En los Grundrisse, unos borradores publicados casi medio siglo después de su muerte, Marx advertía cuán fascinantes seguían resultando los mitos griegos, así como La Ilíada y la Odisea, más de 2600 años después. Y llegó Nolan, con su película. Su Odisea dista mucho de la Odisea de Homero, y está perfecto, faltaría menos. La inmensidad y complejidad de la Odisea la hace muy complicada para poder ser adaptada. La Odisea de Nolan es una buena Odisea y se agradece, pero no es la Odisea.
Decía Marx que la seducción de los mitos griegos radica en su estado de inocencia, es decir, en esa infancia histórica de la humanidad que sigue ejerciendo un encanto eterno sobre los modernos. Esta mitología de una edad de la inocencia moldea las fuerzas de la naturaleza en la imaginación. Así, las turbulencias del mar eran una fuerza consciente de Poseidón o los rayos expresión del enojo de Zeus, a quienes se les podía implorar por su clemencia mediante sacrificios. Concluía Marx que esa imaginación tan deslumbrante sólo era compatible con una formación social poco avanzada. Pensemos en nuestros tiempos: ¿qué puede hacer el temible Aquiles y toda su fuerza frente a un misil BGM-109 Tomahawk? ¿Puede llegar Hermes a destino antes que una transferencia bancaria?
La Odisea nos interpela desde la niñez hasta que somos adultos. Desde historias fantásticas y de picaresca que nos cuentan nuestros padres y abuelos hasta las odiseas que enfrentamos como adultos. ¿Qué migrante o desplazado no se ve reflejado en la experiencia de Odiseo? Agustín Barta, poeta y traductor republicano español, decía que no fue hasta su exilio en México que Homero se le impuso con “su inmortal vigencia, cuando comprendí que mi vida, como a él su destino, me había convertido en un esclavo del regreso. Entonces su figura se me agigantó interiormente, se me volvió luminosamente accesible”.
Christopher Nolan es un director particular con un estilo muy particular, y además súper taquillero. Le fascinan las formas narrativas no convencionales, como lo demuestra en su muy inventiva Memento (2000), donde el avance de eventos de la película se entremezcla con otra narración a la inversa. Por eso, la Odisea parecía que le venía como anillo al dedo al director. Y es que la Odisea, en ese sentido, resulta muy moderna en tanto a su estructura narrativa porque no presenta una narración lineal. El mismísimo Odiseo aparece recién hasta el canto V (Ana Karenina no aparece físicamente hasta el capítulo XVIII de su novela homónima), que es después de que transcurra la Telemaquia, los primeros cuatro cantos en los que Telémaco, hijo de Odiseo, parte de Ítaca en busca del padre que no conoce en una especie de aventura formativa.
La Odisea de Nolan dista mucho de la Odisea de Homero y está perfecto, faltaría menos. La inmensidad y complejidad de la Odisea la hace muy complicada para poder ser adaptada. La Odisea de Nolan es una buena Odisea y se agradece, pero no es la Odisea. Traducir una obra siempre conlleva riesgos. Desde el propio Homero, que proyectaba muchas de sus prácticas sociales del siglo VII a.c. a la sociedad micénica donde se ubica el mundo de Odiseo, como nos recuerda Moses Finley en su maravilloso librito El Mundo de Odiseo.
Las elecciones de Nolan son curiosas. Desde los tonos fríos y tristes o las locaciones en el norte de Europa (lejos de lo que pensamos que es el Mediterráneo), la completa ausencia de dioses (Palas Atenea parece que es una alucinación del protagonista) hasta la eliminación de algunos pasajes del poema. Y está bien, es su Odisea. Pero la verdad eché en falta el chiste más antiguo e universal de la historia, el chiste de “Nadie”, nombre con el que Odiseo se presenta al Cíclope Polifemo. Cuando Polifemo es cegado por Odiseo y sus compañeros con una estaca, el resto de Cíclopes acuden en su ayuda y preguntan por quién le ha atacado, a lo que Polifemo contesta que “Nadie me está atacando”, provocando la carcajada de los Cíclopes, que se retiran y el astuto Odiseo zafe (decía el historiador J. P. Vernant que en griego “Nadie”, Utis, hace un juego de palabras con el término griego metis, que significa astucia, la astucia del protagonista, aparte de que Utis rima con la abreviatura de Odiseo, Odis). En la película no hay intercambio con el Cíclope, cuya monstruosidad está muy bien lograda. ¡Qué chiste que nos perdimos!
