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La nueva derecha está inundando la zona de mierda aunque provoque risa

POR

Steve Bannon, el maestro de los libertarios.

Los libertarios presentan el triunfo de Bolsonaro Jr. en la primera vuelta como una victoria propia para disimular la gravedad de la crisis argentina. Es el viejo truco de la desinformación. Corresponde tomar en serio la cuestión de fondo, pero también ponerlos en ridículo porque, como sugirió Steve Bannon, están inundando la zona de mierda.

Sea calificada como ultra liberal o libertaria en lo económico y social, promotora tanto de la jibarización del Estado como de la consecuente batalla ideológica que la justifique, continúa avanzando en muy diversas latitudes la “nueva derecha”. Y lo hace especialmente en América Latina donde, a diferencia del pasado inmediato, exhibe con obscenidad su vocación por el despliegue de un populismo autoritario que se haga con la suma y el control de los poderes públicos, suspenda garantías constitucionales y viole sistemáticamente los derechos humanos.

La derrota de Lula en la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas significa no sólo un fuerte movimiento expansivo del neofascismo sino también una grave ratificación de la tendencia. Y la política, entonces, continuará exudando discursos de odio a cargo del “outsider”de turno para cumplir a pie juntillas con la recomendación de Steve Bannon, esto es, para “inundar la zona de mierda (flood the zone with shit)”. En efecto, quien fuera uno de los asesores preferidos de Trump recomendaba contribuir a la confusión general y la banalización aparente de la política mediante denuncias altisonantes referidas a la inseguridad, a los supuestos problemas derivados de las reformas sociales y a la presunta laxitud con que se tratan cuestiones decisivas como el control migratorio.

Todo esto participa de la Batalla Cultural, aquello que vertebra el discurso político e institucional de la ultraderecha contra la “hegemonía progresista”, el “marxismo cultural”, la “ideología de género” o la cultura woke. Con la intención estratégica de lograr la hegemonía (en términos gramscianos, pero dados vuelta y merced a una praxis política concreta) la ultraderecha confronta sistemáticamente a la “justicia social” (para Milei, un robo) con los valores de la meritocracia, la propiedad privada y (haciendo caso omiso del oxímoron) la ética del mercado.

Volver a los clásicos

Los libertarios aspiran, como en Argentina, a que el Estado se desprenda de las estructuras vinculadas a las políticas de género, a que impere la prohibición del lenguaje inclusivo en la administración pública y sea rechazada explícitamente la agenda woke. Para eso no hay reglas: también sirven los triunfos ajenos, las maniobras distractivas como la reivindicación de símbolos tradicionales, pero sobre todo el desfinanciamiento de instituciones culturales, académicas y científicas muy proclives a convertirse en peligrosos centros de un supuesto “adoctrinamiento ideológico”.

Si no hubieran sido instrumentados por la concentración económica a escala internacional, por el puñado de conglomerados financieros e industriales que poseen la capacidad de dictar las reglas del juego geopolítico, incluso condicionando el margen de maniobra de los Estados nacionales menos desarrollados, a los libertarios no se los podría tomar en serio. Pero están allí, recibiendo estímulos de todo tipo de sus mandantes, organizándose y difundiendo un axioma básico bastante simple y falaz: el único amor de veras es el que se profesa por el dinero.

Los escándalos que acompañaron al Gobierno de Milei desde su arranque ($LIBRA, presuntas coimas en la ANDIS, acopio de alimentos en el Ministerio de Capital Humano, cobro de aportes e irregularidades en el PAMI, y un largo etcétera) parecen corroborarlo. Aunque también es preciso ensayar otra mirada, la provista por quien fuera entendido como una de las máximas figuras de la Grecia clásica. En efecto, Marx consideró al comediante Aristófanes un creador capaz de retratar, apelando a la sátira política, un orden histórico agonizante, mientras Nietzsche fue quien simbolizó una suerte de antídoto, el vitalismo dionisíaco saliendo al encuentro de la moralina abstracta y decadente de su entorno.

