Mientras Milei en lo político produjo un golpe de timón y trata de recomponer su dañada base de sustentación electoral con vistas a intentar un segundo mandato, la oposición en vez de unirse y actuar en función de un programa común se sumerge en un pozo de enfrentamientos, disputas personales y divisiones. Prevalece desde hace tiempo un estado de bloqueo político y programático. Así, le otorga al Presidente la ventaja de contar con un tiempo que puede ser decisivo para la suerte del proyecto libertario, empeñado en desmantelar el Estado y profundizar la desintegración de la base productiva de la Argentina, con todas las implicancias sociales ya conocidas.
A medida que avanza el calendario se va dibujando en el horizonte el posicionamiento de las fuerzas y los candidatos que se preparan para disputar la próxima elección presidencial. Un proceso que aún responde a dinámicas que mantienen abiertas distintas combinaciones y alternativas posibles; y que, por esa misma razón, pueden derivar en la conformación de escenarios tan factibles en su concreción como divergentes en su conformación.
Potencialmente, por ejemplo, hoy existen condiciones para que la dinámica política conduzca a que se acentúe la polarización entre dos grandes fuerzas que terminen protagonizando la disputa presidencial en la primera vuelta electoral, pero también, en un sentido contrario, a que se impongan las tendencias que llevan a la fragmentación de las opciones electorales, especialmente en el campo del peronismo y sus fuerzas aliadas.
Golpe de timón en el oficialismo
Habiendo tomado nota de la declinación que vienen reflejando las encuestas, tanto en los índices de aprobación de gestión e imagen del Presidente como en la caída sensible de su potencial electoral, con el aumento de la categoría del “nunca lo votaría” y el aplanamiento de su techo electoral, el propio Milei se vio forzado a “recalibrar” su estrategia.
Un viraje que se inició hace pocas semanas, tal vez en su momento más crítico, si se lo analiza bajo el prisma del estado en que transitaba su relación con la opinión pública. Al parecer el peso de los hechos terminó por convencer al Presidente de aquello que, con una tozudez que despertó todo tipo de sospechas, se rehusaba a decidir: la eyección del gobierno de Manuel Adorni, quien, en el lapso de pocas semanas, hizo los méritos suficientes para transformarse en el blanco predilecto del escarnio público ante la evidencia de un enriquecimiento meteórico imposible de justificar.
La designación de Diego Santilli al frente de la Jefatura de Gabinete y, antes de eso, la del nuevo vocero, el economista Adrián Ravier, cuyos modos contrastan con la altanería y arrogancia de su antecesor, fue tal vez el punto de arranque del cambio de estrategia político-comunicacional del gobierno. Una decisión tomada en un contexto plagado de evidencias que, de haber persistido el sostenimiento en su cargo del entonces Jefe de Gabinete, alertaban sobre la inminencia de un posible nuevo retroceso en la caída de la imagen pública del Presidente.
En ese contexto, las señales encriptadas, y aun, en algunos casos, abiertamente desafiantes de Patricia Bullrich a la dupla libertaria, mostraron que una mayor erosión de la figura de Milei abría las puertas para que pudiera emerger desde las mismas entrañas del elenco oficialista y de sus aliados no correspondidos, una candidatura alternativa a la del líder libertario, creciendo a expensas de su propia base electoral.
Una transferencia, en este caso de signo inverso, similar a la que se produjo cuando Milei en su juego ambivalente con Mauricio Macri – y con la propia Bullrich – encontró el camino para lograr que el voto de PRO se transformara, súbitamente, en voto libertario.
La tensión generada por los gestos de Bullrich bien pudo haber funcionado como una señal de alerta real para la dupla Milei, coadyuvando involuntariamente a la revisión de su estrategia. Los movimientos de la actual senadora hay que tomarlos con la seriedad que merecen, ya que no se trata, precisamente, de una amateur. Su ductilidad para encontrar los intersticios por donde avanzar en su ambicionado ascenso hacia la cúspide del poder institucional, demuestra una aguda capacidad de cálculo para maniobrar y lanzar sus dardos justo en el momento preciso, aprovechando al máximo las brechas que se abren, aunque sin cometer la torpeza de ir más allá de los límites impuestos por las propias relaciones de fuerza.
