¿Y ahora qué?

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Como hubo tablas, el más débil festeja

El Memorando de Entendimiento entre los Estados Unidos e Irán contempla un cese de hostilidades, la reapertura de Ormuz, fondos congelados, exenciones petroleras y una negociación de fondo sobre el programa nuclear iraní. La primera lectura política es fuerte: Israel queda relegado, las potencias intermedias ganan influencia y la relación entre Donald Trump y Benjamin Netanyahu muestra fisuras. Irán resistió, defendió su soberanía y logró sentarse a negociar sin rendición.

Según trascendió, Estados Unidos e Irán han llegado a un acuerdo, casi haciendo tablas, en camino a una solución estratégica. El entendimiento contempla un cese de hostilidades inmediato, estructurado como un Memorando de Entendimiento, que contiene tres fases.

La primera fase es inmediata: cese completo y permanente de todas las hostilidades en la región. También contempla el levantamiento del bloqueo naval norteamericano contra los puertos iraníes.

La segunda fase se desarrollaría durante 30 días. Incluye respeto a la soberanía y no injerencia en los asuntos internos de Irán; compromiso de no aumentar el número de tropas ni de activos militares presentes en la región; y la decisión de no imponer nuevas sanciones durante las negociaciones posteriores.

En esa misma etapa, Irán reafirma su compromiso con el Tratado de No Proliferación Nuclear y confirma que nunca producirá, desarrollará ni adquirirá armas nucleares. Estados Unidos, por su parte, proporcionará a Irán la mitad de sus fondos congelados, por un valor de 12.000 millones de dólares, con el compromiso de poner a su disposición la otra mitad en los 60 días siguientes.

El acuerdo también prevé que Estados Unidos otorgue exenciones de sanciones a las exportaciones iraníes de petróleo, gas y productos petroquímicos. Además, Washington iniciará consultas inmediatas con Israel para presentar un cronograma a corto plazo para la retirada total de Israel del Líbano. Irán confirma que reabrirá el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo comercial, de acuerdo con ciertos acuerdos específicos que determine Teherán.

La tercera fase, de 60 días, comenzará una vez que se hayan cumplido todos los términos de la fase inicial. Estados Unidos pondrá a disposición los 12.000 millones de dólares restantes de los activos iraníes congelados y presentará planes para un fondo de reconstrucción para Irán, por un valor de al menos 300.000 millones de dólares, financiado parcialmente por los Estados del Golfo. Este punto, sin embargo, aparece todavía en duda.

En esta fase, Estados Unidos e Irán debatirán una solución permanente a los asuntos relacionados con el programa nuclear, incluyendo el enriquecimiento de uranio, las reservas existentes y el futuro de las instalaciones nucleares. También iniciarán conversaciones detalladas sobre el levantamiento de todas las sanciones económicas contra Irán, incluidas las sanciones primarias, secundarias, norteamericanas y de la ONU, así como la retirada de todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y de la Junta de Gobernadores del OIEA contra Irán.

Vencedores y vencidos

La primera impresión de este acuerdo diplomático, hasta tanto se confirme el texto analizado, es que Israel ha quedado relegado de las negociaciones. 

La segunda es que las potencias intermedias —como Pakistán, Arabia Saudita, Egipto, Turquía y Qatar— han tenido voz y lograron cierta influencia para cerrar este Memorando de Entendimiento.

La amistad que parecía inquebrantable entre Trump y Netanyahu ya no parece tan sólida. Los intereses nacionales aparecen primero. 

La tercera impresión es que este acuerdo impactará sobre las agendas del G7, dentro de la Unión Europea, en el conflicto OTAN-Rusia y, seguramente, también en las elecciones de Estados Unidos, en noviembre, y de Israel, en octubre.

Al cerrar Washington una vía diplomática con Teherán, deja en claro que Israel ya no maneja el ritmo de la crisis. Para Israel, que el acuerdo no mencione el programa de misiles iraní ni el apoyo de Irán a sus aliados regionales es un problema serio. Pone en duda que puedan cumplirse las premisas con que se inició toda esta guerra: la destrucción del sistema gobernante iraní y de todas las capacidades militares de Irán y sus aliados regionales.

La gran duda existencial es si Netanyahu intentará recuperar iniciativa mediante más fuego regional sobre el Líbano. Irán sigue jugando al largo plazo. Israel responde de modo más táctico. Estados Unidos mantiene cierto control sobre el tablero regional, negociando no solo con Irán, sino también con sus aliados árabes del Golfo. Israel descubre los límites de su autonomía cuando depende de la potencia estadounidense. Veremos.

