Parar la pelota y ponerse a pensar, a punto de empezar el Mundial, puede parecer al menos desubicado. Sin embargo, en tiempos de desconcierto y fragmentación también resulta propicio preguntarse acerca de los principios sobre los que estamos perdiendo el centro de gravedad, o sea el fundamento organizativo de cada sociedad humana.
Todo parece transcurrir en la misma dirección en la que veníamos: hacia el caos que provoca desmantelar instituciones que, con toda seguridad, debían ser mejoradas para que cumplan mejor sus funciones al garantizar la convivencia civilizada.
Un caos con apariencia de orden, dado que viene envuelto en una fortísima acción mediática para presentar como avances lo que en realidad son retrocesos.
Lo tengan o no claro en sus cabezas los voceros libertarios, con sus acciones crean un cierto “ambiente” que en realidad es parálisis y degradación de las condiciones de vida. Frente a ello existe la necesidad de un orden dinámico que debiera establecer objetivos de integración social y cultural, elevando de modo sostenido las condiciones de vida de la población.
La propiedad privada como culto
Uno de los últimos pasos en este proceso destructivo que padecemos es el intento de sacralizar la propiedad privada como objeto de culto de tipo religioso, o sea algo en lo que hay que creer sin análisis crítico.
Se trata de fundar otra iglesia que ya tiene muchos defensores: la congregación del dinero. Pueden buscarse sus raíces históricas en las creencias calvinistas, la rama protestante que destacaba al éxito material como una demostración de cumplimiento de la palabra de Dios.
Pero, independientemente de esos antecedentes antiguos, es más bien una suerte de religión que se expande velozmente en esta etapa que vive la humanidad, de alta productividad y escandalosa concentración de la riqueza.
Tal es la escala de la centralización y concentración de los recursos resultantes de la combinación que supone el progreso técnico aplicado al incremento de la producción de bienes que, desde una mirada ingenua —y no tanto en otros casos—, tiende a confundirse con progreso.
Obviamente, depende de lo que entendamos por avances reales de la comunidad humana. Si por progreso se asume que la expansión de la producción y de los medios de pago y crédito —es decir, de las finanzas— son un bien en sí mismo, podemos incorporarnos sin culpas a esta nueva y simplista corriente del sentimiento religioso, que no tiene nada de trascendente y ya ha sido estigmatizada por la verdad popular de que nadie se lleva sus riquezas a la tumba.
Que en el siglo XIX se creyera todavía en el progreso indefinido vaya y pase, pero no en el XXI, cuando la información sobre la persistencia de enormes masas desposeídas está a disposición de quien quiera verlo. Y lo decimos teniendo en cuenta las almas bellas que creen que la disminución de la pobreza extrema cuenta como avance real de la humanidad.
El destino universal de los bienes
Una institución religiosa como la católica, con algo más de prestigio que las lucrativas que proliferan últimamente, lo ha resuelto en el plano doctrinal con el potente enunciado del destino universal de los bienes.
Pieza clave de la doctrina social de la Iglesia, magisterio que se ejerce como indicación de conductas comunitarias sin que forme parte del cuerpo dogmático de las creencias básicas —al igual que la búsqueda de la justicia social—, tal enunciado resulta altamente perturbador para quienes quieren apropiarse de todo, hasta de la fe de la gente común.
Más sólido es sostener que el principio sobre el destino universal de los bienes implica que ellos deben estar al servicio de todo el género humano.
De este modo, se impone sobre el derecho a la propiedad privada —que es de naturaleza subordinada— y con ello establece un cuadro conceptual que choca inevitablemente con las ideologías que pretenden imponerse hoy como hegemónicas y, por lo tanto, “verdaderas”, en una relación de fuerzas donde el número de personas con derechos se confronta con las pretensiones de los multimillonarios de ejercer su poder sin limitaciones incómodas.
