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Liderazgo y meritocracia, dos engaños de la tecnología

La hegemonía descansa en la relación de fuerzas y requiere de una retroalimentación para evitar desgastes, a veces, inevitables. Allí funcionan relatos como la meritocracia y el liderazgo, destinados a convencer sobre objetivos secundarios y distractivos.

Los hábitos sociales, tanto en las relaciones formales como en las costumbres, tienden a reproducirse de modo constante para mantener en orden los vínculos entre personas y grupos.

Esta enunciación, un tanto rústica, es el abc de la sociología y casi todo el mundo lo sabe. Son relaciones establecidas que toman forma según la evolución de cada sociedad, con mayor o menor participación del Estado y la estructura de clases que se conforma según la proporción de poder que cada sector obtiene y logra a lo largo del tiempo.

En los asuntos más vitales esos hábitos toman la forma de leyes que consagran dispositivos, instituciones y procedimientos a cumplir en los diversos roles sociales que corresponden a cada grupo o sector.

Así, el Estado, es la emanación de ese conjunto normativo y gestor de su aplicación y mejora. Alguien lo definió oportunamente como la síntesis jurídico-política de la Nación, es decir que ésta contiene el conjunto de tradiciones, ideologías, estructuras educativas y productivas que identifican a cada sociedad. Así es que tenemos tantos formatos de Estado como pueblos y sociedades existen.

Esta insistencia, por un, en el orden y por otro en el cambio (evolución y reforma o, más raramente, revolución), se registra con singularidades notables a escala global y, por lo tanto, con menores similitudes de lo que suponemos.

Sin embargo, el avance en el último siglo del reconocimiento de la necesidad de consolidar la mutua convivencia entre países (desde la Sociedad de las Naciones propuesta por el presidente Woodrow Wilson en 1919, hasta la ONU, en 1945), ha llevado a admitir en su representación estados en cualquiera de sus formas fácticas, algunos -incluso- no democráticos.

Esto puede parecer anacrónico, cuando en el seno mismo de las democracias maduras, que coinciden en general con los países más avanzados en materia económica y como consecuencia del propio proceso de acumulación, aparecen cuestionamientos al sistema democrático por parte de los mega millonarios a los que ha dado lugar el dominio monopólico de la tecnología.

El dominio tecnológico, un límite para la democracia

Estas formulaciones, expresadas con la petulancia obscena de la riqueza velozmente adquirida, han dejado de jugar con la idea -sustancialmente errónea- de que el despliegue del capitalismo va de la mano del perfeccionamiento del sistema democrático.

Dicho de otra forma: los superricos advierten que es peligroso para ellos dejar votar así nomás a los electorados, superando o dejando de lado -incluso- a quienes les ofrecían la manipulación de las voluntades que se expresan en las urnas, seleccionando previamente a los potenciales triunfadores entre quienes no fuesen amenaza alguna para el sistema.

No se trataría, entonces, de una democracia representativa o indirecta sino de estilos de gobernanza o mecanismos y procedimientos regidos por la presunción de objetividad con la que los dueños de la inteligencia artificial la ofrecen hoy, aún de modo bastante ingenuo. Sería como un infierno ordenado y regido por poderes inalterables, cada vez más fuertes e invisibles.

Si triunfara esa tendencia incipiente de los señores tecnofeudales para garantizarse la reproducción de su poder, la humanidad se sumergiría en una era de oscurantismo como nunca vista en el pasado.

Mientras tanto, más de lo mismo

Estas ilusiones no excluyen que mientrasllega la temida o admirada salvación por la tecnología, el sistema siga como hasta ahora haciendo todo lo necesario para reproducir su espacio de poder en los términos utilizados en este siglo.

Y nada de improvisaciones, porque por ahí aparece otro impredecible Milei quien, si bien hace las tareas encomendadas, al mismo tiempo se pasa de la raya de lo conveniente y carcome las bases de su popularidad aleatoria.

No se trata, entonces, de hacer todo lo necesario a último momento, es preciso crear condiciones para que la gente se comporte como debe. Una cosa es votar a un outsider que se hace o es loco, pero rumbea para el lado bueno (para algunos, como desmantelar instituciones que garantizan equidad y productividad social) y otra muy distinta que aparezca un Mamdani (el alcalde de Nueva York) que quiera cambiar las cosas inspirado, Dios no lo quiera, en ese ‘repelente’ criterio de la justicia social. (¡Y encima en noviembre viene el Papa León para insistir con eso!).

En esta pedagogía permanente de adoctrinamiento que requiere el poder para perpetuarse hay dos principios con los que se machaca sistemáticamente: el liderazgo como forma de organizar empresas, clubes de fútbol, partidos y gobiernos, y la meritocracia como mecanismo de reconocimiento y ascenso social, como un semillero de líderes.

Aclaremos de entrada que esto no tiene nada que ver con la existencia, suficientemente probada, del mérito y verdaderos líderes. Esos son fenómenos sociales siempre interesantes de desentrañar (los mistificadores actuales olvidan con frecuencia que Perón era ante todo un líder).

Nos referimos a la utilización de esas figuras como referencias aspiracionales a las que todo bien nacido (la resonancia con “argentinos de bien” no es casual) debe someterse para cumplir con sus deberes societarios.

