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El odio es malsano y contagioso

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Ninguna religión predica el odio y la violencia contra otros seres humanos. Invocar “fuerzas del cielo” para dividir la sociedad y empobrecer a trabajadores y jubilados es una política perversa que debe ser desenmascarada. Y el veneno del individualismo perforó todas las capas sociales.

Tuvo que venir Milei para que advirtiéramos la profundidad del daño que significa regir la vida social por el odio.

No es que fuésemos completamente inocentes al respecto o que lo ignoráramos, claro que no, pero ante la evidencia de la monstruosidad tenemos una magnífica oportunidad para revisar décadas de desencuentros y diferenciaciones absurdas.

Al mismo tiempo, al vernos claramente reflejados en el espejo, por alterado que esté el instrumento de observación, no podemos seguir funcionando con los mismos procedimientos para trasmitir análisis y propuestas.

El avance en la compulsa fina de los estados emocionales y de opinión sobre la población ha aportado, sino algo nuevo, un elemento y sobre todo una magnitud que no estábamos considerando lo suficiente en la determinación de las conductas políticas. Se trata del aislamiento que genera el individualismo imperante.

Es algo que tiene que ver, por supuesto, con la ideología, pero que en realidad está debajo de ella, sosteniendo el cuerpo de ideas en el que depositamos nuestro conocimiento del mundo.

Es el núcleo de prejuicios que todos, absolutamente todos, tenemos. Se trata de juicios previos y ocultos. Es decir, anteriores al razonamiento.

La diferencia es si los advertimos, y al hacerlo también los reconocemos y confrontamos con los valores que ordenan nuestra conducta o, por el contrario, nos dejamos determinar por ellos. En el primer caso, los ponemos a raya; en el segundo, los consentimos dejándolos operar de modo constante o subterráneo. Algo peor que un insulto a la inteligencia.

Esto último es lo que le ocurre hoy a la inmensa mayoría de la población. Damos por sentado que lo que pensamos es lo correcto y dejamos que nuestras reacciones sean rutinarias frente a los estímulos que nos llegan como información.

Dicho con algo de humor: las sociedades no están constituidas por filósofos y sociólogos que despliegan su arsenal de revisión, crítica y ordenamiento de los datos que provocan nuestras reacciones.

Las integran personas sobre quienes converge, ante todo, una relación de fuerza invisible que, apenas tomamos conciencia de que hay algo más allá del hogar materno, nos ubica en determinado lugar.

El aprendizaje de la convivencia viene con esa carga incluida.

Las escuelas, si no están manejadas con la profesionalidad y equilibrio que la educación requiere, se convierten así en la primera prisión invisible a la que estamos encadenados.

Lo era también el barrio, con ciudades más pequeñas y vecindades más cercanas, pero ya se ha ocupado la especulación inmobiliaria de amontonarnos en pisos superpuestos horizontalmente donde el vecino es un testigo incómodo y, muchas veces, un antagonista larvado.

El veneno del individualismo ha permeado en la historia y en todas las capas sociales. El colonialismo lo instaló en los pueblos sometidos y se convirtió en creencia oficial tanto del imperio inglés (que subsumió la primera expansión holandesa) como de su principal establecimiento en América, cuya independencia fue una fase expansiva del propio sistema capitalista, en parte retardado hasta ese momento por las formalidades ahistóricas de las monarquías oligárquicas (léase parlamentarias) y sus sistemas de gobierno.

Nada que no sepamos, pero que hay que repasar para intentar entender cómo llegamos al embrollo actual.

Como bien explicó Weber, aunque probablemente con otra intención pedagógica, la ideología individualista empalmó con la multiplicación de iglesias protestantes y se justificó con presunciones de fe que bendijeron los dispositivos de poder y expoliación a escala mundial.

No es que la Iglesia Católica estuvo indemne de ello, porque también fue contaminada –y lo es todavía– entre otras razones por la necesidad de adaptarse a las diversas realidades donde predica su mensaje de salvación.

La propia expresión “católica”, desde los primeros siglos del cristianismo, indica su búsqueda universal e implica una tensión constante en su seno y en el ejercicio de su compleja y siempre delicada relación con los gobiernos civiles.

Cuanto más fue “religión de estado” más se apartó de su cometido católico, de totalidad universal.

La deriva protestante

Pero, a su vez, las “grandes” corrientes del protestantismo, desde su origen luteranas, calvinistas o anglicanas, se mantuvieron dentro de los parámetros de religiones más o menos oficiales, establecidas y reconocidas por los poderes civiles que interactuaban regularmente con ellas. Y cuando no fue así, hubo largas guerras que desangraron Europa.

Las primeras proliferaciones en iglesias que se declaraban protestantes (más tarde con el matiz evangélico), que no reconocían jerarquías externas, fue generando un complejo tramado de realidades diversas.