También eché en falta en la película el hermoso final de la Odisea. Penélope, después de que Odiseo mate a los pretendientes (y a sus esclavas, que Nolan edulcoradamente omite), todavía recela si Odiseo es su marido (y es que han pasado 20 años desde su partida). Así que lo pone a prueba pidiendo a las sirvientas que le lleven la cama, a lo que Odiseo responde que eso es imposible, una de las patas de su cama es de un olivo arraigado a la tierra. La inmovilidad de esa pata, según Vernant, es expresión de un secreto íntimo que comparten entre los dos, que a su vez es muestra de su unión y consagra al héroe en sus funciones de Rey de Ítaca. Son las elecciones de Nolan. Algunas están buenas, como la escena de Circe, y el diálogo que lanza Odiseo después de escuchar el canto de las sirenas. Sin embargo, se ha perdido muchísimo de Homero.
El destructor de ciudades
Hay dos ejes centrales elegidos por Nolan para su Odisea: la xenía, la ley de Zeus, y el trauma de Odiseo como criminal de guerra. El criminal y traumado Odiseo. ¿No es anacrónico psicologizar al héroe de un verso de la Grecia antigua? Es elección de Nolan, y mis conocimientos de historia antigua son escasos, pero a la traductora de la versión de la Odisea que usó Nolan, Emily Wilson, no le ha gustado tanto un Odiseo con trastorno de estrés postraumático (https://www.lrb.co.uk/the-paper/v48/n14/emily-wilson/an-uncomplicated-man).
La Odisea está plagada de epítetos, que eran usados por los poetas griegos, los encargados de transmitir y deleitar con los poemas al público iletrado, como recurso para rimar sus versos: Atenea de glaucos ojos, el divino Telémaco y el astuto Odiseo. ¿Incluimos al arriesgado Christopher Nolan también? Y, sobre todo, Odiseo, el destructor de ciudades.
Hasta qué punto llora el Odiseo homérico por los crímenes de guerra cometidos, teniendo en cuenta que en su regreso no le tiembla el pulso para ahorcar a las esclavas que habían sido obligadas por los pretendientes a todo tipo de barbaridades (y que Nolan, caprichosamente no nos presenta).
Con el recorte de Nolan y Matt Damon, perdemos mucho del carisma, astucia y picaresca que caracterizan a Odiseo. Impronta que le supo dar Kirk Douglas en Ulises (1954) o el propio Damon como Ripley supo mostrarse como un personaje carismático y pícaro en El talentoso Ripley (1999). ¿No fue acaso también una picaresca del propio Matt Damon en la vida real, escribir a sus 20 años un guión que le valió el Oscar?
Ha corrido mucha tinta en reseñas de la película, y sabiamente han señalado el trasfondo político de la obra. La xenía, la ley de Zeus, la norma que obligaba a los griegos a recibir y respetar al visitante resuena fuerte en un contexto donde el migrante es maltratado y perseguido. Como las cacerías organizadas por el ICE en Minnesota. Pero es en la transgresión de esas normas que también se centra Nolan. La transgresión de las normas que lleva adelante el Odiseo-Damon, según Nolan, sería la causa de la caída de la civilización micénica por el sea people, los pueblos del mar que están siempre en acecho durante la película (por mis conocimientos no me quiero meter en la veracidad histórica de estas cuestiones, ya lo hace Emily Wilson en su reseña).
Es la trasgresión que hace Odiseo-Damon de la ley de Zeus cuando entrega el famosísimo caballo a Troya en forma de ofrenda para poder atacar la ciudad y destruirla, causando un trauma eterno a nuestro Odiseo-Damon moderno y poniendo en riesgo los cimientos de su civilización.
Nolan marca el paralelismo de dichas transgresiones con el imperio estadounidense, que miente al igual que Odiseo-Damon miente a Sinón sobre el contenido oculto del caballo provocando su muerte. Imperio que transgrede y se burla de esas normas, transgresiones que en la Odisea son el motivo de una crisis civilizatoria que nos alerta Nolan.
El Odiseo de Nolan está traumado por los peligros que ha desatado con su invención, al igual que en su Oppenheimer (2023), Robert Oppenheimer lo está por la creación de la bomba atómica, ese gesto prometeico. No es la Odisea de Homero, pero es una buena Odisea. Y lo mejor, el regreso al texto clásico, que resulta invaluable y emocionante.