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¿Y ahora qué?

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El invento de una realidad paralela

El análisis fue exhaustivo: tres mil publicaciones de 280 cuentas argentinas en Facebook, Instagram, X, YouTube y TikTok, entre el 24 y el 31 de julio, que mencionan a Lula o a Bolsonaro. Reunieron 2.620.449 acciones —comentarios, reacciones y compartidos— y 15.887.224 visualizaciones. Después, la autora procesó los 5.117 comentarios en español que dejaron los usuarios en las cinco publicaciones que la propia Oficina del Presidente hizo sobre el viaje. Lo que aparece no es una diferencia de énfasis. Es otra cosa: dos coberturas que casi no comparten un hecho.

Hubo un viaje. El 25 de julio, Javier Milei subió al escenario del Mercado Pago Hall, en San Pablo, para respaldar la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro. Habló de Lula da Silva. Le dijo ladrón y presidiario. Llamó «basura calva» a Alexandre de Moraes, ministro del Supremo Tribunal Federal. Recibió la Orden de Ipiranga de manos del gobernador Tarcísio de Freitas. Bailó.

Al día siguiente, Brasil llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli, invocando expresamente «las ofensas proferidas por el presidente argentino». En la práctica diplomática, llamar a consultas al propio jefe de misión es la medida de protesta más severa antes de bajar el rango de las relaciones. Es la decisión más drástica que Brasil tomó respecto de la Argentina en décadas.

Todo eso ocurrió. Pero si uno reconstruye la semana leyendo únicamente los medios argentinos alineados con el Gobierno, no encuentra nada de eso. Encuentra una condecoración (a Milei) y un dictador brasileño (Lula).

Dos hechos distintos

Tres medios componen el polo alineado con el Gobierno: La Derecha Diario, Neura TV y Carnaval. Publicaron 91 veces y sumaron 89.695 acciones. A ellos se suman dos cuentas que no son prensa pero pesan en la conversación: la oficial de la Oficina del Presidente y la de La Libertad Avanza, que con siete publicaciones aportaron otras 49.961 acciones.

Del otro lado, catorce cuentas críticas —Página 12, El Destape, Data Diario, C5N, Radio 10, Radio Con Vos y otras— publicaron 435 veces y sumaron 1.173.634 acciones. La diferencia es de 8,4 a uno.

Pero el volumen es lo menos interesante. Lo interesante es qué contó cada uno. Estos son los porcentajes de las acciones de cada polo según el encuadre que activa cada publicación:

La primera fila es la más nítida. La afirmación de que Lula es un ladrón o un dictador —no reportada como dicho de Milei, sino sostenida por el propio medio— ocupa más de un tercio de las acciones del polo alineado y no aparece una sola vez en los medios críticos ni en los comerciales de gran alcance. Cero publicaciones, cero acciones.

La última fila es el reverso. El pedido de juicio político que la diputada Marcela Pagano presentó el 30 de julio contra el Presidente y contra el canciller Pablo Quirno, por mal desempeño en el manejo de las relaciones diplomáticas, no existe para el polo oficialista. Ninguna publicación. Tampoco existe el costo económico de la disputa con el principal socio comercial del país: cero.

Y la respuesta de Lula, que es el eje absoluto de la conversación argentina de la semana, ocupa el 0,2% de sus acciones.

El sujeto ausente

Hay una segunda anomalía, y es más difícil de explicar.

Contamos en cuántas publicaciones Milei funciona como sujeto gramatical de la acción —»Milei dijo», «Milei viajó», «Milei acusó»— y en cuántas aparece como objeto: «sobre los insultos de Milei», «contra Milei», «le respondió a Milei». En los tres polos aparece más como objeto que como agente. Que eso ocurra en los medios críticos es esperable: cubren lo que le hicieron, no lo que hizo. Que ocurra también entre quienes lo defienden es otra cosa.

La cobertura alineada no narra «Milei hizo». Narra «Lula es» y «Milei recibió». El sujeto activo de sus titulares es Lula, en calidad de acusado, y el Presidente argentino aparece en voz pasiva, recibiendo una medalla. Nadie contó el viaje como una acción deliberada de política exterior. Ni siquiera los que lo aplaudieron.

Dos guerras paralelas

Los medios alineados nombran a Alexandre de Moraes en el 12,2% de sus publicaciones. Los críticos, en el 3,9%. Nombran a Alberto Fernández en el 6,1%; los críticos, en el 0,5%.

Ahí está la clave de lo que estaban haciendo. Su tema no era Brasil. Era el poder judicial brasileño como alegoría de un enemigo interno, y el peronismo como destinatario real del mensaje. El viaje fue el vehículo, no el asunto. Los títulos del polo alineado en esos días hablan de la «dictadura de Lula», de un «juez-dictador», de Agustín Laje «destruyendo» al presidente brasileño y acusan a TN de haber cortado la transmisión de la Fanfarria de los Granaderos.

Los medios críticos, mientras tanto, nombraron a Lula en el 89,4% de sus publicaciones. Y los comerciales de gran alcance —La Nación, Clarín, Ámbito, Infobae, Canal 26, Crónica— construyeron un tercer relato: el 49,2% de sus acciones corresponde al encuadre de crisis diplomática. Para ese polo, el de mayor alcance agregado después del crítico, la noticia no fue el insulto ni la condecoración. Fue la nota de Itamaraty.

Cuándo dejó de ser noticia

Los tres polos también publicaron en momentos distintos, y esa curva cuenta el final de la historia.

