El martes 30 de marzo de 1982 la entonces llamada CGT-Brasil liderada por el líder del gremio cervecero Saúl Ubaldini convocó a una marcha hacia la Plaza de Mayo en contra del gobierno militar en lo que se convirtió en la primera muestra del debilitamiento del régimen de facto que había asaltado el poder en 1976. Bajo la consigna -aún vigente hoy- de «Paz, Pan y Trabajo, la dictadura abajo» el movimiento obrero organizado con Ubaldini y la llamada Comisión de los 25 se animó a convocar a una manifestación que tuvo su réplica en distintos lugares del país.
El desafío a los militares no fue gratuito. La represión en la emblemática plaza porteña fue brutal con miles de detenidos y en Mendoza fue asesinado el dirigente José Benedicto Ortiz, por entonces secretario general de la Asociación Obrera Minera Argentina (AOMA) que murió el 3 de abril tras las graves heridas provocadas por las balas de un fusil FAL disparadas un camión de la Gendarmería Nacional según pudo comprobarse muchos años más tarde. Desde el año 2012 un boulevard de la capital mendocina lleva el nombre de aquel dirigente minero asesinado.
La jornada de protesta nacional convocada por Ubaldini para enfrentar al gobierno militar profundizó el desgaste de un régimen que meses después de aquel año se lanzaba a una guerra ante los ingleses por la recuperación de las Islas Malvinas con el resultado ya conocido que terminó por acelerar la salida de los militares y llegada de la democracia el 10 de diciembre de 1983.
La masiva movilización del 30 de marzo de 1982 bajo una consigna pacifista fue organizada «a pulmón» en cada uno de los barrios porteños y en las distintas provincias del país por los militantes políticos que aún permanecían invisibilizados reuniéndose clandestinamente. Asimismo los trabajadores organizados en sus gremios -todavía intervenidos- también se prepararon para aquella marcha. Casi sin recursos, con volantes improvisados, con tizas y negro de humo para pintadas en las paredes se iba venciendo al miedo. Así los trabajadores y los militantes juveniles trabajaron y se movilizaron para enfrentarse a la represión de las fuerzas armadas en el marco de un clima «fin de ciclo» de un régimen de facto y genocida que había hecho desaparecer a 30.000 argentinos y argentinas desde aquel trágico 24 de marzo de 1976.
A 43 años de esa gesta emblemática del Movimiento Obrero Organizado, que es recordada como una de las manifestaciones más trascendentes de la historia contemporánea de la Argentina, por el momento en que se realizó, Y ahora qué? recogió testimonios de quienes estuvieron presentes en la marcha.
«Nunca llegué a la Plaza y la mamá de Walter no me saludó más»
“Aquél martes 30 de marzo de 1982 fuimos a la Plaza con la consigna Paz, Pan y Trabajo convocados por Saúl querido (por Ubaldini). A mediodía salimos desde la UB de Villa Lynch, en San Martín, y con nosotros quiso venir un chico de 15 años Walter Canedo. La mamá no lo dejaba así que tuve que ir a pedir el permiso y hacerme cargo; al final la convencimos y el pibe se vino. Tren a Federico Lacroze y subte B hasta la estación Uruguay. Por la avenida Corrientes solo pasaban celulares y camiones `neptunos` de la Policía Federal cargando gente a como diera lugar. En un momento uno de los móviles se detiene y nosotros nos metimos en un bar haciéndonos los boludos. No sirvió de mucho ya que a los pocos minutos entraron los policías y nos llevaron presos y tras recorrer las comisarías de la zona nos metieron en la 5ta de Lavalle y Ayacucho”, recuerda Néstor Otero militante de la Juventud Peronista de entonces.
El relato de Otero va marcando los momentos de aquel 30 de marzo de 1982 y como, desde distintos lugares, la gente se iba sumando para poder llegar a la Plaza de Mayo que estaba cercada por militares que además habían decidido cortar la ciudad desde la Avenida 9 de Julio hacia el bajo.
“La comisaría 5ta por entonces tenía un subsuelo gigante y adentro había un montón de gente. Allí nos encontramos con muchos amigos y compañeros de la JP como Jorge Narvaja, el `borracho` Marzuli, el `tano` Mafeo, entre otros; había de todo y hasta una señora mayor que estaba con las bolsas de las compras. Era cualquier cosa. La represión era dura y las detenciones indiscriminadas”, relata Otero y agrega: “A la noche aparece un vigilante preguntando quienes eran los de la Juventud Radical detenidos y unos 20 levantaron la mano. Los había venido a sacar una dirigente de apellido Rabanal al que le pedimos que nos sacaran a todos, pero se hicieron los giles.”
