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Ídolos: después de Thatcher llegó Pinochet

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Milei reivindicó el derrocamiento de Salvador Allende.

Javier Milei eligió Santiago y un foro internacional de la ultraderecha para presentar el derrocamiento de Salvador Allende como el punto de partida de cuatro décadas de prosperidad chilena. No mencionó por su nombre a Augusto Pinochet, pero describió el período abierto por el golpe de 1973 como una etapa de “estabilidad y crecimiento” y como triunfo de las ideas de la libertad. La intervención provocó la reacción de la familia Allende, del Partido Socialista, de dirigentes del progresismo e incluso de sectores de la derecha chilena. La historia que Milei utilizó como demostración económica incluye un golpe contra un presidente constitucional, el bombardeo de La Moneda, una dictadura de 17 años, más de 3.200 asesinados o desaparecidos según registros oficiales y decenas de miles de víctimas de prisión política y tortura. También incluye una experiencia económica bastante menos lineal que la que describió el Presidente argentino.

Javier Milei no pronunció el nombre de Augusto Pinochet. No le hizo falta. En el V Encuentro Regional del Foro Madrid, organizado en Santiago por la Fundación Disenso, ligada al partido español Vox, dijo que Chile era emblemático porque mostraba el valor de la “batalla cultural”. Y fijó el momento del supuesto éxito: después del “derrocamiento del comunista Allende”, afirmó, comenzó un período de “estabilidad y crecimiento” que convirtió a Chile en la envidia económica regional. Después describió ese proceso como los “frutos de la libertad”.

Hay una primera precisión histórica. Salvador Allende no era comunista. Era socialista. Fue dirigente del Partido Socialista y candidato de la Unidad Popular, una coalición que incluía al Partido Comunista junto con socialistas y otras fuerzas. En las elecciones del 4 de septiembre de 1970 obtuvo el 36,2 por ciento, delante de Jorge Alessandri, que consiguió el 34,9. Como establecía entonces la Constitución chilena, el Congreso Pleno debía escoger entre las dos primeras mayorías. El 24 de octubre ratificó a Allende por 153 votos contra 35, después del acuerdo con la Democracia Cristiana sobre un Estatuto de Garantías Constitucionales. Era, por lo tanto, un presidente constitucional.

Cuando Milei usa el “derrocamiento” como bisagra de una historia exitosa omite además que los cuarenta años a los que alude no fueron cuarenta años de pinochetismo. Pinochet gobernó durante 17 años, desde septiembre de 1973 hasta marzo de 1990. Para completar los “más de 40 años” de éxito que reivindica Milei hay que incorporar necesariamente tres décadas de democracia posteriores a la dictadura.

Qué ocurrió el 11 de septiembre

El golpe comenzó en la madrugada del martes 11 de septiembre de 1973 con la sublevación de la Armada en Valparaíso. Allende llegó a La Moneda alrededor de las 7.30. La Junta estaba integrada por Augusto Pinochet por el Ejército, Gustavo Leigh por la Fuerza Aérea, José Toribio Merino por la Armada y César Mendoza por Carabineros. Exigió la renuncia del Presidente. Allende se negó.

Los tanques rodearon La Moneda. Allende hizo por Radio Magallanes su último discurso. A las 11.52 comenzaron a atacar el palacio presidencial los Hawker Hunter de la Fuerza Aérea. Los aviones dispararon cohetes contra el edificio, que se incendió. Después ingresaron las tropas. Allende murió dentro de La Moneda. Las investigaciones judiciales y forenses chilenas concluyeron que se suicidó.

La Junta disolvió el Congreso el 24 de septiembre. Proscribió a los partidos marxistas, puso en receso a otras fuerzas políticas, suspendió libertades públicas y desarrolló un sistema represivo estatal. La DINA, dirigida por Manuel Contreras y subordinada directamente a Pinochet, se convirtió desde 1974 en uno de sus principales instrumentos. Pinochet fue concentrando progresivamente el poder hasta dominar el régimen.

