¿Y ahora qué?

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¿Cuántas divisiones tiene el Papa?

Advertencia preliminar: si usted, estimado lector, cree que la historia del siglo XX es demasiado vieja como para incidir en el presente, fundamentalmente a través del debate teórico, puede perfectamente no leer esta nota y dormir tranquilo. Pero si supone lo contrario aquí van algunas revisiones de presuntas verdades que aún generan controversias arcaicas y no por ello menos dañinas. 

Stalin está muerto y sepultado con el mismo estigma de haber sido uno más en la lista de crueles dictadores con que se lo asimila a Hitler, tratándose en el mejor de los casos de una simplificación y en el peor de una operación confusionista que no tiene nada de casual. 

El título de esta nota se refiere a una (¿infortunada o ignorante?) frase del sátrapa soviético que ha pasado a la historia y regresa como farsa en el marco de las guerras actuales

Por ejemplo, en el cruce que el presidente Donald Trump mantuvo esta semana con la presidenta del gobierno italiano Giorgia Meloni, quien consideró “inaceptables” las opiniones del mandatario norteamericano acusando al Papa León XIV de “débil ante la delincuencia” y “pésimo en política exterior” por reclamar una y otra vez el cese de la beligerancia en Medio Oriente y Ucrania. Muy Milei insultar al contradictor, aunque en ambos casos se trate de un retroceso deliberado para envenenar la vida política con basura desechable. 

La igualación de Stalin y Hitler como los grandes dictadores de la historia mundial reciente persigue implícitamente cuestionarle al líder soviético la condición de único vencedor de la Alemania nazi y, por decantación implícita, retener tan brillante título para los Estados Unidos, al menos en su versión hollywoodense.  

Es obvio que el tío José (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, nacido en Georgia en 1878 y fallecido en Moscú en 1953) fue un dictador, pero sin semejanza esencial con el monstruo que sumió en la más mortal de las guerras que la humanidad haya conocido primero a Europa y luego por arrastre, militarismo japonés concurrente, al mundo entero. 

Se estiman, con amplios márgenes de recuento, que en la 2GM hubo más de 80 millones de muertos (27 la URSS, 17 en China, 6 en Polonia y Alemania, 3 en Japón y así sucesivamente hasta los 400 mil estadounidenses que perdieron su vida sumando las batallas en el Pacífico, Europa y África). 

Los asesinados durante el Holocausto (Shoa) se calculan en seis millones (que diversas estimaciones elevan a 7). Cifra que, sumada otras víctimas fatales como minorías étnicas (gitanos) o el asesinato de personas consideradas inútiles sobrepasan los diez millones tanto en Alemania como en los países ocupados. 

Entre 1939 y 1945 murió casi el 4 % de la población del planeta, cuatro veces más que los caídos en la Primera Guerra Mundial (donde perecieron 20 millones de seres humanos) y la proporción de civiles estimada sobre ese total va desde la mitad de hasta las dos terceras partes de las víctimas. 

Algo menos de 500 mil africanos fallecieron combatiendo en ejércitos coloniales y varios millones de civiles, tal vez diez fuera de China, perdieron la vida en Asia, con preeminencia de civiles diezmados por matanzas indiscriminadas, enfermedades y deportaciones.  

Se trató de una tragedia de proporciones enormes cuyos efectos influyen hasta el presente en los países más afectados e impactan al conjunto del género humano como atrocidad inadmisible, lo que no ha impedido que siga recurriéndose a la guerra como forma de dirimir primacías u otras diferencias entre naciones. 

El recurso canalla de la guerra

No obstante la evidencia incontrastable, se sigue hasta hoy considerando a la agresión armada como un recurso de la política (por otros medios, según Clausewitz) cuando debería, por los enormes daños que produce, limitarse a la defensa necesaria como eficaz disuasión ante ataques externos. Una defensa preventiva del propio territorio es el mejor antídoto ante tentaciones que nunca están inspiradas en valores nobles. Al menos mientras la conciencia civilizada no avance hasta el punto de hacer imposible la guerra

Aquí viene a cuento del destinatario de la jactancia de Stalin, el Papa Pio XII, que gobernó la Iglesia Católica entre 1939 y 1958. Hoy, León XIV es otro blanco del provocador Donald Trump. A diferencia de algunos pontífices anteriores, Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo II,  Benedicto XVI y Francisco condenaron el enfrentamiento armado como antihumano, sin vueltas ni justificaciones insostenibles. Esa sana doctrina lo pone a Stalin en el papel del vengador antes que en el del estadista. 

Hay al menos dos registros históricos en que el jefe de la URSS pronunció la bendita frase que da título a esta remembranza, ambas recordadas machaconamente como demostración de su escasa inteligencia y miopía política. 