El polo alineado concentró la mitad de su producción en los dos primeros días y después se apagó. Cubrió el acto. Los críticos sostuvieron el volumen toda la semana y tuvieron un segundo pico el 30, cuando Lula volvió a responder. Cubrieron las consecuencias. Los comerciales explotaron el 27, el día en que la escalada se volvió materia institucional.

Dicho de otro modo: la cobertura oficialista terminó exactamente cuando empezó el problema.

La risa

Queda una última pieza, y es la que obliga a mirar a la ciudadanía digital. En Facebook, las publicaciones del polo alineado recibieron un 42,1% de reacciones «me divierte», casi tantas como «me gusta». En las publicaciones de los medios críticos esa proporción es del 9,5%.

Un «me divierte» es ambiguo: puede ser la propia audiencia riéndose de Lula o puede ser el adversario burlándose del posteo. Para averiguarlo hay que leer los comentarios, y el caso ofrecía un experimento natural. La Oficina del Presidente publicó exactamente la misma pieza sobre la Orden de Ipiranga en Facebook y en Instagram: mismo texto, misma cuenta, mismo día.

Se invierte. En Facebook los críticos duplican a los partidarios; en Instagram los partidarios triplican a los críticos. El contenido es idéntico. Lo único que cambia es quién lo recibe.

En el conjunto de las tres publicaciones de Facebook, la brecha llega a casi cuatro a uno: 25,3% de comentarios críticos contra 6,5% de comentarios favorables. Los más votados en la cuenta oficial del Presidente no son elogios. Son «un discurso lo llaman a eso, jajajaja», «tres palabras: ridículo, inútil y vergüenza» y una observación sobre que no puede hablar sin leer.

Hay un matiz que conviene no pasar por alto. Medidos por likes, críticos y partidarios empatan: 27,2% cada uno. Los partidarios son cuatro veces menos numerosos pero validan con mucha más intensidad. Y no reaccionan igual a todo: en la publicación del discurso, los comentarios críticos se llevan el 36,6% de los likes; en la de la condecoración, los favorables se llevan el 45,3%. Es el contenido protocolar, no el político, lo que su público celebra.

El chiste que cruzó la frontera

Entre los comentarios más votados de la cuenta oficial no hay ningún elogio en los primeros lugares. El segundo con más likes de todo el corpus —171— pregunta si el Presidente viajó con pañales. Hay cien comentarios en esa línea, con 388 likes acumulados.

La misma semana, del otro lado de la frontera, la consulta de búsqueda que más creció en Brasil asociada a Javier Milei fue milei fralda geriátrica, con un aumento del 2.600%.

El chiste cruzó el Mercosur antes que cualquier declaración oficial.

El protagonismo invertido

El equipo de campaña de Flávio Bolsonaro estará lamentando lo que los datos dicen sobre el protagonismo del presidente argentino en el lanzamiento de su candidatura.

En Brasil, además de copar la agenda mediática, Milei aparece como sujeto de la acción en el 13,8% de las publicaciones que lo mencionan: más del doble que en la Argentina. Allá se habló de lo que dijo, de lo que hizo, de sus modos. Milei chamou, Milei criticou, Milei discursou.

Acá no. Tanto los medios opositores como los comerciales y hasta los oficialistas narran a un Milei objetivado. No a un sujeto político en acción, sino a un ausente. Un ser hablado por otros.

Lo que no se publicó

El 26 de julio, un día después del acto, Marcela Pagano —diputada que llegó al Congreso por La Libertad Avanza y hoy conforma un monobloque— le escribió una carta a Lula da Silva. Le pidió disculpas «en nombre de los millones de argentinos que no insultan a sus hermanos» y le recordó que Brasil no le soltó la mano a la Argentina en 1982, cuando estaba sola frente a Inglaterra. Cuatro días más tarde presentó el pedido de juicio político contra el Presidente y contra el canciller Pablo Quirno. Lo cerró con una frase: «La República no juzga opiniones: juzga conductas». Ese registro —el de 1982, el de la hermandad, el de los cuarenta años de relación bilateral— aparece en 19 de las 3.000 publicaciones analizadas. El 0,6%.

Para quien se informó esa semana por los medios alineados con el Gobierno, nada de eso ocurrió. Y no es que lo hayan discutido y desestimado: no lo publicaron. En los tres medios del polo, el pedido de juicio político tiene cero publicaciones. El costo comercial con el principal socio del país, cero. La crisis diplomática ocupó el 2,7% de sus acciones, contra el 38,7% que dedicaron a sostener que Lula es un ladrón o un dictador.

Y esas nueve publicaciones tampoco informan la crisis. La niegan. Una acusa a Axel Kicillof de arrodillarse ante «el dictador brasileño». Otra celebra que un vocero oficial «destruyó las narrativas que la campaña internacional progresista intentó instalar». En una tercera, el canciller Quirno pide «basta de fake news» y aclara que la disputa es política y no diplomática. Para entonces, Brasil ya había llamado a su embajador de vuelta a Brasilia.

En esa territorialidad de burbujas digitales y de sesgo de confirmación, los argentinos y argentinas que se nutren de los medios libertarios no se enteraron de lo que pasó, ni de sus consecuencias, ni de la afectación directa que pueda tener en su propia vida. Y acá la burbuja no la construyó un algoritmo: la construyó una redacción. El filtro no operó en las redes sociales sino en la mesa de edición, antes de que la información llegara siquiera a circular.

La ciudadanía puede estar en desacuerdo con un encuadre. Para estar en desacuerdo con un hecho, primero hay que haberlo conocido.

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