El trabajador no deja de serlo cuando termina su jornada. También es vecino, ciudadano, usuario del transporte y consumidor. Paga alquiler, servicios, manda a sus hijos a la escuela y utiliza el sistema de salud. Por eso, la disputa distributiva no termina en el recibo de sueldo. Al mismo tiempo, los cambios tecnológicos y productivos fragmentan e individualizan cada vez más las relaciones laborales. Frente a esa tendencia, la función histórica del sindicato, construir solidaridad donde existe competencia individual, cobra nueva importancia. El desafío ya no es sólo defender a los afiliados, sino construir vínculos con todos los que viven de su trabajo. Una tarea no reemplaza a la otra: la amplía.
Las y los trabajadores argentinos enfrentan una presión excepcional. A profundos cambios globales en la economía, la tecnología, la comunicación, la cultura y la vida social se suma, en nuestro país, una política que impacta sobre las condiciones de vida, el entramado industrial y manufacturero y las capacidades operativas y soberanas del Estado.
En este contexto, el sindicalismo enfrenta un desafío complejo. Sus funciones tradicionales siguen siendo esenciales: salario, condiciones laborales, jornada, negociación colectiva, organización en los lugares de trabajo y defensa de derechos laborales.
La Argentina cuenta con un sindicalismo de extraordinaria fortaleza histórica e institucional, construido sobre sindicatos por actividad, convenios colectivos, representación en los lugares de trabajo, obras sociales y capacidad de negociación nacional. Esa estructura permitió durante décadas niveles de protección laboral distintivos de nuestro país.
Pero el mundo del trabajo cambió. Junto al asalariado formal conviven trabajadores informales, monotributistas, autónomos, trabajadores de plataformas, cooperativistas y distintas formas de trabajo por cuenta propia. No son grupos exteriores al mundo del trabajo: son parte constitutiva del mundo del trabajo actual. i
Los datos dimensionan esa transformación. En el primer trimestre de 2026, el 44,2% de los trabajadores ocupados se desempeñaba en la informalidad. Y aun dentro del universo registrado, sobre 12,75 millones de trabajadores, 2,82 millones, o sea el 22,1%, eran no asalariados: autónomos y monotributistas. Parte de este proceso puede explicarse por un traspaso, con fugas hacia el desempleo o mayores precarizaciones: entrenoviembre de 2023 y marzo de 2026, el empleo privado registrado cayó en 216.321 puestos, mientras los monotributistas crecieron en 165.542 (CEPA, 2026).

Fuente: elaboración propia sobre datos de SIPA, agosto de 2026.
La fragmentación, entonces, no ocurre en los márgenes del mercado de trabajo: atraviesa su propia estructura. La relación asalariada clásica ya no alcanza para describir al conjunto de quienes viven de su trabajo.
Allí aparece una contradicción central. El sindicalismo conserva una considerable capacidad institucional y organizativa, pero las bases sociales sobre las que históricamente construyó esa fortaleza representan hoy sólo una parte de un mundo del trabajo mucho más heterogéneo.
La pregunta adquiere entonces otro alcance: ¿puede el sindicalismo aspirar a representar al conjunto del mundo del trabajo si sólo organiza de manera efectiva a una parte de él?
Del sindicato como representación al sindicato como organizador social
Una respuesta posible es ampliar la capacidad del sindicato más allá de la empresa, sin abandonar su lugar central en ella. No se trata de convertirlo en un movimiento social ni de sustituir sus funciones tradicionales, sino de usar su capacidad organizativa para fortalecer a quienes viven de su trabajo y a las distintas expresiones de la sociedad organizada.
Porque el trabajador no deja de serlo cuando termina su jornada. También es vecino, ciudadano, usuario del transporte y consumidor. Paga un alquiler, utiliza servicios públicos, envía a sus hijos a una escuela y recurre al sistema sanitario. Por eso, sus condiciones de vida no pueden pensarse exclusivamente desde el salario: la disputa distributiva no termina en el recibo de sueldo.
La lógica no es absorber otras organizaciones ni pretender resolver todos los problemas sociales. Es aportar capacidad de organización allí donde existe fragmentación y contribuir a transformar demandas dispersas en acción colectiva.
