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Thiel: el compadre del Anticristo en Buenos Aires

La complejidad exige más aptitud que la de los libertarios vernáculos. Se muestran abanderados de una presunta batalla cultural contra el wokismo en todas sus variantes, pero hace un año exactamente sus máximos líderes recibieron alborozados a Scott Bessent, secretario del Tesoro de los EE.UU. y casado con John Freeman, o más recientemente al recontra millonario Peter Thiel, que visitó la Casa Rosada en compañía de su esposo, Matt Danzeisen. 

Ambos matrimonios tienen hijos y podrían ser destinatarios de aquellas infortunadas palabras que Milei lanzó a comienzos de 2025 en Davos, y todavía humean. Entonces asoció la “agenda LGTB” y la “ideología de género” con la pedofilia. Dijo que “en sus versiones más extremas la ideología de género constituye lisa y llanamente abuso infantil”. Y concluyó: “Son pedófilos, por lo tanto quiero saber quién avala esos comportamientos.”

Pero claro: business is business. Y el lenguaje está lo suficientemente degradado como para que ciertas palabras circulen transversalmente y generen núcleos de (sin)sentido extraordinarios, como si los hechos cotidianos no fueran suficientes. La visita de Thiel  a la Casa Rosada coincidió con el impedimento de que ingresaran periodistas destacados, gente que acorde con su profesión anda siempre cerca del peligro, como bien lo demostraría pocas horas más tarde la cena de corresponsales en la Casa Blanca, donde se dio un atentado contra Donald Trump. No podía ser de otra manera: hubo comunicadores que pusieron en duda la credibilidad del episodio porque Trump habitualmente fue remiso a compartir la cena de los corresponsales, y la decisión de cambiar esa rutina no escrita fue repentina pero muy anunciada. Y lo cierto es que “la gente –según testimonió una corresponsal–, ni siquiera había probado bocado cuando salen con que hay disparos y hay que evacuar, y como es obvio él (Trump) sale primero que nadie, para inmediatamente anunciarlo en su red social y después dar una conferencia de prensa o un comunicado ante cámaras”.

El atacante se llama Cole Thomas Allen, un maestro californiano de 31 años, profesor universitario, ingeniero y máster en computación. Probó suerte armado con una escopeta, una pistola y varios cuchillos, pero fue reducido por la custodia de Trump sin mayores dificultades. Desbordante de ilación en su desorden mental, dejó una carta con una especie de prolijo manifiesto en el cual, entre varias cosas, argumentó: “Sobre el porqué de todo esto, soy ciudadano de los Estados Unidos de América, lo que hacen mis representantes me representa a mí, y ya no estoy dispuesto a permitir que un pedófilo, violador y traidor manche mis manos con crímenes.”

Por supuesto que Trump reaccionó inmediatamente por las redes sociales, y luego en una entrevista retomó uno de sus ejes ideológicos cardinales advirtiendo que, si bien no está seguro de que la violencia política en su país sea “mayor que antes”, le parece indiscutible lo “peligroso” que resulta el “discurso de odio de los demócratas” en la actualidad. Y hubiera sido suficiente para dar muestras de la creciente degradación del debate político que ha llegado de la mano de la extrema derecha a nivel planetario, pero Trump consideró propicia una sobreactuación adicional y rechazó especialmente una de las acusaciones de Cole Thomas Allen. Por eso afirmó: “No soy un pedófilo.”

Así que el juicio delirante del agresor frustrado mereció la negación de Trump utilizando la misma palabra, y echándola a circular una vez más hasta generar núcleos de (sin)sentido extraordinarios. Y de ahí que fuera oportuno recordar, a propósito de la visita de Thiel a la Casa Rosada, las palabras de su anfitrión referidas a la “agenda LGTB”, la “ideología de género” y la pedofilia. Pero está claro, si business is business, también es útil interpelar el entramado cultural actual explorando las noticias que animan las secciones policiales, así como las propias de la prensa rosa, o el periodismo del corazón enfocado a la vida de las celebridades. En ellas aparecen, por ejemplo, puntos de contacto sorprendentes como los revelados por los documentos que viene publicando el Departamento de Justicia norteamericano y otros registros, referidos a una relación estrecha entre Thiel y el difunto (por oportuno y probable suicidio en su celda) delincuente sexual convicto, Jeffrey Epstein. Hubo inversiones de Epstein en empresas de Thiel y mutuos elogios, pero también la reiterada manifestación del magnate tecnológico de que jamás había estado en la isla de Epstein conocida como Little Saint James, donde funcionó un lugar de tráfico sexual de menores, y se realizaron abusos contra mujeres muy jóvenes y niñas.

También el visitante de Milei ha sido infinidad de veces objeto de interés para la prensa del corazón, y por su condición de celebridad indiscutible resultó propicio para ocupar un lugar central en el tejido de habladurías y chimentos (o mejor en inglés: gossips) más propios de la industria del entretenimiento con hechos y sucesos improbables y banales que del periodismo. Sirva de ejemplo su relación con el modelo, actor e influencer Jeffrey Robert Thomas, quien era gay y bromeando se consideraba su “mantenido”, pero que tuvo en apariencia desinteligencias con Matt Danzeisen, el esposo de Thiel. Lo cierto es que a fines de 2022 se produjo en una fiesta una discusión subida de tono y Thomas debió abandonar la residencia de Thiel. Poco después, el 9 de marzo de 2023, apareció muerto en la planta baja de un edificio de apartamentos en el barrio de Brickell de Miami, y el Departamento de Policía investigó el hecho y lo declaró suicidio.