La administración “pacífica” de la grieta abierta con Bullrich por parte de Milei y su hermana Karina, en contraposición a la reacción visceral cargada de insultos y acusaciones públicas que provocaron en su momento los gestos de diferenciación insinuados por la vicepresidenta Victoria Villarruel, expulsándola abruptamente del círculo cercano al Presidente, demuestra que el vértice del poder libertario cobró conciencia sobre la fragilidad política de Milei y la ausencia de márgenes para redoblar la apuesta y tensar aún más la cuerda. Una reacción que, de haberse producido, habría acelerado su desgaste y, concomitantemente, ampliado los márgenes para que Bullrich profundizara su diferenciación.
La estrategia
¿En qué consistió el golpe de timón de Milei? En esencia, en eliminar los frentes de confrontación, ensayar un cambio de estilo suspendiendo transitoriamente las agresiones, bajar el nivel de su propia exposición, volver a ocupar el rol figurado del “académico” que expone con aparente solvencia técnica su proyecto económico para la Argentina, augurando, a pesar de las innumerables evidencias que dicen lo contrario, un futuro esplendoroso. Y mientras se realiza el “control de daños”, ganar el tiempo necesario para planificar la nueva ofensiva con la que intentará recuperar terreno con vistas al objetivo de su reelección.
Hay una estrategia que se compone de varios movimientos. Entre ellos, el ya mencionado despido de Adorni, las designaciones del vocero Adrián Ravier y de Diego Santilli (cuyo rol además de buscar propiciar el diálogo y la negociación, apunta a frenar la sangría del votante PRO), la apertura de un nuevo ciclo de negociaciones con buena parte de los gobernadores que incluye, como ya se constató en el caso de Córdoba, el suministro de oxígeno financiero y la posibilidad de que el gobierno nacional desista de instalar sus propios candidatos para competir en las elecciones provinciales. También, entre otras medidas, la presentación por parte de Luis Caputo del programa financiero para otorgar previsibilidad a la cancelación de los pagos derivados de los vencimientos de la deuda para 2026-2027,
Nada garantiza que el cambio de ropaje que ensaya Milei le permita recuperar terreno, ni siquiera puede afirmarse con fundamento que logre atemperar su caída. Como se ha señalado desde Y ahora qué, los recursos comunicacionales de los libertarios, aplicando las recetas de la extrema derecha, inyectando odio, propiciando la destrucción de la imagen de sus opositores y, a partir del uso de las nuevas tecnologías, manipulando la emocionalidad negativa a su favor, a pesar de la eficacia demostrada, no pueden lograr evitar que, tarde o temprano, la realidad se termine imponiendo y los estados de opinión se le vuelvan en contra.
Una cosa es que, como sucede, la oposición subestime la necesidad de construir de forma organizada dispositivos comunicacionales capaces de afrontar con éxito la disputa política en el cada vez más estratégico territorio virtual, y otra muy distinta es que ese vacío político-comunicacional, sumado a la funcionalidad que puede observarse en ciertos movimientos de la oposición que facilitan el plan libertario para fragmentarla, sea condición suficiente para que Milei logre disipar la tormenta que se dibuja en el horizonte. Puede ganar tiempo, eludir transitoriamente responsabilidades, pero su suerte política está seriamente comprometida por la naturaleza destructiva de su programa económico-social.
Ya es evidente que eso está sucediendo. Porque el deterioro objetivo de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población, con la caída de los ingresos, la parálisis del consumo, el cierre de industrias y comercios, el aumento de la desocupación y los efectos del ajuste permanente, va creando las condiciones, por efecto de acumulación, para que Milei, cada vez más, sea ubicado por sectores de la propia sociedad (incluyendo una porción de sus votantes) como parte del elenco de la dirigencia que él mismo utilizó, en calidad de chivo expiatorio, para erigirse como el símbolo de la anti-casta y usufructuar las corrientes estructurales de la anti-política.