En ese sentido, el sindicato no deja de serlo: amplía su representación y organización y contribuye a fortalecer los vínculos colectivos entre quienes viven de su trabajo y su entorno.
Las sociedades contemporáneas producen trabajadores cada vez más fragmentados, con contratos, ingresos y vínculos laborales distintos. La transformación tecnológica y productiva tiende además a individualizar las relaciones laborales. Frente a esa tendencia, la función histórica del sindicato —construir solidaridad donde existe competencia individual— adquiere todavía mayor importancia, aunque requiera nuevos instrumentos.
Distintas experiencias de renovación sindical permiten reconocer algunas líneas comunes. No constituyen un modelo cerrado ni una receta. Son dimensiones posibles de una renovación que necesariamente deberá asumir formas diferentes según cada organización, actividad y territorio.
Cuatro dimensiones de una renovacion posible
Una primera dimensión consiste en ampliar la representación hacia el conjunto de quienes viven de su trabajo, cualquiera sea la forma jurídica o contractual bajo la que lo realizan.
Estos cambios se expresan también en la densidad de la afiliación sindical, como muestra el gráfico de más abajo. La tendencia descendente seguramente no responde a una sola causa. Puede haber pérdida de convocatoria por parte de los sindicatos. Pero el problema quizá no sea tanto que el asalariado formal dejó masivamente de sindicalizarse, sino que una proporción creciente del mundo del trabajo quedó fuera del tipo de relación laboral donde históricamente prosperó la afiliación sindical.
Aproximación histórica de la afiliación sindical en la Argentina 1954-2025
Porcentaje de asalariados afiliados a un sindicato

Fuente: elaboración propia sobre Lamadrid y Orsatti (1991); Marshall y Perelman (2004); Marshall (2021) y Orsatti (2025) ii.
Por ello, esta mirada permite incorporar trabajadores informales, autónomos, de plataformas, cooperativistas y de la economía popular, y mantener vínculos con desocupados, jubilados y pensionistas. La juventud, por otro lado, es un espacio estratégico porque allí se configura buena parte del futuro del trabajo. Ampliar la representación significa, en definitiva, reconstruir vínculos colectivos allí donde las nuevas formas de organización económica producen fragmentación iii.
Una segunda dimensión busca recuperar al sindicalismo como agente de articulación. Supone participar de discusiones que exceden la negociación salarial e incluyen política industrial, empleo, tecnología, formación profesional, energía, infraestructura, vivienda, salud, educación y futuro del trabajo.
No sólo para reaccionar ante decisiones ya tomadas, sino para intervenir en su discusión. La pregunta deja entonces de ser únicamente cuánto salario vamos a cobrar dentro de este modelo: pasa también a ser qué modelo productivo y social queremos construir.
Una tercera dimensión es la articulación de coaliciones productivas. Sindicatos, pymes, industria, comercio, cooperativas, universidades, producción regional y movimientos sociales tienen intereses muchas veces contradictorios, pero pueden encontrar espacios comunes alrededor del desarrollo industrial, la producción nacional, el empleo, el mercado interno, la infraestructura, la innovación y el trabajo de calidad iv.
Desde esa perspectiva, la discusión no se agota en cómo distribuir lo producido. También incorpora otras preguntas: qué queremos producir, cómo queremos producirlo y para quién.
La cuarta dimensión es la producción de ideas, conocimiento y proyectos propios. Algunas experiencias sindicales han avanzado en investigación económica, observatorios laborales, formación y elaboración de propuestas propias frente a las transformaciones tecnológicas y productivas. En algunos casos, esa intervención no se limita a analizar los cambios, sino que busca participar en su diseño antes de que sus consecuencias estén definidas v.
Esa capacidad permite anticipar problemas y discutir desde una perspectiva propia con empresarios, universidades, gobiernos y sociedad. También abre un territorio cultural, educativo y comunitario que puede fortalecer la presencia sindical sin convertir al sindicato en otra cosa.
