“Si globalizan nuestro pensamiento
sólo habrá un libro con el mismo cuento
sin esa magia de la poesía
la música del mundo no tendrá lugar,
pregunto yo
quién va a cantar…”
Rubén Rada
Episodio XXXIX. Recordemos que se había cortado la luz en Buenos Aires y que Stella, Natalia, Romina y Giselle estaban haciendo sobremesa a oscuras. Habían renunciado a cualquier tipo de vela o linternas. Y habían apagado los celulares. La oscuridad trae más concentración, se oyen mejor las voces. La oscuridad es necesaria a veces. La conversación siguió. Escuchémosla:
-Yo nunca les conté, chicas. El año pasado Federico y yo les dijimos que habíamos hecho un viaje a Las Canarias, pero era mentira.
-¿Qué decís, Gise?
-Eso que oís, Nati. Era mentira lo del viaje. Nos fuimos los dos con un grupo de actores amigos al campo.
-¿Y por qué nos mentiste?
-Bueno, Nati, no es que haya mentido, o sí, no sé, yo pensaba contarlo y ahora lo voy a hacer. Queríamos salir de este cosmos zapallar, de este zapallo macedoniano sin externalidad, en donde, como dice Macedonio Fernández: “los hombres son absorbidos como moscas.”
– Tenés una obsesión con Macedonio, Gise.
-Sí, Stella. Siempre me lo decís, y es verdad. Hasta lo cito de memoria. Qué le voy a hacer… Bueno, les cuento. Nos fuimos a ensayar una obra a un lugar donde nadie nos viera. Fuimos a un campo. Éramos un grupo grande de gente: la directora; unas escenógrafas; los actores; Fede y yo, que la escribí. Ah, y vinieron unos músicos al día siguiente. Lo hicimos bajo juramento de no divulgarlo, de que no se viera. De estar fuera de internet. Para ser más clara: Huimos de la IA. No quisimos que nuestro contenido, la obra, quiero decir; no quisimos que la obra se convirtiera en “contenido” para mercadería de la IA. Quisimos tener un lugar libre, físico, creativo. Nos instalamos en carpas. Hacíamos fuego, cocinábamos, nos calentábamos, nos protegíamos de las lluvias. Era primavera. Nos filmamos con una Super 8 mm de Kodak con rollo que tenemos Federico y yo guardada. La obra habla de tres mega tecnomilmillonarios que gobiernan y, cada tanto, eligen entre la gente más pobre a diez muchachas y diez muchachos que hayan estado más o menos bien alimentados para llevarlos a sus mansiones y tenerlos sojuzgados, entregados a la servidumbre sexual para después matarlos y cocinarlos. Había campeonatos de Master Chef en carne humana y se transmitían por televisión. La mayoría, (algunos no) de los jóvenes elegidos iban contentos al sacrificio porque sabían que gozarían de lujos que jamás verían en sus vidas indigentes. Incluso muchos progenitores entregaban entusiasmados a sus hijos, algunos como si entregaran ofrendas, otros como para darles algunas de las horas de felicidad que nunca conseguirían es sus vidas. Horas de felicidad y fama.
-¡Ah, Gise, lo que estás contando se parece a Gran Hermano!
-Bueno, pero esto era para el sacrificio final. Las doncellas y los donceles eran, después de gozar de días de fiesta y banquetes (sirviendo sexo también, claro), eran envenenados con unos venenos que los hacían retorcerse hasta morir. Y esta agonía se veía por tele y streaming, redes sociales y demás. El retorcimiento, los chicos revolcándose de dolor era lo más visto. Al primer muerto se le hacía una ceremonia con desfile de granaderos llevándoselo por una gran avenida a cajón abierto hasta ser recibido por el Gran Chef y su equipo de chefes o altos cocineros.
