La estrategia de inserción global en inteligencia artificial impulsada por Javier Milei se presenta como una apuesta modernizadora, pero puede leerse, desde la perspectiva del Sistema-Mundo de Immanuel Wallerstein, como una política de subordinación a los centros hegemónicos. La hipótesis central es que Milei, lejos de propiciar un ascenso hacia el sendero de los países más desarrollados, impulsa una política de subordinación a los centros hegemónicos.
El llamado Súper-RIGI, la promoción de centros de datos y la figura de las sociedades automatizadas no ubican a la Argentina en el núcleo del capitalismo tecnológico, sino que tienden a convertirla en proveedora de energía, agua, datos, recursos naturales y condiciones jurídicas excepcionales para corporaciones globales.
En primer lugar, hay una tarea esencial: superar el llamado “fetichismo tecnológico”. En general, las estrategias de desarrollo del Sur Global —y la Argentina no escapa a ello— suelen estar signadas por una premisa: la creencia de que la adopción de tecnologías de vanguardia permitirá, por sí sola, quebrar las inercias que condenan al subdesarrollo y a la anemia de productividad. Sin embargo, Milei refuerza el fetiche y pretende darle sustentabilidad jurídica.
Milei, con normas como el Súper-RIGI y la modificación de la Ley de Sociedades Comerciales, incluyendo las sociedades automatizadas, quiere insertar al país en el mundo de las tecnologías digitales. El eje, “el gancho”, es convertir a la Argentina en un enclave sin ninguna regulación estatal, marchando a contramano de las orientaciones en la materia a nivel mundial.
¿Qué es la IA? Kate Crawford en Atlas de inteligencia artificial: poder, política y costos planetario dice: “La IA no es artificial ni inteligente; más bien existe de forma corpórea, como algo material, hecho de recursos naturales, combustible, mano de obra, infraestructura, logística, historia y clasificaciones”. Prosigue diciendo: “Debido al capital que se necesita para construir la IA a gran escala y a las maneras de ver que optimizan los sistemas de IA, estos son, al fin y al cabo, diseñados para servir a intereses dominantes ya existentes. En ese sentido, la IA es un certificado de poder”.
¿Por qué interesa la definición de Crawford? Sencillamente porque incorpora cuestiones en general soslayadas: lo que podría llamarse corporeidad; es decir, ver la IA en sentido material. Esta definición es un parteaguas, porque suele “venderse” la IA y su utilización como algo etéreo, vaporoso, como si “todo lo explicara la nube”. En A Prehistory of the Cloud, Tung-Hui Hu dice: “La nube es una tecnología de extracción intensiva de recursos que convierte agua y electricidad en poder computacional”. Crawford, en similar orientación, subraya: “La nube es terrestre y para que siga creciendo se requieren recursos en expansión y capas de logística y transporte que están en constante movimiento”.
De forma similar, se pretende quitarle materialidad al proceso de internet. Quitar materialidad no es un error: es una decisión destinada a situar ambas cosas —internet e IA— por fuera del control humano y, por cierto, del propio trabajo material. Sobre la “materialidad de internet” resulta especialmente recomendable Tubos: en busca de la geografía física de Internet, de Andrew Blum. El autor, en una detallada investigación, demuestra cómo cables de fibra óptica enlazan información y arman un verdadero enjambre de conexiones físicas. El 95% de la conexión de internet es de carácter físico; apenas el 5% es satelital.
Cuando las “iniciativas tecnológicas” de Milei se despojan de la retórica, emergen las estructuras de larga duración del capitalismo global. Por lo tanto, tomando como orientación el pensamiento de Wallerstein, puede señalarse que Milei pretende profundizar la histórica división del trabajo, en la cual periferia y semiperiferia resignan soberanía, subordinando la acumulación de capital al centro hegemónico.
Para Wallerstein, el Sistema-Mundo capitalista se organiza como una estructura jerárquica tripartita: centro, semiperiferia y periferia, unidas por una división del trabajo donde las zonas del centro explotan de forma sistemática los recursos y la mano de obra de las restantes. El vector del sistema es el intercambio desigual: actividades monopólicas de alta rentabilidad y propiedad intelectual concentradas en el centro. Las tareas extractivas y de bajo valor agregado se relegan a la periferia.
Veámoslo en términos geográficos, siguiendo la cartografía que sugiere Crawford en su Atlas, complementada con los aportes de Wallerstein. El centro —Silicon Valley— retiene el monopolio de la propiedad intelectual. Corporaciones como Microsoft, Google y Meta son las únicas capaces de disponer del capital necesario para financiar el “entrenamiento” de la IA, capturando el valor extraordinario del conocimiento patentado.