Una oportunidad excepcional
Nuestro sindicalismo continúa siendo uno de los actores sociales con mayor capacidad organizativa del país. Posee estructuras, historia, afiliados, experiencia política, recursos y presencia territorial. Esa fortaleza le da una oportunidad excepcional: ampliar su capacidad de representación en un mundo del trabajo cada vez más fragmentado.
La pregunta ya no es sólo cómo defender mejor a quienes están afiliados, sino cómo construir vínculos con el conjunto de quienes viven de su trabajo. La segunda no reemplaza a la primera: la contiene y la amplía.
Eso exige conservar la capacidad de negociación colectiva y, al mismo tiempo, intervenir allí donde también se definen las condiciones del trabajo: en las decisiones productivas, tecnológicas, económicas y sociales que determinan qué se produce, cómo se produce y qué tipo de empleo se genera.
El neoliberalismo no actúa sólo sobre las relaciones laborales. En un país semiperiférico como la Argentina, también transforma la matriz productiva, impulsando procesos de reprimarización y debilitando la industria y el entramado manufacturero, históricamente decisivas para el empleo formal, calificado y de mayores niveles de productividad.
Desde esa perspectiva, defender el trabajo no se agota en disputar mejores condiciones dentro de una estructura productiva dada. También supone intervenir en la discusión sobre el desarrollo de las fuerzas productivas, la política industrial, la innovación y el perfil productivo del país.
El sindicalismo puede limitarse a representar a quienes todavía permanecen dentro de las estructuras tradicionales o reconstruir vínculos con una sociedad del trabajo mucho más amplia y fragmentada. No se trata de abandonar la fábrica, el salario ni al afiliado, sino de comprender que hoy defender el trabajo exige también fortalecer al sindicato en la sociedad.
Referencia Bibliográfica
- Antunes, Ricardo. (2000). “La centralidad del trabajo hoy”. Papeles de Población, vol. 6, núm. 25, julio-septiembre, pp. 83-96. Universidad Autónoma del Estado de México, Toluca, México.
- Centro de Economía Política Argentina (CEPA), “Análisis de la situación del mercado de trabajo: datos al primer trimestre 2026”, Informe CEPA N.º 628, publicado el 23 de junio de 2026
- Elorrieta Aurrekoetxea, Joxe. (2012). Renovación sindical: Una aproximación a la trayectoria de ELA. Mecanismos y procesos. Tafalla (Navarra): Txalaparta; Fundación Manu Robles-Arangiz. 376 pp.
- IG Metall (2024). 11-Point Plan for the Future to Preserve Our Industrial Nation: 11 Points for a Modern, Innovative, and Just Industrial Nation. Frankfurt am Main: IG Metall Vorstand (https://www.igmetall.de/en/politik-und-gesellschaft/wirtschaftspolitik/fuer-modernes-innovatives-und-gerechtes-industrieland?utm_source=chatgpt.com)
- Nogueira, Claudia Mazzei y Silva, Maria Liduína de Oliveira e. (2015). “Adeus ao trabalho? Vinte anos depois… Entrevista com Ricardo Antunes”. Serviço Social & Sociedade, núm. 124, octubre-diciembre, pp. 773-799. São Paulo.
- Schäfers, Kathrin y Schroth, Jochen (2020). Trabajadoras/es dan forma a la industria 4.0. El proyecto “Trabajo + Innovación” de IG Metall. Berlín: Friedrich-Ebert-Stiftung, Política Global y Desarrollo (https://collections.fes.de/publikationen/ident/fes/17800).
- SIPA (2026). Situación y evolución del trabajo registrado. Datos de mayo de 2026. Secretaría de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, Ministerio de Capital Humano, Dirección Nacional de Estudios y Estadísticas Laborales. Anexo estadístico, Tabla 1. Buenos Aires, Argentina (https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/trabajoregistrado_2605_informe.pdf).
- Lamadrid, Alejandro F. y Orsatti, Álvaro (1991). “Una revisión de las medidas sobre la tasa de sindicalización en Argentina”. Estudios del Trabajo, N.º 2, pp. 135-159.
- Marshall, Adriana y Perelman, Laura (2004). Sindicalización: incentivos en la normativa sociolaboral. Cuadernos del IDES, N.º 4. Buenos Aires: IDES.
