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¿Y ahora qué?

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Stella, oportunidades

Episodio XXXV.

De visita en Villa Urquiza, Stella estaba lejos de su casa y eran las once de la noche. Los colectivos pasan muy espaciados, así que solicitó a sus amigos que le hicieran el favor de pedir un auto de aplicación. El auto vino, pero Stella no lo encontró, así que caminó hasta la avenida Constituyentes, y, oh milagro, vio pasar un bondi y se subió. Recordó las épocas en que usaba radio taxi. Todo era más sencillo y eficiente, los choferes eran profesionales, llegaban a la dirección que les decías, podías desviar la ruta, cambiar el destino e ir a buscar a otra persona, nadie te monitoreaba de afuera, el chofer no te iba a mirar con cara de naipe y decirte “tengo que ir por donde me marca la aplicación, señora, sino la app me sanciona”. Y había algo más importante. El dinero de la tarifa era para el taxista y nada más que para el taxista. Ninguna multinacional fantasma se llevaba porcentaje alguno. Realmente, había mucha más libertad antes de la ofensiva tecnológica.

Stella pensaba todo esto ya sentada en el primer asiento del 111. Sin celular ni nada para leer. Y como no había mucho para ver por la ventanilla porque era de noche, se dedicó a prestar atención a la conversación que llevaban dos pasajeros en el asiento de atrás. En realidad, más que conversación, eran consejos que un amigo le daba a otro. Escuchemos:

“Y, te tenés que reconvertir porque los cambios que se están dando en la Argentina son muy rápidos gracias a la valentía del nuevo gobierno. Mi bisabuelo cuando llegó acá fue jardinero, recorrió todo el país haciendo oficios varios, desde tornero, basurero hasta costurero, hasta barraquero. Fue también panadero hasta llegar a tener su comercio propio; es decir, su propia panadería. Después, el progreso y su ansia de trabajar lo llevaron a ser dueño de perfumerías y después tuvo hoteles, y, hasta puso una clínica con otros socios y un banco que llegó a niveles internacionales. Ahí se detuvo, se dedicó a envejecer cómodamente y legó a sus hijos y nietos sus negocios y una buena posición. Mi viejo después vendió todo y puso la guita a trabajar, se puso financieras. Ahora nos bancamos. No tan bien pero nos bancamos. Vos deberías aprender. Si ahora sos un neurocirujano al que no le alcanza para el boleto, bueno, probá otras cosas. Hay mil oficios para hacer. Podés vender frutos secos. O hacer como una psicóloga amiga que fabrica jabones naturales ella misma y sale a venderlos. O como la científica del instituto de micología y botánica, que hace pan casero y, a veces, hasta tiene pedidos. La familia la ayuda. O podés hacer ropa, que es tan fácil de aprender. También podés tener tomates cherry en el balcón. Eso da ganancia. O te podés poner un hostel. Pedí un crédito a una tasa del doscientos por ciento y la devolvés, porque con turistas se trabaja muy bien. O, ya que hablamos de turistas, vos que sabés tanto, -los médicos estudian demasiado y tienen una gran capacidad para el chamuyo- podés ponerte de guía de turismo en Plaza de Mayo y vivir de las propinas. También podés trabajar en inmobiliarias, que ahora la propiedad se vende un montón. O podés hacer como el señor que me llevó en Uber la otra vez. Era parrillero. Como no le alcanzaba el sueldo, renunció, se compró un coche a crédito, aprendió a manejar y trabaja de eso. Tenía y tiene deudas, como todos, pero así se empieza; uno está en la superficie, cava un foso; esto quiere decir que se endeuda, se va a los números negativos y ahí abajo, por la necesidad, cobrás impulso para salir a la superficie y ascender. . Hay que endeudarse para progresar, invertir lo de uno primero, poner el cuerpo y algunos dólares de los que guardás en el colchón, porque, no me vas a decir que un médico como vos no va a tener dólares en algún lado. Los raiders hacen así: se endeudan para comprar la moto o la bici, la mochila con la marca de la empresa, el celular y los datos. Y es fantástico porque la misma empresa te presta la plata; o sea, te endeudás con la empresa, que no es una empresa, es una aplicación, pero es como si lo fuera. Así se sale adelante. No te amargues.

Otra posibilidad es ser policía de la ciudad. Están tomando gente constantemente. Te hacen hacer un curso rápido y ya tenés el arma reglamentaria. Vos sos más inteligente que la media y vas a aprender rápido. Seguro que vos ya sabés manejar armas. Tenés que desinhibir, correr barreras, hacer un trabajo psicológico con vos mismo y sacar tu violencia. Pero no te preocupes que para eso te entrenan o te tomás algo. Cuando veas gente reunida o rejuntada o saltando, ahí pegás, gaseás o disparás. Sin miedo. La gente en la calle no está armada, no te va a hacer nada. También a los que duermen en la calle, a esos le das como a los mosquitos. Para eso te entrenan. Y a vos con el título universitario que tenés, te van a dar un grado alto.

Y si no, siempre hay recursos. En las iglesias y en algunos parque y unidades básicas (son peronistas pero son buenos) reparten viandas. La metropolitana los ataca, pero a vos que sos médico no te van a hacer nada.  Las viandas vienen envueltas en bandejitas de plástico y polietileno en condiciones muy higiénicas. La gente hace cola, las recibe. Muchos las llevan a sus casas y muchos se quedan ahí mismo con unos banquitos y, gracias a unos cubiertos de plástico que también reparten, se sientan a comer y a conversar. Se cuentan sus vidas. Algunas personas, de tanto vivir en la calle tienen la memoria desordenada y hablan mucho. Hablan de las mascotas que los acompañan en su vida nómade, Otros hablan de los accidentes que sufren en la calle. Es una buena manera de sentirse en familia. Este país siempre da oportunidades. Acá siempre se sobrevive.”

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