En su testimonio cronológico de los hechos Otero finaliza contando que: “Lo cierto es que nos tuvieron presos hasta el 2 de abril cuando a la mañana nos abrieron la puerta y nos dijeron que nos fuéramos. Teníamos hambre, pero estábamos bien. Con Walter, el pibe de 15 años, nos tomamos el subte para Lacroze para volver a San Martín y vemos pasar camiones llenos de gente festejando. No entendíamos qué carajo festejaban si hace dos días nos habían cagado a palos. Habíamos tomado las Malvinas y nosotros ni enterados. El fin de la historia iniciada aquel 30 de marzo fue el siguiente: yo nunca llegué a la Plaza y la mamá de Walter no me saludó más.”
«Las patrullas perdidas y un cumpleaños en cana»
Para Horacio Iturrioz ex dirigente de la JP de Capital el 30 de marzo de 1982 “había comenzado a gestarse desde fines de enero de ese año con reuniones de distintos dirigentes de la CGT-Brasil (Saúl Ubaldini, Roberto Digon, Horacio Alonso, Roberto Garcia, la gente de Farmacia) y las distintas `patrullas perdidas` y cuadros de la Juventud Peronista que procedían de las viejas organizaciones y que encontraron en esas reuniones un punto de contacto para unir voluntades contra la dictadura.”
Iturrioz agrega que “ya con la fecha decidida de la marcha se coordinaron distintas acciones para ir ganando la calle con la consigna Paz, Pan y Trabajo la dictadura abajo y la misma estaba presente en cada volante mariposa, comunicados en los baños de los bares y una gran volanteada del 20 de marzo en Plaza Miserere donde cantamos la marcha peronista y todo. Recuerdo entre otros presentes junto a nosotros a Tito Pandolfi y a Milcíades Peña.”
El ex dirigente de la JP porteña recuerda que “el 30 de marzo nos concentramos en la vieja Casa Muñoz frente al Hotel Castelar sobre Avenida de Mayo. de repente llegó una carga de la montada y nos refugiamos junto a la estatua de El Quijote hasta que el compañero Ariel (Carlino) sacó una bolsa de bolitas que tiramos al piso para que los caballos se resbalaran; uno cayó y aprovechamos para pelear mano a mano con algunos policías. Estábamos dispuestos a que no nos pasaran por arriba…”
“Luego llegaron refuerzos -recuerda Iturrioz- de la policía y decidimos replegar hasta reagruparnos en Montevideo y Corrientes pero en la corrida una compañera (Graciela) se cae al piso y cuando los milicos venían a pegarle dos compañeros de la izquierda la salvan y ahí empezó otra refriega. El Gordo Luis González comenzó a intentar dar vuelta un fitito y allí nos avisan que corriéramos mientras devolvíamos los gases lacrimógenos. Sin embargo, al Gordo Luis lo agarraron y cayó preso el mismo día de su cumpleaños.”
“Cuando no recordamos lo que nos pasa”
Héctor Chianeta otro ex dirigente de la Juventud Peronista de aquellos años recuerda que el 30 de marzo de 1982 “tenía la tarea de repartir unos volantes con la consigna `Basta` y la firma de la Juventud Peronista. La cita de la entrega de las cajas con los volantes era en un bar de Callao y Lavalle. Para llegar hasta ahí logré ´engañar a dos redadas de milicos que me pararon en el camino y yo con las cajas en la mano. Les dije que estaba trabajando y que no podía llegar tarde a entregar las cajas porque iba a perder el trabajo y los milicos me dejaron continuar. Todavía hoy pienso que me hubiese pasado si me pedían que abriera esas cajas. Finalmente los volantes llegaron a repartirse.”
Chianetta agrega en su recuerdo que: “El 30 de marzo sucedió lo que todos conocimos después: miles de personas caminando hacia la Plaza de Mayo y los militares reprimiendo con palos, gases, corridas, golpes, sirenas y enfrentamientos de muchos grupos con las fuerzas del régimen. Y como resultado mucha gente detenida. Todavía siento sobre mi espalda el filo de aquél bastonazo que un policía me pegó corriéndome por detrás luego de haber tirado una valla hacia los caballos de la montada que venían desde Belgrano hacia la Avenida de Mayo por la 9 de Julio. Era joven y corrí más rápido.”
“Días atrás cuando concurrí a la marcha de los jubilados al Congreso mi memoria emocional me remontó a aquella época de marzo del 82 y entre esa maraña y clima de sentimientos pensaba: nuevamente un gobierno cruel, sin corazón y esbirro de los poderosos que apela al odio y a la represión. Entonces recuerdo aquella canción del gran Lito Nebbia que dice que cuando no recordamos lo que nos pasa, nos suele suceder la misma cosa.
Son esas mismas cosas que nos marginan, nos matan la memoria, nos queman las ideas, nos quitan las palabras», subraya Chianetta.