El bloqueo de la oposición
¿Significa acaso que Milei tenga cerrada la posibilidad de su reelección? De ningún modo puede llegarse a esa conclusión, entre otros motivos por el rezago en que se encuentra la formación de una opción sólida, tanto en lo programático como en su acción político-comunicacional, por parte de la oposición. Además, a pesar de los indicadores de opinión que muestran un indudable deterioro de Milei, no puede afirmase que ese proceso haya alcanzado la dimensión cuantitativa y la densidad cualitativa para hacerse irreversible. Todo dependerá de lo que haga de aquí en más el gobierno y, fundamentalmente, quienes forman el heterogéneo campo de las fuerzas que buscan derrotarlo.
Mientras Milei avanza en recomponer su base de sustentación política como paso previo para intentar recuperar parte del caudal electoral perdido, la dinámica que gobierna al arco opositor, especialmente el campo nacional y popular, parecería conducir hacia la acentuación de las divergencias, los enfrentamientos, las disputas personales y las divisiones.
Más allá de las anécdotas que revelan el estado de las relaciones entre sus principales actores políticos que, incluso en un escenario de competencias y desencuentros, deberían hacer valer sus coincidencias básicas para articular una estrategia común frente al poder libertario y su modelo económico, lo que prevalece desde hace tiempo es un estado de bloqueo político y programático.
Si en general se coincide en la gravedad que significa el programa de Milei para el futuro de la Argentina, cabe formularse una serie de interrogantes:
¿Cómo justificar ante los ojos de quienes sufren cotidianamente las consecuencias de esas políticas lo que se presenta como una imposibilidad por parte de la dirigencia de sentarse en una misma mesa, acordar un procedimiento para dirimir las disputas y forjar las coincidencias fundamentales de un plan de acción común?
Si es verdad que el programa libertario está minando las bases de nuestra economía, empujando el cierre de empresas (desde que asumió Milei el promedio neto alcanza a las 1.000 por mes), la pérdida de fuentes de trabajo, la precarización laboral y la caída del poder adquisitivo y del consumo, por mencionar algunos de sus efectos, ¿cómo justificar que sea el calendario electoral el factor ordenador excluyente que organiza el movimiento político de la oposición?
¿Alcanza con la exposición discursiva de la crítica general a las políticas de Milei o se requiere instalar con fuerza el trazado de un camino claro y definido acerca de lo que se le propondrá al país para sacarlo del actual pantano?
¿Cómo explicar la demora en la elaboración y exposición de un verdadero plan de desarrollo y recuperación de la economía nacional?
¿Cómo explicar, también, la renuencia a ejercer la revisión autocrítica de las experiencias protagonizadas por el campo nacional tanto en lo político como en lo económico, no para descalificar a nadie sino para capitalizar los errores con el propósito de no volver a cometerlos?
Y así podrían formularse innumerables interrogantes en la misma línea. Ante su planteamiento, la reacción más común es, en muchos casos, la de señalar la imposibilidad de abordarlos hasta que no se resuelvan las internas y se unifique la conducción política. Esa “solución” – se argumenta – solo podrá venir de la mano del proceso electoral. Pero ese es precisamente el problema, aquello que pone al desnudo la crisis crónica de la dirigencia.
¿Cómo explicar que son más importantes las disputas personales por los liderazgos y candidaturas (aun las que estén basadas en razones ideológicas o políticas) que la necesidad de hacer todos los esfuerzos posibles por salvar las diferencias y articular un amplio frente común, político y social, no solo con vistas a la contienda electoral sino para ponerle lo antes posible un freno al modelo económico y social libertario?
La práctica nociva (y extendida) del personalismo, donde más allá de la retórica el proyecto de país queda subordinado a la suerte de liderazgos excluyentemente individuales, y cuándo no, a las vanidades que nacen de la auto-referencialidad como método de conducción política, ha engendrado la actual encerrona. Existe la posibilidad cierta de derrotar a Milei y su política, pero en buena medida quienes están mejor situados para lograrlo son los que, voluntaria o involuntariamente, lo dificultan.