Esto se veía en un primer y segundo actos. En el tercer acto se veía a una banda de aspirantes a alta cocina corriendo para buscar los ingredientes y cocinando los cuerpos de acuerdo a diferentes estilos culinarios. Después aparecía un triunvirato de pelotudos que probaban los manjares y poniendo caras solemnes, aprobaban o desaprobaban a los pobres competidores, los agraviaban psicológicamente o los alababan hasta incomodarlos.
Los platos eran esculturas muy coloridas y se ofrecían a la élite de tecnomilmillonarios. Los pobres los miraban comer desde sus celulares, computadoras o televisores. Los padres de los jóvenes canibalizados estaban calmos, contentos, jubilosos. Sus hijos habían experimentado por un breve lapso la comodidad, el confort. Como dice Macedonio: “su todocomodidad de vivir”.
En el cuarto y quinto acto la cosa cambia.
-Es re impresionante lo que contás, Gise. Hasta parece real.
-Romi, seguramente, vos viste mil historias distópicas como esta en series…
-No, así, tanto, no…
-Bueno, sigo. En el cuarto y quinto acto se ven algunos jóvenes pobres que se quieren entregar y esperan con ansia la hora de ser seleccionados. Pero otros, no, y se empiezan a confabular. Quieren buscar en las tradiciones guerrilleras las formas de organizarse, pero no encontraron archivos ni documentos históricos. Buscaron lugares que fueran puntos vacíos, libres del ojo todocontrolador, libres de la IA y esas cosas. No encuentran el lugar y toman una decisión que es un verdadero martirologio. En el más estricto secreto, ayudados por algunos mapadres y por otros confabulados, fabrican un veneno que queda encapsulado y que se desencapsula después de la muerte. Estos jóvenes confabulados son elegidos. Eran muy inteligentes. En las mansiones de los déspotas fingen gozo, soportan y cumplen todas las servidumbres. Hasta que mueren. La población entera contempla los retorcimientos y aullidos propios de la agonía. Después se ve el soez y estúpido campeonato de Master chef. Algunos espectadores saben que el segundo veneno se ha desencapsulado. Otros espectadores quieren contrarrebelarse y botonear, avisar a los estúpidos chefs del peligro de comer esos manjares, pero no llegan.
En el quinto acto se ve a los milmillonarios y a los cocineros retorcerse y morir.
-¿Y después?
-Después entran los actores que hacen de pueblo, bailan, se da una gran música y fiesta popular.
-Y, supongo que harían altares para los jóvenes rebeldes martirizados, y que en la flamante libertad habrá guerras…
-Sí, Stella, pero eso es para otra obra.
-Y, decime, Gise, -Nati preguntó cómo rogando.- ¿Podemos ver la filmación de tu obra?
-¡Sí! Yo quiero que ustedes la vean. Pero sin teléfonos prendidos. Así, como estamos ahora. Quiero hacer una reunión en mi casa con el proyector.
-¿Y no piensan representar la obra?
-Sí, Nati, pero no encontramos salón o teatro que esté resguardado de Internet y eso. Por ahora, solamente tenemos el rollo para proyectar entre nosotros. Pero no es lo mismo…Ah, y hay otra cosa que no les conté. Una cosa que nos pasó en los ensayos.
-¡¿Qué?!
-Ya les cuento, pero tomemos unas copitas más primero.
-Yo sirvo. Ahora me encanta la oscuridad.- Romi fue rozando las copas con mucha suavidad. Vio que la botella se había terminado y se ofreció a buscar otra. Fue caminando casi como una astronauta hasta la cocina, llegó a la mesa y sirvió. La aplaudieron y la vivaron como a una campeona. No había hecho ningún ruido ni había tropezado con nada. Escanció las copas sin ver. Todas chocaron los cristales un poco borrachitas en la noche negra. Stella preguntó:
-Decime, Gise, ¿dónde, en qué campo actuaron, ensayaron y todo?
-No lo voy a decir. Nos pueden escuchar. Aunque tengamos los teléfonos apagados. Nos pueden escuchar.