- Marshall, Adriana (2021). “Re-explorando la sindicalización en la Argentina y sus determinantes: ¿fisuras en las pautas tradicionales?”. Trabajo y Sociedad, N.º 37, pp. 167-190.
- Orsatti, Álvaro (2025). Sindicalización en Argentina: ¿Cambio de época? RELATS. Elaborado, para el período reciente, sobre información de la EDSA-ODSA/UCA.
i Cuestionamos la tesis que identifican las transformaciones del trabajo ,con la desaparición de la clase trabajadora. En esa linea, Ricardo Antunes sintetiza: no asistimos a la desaparición de la clase trabajadora, sino a la desaparición de su antigua homogeneidad. Para dar cuenta de esa transformación propone la expresión “clase-que-vive-del-trabajo”. La noción empleada en este articulo -quienes obtienen fundamentalmente de su propio trabajo para sostener su vida- es deliberadamente algo mas amplia que la formulación de Antunes, cuyo núcleo continua siendo la venta de la fuerza de trabajo.
ii Nota metodológica sobre afiliación sindical. Los valores presentados provienen de distintas fuentes, universos de observación y metodologías de medición, por lo que no constituyen una serie estadística estrictamente homogénea. La primera parte de la tendencia se apoya en reconstrucciones históricas ampliamente utilizadas en la literatura especializada, mientras que los valores posteriores corresponden a encuestas y estimaciones de alcance diverso. El tramo final hacia 2025 debe interpretarse como una aproximación orientativa, situada en torno al 25–30%, y no como una medición puntual oficial.
iii La CTA introdujo tempranamente en la Argentina una ampliación del concepto de trabajador, incorporando a desocupados, jubilados y organizaciones territoriales. Posteriormente, la UTEP y la economía popular volvieron a plantear esta discusión al organizar a trabajadores que se encuentran fuera del empleo asalariado formal. Más allá de sus diferencias políticas y organizativas, constituyen antecedentes relevantes para pensar nuevas formas de representación. A nivel internacional, distintas experiencias sindicales recientes han puesto el acento en formar trabajadores para que organicen a otros trabajadores, especialmente en sectores precarios, dispersos o con baja sindicalización. En Estados Unidos, Australia, India y Brasil se desarrollaron estrategias de organización “trabajador a trabajador”, formación de liderazgos de base y capacitación específica para intervenir en plataformas, servicios, trabajo informal y nuevos sectores tecnológicos. El rasgo común es desplazar parte de la capacidad organizativa hacia los propios trabajadores y construir organización allí donde el sindicato tradicional tiene menor presencia.
iv La Comisión de Diálogo Social Tripartito desarrollada durante el gobierno de Mauricio Macri reunió a la CGT, ambas CTA y empresarios para discutir, entre otros temas, el futuro del trabajo, los cambios tecnológicos y la legislación laboral. Más recientemente, “Argentina Produce: Diálogo que Construye” reunió a la CGT, organizaciones empresariales, industriales y académicas alrededor de una agenda productiva de largo plazo.
v IG Metall es el principal sindicato industrial de Alemania y uno de los más importantes de Europa, con fuerte presencia en metalurgia, automotriz, siderurgia y sectores tecnológicos. Su experiencia frente a la denominada Industria 4.0 muestra una intervención sindical que procura anticiparse al cambio tecnológico antes que limitarse a administrar sus consecuencias. Frente a la digitalización, la automatización y la incorporación de inteligencia artificial, el sindicato alemán impulsó relevamientos en los propios establecimientos para identificar dónde y cómo se introducen las nuevas tecnologías, y desarrolló proyectos de “Trabajo + Innovación” con participación de trabajadores y consejos de empresa. Su enfoque incluyó cinco dimensiones principales: una hoja de ruta de digitalización para cada empresa, formación y recalificación anticipada, protección de los datos de los trabajadores, prevención de nuevas cargas físicas y psíquicas y participación efectiva de los trabajadores en el diseño de los procesos tecnológicos. La innovación aparece así no como un proceso exterior al sindicato, sino como un territorio de negociación y participación sobre la organización futura del trabajo.