Dos pensadores con pocos puntos en común, ciertamente, pero también con algunos de contacto, vieron en Aristófanes referencias a uno de los ejes de lo que sería luego el neoliberalismo exacerbado actual, anarco capitalista o libertario, que ya en sus tiempos era motivo de preocupación. Por eso Aristófanes en su obra Pluto(Dinero, Riqueza) muestra en escena al dios “Dinero”, tanto un personaje como el dinero concreto. Dinero había quedado ciego por imposi­ción de Zeus, quien deseaba evitar que distin­guiera a los malos de los buenos y se pusiera al servicio de estos últimos.

Entonces aparecen dos personajes entrañables, Crémilo y Carión, que convencen a Dinero de que no sólo puede recu­perar la vista y servir a los buenos, sino también que es más poderoso que Zeus. ¿Por qué? Una primera respuesta la da Crémilo: anticipándose casi 2.500 años a las intensas campañas de propaganda para que la comunidad se acepte ferozmente degradada. Dice: “de las putas corintias se cuenta que, cuando las busca un cliente pobre, no le hacen ni caso. En cambio, si es rico, al instante se ponen hasta de culo”. Por su parte Carión agrega: “de los mu­chachos se cuenta también que hacen eso mismo, no por cariño a sus amantes, sino por dinero”.

Obras como Pluto(Dinero, Riqueza), estrenada en el 388 a. de C. y la última de Aristófanes, fascinaban a Marx. Para delicia de sus espectadores y la posteridad, en esa comedia el dios de la riqueza es inicialmente ciego, y por lo tanto reparte los bienes de manera injusta. La ceguera del dinero (o sea, la hipótesis de un dinero que por su propia naturaleza no puede asumir una conducción política peronista, por decirlo así) explica su comportamiento como una fuerza fantasmagórica que trastoca las relaciones humanas, hasta que recupera la vista, la capacidad de ser objeto de regulación estatal o de funcionar como una de las herramientas para la redistribución de ingresos.

Por una buena despedida

Apenas conocido el resultado de las elecciones brasileñas, el saludo de Milei a Bolsonaro por las redes, además de elocuente, fue de una descontrolada euforia: “Zurdos empobrecedores, córranse que estamos intentando darle brillo al continente”. También subió una manifestación de filotrumpismo en estado de máxima pureza: “DE MANUAL…!!! Pierde un zurdo comunista a manos de alguien de derecha y los mercados lo festejan con grandes subas. MAGA!” Y uno más, dirigido al Partido Liberal triunfante: “La Libertad Avanza en Brasil. Felicitaciones querido amigo Flavio Bolsonaro, por esta histórica elección ante el comunista de Lula. El continente americano es de ciudadanos que quieren vivir en libertad. Espero que pronto podamos empezar a trabajar juntos para que la Argentina y Brasil sigan siendo grandes socios comerciales, culturales y políticos. VIVA LA LIBERTAD CARAJO…!!”.

Cuando Milei abunda en precisiones ideológicas y bufa improperios da temor por su investidura, ciertamente, pero también habilita que se lo perciba como animador de un paso de comedia, de un motivo de risa para que la comunidad comience a separarse alegremente de su pasado. Está claro que para dar miedo y encubrir el daño infligido al tejido social fue útil un Presidente que hablara con Conan, su perro muerto (su “hijo de cuatro patas”), escuchara óperas comiendo milanesas en Olivos o coleccionara (y estrenara) puteadas de grueso calibre contra opositores y periodistas. Ahora, la reiteración del procedimiento, ante el avance de la crisis, es cada vez más paródica y fuerza el corrimiento de Milei y su elenco estelar hacia la comedia.

Así como en Brasil el candidato del Partido Liberal (PL), Flavio Bolsonaro, se benefició con los votos de quienes odian a Lula, en Argentina existe una franja del electorado que mantiene un odio irreductible hacia el peronismo, y continuará tomando con seriedad a Milei y su círculo áulico, o fingirá comportarse en tal sentido. Para el resto, la toma de distancia crítica a través de la comedia, de aquello que representa a la historia repitiéndose como farsa e invoca a la función catártica de la risa, está al alcance de la vista. Entonces todos los actores, sean principales o de reparto, devienen auténticos farsantes.