Las cifras oficiales chilenas ayudan a dimensionar lo que Milei dejó fuera de su descripción sobre la etapa inaugurada en 1973. El Estado de Chile establece que al menos 3.200 personas fueron asesinadas o hechas desaparecer durante la dictadura. El Plan Nacional de Búsqueda trabaja actualmente con 1.469 víctimas de desaparición forzada, de las cuales 1.092 corresponden a detenidos desaparecidos y 377 a ejecutados políticos cuyos cuerpos no fueron entregados. De esas 1.469 personas, sólo 307 habían sido identificadas y restituidas a sus familias cuando se lanzó el plan. El destino de 1.162 seguía sin establecerse.

Si se incorporan prisión política y tortura, el universo es mucho mayor. El Instituto Nacional de Derechos Humanos resume los informes Rettig y Valech en más de 40.000 víctimas de la dictadura.

También existe un antecedente estadounidense imposible de borrar del contexto. Los documentos desclasificados muestran que Richard Nixon autorizó en 1970 a la CIA a intentar impedir que Allende llegara al poder o desplazarlo, y que durante su gobierno Washington financió clandestinamente partidos, medios y organizaciones opositoras. Un memo de la CIA de septiembre de 1973 consignó más de 6,4 millones de dólares aprobados desde 1971 para esas operaciones. Al mismo tiempo, las investigaciones estadounidenses posteriores no encontraron pruebas suficientes para afirmar que Washington hubiera dirigido operativamente el golpe del 11 de septiembre. Es importante distinguir ambas cosas.

Los Chicago Boys y una historia económica menos lineal

La segunda parte de la reivindicación de Milei es económica. La dictadura terminó imponiendo desde 1975 el programa elaborado por los economistas conocidos como Chicago Boys. Su documento de referencia fue El ladrillo, redactado antes del golpe. Proponía liberalizar precios, achicar el sector público, abrir el comercio, bajar aranceles, privatizar empresas, crear un mercado de capitales y reformar la previsión y la seguridad social.

El cambio fue profundo. Hubo privatizaciones, apertura comercial, reducción del papel económico del Estado, liberalización financiera y un nuevo Plan Laboral que restringió el poder sindical y la negociación colectiva. La capitalización individual administrada por las AFP sustituyó para los nuevos trabajadores buena parte del viejo sistema previsional. También se transformaron salud y educación.

Pero el proceso no fue una sucesión ininterrumpida de estabilidad y crecimiento. En 1975 hubo una recesión extraordinariamente profunda. Después llegó una recuperación importante. Y en 1982 la economía volvió a derrumbarse.

La Biblioteca Nacional de Chile califica la de 1982 como la mayor crisis económica del país desde 1930. El PBI cayó 14,3 por ciento y el desempleo llegó al 23,7 por ciento. Quebraron bancos y empresas. El Estado intervino instituciones financieras y asumió costos de la crisis.

Después de esa debacle, la propia política económica dejó de aplicar con la misma rigidez la primera fórmula de los Chicago Boys. Hubo aumentos transitorios de aranceles, regulación financiera más estricta, renegociación de deuda externa, asistencia estatal al sector privado y estatización de deuda privada. Desde 1985, con Hernán Büchi, comenzó otra etapa de recuperación y nuevas privatizaciones. Algunas empresas consideradas estratégicas, entre ellas Codelco, ENAP y BancoEstado, permanecieron en manos públicas.

Por eso puede discutirse ampliamente cuánto del desarrollo posterior de Chile corresponde a las reformas de la dictadura y cuánto a las modificaciones introducidas después. Lo que resulta difícil de sostener literalmente es la imagen de cuarenta años continuos de estabilidad nacidos el 11 de septiembre de 1973. La dictadura sufrió dos recesiones extraordinariamente graves y terminó en 1990. Buena parte del período de crecimiento posterior transcurrió bajo gobiernos democráticos de la Concertación.