La primera en 1935, formulada al ministro de relaciones exteriores francés, Pierre Laval, cuando ambos países encontraban más razones para entenderse que para confrontar y firmaron el Tratado de asistencia mutua, un avance sobre los de no-agresión, de triste memoria, que establecía apoyos en casos de amenazas externas a Europa. 

La segunda, que es la que más importa, fue relatada por Churchill y ocurrió una década después durante la conferencia de Yalta, donde se establecieron las condiciones para la convivencia en la ya muy cercana posguerra, admitiéndose una coexistencia pacífica entre el mundo socialista y el capitalista. 

Ambos sistemas parecían entonces condenados a convivir sin intentar aniquilarse mutuamente a partir de la existencia de armas atómicas que serían arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, cuando la URSS aún no contaba con esa arma letal pero no ignoraba su existencia y peligrosidad para la continuidad de la vida humana en el planeta Tierra.

Mientras avanzaba el Ejército Rojo sobre Berlín, entre el 4 y el 11 de febrero de 1945 se realizó la conferencia entre los tres líderes aliados, EEUU (Roosevelt), URSS (Stalin) y el Reino Unido (Churchill) en la península de Crimea en Yalta, localidad balnearia sobre el Mar Negro, utilizando como sede principal la lujosa residencia donde se alojaba el presidente norteamericano, el Palacio de Livadia, que había sido la casa de verano del último zar de Rusia, Nicolás II, 

Allí, según relata Churchill (recordar que en 1953 ganó el premio nobel de literatura, no el de la paz que prefería, por su maestría para el relato histórico) Stalin pronunció su torpe sentencia donde pretendía disminuir la autoridad internacional del Vaticano en cuestiones de paz, algo que hasta hoy a gente como Donald Trump, y en versión subdesarrollada como Milei, les cuesta digerir. 

Los ejércitos en lucha se miden por sus potencialidades de daño y la pericia de sus conductores, mientras las visiones trascendentes lo hacen por la validez de sus principios para inspirar convivencias fructíferas. En esto, entonces, no podría ser dos visiones más divergentes. 

El programa nuclear soviético fue desenvuelto en secreto, mientras la inteligencia norteamericana informaba a su gobierno que los rusos no estaban en condiciones de tener la bomba atómica hasta por lo menos una década más tarde dado su atraso tecnológico e, incluso, su carencia de uranio en las cantidades requeridas y aun contando con lo que se habían podido llevar al ocupar Alemania, un volumen insignificante. 

La URSS detonó su primera bomba a fines de agosto de 1949 en el área de Semipalátinsk, en la República Socialista de Kazajistán, con una potencia similar a la arrojada en Nagasaki (20 kilotones), estableciendo así las bases de una forzada convivencia pacífica entre potencias que podían aniquilarse mutuamente. 

El régimen comunista lo hizo en tiempo récord por un lado contando con información científica robada a los EEUU y, por otro, mediante emprendimientos mineros uraníferos e instalaciones tecnológicas ultra secretos, dirigidos por Lavrenti Beria, el temible jefe de la KGB, designado por Stalin para para dirigir el programa nuclear soviético, lo cual exigía, además del despliegue científico y tecnológico, encontrar y producir la materia prima con recursos propios a cuyo efecto armó un sistema de gulags con trabajo esclavo y otras instalaciones en distintos puntos del país, desde Siberia a Kazajistán.

Similitudes y diferencias

El régimen nazi fue una dictadura asesina con un líder impiadoso que no ha tenido equivalente en la historia moderna no sólo por las decenas de millones de muertos que provocó sino por su esencia criminal, que construyó adhesiones fanáticas entre sus seguidores. 

La dictadura del proletariado de cuño soviético, al menos en lo declarativo, tenía una conducción colegiada que diferenciaba entre el partido y el gobierno, siendo el secretariado del PCUS quien indicaba la dirección de marcha en la construcción del socialismo mientras el funcionariado, en las áreas específicas de gestión, era el encargado de llevarlo a la práctica, sometido al control político del verdadero poder, muchas veces invisible para la gente común. Pasó de ser una presunta dictadura del proletariado a la del partido comunista y su nomenclatura dirigencial. 

El Primer Plan Quinquenal, lanzado en 1928, fijaba los grandes objetivos y desde su origen se propuso avanzar a marchas forzadas en el despliegue de una economía potente que rivalizara con el mundo capitalista organizada en base a criterios de productividad que buscaba coordinar internamente antes que competir

No hubo decisiones democráticas en esa política planificada que se basó en un régimen de trabajo de alta disciplina, aunque con caídas burocráticas en la productividad y consumos populares restringidos, compensados por una épica discursiva y patriótica que tuvo su punto más alto cuando enfrentó a la Alemania nazi. 

El Gosplán fue el organismo encargado de esa tarea y se enfrentó a enormes dificultades dada la magnitud de los desafíos que asumió, pronto contaminados de ineficiencias burocráticas de diverso tipo. 