En este punto queda habilitada una nueva revisión de Aristófanes y su abordaje de la cultura wokeen otra comedia, Las nubes, donde un agricultor ateniense en bancarrota, Estrepsíades, pretende que Sócrates instruya a su hijo, Fidípides, para que logre burlar la acción de la justicia. “Si se les paga -dice Estrepsíades señalando la casa de Sócrates y sus discípulos-, te enseñan a ganar pleiteando todas las causas. Las justas y las injustas”.

Con Sócrates viven, entre otros, el Mejor Argumento y el Peor Argumento, considerando que para derrotar al primero alcanza con inventar nuevas máximas, al tiempo que el Mejor, por su parte, supone que le bastará con presentar lo que es justo hasta deponer a su adversario. El diálogo entre ellos es desopilante, y va retratando el ingreso del presente ateniense en el desván de la historia. No hay otra salida porque los jóvenes, dice el Mejor Argumento, rechazan el aprendizaje de la poesía, la música y los deportes. Antes se los educaba rigurosamente -recuerda- andaban con poco abrigo, no podían hablar con amaneramiento (ni hablar, en verdad), ni untarse con aceite “por debajo del ombligo” y seducir a sus amantes. Los jóvenes así educa­dos se convirtieron en los hombres que derrotaron a los persas, y también los que odiaron la plaza y los baños públicos, respetaron a sus mayores y preservaron el honor familiar, sin casarse con prostitutas ni afeminarse.

El Peor Argumento, obviamente, explota la serie de contradicciones que debilitan la versión idílica de los tiempos idos. Reivindica con cinismo desde el uso de los baños calientes hasta el ser mala persona y no privarse de “jovenzuelos, mujeres, manjares y bebidas”. También aconseja el entrenamiento en la utilización de la lengua, de modo tal que en caso de cometer adulterio y ser sorprendido in fraganti, estar en condiciones de convencer al marido ultrajado que hasta los dioses incurrieron en semejantes deslices.

Al final del debate, cuando el Peor Argumento demuestra que la falta de virilidad es la norma en la Atenas decadente, el Mejor Argumento acepta su derrota y juntos reingresan en la casa de Sócrates, donde vive también el Verdadero Argumento, del cual los otros son caricaturas débiles del argumentar a secas, sin adjetivos. El deudor en bancarrota, Estrepsíades, tiene claro que desea deshonrar sus compromisos, y si bien por invalidez intelectual no puede convertirse al socratismo, lo tientan las nuevas ideas y entrega a su hijo para que lo eduquen. Pero el hijo resulta fiel intérprete del Verdadero Argumento que no aparece en escena, y regresa con la vocación de pegar a su padre -cosa que hace, por supuesto- y la capacidad de demostrar que está bien eso, y que incluso está bien y es razonable que los hijos peguen a sus madres. Estrepsíades recién entonces quema la casa de Sócrates, y alcanzado el clímax se agudiza la función catártica de la risa que acompañó a los concurrentes desde el comienzo de la obra, liberándolos del miedo y de la angustia y purificándolos.

Por eso quienes ven al Presidente argentino actual, su hermana y sus ministros preferidos tienen que apelar defensivamente a la risa, en especial cuando se los malicia deseando asociarse, por ejemplo, con lo posteado por la AFA en ocasión de que Lionel Messi se apuntara su último gol de despedida en la Selección: “Quisiera que esto dure para siempre”.

No cabe la menor duda y vale para los admiradores de Messi y los seguidores de la Selección. Tampoco cabe la menor duda de que ese durar para siempre es deseado por los libertarios, pero referido a la continuidad de su posicionamiento en el manejo del Estado.

Y además, es verdad: estos últimos dan risa.

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