera con el Pentágono y agencias de inteligencia de distintos países, procesando gigantescos volúmenes de información para tareas de seguridad, defensa y gestión pública.

Palantir no es contratista del Estado argentino, pero razonablemente podría llegar a serlo.

A sólo un año y medio de las elecciones presidenciales, quien habla de datos a escala monumental habla de investigación sobre conductas, valores, hábitos y percepción del presente y del futuro por parte de millones de personas.

Control de datos

La Asociación Gremial de Computación señaló en un comunicado que «un país que no controla sus datos, no controla sus elecciones». Y no hablaba sólo de padrones sino microtargeting político. Según la AGC, Palantir no es una simple vendedora del último software sino la representante de una cosmovisión vinculada a la vigilancia masiva y, sostiene la organización, “al supremacismo”. El propio Thiel dijo en 2010 que “democracia y libertad son incompatibles” y, como Su Excelencia, que su ideal es un mundo de monopolios. La AGC recordó en su comunicado la denunciada participación de Palantir en la política antiinmigratoria de Trump a través de la agencia especial ICE.

Las normas ya existentes en la Argentina agregan elementos a la denuncia. La reforma reciente de la ley de inteligencia por el DNU 941/2025 fue señalada como un posible marco que facilitaría la integración de sistemas de cruce de datos y contrainteligencia.

Desde la oposición de peronistas y aliados, presentaron proyectos en la Cámara de Diputados, entre otras y otros, Kelly Olmos y Juan Marino. Citan la opinión inquietante sobre Palantir que expresó el ex ministro de Trabajo de los Estados Unidos Robert Reich. Reich opina que Thiel y su empresa son una amenaza para la seguridad de los ciudadanos norteamericanos y para la propia continuidad de la democracia.

Viva la desigualdad

La afinidad ideológica entre Thiel y Milei lubrica la posible expansión de Palantir. Comparten la desconfianza hacia el Estado de bienestar o lo que quede de él, se autoperciben libertarios y no tienen problemas en denostar toda ambición de igualitarismo. Hasta son exhibicionistas de su dogma y aman ser atacados si eso les da la posibilidad de redoblar sus ataques, un modo permanente de construcción política y empresarial que asumen en el mundo las diferentes caras de la extrema derecha, sean jefes de Estado o encarnaciones de una elite cada vez más rica y más pequeña.

El último informe global de la organización Oxfam sobre la desigualdad de la riqueza, titulado «Resistiendo al dominio de los ricos: defendiendo la libertad frente al poder de los milmillonarios», fue presentado en el Foro de Davos en enero de este 2026.

Dice que los doce milmillonarios más ricos del mundo tienen, sumados, la misma fortuna que la mitad más pobre de toda la humanidad. Son doce personas contra cuatro mil millones de seres humanos.

Informa Oxfam que en 2025 el aumento de esa desigualdad extrema avanzó tres veces más rápido que en el promedio de los cinco años anteriores.

Y, por primera vez, el número de milmillonarios superó la barrera de las tres mil personas. Lo cual, aclara Oxfam, no surgió de una mejor distribución de la riqueza sino, precisamente, del fenómeno contrario.

Un nuevo apartheid.

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