Supuso el abandono de la NEP, la Nueva Política Económica que había inspirado el propio Lenin en 1921 cuando advirtió que, bajo ciertas condiciones, la flexibilización de las condiciones tanto para gestionar como para permitir comerciar, sumadas a la participación del capital extranjero, ofrecía opciones para dar el salto cualitativo buscado. 

En la visión del fundador de la URSS esa “apertura” podía contribuir a incrementar la productividad en áreas rezagadas o sometidas a condiciones tecnológicas muy limitadas por carencias de inversión en las proporciones necesarias que se requerían y podían ofrecer un mayor dinamismo productivo.  

Si así fuese, no termina de entenderse (teniendo en cuenta que la NEP es todavía un campo de estudio incompleto) porqué se afirma que Stalin anuló estos criterios estableciendo como prioridad del Primer Plan Quinquenal el despliegue de la industria pesada al mismo tiempo que tomó medidas inapropiadas en materia agrícola, provocando grandes hambrunas con enormes costos cobrados en vida humanas. 

Tal reordenamiento generó importantes resistencias y es entonces razonable preguntarse si las sucesivas purgas estalinistas entre los cuadros del partido y el Ejército Rojo no tenían como telón de fondo esas tensiones estructurales. 

Sucede también que el terror realimenta sus propias dinámicas. Al respecto recordemos que Robespierre fue guillotinado y Beria liquidado de inmediato por la nueva nomenclatura que se hizo cargo del partido tras la muerte de Stalin. 

En el XX Congreso del PCUS, en 1956, con Nikita Jrushchov como primer secretario del Comité Central del Partido Comunista y al mismo tiempo· presidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética, se inició la llamada desestalinización. 

Dicha campaña aportó abundantes argumentos utilizados ampliamente desde entonces para encuadrar la historia de esa revolución en un marco de ideas no inquietantes para el canon de la epopeya capitalista. Para eso es necesario equiparar a Hitler con Stalin, no es por casualidad sino por necesidad de reescribir la historia a conveniencia.

El cometido explícito de Hitler era aniquilar a la URSS, por eso las potencias occidentales lo dejaron hacer confiando en su propósito expuesto como teoría del espacio vital en su biblia demoníaca: Mein kampf (Mi lucha) que era leído y releído por el propio Stalin. 

Mentiras verdaderas

Iósif Dzhugashvili, nacido en Georgia, gobernó la URSS desde antes de su creación como estado pluricultural con Rusia como hermana mayor de las repúblicas que, con ella, constituyeron la constelación política más extensa del mundo. Ocurrió cuando Lenin aún no había muerto, pero estaba ya muy disminuido por los ataques cerebrales que lo afectaron sucesivamente tras el atentado contra su vida en 1918 que aparentemente no fueron la causa eficiente de su deterioro neuronal.

No se lean estas líneas como una reivindicación de la trayectoria de Stalin, lo cual está fuera de nuestro alcance, a favor o en contra. 

Es más bien una sugerencia de razonar los grandes enigmas de la política mundial, siempre con la intención y esperanza de sacar conclusiones útiles para enfrentar con inteligencia y sentido nacional nuestros propios desafíos

El dictador soviético es un personaje multifacético que no puede despacharse de modo simple, como decimos: a favor o en contra. 

Sólo revisando los acontecimientos y ponderando el conjunto de elementos que están presentes en cada episodio de su larga vida dirigencial podemos aproximarnos a una cierta comprensión de los hechos y circunstancias que enfrentó a lo largo de su vida. 

A todos los efectos nos permitimos recomendar el ensayo histórico del militar español Anselmo Santos, Stalin el Grande, editado por Edhasa, Barcelona, 2012, 700 páginas, una descripción que no le ahorra nada de lo brutal y trágico que tuvo su paso por este mundo, pero que intenta y logra en buena medida plasmar como una trayectoria fuera de molde. 

No hay allí nada del campesino ignorante con el que se lo pretende dibujar. Era sin duda un hombre práctico y sin debilidades a la hora de ejercer el poder, que es el eje de ese libro recomendado. 

Pero también alguien capaz de enviarle un sobre con su sueldo (que no gastaba dada su vida monacal) a la poeta Anna Ajmátova, quien le agradece y le dice que lo ha donado –a pesar de las enormes privaciones que padecía– a la Iglesia para rogar por la salvación de su alma. 

Una relación impensable, ni siquiera parecida, entre Hitler y sus víctimas. No obstante, el proceso de demolición continúa y al parecer resulta indispensable para quienes leen la historia con miras estrechas ancladas en los prejuicios del presente
El campo de la batalla cultural se amplía y abarca el pasado con la intención de modelar el futuro. No ceder a sus pretensiones de manipulación es una de las condiciones de la construcción de la necesaria alternativa que nos proyecte a un porvenir venturoso.

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