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Y sonó el despertador

En tiempos de fútbol globalizado, apuestas en línea, nacionalismos fáciles y prejuicios amplificados por las redes, el autor propone separar la belleza del juego de los manejos oscuros que lo rodean. Ni los jugadores ni el país merecen quedar atrapados en la basura de una maquinaria que convierte todo en mercancía, morbo y consumo.

Los sueños, sueños son, dice Calderón de la Barca en su célebre obra. Y el Mundial fue un sueño del que, al despertar, nos deja el subcampeonato, que parece poco y es mucho. Terminó el máximo torneo del fútbol y la Argentina ganó con pleno derecho el rango del subcampeonato. Todas las esperanzas depositadas sobre el seleccionado para obtener una cuarta Copa del Mundo se vieron frustradas, pese a que lo realizado es enorme y casi que revista en la categoría de milagro.

Por querer lo más, de puro anhelo, no se valora todavía lo logrado.

El exitismo es, claramente, uno de los vicios vigentes de la cultura dominante, bajo el paraguas que imponen los rituales consumistas característicos de la competencia monopólica que rige las relaciones comerciales y los hábitos de consumo en nuestra época. Entre ellos brilla el fútbol, pasión de multitudes, cada vez más comercializada, televisada y aprovechada por los poderes que se reparten las influencias mundiales.

Viene desde hace décadas, pero crece con la fluidez comunicacional acelerada por la dinámica de la globalización que rige las transacciones de mercancías y servicios, aunque se contrapone con la rigidez y la poca diversidad de las ideas que justifican el orden establecido y sus hegemonías. No se imponen por su brillo.

Abundan otras opciones culturales, ya que la creatividad humana es un campo extraordinariamente fértil, pero masivamente se imponen aquellas que son aptas para su repetición exitosa.

No se trata, en general, de fenómenos espontáneos en las preferencias del público, sino de productos seleccionados y funcionales para su difusión mundial, garantizando —hasta donde se pueda— la sagrada rentabilidad corporativa, que es la condición de ampliación constante del circuito de consumo.

El mercado como credo

En la ideología dominante que funge como credo económico, el lugar central es ocupado por el mercado, una idealización de juego limpio donde rara vez se plantea la sustancialidad de los consumos. Por ejemplo, parece más importante acceder a un teléfono móvil o a unas zapatillas de marca que a una buena nutrición.

La calidad de los productos, incluyendo los espectáculos, se invoca como recurso publicitario sin correlación con su esencia y estando ausente de un vínculo claro con la educación y la mejora social.

Hablamos del deporte en general y del fútbol en particular ante la evidencia de su impacto en los circuitos comunicacionales. Allí mismo empiezan las confusiones respecto de su significado para la vida social, poblada de ilusiones y trajinada de esfuerzos y dolores.

El espectáculo futbolístico se vuelve accesible a escala planetaria para una mayoría inmensa de personas que acceden a él a través de un aparato casero o grupal reproductor de imágenes, con el contrasentido que supone invocar grandes ideales y, al mismo tiempo, permitir la publicidad de apuestas online, estímulo directo para la ampliación de adicciones.

Así, un deporte excelso se convierte, mediante la observación pasiva, en una “actividad” sedentaria no exenta de pasión y vivencias sobre las que se vuelcan aspiraciones muy superiores a las que esa práctica puede brindar.

Cantar una parte del himno nacional le confiere una coartada patriótica que expresa, a su vez, la ilusión de una pertenencia que presume perfeccionarnos como grupo humano diferente de otros, con todas las confusiones que trae consigo el nacionalismo como ideología. Este no se parece en nada a la condición nacional que supone construir una comunidad solidaria que se extienda al conjunto del género humano, asumiendo como positivas y enriquecedoras todas las diferencias culturales que identifican a los pueblos.

La belleza deportiva del fútbol, con 22 humanos corriendo tras un balón cuya posesión exitosa culmina alojándolo en el arco rival, hace posible toda esta manipulación del interés colectivo.

La belleza del juego

No se le puede reprochar, entonces, a este deporte maravilloso el uso que de él hacen intereses económicos muy poco transparentes.

Ni el disfrute de su juego, aun como espectadores, admite culpa alguna.

