Sólo el que ha muerto es nuestro,
sólo es nuestro lo que perdimos.
Posesión del ayer.
J.L Borges
Giselle, Stella y las chicas. Episodio XXXI. Pasó una semana de aquellas tres partidas. Los cinco goles de Messi devolvieron una euforia dormida, pero, igual, la casa seguía con las canciones de los redondos desde la mañana a la noche sin parar de oír y bailar. Giselle iba a visitarlas todos los días y todos los días contaba la misma anécdota. Que ella, a fin del año ’79, recién terminada la secundaria, fue invitada a un boliche medio subterráneo cerca de Pacífico (nada de Soho y Hollywood) que, quizá, fuera clandestino. Se puso una pollera larga para la ocasión y encontró unas lentejuelas brillantes importadas de la China para abrillantarse la cara ella y su amiga también. Era raro. En aquellos años uno no se producía tanto para ir a un recital. Era, como dije, un bar-pasillo medio subterráneo con paredes pintadas como cuando se pintaban las paredes antes del golpe.
Aquello no era el Gran Rex ni Obras. No. Era un teatro escondido y había mucha gente loca y hasta un olor prohibido a marihuana. Gise y su amiga se pusieron paranoicas, pero eran tantos los cuerpos y el escenario tan chico, y el humo tan denso que se sentían protegidas. Los pibes que las invitaron tenían más de veinte y se comportaban como en su casa. Subieron los músicos al escenario. No lo pudo creer. Creyó que estaba en otra realidad. Había un teclado que se colgaba, dos guitarras, uno de los guitarristas era muy hippie y quedó enamorada hasta el día de hoy. El cantor, extraño, tenía pelo corto, ¿pelo corto, qué raro? Se anunciaron como Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. ¿Y ese nombre? Era un rock para moverse y bailar, nada que ver con la Máquina de hacer pájaros o Invisible.
Giselle no paró de bailar con su amiga, con toda la gente desconocida que saltaba sin conocer las canciones. Los cuerpos eran como amigos íntimos y ella decidió que quería quedarse a vivir con ellos para siempre. Ah, y creyó que Patricio Rey era el nombre del que cantaba.
Stella recordó que estando en Estocolmo supo que había madres de compañeros que estaban buscándolos y que hacían rondas en la plaza como protesta. Era muy arriesgado, pero lo hacían igual. En estos días le venía resonando la voz de Taty, la voz grave, fuerte y colorida que tenía, reivindicando a su hijo y a sus compañeros como militantes políticos, y que no hay que tenerle miedo a la palabra “militancia” y que la dictadura fue cívico militar eclesiástica para instalar un plan económico; que para eso fue la dictadura y que ahora están aplicando un plan igual. Stella recordaba mucho a Taty.
Contó también que viviendo en Estocolmo le llegaron tres novelas de una escritora que ya tenía mucha obra anterior y que ella y Juan Carlos desconocían. Fue poco antes de volver al país, poquito antes de la democracia. Giselle también contó que por esa misma época, los años ’81, ’82, leyó a María Granata, de quien ya le habían hablado. Se pusieron a buscar libros y a releer. Romi y Nati no la conocían y quedaron prendadas con la historia de Los tumultos. Después se pusieron a leer Los viernes de la eternidad y se reservaron El diluvio y la guerra.
-A esta escritora tendríamos que reeditarla y darla a conocer más entre la gente más joven. –Observó Natalia.
La ficción y la poética de María Granata las hizo pensar en Macedonio Fernández. Él se había postulado a sí mismo como a sí mismo como “el imaginador de la no muerte”. Y, sí. La ficción y sólo la ficción es el espacio para lo imposible. Ese es el único espacio para escribir la eternidad.