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Una noche en Macriland

POR

.

Episodio XLIII.

Decidieron ir al teatro. Federico se entusiasmó con una obra que trataba sobre Borges en diálogo con un pensador peronista, y allá fueron, a una sala independiente de Palermo viejo en la que, seguramente, conseguirían entradas en la boletería sin necesidad de molestarse con internet. Fueron con él Giselle, su mujer y Stella. Estacionaron bien lejos, antes de Scalabrini Ortiz para no tener que dar vueltas buscando lugar, y, de paso, caminarse unas cuadritas. Llegaron al bonito teatro, más que bonito, un establecimiento sostenido a pulmón. En la entrada había un bar de comiditas caseras, antes veganas. Ahora, que todo se vino bastante abajo, las comiditas eran sólo vegetarianas y muy poca era la variedad de las bebidas también. Pero el teatro, la cooperativa seguía y sigue ahí resistiendo como buen espacio independiente, como bien resiste la cultura en esta ciudad.

Giselle se mandó para adentro, al barcito y saludó a un par de conocidas; Federico fue directo a la boletería que estaba cerquita de la puerta, y Stella se quedó en la misma puerta, en el paso, digamos, en el inoportuno lugar de la entrada viendo a Giselle charlando con sus amigas. Vio también a una cuarentona cheta con el pelo color tabaco ir a sentarse. ¿Por qué seré tan sectaria, tan despectiva con la gente que no es como yo?-pensó.

Federico hablaba algo con la boletera, una chica jovencita de anteojos, gordita, muy vestida de negro. La chica le decía a Federico que no, se lo decía tranquila, amablemente, que no, que esa no era la fecha de la obra, ah, pero mirá, cómo figura, decía Federico mientras le mostraba el celular, ah, sí, contestaba ella, debe estar desactualizada la página, a veces pasa. Federico quedó medio desconcertado, la amabilidad y los buenos modales de la boletera lo llevó a resignarse un poco; qué cagada, no hay obra. Stella sintió algo raro desde la calle. Otra cheta igual, idéntica a la de adentro, se acercaba angustiada hacia la entrada. Sí, eran dos chetas, muy parecidas. La de adentro estaba ahora con la otra en la calle y angustiada como la otra. No, más bien, estaban las dos muertas de miedo queriendo entrar adentro del teatro.

-¿Qué pasa? –Stella preguntó y se corrió para dejarlas entrar.

Las chetas se le acercaron, la miraron con miedo.

-¡El hombre, ese hombre se violentó! –dijo una. Los ojos se le abrían, le brillaban. A la otra también.

– ¡Sí, ese! ¡Se violentó, empezó a tirar los caballetes!

En la calzada había una de esas cosas de madera que pone el gobierno de la ciudad, que son como triángulos con una barra horizontal. Un mobiliario como tantos, para marcar el área de una obra en construcción. Ahora yacían tirados sobre el empedrado. Los pocos autos que pasaban tendrían que ingeniárselas para esquivarlos.

-¡No sabés cómo se puso el hombre! Empezó a decir que estaba podrido, que cuidaba los coches y nadie le dejaba propina, que estaba podrido de estar parado y empezó a tirar cosas…- las dos chetas hablaban agitadas como huyendo de un bombardeo. Giselle vio algo desde adentro, dejó a sus amigas y se acercó. Federico se encontró de golpe con la boletería vacía. La boletera se puso activa con el celular y salió a la calle casi empujando a Stella, que había visto casi todo.

-¡Estoy llamando a la policía!-dijo.

-Pero no pasa nada,-quiso morigerar Giselle.

-¡Sí, sí, se puso muy violento!-Una de las chetas insistía abriendo los ojos casi con lágrimas,-¡Tiene una gorrita verde!

Federico se enojó. Los buenos modales de la boletera se habían descompuesto. Ahora estaba en la calle llamando a la policía de la ciudad. Se la escuchó decir: “Sí, un masculino, sí, arrojó mobiliario urbano y gritó.”

A Stella no le gustó nada el vocabulario policíaco de la boletera de apariencia progre con anteojitos. Miró para el lado de Scalabrini Ortiz y vio en la vereda a un hombre bastante alto con una camiseta de River y una gorrita verde. Iba medio saltando, como pateando una lata, enojado, quizá borracho. Lo vio de espaldas desde la mitad de la misma vereda del teatro. Lo vio llegar a la esquina y, antes de que doblara, Stella mintió:

-El hombre ya se fue. Dio la vuelta. No está.

Giselle miró a la boletera que seguía con el celular y le sugirió:

-No llames a la cana. El tipo ni siquiera estaba armado.

-¡Pero me puede romper el teatro! ¡Pudo haber roto los vidrios, roto las mesitas y las sillas! ¡Qué sabés lo que puede hacer un loco!

Y las chetas a coro otra vez:

-¡Era un loco! ¡Se puso muy violento!!

Federico empezó a recriminarle a la boletera el haber dejado la boletería sin aviso, la boletera siguió justificando de muy mal modo su actitud aduciendo que el “delincuente” podía romperle el teatro.

Los tres decidieron irse rápido antes de que apareciera la policía. El pobre hombre estaría a salvo campeando Scalabrini Ortiz con los bolsillos vacíos.

Pero esta historia no termina acá. Dos pudieron haber sido los finales:

Uno, con nueve policías y tres patrulleros, el hombre esposado boca abajo como si hubiera cometido un terrible crimen; dos cuerpos azules arriba de él paralizando la cabeza y las piernas; unos pocos transeúntes esquivando la mirada; a un costado, unas policías femeninas tranquilizando a la boletera botona y a las chetas, que muy alarmadas estaban por la ferocidad del pobre hombre de gorrita.

Y otro final pudo haber sido el de Stella y Giselle. Ellas habían trabajado en ollas populares y conocían esas desdichas. Stella se hubiera acercado el hombre, que era un trapito. Se habría acercado en pleno momento de furia de él y lo hubiera convencido, lo hubiera abrazado fuerte. Giselle también. Y lo habrían llevado adentro del bar del teatro, calmado. Federico habría ayudado, y habría pedido una contribución de mil pesos a las dos conocidas de Giselle, a la boletera botona y a las dos chetas. El pibe y la piba que atendían la barra (disculpen, no hablé de ellos, pero estaban y habían visto todo con alguna indiferencia), le habrían ofrecido una hamburguesa. (Tan vegetariano no era el barcito). Y, ante el pavor de las chetas, el hombre de gorrita verde quizá llorando un poco, habría consolado la frustración del día.

Pero ninguna de esas dos cosas ocurrió esa noche en Macriland.

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