La meritocracia se establece como condición para triunfar y hacer carrera, en la empresa y en la política. Por eso aparecen tantos aparatos postulándose a cargos electivos o, llegado el caso, designados a dedo que suelen confundir una carrera con un escalafón intercambiable, de los negocios privados a los asuntos públicos… ¿o será al revés?

Los ‘M’ de la política local y la meritocracia

Es también un modo de disciplinamiento de las huestes que aparecen como hongos después de la lluvia cuando se olfatean éxitos inesperados y los caminos parecen obturados para los profesionales de la política; dado el caso, como ha ocurrido al menos tres veces en la historia reciente (con Menem, Macri y Milei).

Es otra una forma de decir: “ponete en la cola, pibe”, como un despertar a una realidad donde nadie regala nada, y en los grupos oportunistas muchísimo menos. Debe señalarse que, en los partidos políticos -tan desacreditados últimamente- había también un cursus honorum que recorrer y los viejos decían: “primero tenés que ser concejal y luego diputado provincial, para poder aspirar a serlo en el orden nacional, lo ideal como senador”.

El mérito verdadero no es una mercancía. Es, ante todo, discreto, eficaz y, fundamentalmente, generoso. Nada más ajeno al espíritu individualista con que se hace la apología de la meritocracia como sistema.

Aclaremos que la meritocracia como dispositivo no la inventaron los neoliberales que hicieron un uso bastardo de ella y carente de contenido solidario. En las viejas universidades inglesas, de donde salía buena parte del funcionariado colonial, tenía un cierto sentido como formación de administradores imperiales (no juzguemos ahora su sustancia antihumana), pero suponía desenvolver capacidades, no la mera puesta en orden de los aspirantes al saqueo.

La meritocracia berreta que nos aplicaron aquí se refiere -ante todo- a una subordinación activa de los predicados neoliberales y excluye prolijamente los cuadros con sentido nacional que van al Estado en actitud de servicio, no a servirse de él. De éstos, que los hubo numerosos en el pasado, quedan cada vez menos, dada la biología y las razzias para poner a los propios en puestos claves, es decir los más rentables.

En cuanto al liderazgo, hay algo más de interés político, no sólo de saqueo. Por lo pronto, la tara que existe firmemente anclada en los sectores menos politizados de creer en el hombre providencial que va a sacarnos del camino de decadencia en que nos encontramos hace varias décadas.

Una deformación que lleva a los espíritus más simples a creer que alguien como Milei, salido de la nada y portavoz de la destrucción por inspiración divina puede -por su origen ajeno a la vida política- convertirse en el transformador que la Argentina necesita.

La primera consideración a hacer es que esa tarea no puede estar sólo a cargo de una persona. Se requieren equipos, partidos y corrientes de opinión que concurran a ejecutar tareas imprescindibles a cargo del Estado, como los temas de salud (prioridad junto con la nutrición para los sectores más desprotegidos), vivienda y educación (en proyección de mediano y largo plazo).

Lo fundamental no es sólo administrar bien lo que se ha venido destruyendo, sino vertebrar una estructura productiva capaz de albergar al conjunto de la población en tareas socialmente útiles.

Perfiles necesarios

El liderazgo, entonces, empieza por la capacidad de convocar a esos equipos necesarios. No es una cuestión de marketing ni de casting, como ha comprado una parte considerable de la dirigencia política. Tampoco, como va de suyo, es un tema de rosca o viveza, pues el asunto en cuestión -el destino de la patria- requiere gente despierta y seriamente preparada para asumir las gestiones de reconstrucción del Estado y la sociedad, desgarrada por la pobreza y la marginalidad.

Quienes proponen candidatos “nuevos”, banqueros o exitosos gerentes de empresas, muestran su ignorancia y su desprecio hacia la política, tarea noble si las hay cuando se realiza al servicio del bien común.

La presunción de que quien hizo un negocio exitoso puede ser un gran administrador estatal no está corroborada por la experiencia histórica. Los casos que se registran son muy pocos, y abundan los fracasos. También sobran ejemplos sobre los advenedizos que utilizan la vía político-partidaria para encumbrarse con objetivos de rapiña.

Para quienes quieran reflexionar sobre estos temas un buen trabajo práctico puede ser mirar con lápiz y papel a la mano la entrevista de Alejandro Fantino a Daniel Haddad, CEO de Infobae.

No como modelo a seguir sino para advertir que el bombo mutuo no implica contenidos superiores en materia de preparación para la gran tarea de dirigir y administrar el estado. Empieza en el minuto 6:40 del video y se puede ver en: https://youtu.be/hexqAQxch6I

El “pueblo” como heredero

Para terminar, una reflexión para el peronismo, ligado por su historia a la figura de su fundador con la sugerencia de que evite quedar atrapado en la búsqueda del hombre providencial. El propio Perón dijo “mi heredero es el pueblo”, descartando líneas sucesorias de cualquier tipo.

El mejor candidato a estadista es quien más cabalmente entiende las legítimas aspiraciones populares y tiene las condiciones para gobernar dirigiendo a funcionarios aptos en la dirección de satisfacer las necesidades por orden de prioridad. O sea, desenvolviendo las capacidades nacionales y ampliando permanentemente la participación en la vivencia y gestión de los asuntos públicos.

Sólo podrá ser considerado providencial con la obra en pleno despliegue de realizaciones, o sea sobre la marcha y con resultados a medida de cada avance. Sería, entonces, “providencial” designado por los historiadores, no por sus contemporáneos.

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