Todas las crónicas al respecto son muy cuidadosas, abusan del condicional y omiten nombres (en apariencia de personajes blindados ante la prensa) que podrían acarrear serias demandas judiciales. Pero señalan que Thomas trató de convencer a Thiel de que no incursionara en la política, o que no se desplazara hacia la ultraderecha republicana, y se abstuviera de apoyar a dirigentes caracterizados por su flagrante homofobia y su rechazo visceral a la agenda LGTB.

Sin embargo Thiel, dada su pertenencia al reducido grupo de propietarios de las empresas que gradualmente acumularían toda la información que genera la humanidad y desarrollarían sistemas de vigilancia y construcción de la opinión pública con niveles de concentración jamás alcanzados antes, debía necesariamente incursionar en la política. Y como viene señalando Jorge Zaccagnini en varios artículos, a la par de Marc Andreessen, Elon Musk y Mark Zuckerberg se asumió partícipe del movimiento anarco-libertario Make America Great Again (Maga) dentro de la nueva mayoría republicana de la Cámara.

En base a los trabajos de Jonathan Taplin que analiza y difunde Zaccagnini, si bien los cuatro proyectos de esta elite claramente destacables son el metaverso, la criptomoneda, los viajes humanos para colonizar planetas distantes y el transhumanismo, es éste último el que más los atrae, y no casualmente podría devenir (de ser posible) el más espantoso y peligroso para la humanidad. El proyecto se basa en la aceptación de que cada “bípedo implume” accede a la individualidad merced a pequeñas diferencias (color de la piel, belleza, inteligencia) que constituyen su esencia. Y ésta esencia puede modificarse encaminando a los seres humanos (seduciéndolos con el canto de sirenas del bienestar infinito y la inmortalidad) hacia una globalización tecnocrática relativamente positiva para pocos (ya transustancializados en cyborgs) en el marco de la supresión del derecho a la vida y a la identidad de todos los demás. O sea, merced a las tecnologías más avanzadas un puñado de cyborgs dominaría al resto de los seres humanos despojados de su esencia, o mejor, absolutamente uniformados los unos y los otros.

Thiel ha manifestado con insistencia su escepticismo respecto de la democracia, y que considera que apelando a sus herramientas tecnológicas de punta sería posible imponer en distintas partes del mundo a los partidos tecno-fascistas que crecen a costa de las debilidades procedimentales del sistema. Paralelamente, mientras despliega sus alianzas con el complejo militar-digital que pone a prueba el equilibrio geopolítico global, profundiza el control social a través de sus empresas de tecno-vigilancia mediante análisis de big data, y expande impunemente el control tecnocrático sobre el espacio de las comunicaciones.

El Presidente Milei lo recibió en la Casa Rosada, tal vez con la intención de comenzar el intercambio de ideas respecto de la contratación de su empresa para hacer trabajos de inteligencia como los que brinda al gobierno de EE.UU., donde gestiona bases de datos casi completas de la CIA y de otras agencias como el ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, que tiene que ver con la expulsión de inmigrantes. Palantir Technologies se especializa en análisis de big data por Inteligencia Artificial, y es la principal contratista del Departamento de Defensa de EE. UU. Pero del encuentro en la Casa Rosada solo se conocieron algunos comentarios de Milei, quien dijo que fue una charla “maravillosa” entre anarcocapitalistas, y que Thiel “tiene intereses en el sector de agronegocios”. También es probable que Milei haya recibido la oferta de tableros de diseño para generar una vigilancia permanente sobre la ciudadanía, como las que realiza Palantir Technologies en Israel y Francia. En el caso de Argentina, que podría en contrapartida aportar energía y territorio para instalar centros de datos de Thiel, recibiría el procesamiento (de acuerdo al artículo 15 del decreto de la SIDE 941/25) de la flamante Comunidad de Inteligencia Nacional (CIN), cruzando información que va desde el Renaper al ARBA, al ANSES, Migraciones, Ministerio de Defensa, etcétera, absorbiendo sus bases de datos y cruzándolas con las redes sociales, como ninguna otra empresa puede hacerlo en la actualidad. Por supuesto que no parece muy feliz la idea de entregar toda la información nacional a una corporación transnacional que rechaza toda regulación, y podría gravitar no sólo en el funcionamiento del sistema democrático sino también agraviar la soberanía.

En manos de Thiel y sus colegas Marc Andreessen, Elon Musk y Mark Zuckerberg la Inteligencia Artificial es algo demasiado letal cuando articula con dispositivos bélicos dotados de autonomía, y demasiado costosos cuando se hacen cálculos de las parvas de millones de dólares que requiere su desarrollo sin una perspectiva nítida de recuperación. Entonces queda claro que serán libertarios consecuentes y enemigos de los Estados nacionales, pero recurren a los muy cuantiosos contratos militares con ellos para ver si el resultado económico, más allá de ideologías, les garantiza continuidad. Finalmente, y por encima de las ideologías, como queda dicho, Thiel exhibe una vocación sin orillas de vendedor contumaz, por no decir de publicista resplandeciente. Y sabe hacerlo: además de criticar al sistema democrático, identifica a “la bestia”, al Anticristo, al hereje por naturaleza que se ha manifestado a través de movimientos contemporáneos como el progresismo, el ecologismo y el multiculturalismo que conducen, de no mediar algo que lo impida, al Apocalipsis. Entonces Thiel, el gran magnate tecnocrático, se presenta como una suerte de nietzscheano herbívoro, alguien que puede aportar aquello que demore (en griego, katecho) la caída, y que no es otra cosa que las tecnologías de punta y la Inteligencia Artificial.

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