Tampoco es cuestionable el papel de los jugadores, sobre quienes se ha intentado volcar responsabilidades claramente injustas, construyendo aparatosas historias de villanos para alimentar las audiencias de países con mayor capacidad de consumo.

Bien podría leerse, en cambio, la trascendencia mundial que han alcanzado la mayoría de los integrantes de la selección nacional jugando en los mejores equipos del mundo como un legítimo y reconocible esfuerzo, muchas veces ejemplar. Más aún en el caso de Lionel Messi, cuya presencia en el Inter de Miami desde hace dos años ha promovido la actividad en los Estados Unidos.

O, en todo caso, lamentar que nuestro país no les haya ofrecido a estos eficaces embajadores condiciones similares para jugar en los clubes locales, asumiendo no obstante que la compraventa de jugadores es un aspecto no menor de la globalización y monopolización del fútbol como negocio. Tampoco puede serlo su denigración, llegado el caso, para bajarles su cotización.

Manejos oscuros

Toda la basura contra la Argentina y los jugadores volcada en las redes antes y después del partido con España forma parte de los manejos oscuros que se hacen de este deporte-espectáculo. Pero recrudeció al acercarse la final y tras mostrarse el cartel sobre Malvinas luego del triunfo sobre Inglaterra.

En nuestro país y en muchos otros, el fútbol se vive como práctica social desde la infancia. Los clubes barriales son instituciones, en su mayoría, de eficaz contención social y muy valioso complemento educativo.

Esa proliferación de opiniones negativas, que no podían dejar de repercutir en nuestro país, tiene en común la conveniencia de alimentar el morbo colectivo como mecanismo de manipulación antes que promover ideales de fraternidad más que necesarios en nuestra época. Y no vale solo para la dolencia que nos es propia.

Algunas voces ponen visiones nefastas sobre nuestro país que en otras circunstancias no se expresarían tan crudamente.

Tal es el caso de actores como el notorio Samuel L. Jackson Jr. o el español Javier Bardem, boicoteado por las grandes cadenas por sus críticas a Israel, ejemplos de personalidades que, a nuestro parecer, confunden el actual gobierno argentino y su explicable origen con nuestro pueblo, repudiando al país en la persona de su selección de fútbol.

Pecan de antiargentinismo cuando apenas son antimileístas.

Una confusión similar parece tener Yanis Varoufakis, el conocido economista greco-australiano, cuando denuncia a nuestro equipo, seguramente pensando en Milei, por vicios de comercialización y corporativismo, cuando esa es una característica del dispositivo mundial. Y, en el colmo, elogia el “multiculturalismo sano” de la selección española, adhiriendo a la ridícula acusación de racismo que se vertió con tanta saña como error sobre los nuestros. Otro que aplicó igual enfoque fue el basquetbolista norteamericano Etan Thomas en The Guardian, en una nota para consumo inglés que nos dice poco.

Cabe preguntarle: ¿multiculturalismo o aprovechamiento del anticolonialismo supérstite? Tal vez no tan apropiado para España como para otras selecciones europeas.

Evidentemente, con opiniones tan flojas, no nos sacaremos de encima la plaga actual con la comprensión externa. Depende de nosotros nomás.

No por errado en esta cuestión vamos a dejar de leer las agudas críticas que tan acertadamente expone Varoufakis al manejo monopólico a escala mundial, pero sí podemos comentar que no se puede tener razón siempre opinando sobre todo, todo el tiempo. En alguna la pifiás feo seguro, como es el caso.

El mestizaje que no miran

Para cerrar, una pizca de humor gráfico. Consiste solo en ver la foto del presidente de la AFA, sin perjuicio de sus problemas judiciales, que es todo un desmentido al racismo que nos adjudican. El que existe aquí tiene formato clasista, pero sobre eso no opinaron. El mestizaje argentino, que incluye poblaciones indígenas, inmigrantes de los más diversos orígenes y los afrodescendientes que heredamos del sistema esclavista, es muy anterior al “sano” multiculturalismo que descubre Varoufakis.

Lo que sí se puede mencionar, para pensar, es que Claudio Tapia fue la única personalidad argentina destacada en la entrega de premios.


(*) Nota del autor sobre el título: “Y sonó el despertador” es un tango de Malvin, seudónimo de Elizardo Martínez Vilas, de 1944, que inmortalizó Alberto Castillo. Puede escucharse aquí:

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