Episodio XLII.
Un pedazo de barrio, allá en Pompeya, durmiéndose al costado del terraplén… No, todo lo contrario. Romina andaba por Macriland, sin terraplén ni misterio alguno. Volvía un miércoles a las cinco de la tarde caminando, andando o paseando; ella no distinguía bien si lo suyo era una diligencia o un paseo. Venía por Callao y Córdoba, salía de hacerse unos estudios médicos y se dirigía hacia el lado de Santa Fe. Si iba para atrás, sabía que se encontraría con los gases, la cana, los viejitos y los fotógrafos corriendo. Mejor evitarlo. Mejor ir hacia adelante, que es el norte.
Algo estaban demoliendo porque se oían esos ruidos que a ella, hija de un arquitecto demoledor, la enfervorecía edípicamente. Ruidos de tornos, de mazazos, de taladros, de amoladoras para hierro. ¡Ah, qué placer! Era como estar en una fiesta con diyeis. Le dieron ganas de bailar al son, de bailar marcha, así, rebotando como en un pogo más rápido y más eléctrico. Tuvo que desviar porque había un andamio muy complicado para pasar. Se puso paranoica y se dio vuelta rápido porque un tumulto, que no era tal, apenas diez personas, la rozó. Se dio vuelta casi violentamente y vio a una señora con cochecito tratando de sortear el obstáculo igual que ella. Vio también un señor de aspecto humilde con mochila, propia de los obreros que salen a buscar obra. Ella chequeó su cartera. El celular descansaba en su lugar. Volvió a subir a la vereda y cruzó Paraguay. La avenida se distendía un poco. La parada del 37 se llenó de estudiantes salidos del Pelle. Pero antes, vio algo que la tranquilizó. Un semicírculo de policías, varias motos, algunas en la vereda, otras en la calzada. Quiso mirar qué había dentro del semicírculo y vio a un hombre tirado boca abajo con las muñecas esposadas. Sacó el celular, sacó una foto tratando de captar los intersticios entre los cuerpos azulnegros. Uno le gritó: “circule, Señora”, y ella obedeció.
Cruzó Marcelo T. Esquivó un pozo, bailó al son de una percutora de pavimento y llegando a la esquina de Santa fe, oyó un aullido como de un perro abandonado que gritaba “¡Auxilio, por favor!”. Entre el barullo de los frenos y motores de autos y de colectivos, de las consabidas amoladoras, de las percutoras y taladros que musicalizan la ciudad en constante estado de demolición, se destacaba el aullido que era largo. Era humano. Un hombre acostado boca abajo gritaba pidiendo “¡pooor favooor!”. Había muchos policías alrededor. Romina no creía lo que veía. Les transeúntes torcían apenas la cabeza y retiraban la mirada. Trató de contar disimuladamente. Eran nueve canas. Con motos y autos. El cuadro era ese, sí, un hombre aullando, dos cuerpos azules arriba, Uno sostenía las piernas, otro el cuello, el torso. Romina y otras mujeres se acercaron con miedo. Uno de los canas se les acercó:
-No es nada, Señora. Tenía droga.
-¿Cómo que tenía droga?
-Sí, Señora. El masculino tenía droga y andaba entre los autos, por eso lo sujetamos.
Romina se sensibilizó y rogó:
-Por favor, no le pongan la rodilla en el cuello.
-No, Señora.
-Y no le pongan la rodilla en la cintura. Le pueden lastimar las vértebras.
-Es que tiene droga, Señora
-Está aullando de dolor.
-Es por la droga, Señora.
Y las señoras continuaron cada una sus derroteros.
Romi siguió derecho por Callao. Después de Santa fe, la avenida va perdiendo multitud, se va distendiendo. De pronto, otra visión la distrajo. En Callao y Juncal había cinco policías. Romi ya estaba entrenada en esto de contar policías disimuladamente. En medio de ellos había un chico. Se acercó lo más que pudo y vio que era un menor. Tenía ojos almendrados color oliva. Era un adolescente hermoso. Estaba sentado en la vereda, las manos atrás, esposadas. Ningún cana arriba de él. Otra vez, Romina se sensibilizó. Habló con uno.
-Es un menor. No le peguen.
-Y, Señora…
-Es la hora de la merienda. Es un menos. Tiene que tomar la leche, comer algo.
-Sí, señora, sí.
-Denle este caramelo.-Y le extendió uno que sacó de la cartera.
Otro policía de espalda grande se le acercó para darle miedo y la desafió:
-¿Doña, quiere quedarse de testigo?
-No, gracias. No tengo nada que atestiguar.
Se apartó y vio otro tumulto, pero de más policías. A los cinco que rodeaban al chico, los completaban otros nueve con autos y motos a granel ¿Qué habrá hecho el pibe?
Dobló por las Heras y vio otro operativo pero no quiso ver detalles. Cuando llegó a Pueyrredón bajo el ruido infernal de siempre, una camioneta de policía la encandiló con esas luces frías que titilan con violencia. Desvió la vista rápido, como hacemos todos y, otra vez, vio policías femeninas y masculinas en círculo, esta vez levantando a un señor envuelto en mantas. Se dio cuenta de una cosa. En ningún momento del trayecto se topó con familias durmiendo o con mendigos pidiendo. Esta fue la excepción.
Siguió caminando y pensó que sí, que lo que tanto le habían dicho sus mapadres y sus abueles era cierto. Buenos Aires es una gran urbe de progreso. Buenos Aires es como cualquier ciudad de Europa.