Israel, Líbano y Hezbollah

El capítulo libanés es uno de los puntos más sensibles. Si Estados Unidos debe iniciar consultas inmediatas con Israel para presentar un cronograma de retirada total del Líbano, el acuerdo no solo modifica la relación con Irán: también toca directamente el frente Israel-Hezbollah.

Para Netanyahu, el problema no es únicamente militar. Es político y estratégico. Si la guerra comenzó con la promesa de aplastar a Irán y a sus aliados regionales, un acuerdo que deja afuera el programa de misiles y los proxies iraníes representa un resultado incómodo. La pregunta es si Israel aceptará la nueva arquitectura de contención diplomática o si buscará romperla mediante una escalada en otro frente.

La situación muestra un dato más amplio: la capacidad de Israel para imponer su propia agenda regional tiene límites cuando Estados Unidos decide priorizar una salida diplomática. En ese tablero, Washington no abandona a Israel, pero tampoco parece dispuesto a subordinar toda su política regional a los tiempos de Netanyahu.

El desafío estratégico

Un desafío estratégico de más largo plazo sería pasar de este acuerdo básico a una arquitectura regional que incluya, de algún modo, una normalización más amplia entre los países influyentes de Medio Oriente: Irán, Turquía, Egipto, Arabia Saudita e Israel. Una arquitectura en la que ninguna potencia regional tenga la supremacía geopolítica y militar que hoy dispone Israel por el apoyo incondicional de Estados Unidos.

“Si los iraníes cumplen con este acuerdo, va a transformar fundamentalmente Medio Oriente durante los próximos 50 años”, dijo el vicepresidente J. D. Vance.

Esto no debe confundirse con los llamados Acuerdos de Cyrus, promovidos por Estados Unidos e Israel, que en el marco del acuerdo I2U2 —integrado por India, Israel, Emiratos Árabes Unidos y Estados Unidos— pretendían incluir a Irán e Irak si el régimen de los ayatolas era derribado y asumía Reza Cyrus Pahlavi.

Diseñado como un marco multilateral, al que llamaban I4U2, ese proyecto abordaría desafíos regionales más amplios, como la escasez de agua, la seguridad alimentaria y la seguridad energética. Su iniciativa estrella sería la creación de un corredor económico entre Irán e Israel, atravesando Irak y Jordania, para el comercio, la energía y las comunicaciones por fibra óptica.

Ese proyecto restablecería a Irán como centro de comercio global y aportaría enormes beneficios a las economías de la región y a millones de sus habitantes. El corredor de Irán a Israel se conectaría con el plan del IMEC, una ruta que une la India con Europa a través de los Estados del Golfo e Israel, convirtiendo a la región en la confluencia de ambos corredores. Por ahora, todo esto no parece posible.

El programa nuclear iraní

Los asuntos nucleares serán el debate de fondo. Allí se rescatan cuatro puntos principales de negociación: cuánto tiempo puede suspender Irán el enriquecimiento de uranio; el futuro de las reservas actuales de uranio enriquecido; el destino de las instalaciones nucleares iraníes; y las futuras inspecciones del programa nuclear.

Arriesgando algunas ideas sobre la mesa, Irán podría proponer “diluir” el uranio enriquecido, reduciéndolo de su concentración actual del 60% a valores cercanos al 10%, propios del uranio usado en centrales nucleares. El problema de fondo es quién controla todo ese proceso, en qué cantidad y si solo habrá funcionarios de la OIEA, el Organismo Internacional de Energía Atómica, que preside el argentino Rafael Grossi.

A partir de allí surgirán muchos otros problemas técnicos y políticos a resolver.

En los casi cuatro meses transcurridos desde el inicio de esta guerra, los líderes iraníes demostraron capacidad para resistir ataques demoledores de la muy poderosa fuerza militar combinada de Estados Unidos e Israel, cerrar el estrecho de Ormuz, paralizar los mercados energéticos globales y abrir una grieta profunda entre Trump y Netanyahu.

Por el momento, debe destacarse la defensa cerrada de la soberanía nacional que ha ejercido Irán, independientemente de la visión que cada uno tenga sobre su régimen interno. Es lo mismo que está sucediendo con todas las potencias intermedias y en muchos países de África.


Ricardo Auer es analista de riesgo geopolítico y miembro del Grupo Juncal.

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