Así, del anglicanismo aparecieron los presbiterianos separatistas, (lo eran los pasajeros del MyFlower), influidos por el calvinismo y sus iglesias reformadas, que se fortalecieron en el Nuevo Mundo, donde también hicieron pie, entre otros, bautistas y metodistas, con distintas formas organizativas, más o menos centralizadas en su conducción, respondiendo a la diversidad de un país enorme cuya expansión hacia el oeste se quedó con la enorme territorialidad de la colonización española que su heredero natural, México, no estuvo en condiciones materiales de defender.

Paralelamente y con grandes diferencias entre sí, aparecieron cuáqueros (con origen inglés y amplia autonomía regional y doctrinal), mormones desde 1820 en Nueva York y, medio siglo después, desde Pensilvania, los testigos de Jehová, con una teología más divergente de las tradicionales protestantes.

El hilo conductor para entender es la potencia expansiva del capitalismo estadounidense, dicho con el máximo respeto por cada confesión en particular, porque es observable el fenómeno de la proliferación en sincronía con la expansión territorial y la construcción de una potente economía industrial.

Numerosas iglesias, en su mayoría protestantes, se instalaron a lo largo y ancho de país gigante, con lógicas evoluciones propias y junto con cada radicación de poblaciones a lo largo y ancho de un continente entero, siempre hubo un templo en el diseño originario de cada localidad.

Pero fue en la última cuarta parte del siglo XX cuando aparecieron, de la mano de la tecnología, las megaiglesias que vemos hoy, como emprendimientos muchas veces exitosos en el plano económico, que atendían a las humanas necesidades de asistencia espiritual no sólo en los Estados Unidos sino en toda América.

Como vimos en Brasil el domingo pasado, estas iglesias cuentan con gran poder sobre los electorados y lo hacen ya desvinculados de los grandes relatos de sus predecesoras, exhibiendo con enorme eficacia la contención y devoción de fieles a los que el sistema competitivo e individualista pone a prueba todos los días en sus convicciones.

El ecumenismo que recuperó la Iglesia Católica, tanto en América del Norte como del Sur, luego del Concilio Vaticano II, la lleva a convivir con todas las expresiones religiosas existentes, relación que sigue siendo más compleja en el caso de estas megaiglesias aparenciales.

Nadie la tiene fácil, cuando se trata de redimir en serio al género humano, pero es mucho más exigente para quienes se referencian en el Libro tras un enorme y paciente trabajo hermenéutico de siglos. Las iglesias al uso son, desde este punto de vista, mucho más funcionales y menos eruditas.

Con todo, la Iglesia Católica estadounidense es la primera en número de adherentes, con poco más del 20% de la población. Las iglesias protestantes tradicionales que hemos mencionado agrupan el 15%, pero las de nuevo tipo, llamadas evangélicas reúnen, agrupadas a los efectos de ver su incidencia cuantitativa, llegan al 25%, sin indagar en detalle entre sus afinidades y diferencias, y tienen más en común entre sí en sus estilos apostólicos que con las primigenias.

Sin duda, la gran potencia del norte es un país de creyentes. En la Argentina, el porcentaje de población que adscribe a alguna religión está entre un 70 y 80%, pero curiosamente un 90% declara participar, al menos una vez al año, de alguna práctica de tipo religioso.

Obviamente aquí la mayor pertenencia es católica, un 58%, pero con fuerte descenso en jóvenes (y a pesar del protagonismo que tienen en las marchas a Luján y otras manifestaciones de fe en el interior), mientras los evangélicos, en expansión, suman 17%. Otras religiones convocan 3% de adhesiones, incluyendo judíos, islamitas, mormones, testigos de Jehová, etc. Si los porcentajes no están forzados, dado que son mediciones complejas, la diferencia da casi un 22% que declara no tener filiación religiosa.

Todas las religiones apelan a la espiritualidad y, se supone, lo hacen para elevar el nivel de conciencia y sentido de la trascendencia. Ninguna propone el odio como forma de vida, esa es una inconfesada marca que tiene el elenco gobernante hoy en la Argentina.

La impostada adhesión del presidente al judaísmo está teñida de oportunismo geopolítico y es claramente artificiosa su adscripción a grupo belicista que gobierna Israel, reñido a su vez con las Escrituras. Porque una cosa es la legítima defensa y otra bien distinta es el expansionismo y la expulsión de campesinos de sus tierras ancestrales para ampliar territorialmente un estado racista que practica la discriminación por sistema.

Es un asunto que no requiere demostración, está a la vista de quien quiera verlo, pero, una vez más, viene a cuento aquello de que vemos lo que queremos, lo que nuestras emociones pueden procesar como tranquilizador. Aunque implique practicar el apartheid y utilizar la religión como escudo de odio.

Dicha confusión es grotesca y éticamente inaceptable, pero es también una forma de aprovechar la confusión que impera en nuestras mentes, con un mundo como el actual que parece haber perdido el rumbo.

Recuperarlo es al mismo tiempo una tarea que requiere introspección, para desechar de nuestro corazón todo lo que nos haga ver a otro ser humano como un enemigo, siquiera fuese potencial y, como requisito convergente, exige acción pública para que los atropellos a la condición humana queden a la vista de todos.

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