De allí que haya que reconocerle el aporte al nuevo vecino de Barrio Parque, Peter Thiel, quien, fuese por sinceridad o por jactancia, se deschava cuando dice que no cree en la democracia. ¿Cómo va a creer si es a través de ella, obviamente perfeccionada, que su poder actual va a ser sometido a regulaciones que lo pongan en su lugar?
Regulaciones, mercado y democracia
A propósito de las regulaciones, repitamos algo a lo que ya nos hemos referido antes: sin regulaciones sensatas, el mercado degenera en anarquía y eventualmente violencia. Por eso es un verdadero despropósito haber creado todo un Ministerio de “Desregulación” a cargo de un personaje tan bizarro como la repartición a su cargo.
Que dichos protagonistas sean grotescos no quiere decir que no hagan daño. Eso tenemos que asumirlo en toda su gravedad.
En la monserga primitiva del libertarismo —lo sofisticado y peligroso es su aplicación modeladora de las opiniones políticas mediante el establecimiento de un verdadero cuadro de confusión general— el mensaje es tan simple que llama la atención.
No tienen casi nada sublimado y expresan sus intenciones de un modo prepotente y brutal. Por allí es donde hay que buscar para encontrar su parentesco con los regímenes totalitarios que aparecieron en el siglo pasado y causaron tanto daño.
Dicho de otro modo: que lo payasesco de la puesta en escena del actual dominio desintegrador no nos impida ver la sustancia de su designio político, que consiste en administrar tanto las ansiedades como las necesidades sociales, primarizando no solo la estructura productiva sino también la propia complejidad y diversidad de nuestra comunidad nacional.
Hasta el derecho liberal admite, mediante la expropiación por causa de utilidad pública, una limitación importante para el ejercicio del derecho a la propiedad privada. Establecer los límites es tan importante como reconocer las prerrogativas inherentes a la condición humana.
Con esas tradiciones doctrinarias, filosóficas o religiosas, la disponibilidad de bienes de producción implica ante todo una responsabilidad por parte de quienes son titulares del derecho de propiedad, puesto que se corresponde con la obligación de servir al bien común. De allí que en numerosas ocasiones se invoca el impuesto a la tierra libre de mejoras como una sanción a quien detenta bienes que resultan improductivos por falta de trabajo e inversión.
La libertad como condición concreta
Por estas razones apenas evocadas, suena tan anacrónico el actual intento de sacralización de un principio que ya está garantizado por la Constitución Nacional y que, como no puede ser de otro modo, no se encuentra en el primer rango de los derechos fundamentales, que son la vida y sus condiciones de existencia —alimento, vestido, habitación—, la movilidad territorial sin pedir autorizaciones, la expresión de las ideas, la profesión sin obligaciones electivas de las creencias religiosas y, también, la elección de los gobernantes mediante procedimientos democráticos y participativos, entre otros, como basamento de una convivencia respetuosa y mutuamente constructiva entre semejantes.
Debido a la desmesura en la negación práctica de estas premisas, resulta necesario para quienes hacen el trabajo sucio de los poderosos a escala mundial invocar, aunque parezca ridículo, el presunto riesgo del comunismo y el socialismo.
Recapitulando: así como es indispensable regular la convivencia social —tal el sentido de contar con un cuerpo legal— para evitar el retroceso hacia formas primitivas de agresión mutua y el dominio de unos sobre otros, también es necesario establecer una jerarquía de principios rectores sobre los cuales se asiente una convivencia fecunda, donde el esfuerzo compartido justifique también formas de distribución de la riqueza que den sustento al ejercicio de las libertades personales que, de otro modo, quedan inaplicadas en el plano abstracto de las buenas intenciones.
La libertad ficticia que implica declamarla sin crear condiciones concretas para su ejercicio no es verdadera libertad.
Es apenas una caricatura, una coartada o, en el peor de los casos, un arma para someter a los sectores más desfavorecidos a los dictados de una minoría que se autotitula como el vértice de una sociedad que, para dominarla, somete a las mayorías a formas diversas de tiranía que lamentablemente no han desaparecido aún de las prácticas históricas.
Tal vez la conciencia de los riesgos nos despierte a tiempo.