La periferia provee el soporte material: es la encargada de la extracción de minerales críticos —litio, por ejemplo—, “obligada” a sostener bajos salarios mediante un feroz disciplinamiento ideológico e impedida de dar saltos en la cadena de valor. En esta circunstancia adquieren central relevancia las “tutorías” ideológicas que obligan a no violentar “las ventajas comparativas”; es decir, que impiden, siguiendo el ejemplo anterior, producir y exportar baterías en lugar de exportar litio.
La semiperiferia, espacio geopolítico de amortiguación, posee capacidades técnicas e industriales heredadas, pero, bajo el imperio del neoliberalismo, se encamina hacia una estructura industrial y científica en franco proceso de obsolescencia. También, de forma concomitante, se le ha cercenado soberanía financiera para disputar o presentar batalla en la competencia tecnológica. Por lo tanto, se centra en la adaptación de tecnologías provenientes del centro y/o en la provisión de servicios secundarios.
La Argentina se sitúa en una posición oscilante entre la semiperiferia y la periferia. El proyecto de Súper-RIGI ilustra a la perfección el intercambio desigual antes señalado. La exigencia de un piso mínimo de inversión de 1.000 millones de dólares para sectores vinculados a la IA y los semiconductores se orienta claramente a obstaculizar el entramado pyme local, al tiempo que “invita” a gigantes tecnológicos del centro, como Palantir, Anthropic o Microsoft.
Los beneficios otorgados —reducción de la alícuota del impuesto a las ganancias al 15%, exenciones aduaneras totales y estabilidad fiscal garantizada por 30 años— configuran una “desposesión concertada”. Sin duda, esta definición puede emparentarse con la llamada “acumulación por desposesión”, concepto acuñado por el geógrafo marxista David Harvey, quien sostiene que el capitalismo se expande absorbiendo recursos y bienes públicos mediante procesos de apropiación por privatización. Suele ser vista como una continuidad de la llamada “acumulación originaria” de Karl Marx.
Desde la perspectiva del Sistema-Mundo, la radicación en el país de centros de datos de IA no configura actividades de alta rentabilidad, sino simplemente enclaves extractivos de recursos naturales. El entrenamiento de grandes infraestructuras de cómputo demanda colosales volúmenes de energía eléctrica y agua para la refrigeración de los servidores. Se configura de forma precisa el modelo de Wallerstein. La Argentina de Milei se sitúa en un rol periférico, como proveedora de insumos para las corporaciones que procesan los datos. Los eventuales costos de la actividad —consumo de agua y presión sobre la red eléctrica— deberían ser soportados por los argentinos. Las ganancias retornarán “líquidas” a las empresas globales situadas en el centro.
Además del Súper-RIGI, el Gobierno impulsa la introducción de la figura de la “sociedad automatizada”, reformando la Ley de Sociedades Comerciales. Simplificadamente, se pretende otorgar personería jurídica a entidades operadas por sistemas algorítmicos o agentes de IA, prescindiendo de recursos humanos. Resulta muy reveladora la narrativa oficial sobre esta iniciativa, al afirmar que puede asimilarse a la creación de las sociedades de responsabilidad limitada y al surgimiento de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, en 1602. Milei considera que, así como las SRL fueron un impulso esencial para el desarrollo del capitalismo, sus “sociedades no humanas” cumplirán un rol similar.
La analogía histórica expone una falacia geográfica y económica. Los Países Bajos constituían el centro hegemónico mundial. El propio Wallerstein los consideraba el primer hegemón en la historia del capitalismo. Detentaban el capital financiero y comandaban los términos del intercambio global. Ámsterdam diseñó una herramienta jurídica para extraer valor de las colonias periféricas hacia el centro. Vale aclarar que el poderío económico de los Países Bajos fue anterior a la creación de “la Compañía”. Asimismo, la decisión no fue producto del llamado “libre mercado”, sino una decisión del Estado para garantizar el monopolio y la extracción de valor de las colonias.
En la Argentina, en términos económicos, la figura se invierte de forma copernicana. El país no posee los bienes de capital tecnológicos ni los modelos fundacionales de IA; por lo tanto, las “sociedades automatizadas” serán vehículos jurídicos controlados por algoritmos cuya propiedad pertenece al centro. La utopía libertaria de constituir una nueva “Ámsterdam” de la era algorítmica choca con la geografía del capitalismo histórico. Para que exista una metrópoli que acumule valor deben existir territorios subordinados que absorban los costos básicos. Si no se defiende e impulsa la soberanía tecnológica, el experimento Milei/IA puede transformar a la Argentina en una proveedora energética, en un laboratorio de descarte de un Sistema-Mundo cada día más desigual.