La nieta de Allende y la respuesta chilena

Una de las respuestas más fuertes provino de Maya Fernández Allende, nieta de Salvador Allende y exministra de Defensa durante el gobierno de Gabriel Boric. Calificó las declaraciones como “en extremo graves”. Señaló que Milei estaba elogiando el derrocamiento de un presidente elegido democráticamente y sostuvo que esa lectura “normaliza la ruptura institucional y el golpe de Estado”. También recordó que las palabras fueron pronunciadas pocos días antes del 53 aniversario del golpe y habló de indolencia hacia las víctimas y de una “profunda falta de humanidad”.

Hasta ahora, es la reacción pública de la familia Allende que aparece claramente documentada después del discurso. No corresponde atribuir declaraciones a otros descendientes si no las hicieron.

El Partido Socialista, al que perteneció Allende, reaccionó institucionalmente. Calificó de inaceptable que un mandatario extranjero llegara a Chile a reivindicar un golpe de Estado y pidió al gobierno de José Antonio Kast que expresara formalmente su rechazo. Su presidenta, la senadora Paulina Vodanovic, reprochó después que Kast no hubiera reaccionado.

Las críticas abarcaron al progresismo. La exministra Camila Vallejo cuestionó que el Presidente chileno alojara a mandatarios a los que se permitía insultar a quienes pensaban distinto. El presidente del PPD, Raúl Soto, atacó duramente a Milei y sostuvo que su presencia comprometía a Kast con el espacio de la ultraderecha internacional. Más de 150 dirigentes y exautoridades participaron, mientras se realizaba el Foro Madrid, del encuentro progresista denominado Democracia Siempre.

Pero hubo también una toma de distancia desde la derecha. Guillermo Ramírez, presidente de la UDI, sostuvo que las expresiones utilizadas por Milei para referirse a Allende “no son adecuadas para referirse a un mandatario” y defendió que las instituciones y los presidentes, actuales o anteriores, deben ser tratados con respeto. Sin embargo, consideró que el gobierno de Kast no tenía por qué responder formalmente.

Kast, aliado ideológico de Milei y anfitrión político de su visita, no condenó públicamente ese tramo del discurso. Los dos presidentes se reunieron después en La Moneda durante unos cuarenta minutos. La reunión terminó sin declaraciones públicas conjuntas sobre la polémica. Kast participó y luego clausuró el mismo Foro Madrid.

Una reivindicación con presente

El discurso no fue solamente una interpretación histórica. Milei utilizó Chile para desarrollar una tesis contemporánea. Según él, las ideas de mercado triunfaron en los hechos pero la derecha perdió la “batalla cultural” en universidades, medios e instituciones. De allí habría surgido el estallido social de 2019. El Presidente argentino volvió a dividir el escenario político entre las fuerzas de la libertad y una izquierda que describió como un “cáncer”, llamó a las derechas a organizarse internacionalmente y celebró la llegada de Kast al poder.

En esa construcción, el Chile posterior al golpe aparece como demostración de que primero hay que derrotar políticamente a la izquierda y luego preservar culturalmente las transformaciones económicas. El problema es que el punto inicial de ese relato no fue una alternancia electoral. Fue el bombardeo del palacio presidencial, la muerte de un presidente constitucional y la eliminación de la democracia durante 17 años.

Y ésa fue justamente la objeción de Maya Fernández. Se puede discutir la Unidad Popular, su política económica, la inflación, el conflicto social de 1973, la responsabilidad de los distintos actores y los resultados posteriores de las reformas de mercado. Lo que cambia de naturaleza cuando lo dice un jefe de Estado extranjero en Santiago es presentar el derrocamiento como el comienzo de una etapa virtuosa.

A ocho días de un nuevo aniversario del 11 de septiembre, Milei no sólo reivindicó un modelo económico. Convirtió el golpe que permitió imponerlo sin Parlamento, sin partidos libres y sin oposición democrática en el punto de partida de su historia del éxito chileno. Y por eso la discusión que abrió en Chile excede ampliamente a Pinochet, Allende o los Chicago Boys. Es una discusión sobre si para Milei la libertad económica puede ser celebrada aun cuando su nacimiento haya coincidido con la supresión de la libertad política.

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